08-11-2013, 03:25 PM
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadbent
Volviendo al siglo IV, en este período nos encontramos con una de las grandes figuras de la historia, Agustín (354–430),2 cuyas enseñanzas han dejado una huella indeleble a través de todas las épocas sucesivas. En sus voluminosos escritos, y especialmente en su obra "Confesiones", Agustín se revela a sí mismo de una manera tan íntima que da la impresión de ser un conocido y amigo.
Natural de Numidia, Agustín describe sus primeros alrededores, pensamientos e impresiones. Su piadosa madre, Mónica, revive en sus páginas cuando leemos acerca de sus oraciones por él, sus primeras esperanzas, su pesar posterior al ver que su hijo crecía llevando un estilo de vida pecaminoso, y de su fe en su salvación final, reforzada por una visión y el consejo sabio de Ambrosio, Obispo de Milán.
En cambio, su padre se preocupó más por su progreso mundano y material. Aunque buscaba la luz, Agustín se vio irremediablemente envuelto en una vida pecaminosa y llena de excesos. Por un tiempo pensó que había encontrado liberación en el maniqueísmo, pero pronto se dio cuenta de su incoherencia y debilidad.
La predicación de Ambrosio influyó en su vida, pero, aun así, no encontraba la paz que buscaba. Cuando tenía 32 años de edad y trabajaba como profesor de retórica en Milán, ya había llegado a un estado desesperado de angustia. Sus propias palabras nos describen lo que sucedió después: “Me dejé caer, no sé cómo, bajo una higuera, y le di rienda suelta a mis lágrimas (…) pronuncié estas tristes palabras: “¿Cuánto tiempo, cuánto tiempo? ¿Mañana y mañana? ¿Por qué no ahora? ¿Por qué no poner fin a mi impureza en este preciso momento? Me encontraba diciendo estas cosas y llorando en la contrición más amarga de mi corazón, cuando de pronto, escuché la voz como de un niño o niña, no sé exactamente, que provenía de una casa cercana y repetía: “Levántate y lee, levántate y lee”. Mi semblante cambió de inmediato y comencé a considerar más seriamente si era normal que los niños cantaran aquellas palabras en algún tipo de juego, pues no recordaba haberlas escuchado antes. De manera que, conteniendo el torrente de mis lágrimas, me puse de pie, interpretando aquello como una orden del cielo para que yo abriera el Libro y leyera el primer capítulo que apareciera ante mis ojos (…) Tomé la Biblia, la abrí, y leí en silencio el párrafo en el que mis ojos se fijaron primero: “Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne”. No leí más, no lo necesitaba, porque al instante, al concluir de leer el pasaje, por medio de una luz de seguridad infundida a mi corazón, desapareció toda sombra de duda”
Su eventual conversión le causó el mayor de los regocijos, aunque sin tomarla de sorpresa, a su devota madre Mónica, quien falleció en paz un año después cuando regresaban a África. Agustín fue bautizado por Ambrosio en Milán (387 d. de J.C.), y más tarde se convirtió en Obispo de Hipona (luego llamada Bona) en el África del Norte (395 d. de J.C.).
Su vida ajetreada resultó ser una constante polémica. Vivió en la época en que el Imperio Romano occidental se venía abajo. En realidad, Hipona, la ciudad donde él residía, estaba siendo asediada por un ejército bárbaro cuando él murió.
Fue precisamente la caída del Imperio occidental lo que lo motivó a escribir su famoso libro “La ciudad de Dios”. El mismo título, escrito entero, explica la intención y el contenido del libro: “Aunque ha caído la mayor ciudad del mundo, la Ciudad de Dios permanece para siempre”.
Sin embargo, su opinión acerca de lo que para él era la Ciudad de Dios lo condujo a enseñanzas que dieron origen a una miseria indecible, y la notoriedad misma de su nombre acentuó las consecuencias perjudiciales del error que enseñaba. Agustín, más que cualquier otro, formuló la doctrina de que la salvación se alcanza únicamente a través de la Iglesia, por medio de sus sacramentos. Tomar la salvación de manos del Salvador y ponerla en manos de los hombres, e interponer un sistema concebido por el hombre entre el Salvador y el pecador, es precisamente lo opuesto de la revelación del Evangelio. Cristo dice: “Venid a mí”, y ningún sacerdote o iglesia tiene la autoridad para interferir en ello.
Agustín, en su celo por la unidad de la Iglesia y su aborrecimiento auténtico de toda divergencia en doctrina y diferencia de forma, perdió de vista la unidad espiritual, viva e indestructible, de la iglesia y el cuerpo de Cristo, la cual une a todos los que son partícipes mediante el nuevo nacimiento en la vida de Dios. Por consiguiente, él no consideraba posible la existencia de iglesias de Dios en distintos lugares y en todos los tiempos, cada una reteniendo su relación directa con el Señor y con el Espíritu Santo, y al mismo tiempo manteniendo una comunión con las demás a pesar de la debilidad humana, de los niveles variables de conocimiento, de las comprensiones divergentes de las Escrituras, y de las diferencias en práctica. Su visión de la Iglesia como algo externo y una organización terrenal lo llevó, naturalmente, a buscar medios externos y materiales para preservar, e incluso imponer, una unidad visible.
Por tanto, como parte de su conflicto con los donatistas, escribió: “Realmente es mejor (…) que los hombres sean guiados a adorar a Dios por medio de la enseñanza, antes que ser presionados por el temor a un castigo o dolor; sin embargo, esto no quiere decir que por ser la primera alternativa la que produce el mejor modelo de hombres, se deba pasar por alto a los que no se rinden a ella. Para muchos ha resultado provechoso (como hemos comprobado y diariamente comprobamos mediante el experimento práctico) el hecho de verse obligados primero por el temor o el dolor, para luego ser influenciados por la enseñanza o para llevar a cabo en la práctica lo que ya habían aprendido teóricamente (…) Si bien aquellos que son guiados por amor son mejores, en realidad los que son corregidos por el temor son más numerosos. Porque, ¿quién puede amarnos más que Cristo que dio su vida por las ovejas? Sin embargo, después de llamar a Pedro y a los otros apóstoles con palabras solamente, cuando llamó al apóstol Pablo (…) no sólo lo obligó con su voz, sino que, además, lo lanzó al suelo con su poder. Y para lograr por medio de la fuerza que un hombre como él saliera de las tinieblas para desear la luz del corazón, primero lo azotó con una ceguera física de los ojos. ¿Por qué, entonces, no debe la Iglesia emplear la fuerza para obligar a sus hijos perdidos a regresar? (...) El propio Señor dijo: “Ve por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar” (…) Por tanto, el poder que la Iglesia ha recibido por designio divino en su justo momento, por medio del carácter religioso y la fe de los reyes, es el instrumento por medio del cual los que se encuentran en los caminos y en los vallados, es decir, en herejías y cismas, son obligados a volver, así que los que son obligados no deben criticar el uso de la fuerza”.
Esta enseñanza, viniendo de semejante autoridad, incitó y justificó los métodos de persecución por medio de los cuales la Roma papal llegó a igualar las crueldades de la Roma pagana. Un hombre como Agustín, de fuertes emociones y de una compasión tierna y espontánea, al apartarse de los principios de las Escrituras, aunque con buenas intenciones, se vio comprometido en un gran sistema de persecución cruel y despiadada.
Alguien con quien Agustín mantuvo bastante discrepancia fue con Pelagio. Oriundo de las Islas Británicas, vino a Roma justo al comienzo del quinto siglo cuando tenía aproximadamente treinta años de edad. Y aunque era laico, pronto llegó ser conocido como un escritor talentoso sobre las Escrituras, y como un hombre de excelente ntegridad. Agustín, aunque después se convirtió en su gran adversario doctrinal. Dieron testimonio de esto los informes despectivos, publicados más adelante por Jerónimo, que parecen haber tenido su origen no tanto en hechos reales, sino en el calor que tomó la polémica.
En Roma, Pelagio conoció a Celestino, que se convirtió en el exponente más activo de sus enseñanzas. Pelagio era un reformista. La falta de disciplina y la autoindulgencia en las vidas de la mayoría de las personas que profesaban ser cristianas lo afligieron profundamente, y por ello se convirtió en un predicador enérgico de la justicia práctica y de la santificación. El ocuparse muy exclusivamente con este aspecto de la verdad lo llevó a enfatizar más en la libertad de la voluntad humana y a minimizar las obras de la gracia divina. Él enseñaba que los hombres no son afectados por la transgresión de Adán, a menos que sea por su ejemplo; que Adán habría muerto de todas formas aunque no habría pecado; que no existe el pecado original, y que los actos de cada hombre nacen de sus propias elecciones. Por tanto, él planteaba que todo hombre podía alcanzar la justicia perfecta. Los niños, decía él, nacen sin pecado. Aquí él entró en conflicto claro con la enseñanza católica. Él enseñaba el bautismo de infantes, pero negaba que este fuera el medio de regeneración, afirmando más bien que el bautismo presentaba el niño a un estado de gracia en el reino de Dios, a una condición donde fuera capaz de obtener salvación y vida, santificación y unión con Cristo.
Agustín, oponiéndose a esta enseñanza, leyó a su congregación una parte de un trabajo de Cipriano, escrito hacía 150 años, según el cual los infantes son bautizados para la remisión de los pecados. Luego le pidió a Pelagio que se abstuviera de una enseñanza que era divergente de una doctrina y práctica tan fundamental de la Iglesia.
Pelagio se abstenía de decir en su oración: “perdona nuestros pecados”, considerando esta frase como inapropiada para los cristianos, tomando en cuenta que no necesitamos pecar; y que si lo hacemos, es el resultado de nuestra propia voluntad y elección, por lo que semejante oración tan sólo sería la expresión de una humildad ficticia.
El conflicto con relación a las doctrinas de Pelagio y Celestino adquirió una gran dimensión y ocupó la mayor parte del tiempo y los esfuerzos de Agustín, quien escribió ampliamente sobre el tema. Durante este período tuvieron lugar varios Concilios .Los de Oriente absolvían a Pelagio, en tanto los de Occidente lo condenaban, esto debido a la influencia de Agustín en las iglesias latinas, la cual había conducido a que estas aceptaran posiciones más definidas y dogmáticas acerca de la relación entre la voluntad de Dios y la voluntad del hombre que en las iglesias de Oriente.
Se apeló entonces a Inocencio, el Papa en Roma, y este recibió con beneplácito la oportunidad de hacer resaltar su autoridad.
Inocencio excomulgó a Pelagio y a sus seguidores, aunque su sucesor, Zósimo, los reintegró.
Los Obispos occidentales, luego de reunirse en Cartago, lograron obtener el respaldo de las autoridades civiles, y Pelagio y sus partidarios fueron desterrados y sus propiedades confiscadas. El Papa Zósimo, al ver esto, cambió de opinión y también condenó a Pelagio.
Dieciocho Obispos italianos rechazaron someterse al decreto Imperial, uno de los cuales, Julián, Obispo de Eclano, contendió con Agustín mostrando una aptitud y una moderación poco común al plantear que el uso de la fuerza y el cambio de opinión de un Papa no eran las armas adecuadas para tratar con temas de doctrina.
Pelagio enseñó muchas cosas ciertas y buenas, pero la doctrina
característica del pelagianismo no sólo se opone a las Escrituras, sino a la realidad misma de la naturaleza humana.
Los tres primeros siglos de la historia de la iglesia demostraron que ningún poder terrenal puede destruirla. Ella es invencible ante los ataques del mundo. Los testigos de sus sufrimientos, e incluso sus perseguidores, llegan a convertirse, y crece más rápidamente de lo que puede ser destruida.
El período siguiente de casi doscientos años muestra que la unión de la Iglesia y el Estado, incluso cuando los poderes del Imperio más poderoso son puestos en manos de la Iglesia, no capacita a ésta para salvar al Estado de la destrucción, ya que al abandonar la posición que su propio nombre implica, de ser “escogida del mundo” y separada para Cristo, pierde el poder que emana del sometimiento a su Señor, y lo cambia por una autoridad terrenal que es fatal para sí misma.
La iglesia de Cristo ha estado sujeta no sólo a la violencia de la persecución externa y a las tentaciones del poder terrenal, sino, además, a las agresiones de las falsas doctrinas. Desde el tercer siglo hasta el quinto siglo se desarrollaron cuatro formas de estas doctrinas falsas, de un carácter tan fundamental que sus obras nunca han dejado de afectar a la iglesia y al mundo.
1. El maniqueísmo: Ataca tanto la enseñanza de la Escritura como el testimonio de la naturaleza de que Dios es el Creador de todas las cosas. Las palabras de apertura de la Biblia son: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1.1).
Además, la Biblia presenta al hombre como la corona de la creación en las palabras: “Y creó Dios al hombre a su imagen” (Génesis 1.27). Y viendo todo lo que había hecho, Dios vio que “era bueno en gran manera” (Génesis 1.31). El maniqueísmo, al atribuir lo visible y corporal a la obra de un poder malvado y oscuro, y sólo lo que es espiritual al Dios verdadero, arremetió contra las raíces de la revelación divina de la cual la creación, la caída y la redención son partes indivisibles y esenciales.
Del concepto erróneo acerca del cuerpo surgen por una parte los excesos del ascetismo, considerando el cuerpo sólo como algo malvado; y por otra parte, las muchas prácticas y doctrinas degradantes alentadas por el hecho de no lograr ver en el cuerpo ninguna otra cosa que no sea animal, por lo que se pierde de vista su origen divino y su consecuente cualidad de poder ser redimido y restaurado a la semejanza del Hijo de Dios.
2.El arrianismo: La revelación más gloriosa, en la cual toda Escritura culmina, es que Jesucristo es Dios manifestado en la carne, dado a conocer a nosotros al convertirse en hombre y al hacer propiciación por el pecado del mundo por medio de su muerte expiatoria. El arrianismo, al negar la divinidad de Cristo declarándolo un ser creado, aunque el primero y el altísimo, mantiene al hombre inmensurablemente distante de Dios, nos impide conocerlo como Dios nuestro Salvador y nos deja únicamente con la esperanza vaga e incierta de alcanzar algo superior a lo que ahora experimentamos mediante el mejoramiento de nuestro propio carácter.
3. El pelagianismo: Niega la enseñanza de las Escrituras en lo que se refiere a la inclusión de todo el género humano en la transgresión de Adán. Al afirmar que el pecado de Adán sólo lo afectó a él y a sus relaciones con Dios, y que cada ser humano nace originalmente sin pecado, esto debilita la necesidad que siente el hombre de un Salvador, le impide llegar a un conocimiento verdadero de sí mismo, y lo lleva a buscar la salvación, al menos hasta cierto punto, en sí mismo. El reconocer nuestra participación en la caída está estrechamente relacionado, en las Escrituras, con el poder
ser partícipes de la obra expiatoria de Cristo, el segundo Adán; y, aunque insistimos en la responsabilidad individual, esto no excluye, sino que va juntamente con la enseñanza referente a la voluntad de Dios y al vínculo existente a nivel de todas las razas del género humano.
4. El sacerdotalismo: Pretende que la salvación sólo se encuentra en la Iglesia y por medio de sus sacramentos administrados por sus sacerdotes. En ese tiempo, por supuesto, al hablar de la Iglesia se referían a la Iglesia Romana, pero la doctrina ha sido, y sigue siendo, adoptada por muchos otros sistemas, grandes y pequeños, que la han aplicado a sí mismos. Nada ha sido enseñado con mayor claridad e insistencia por el Señor y los apóstoles que el hecho de que la salvación del pecador se alcanza por medio de la fe en el Hijo de Dios, en su muerte expiatoria y resurrección.
Una iglesia o grupo que proclama que sólo en ella se encuentra la salvación; hombres que arrogantemente creen tener la autoridad para admitir o excluir a otros del reino de Dios; sacramentos o procedimientos que son convertidos en medios imprescindibles para alcanzar la salvación, todo esto origina las tiranías que traen consigo innumerables miserias sobre el género humano y ocultan el verdadero camino a la salvación que Cristo ha provisto para todos los hombres a través de la fe en él.
(Continuará)
Por Edmund Hamer Broadbent
Volviendo al siglo IV, en este período nos encontramos con una de las grandes figuras de la historia, Agustín (354–430),2 cuyas enseñanzas han dejado una huella indeleble a través de todas las épocas sucesivas. En sus voluminosos escritos, y especialmente en su obra "Confesiones", Agustín se revela a sí mismo de una manera tan íntima que da la impresión de ser un conocido y amigo.
Natural de Numidia, Agustín describe sus primeros alrededores, pensamientos e impresiones. Su piadosa madre, Mónica, revive en sus páginas cuando leemos acerca de sus oraciones por él, sus primeras esperanzas, su pesar posterior al ver que su hijo crecía llevando un estilo de vida pecaminoso, y de su fe en su salvación final, reforzada por una visión y el consejo sabio de Ambrosio, Obispo de Milán.
En cambio, su padre se preocupó más por su progreso mundano y material. Aunque buscaba la luz, Agustín se vio irremediablemente envuelto en una vida pecaminosa y llena de excesos. Por un tiempo pensó que había encontrado liberación en el maniqueísmo, pero pronto se dio cuenta de su incoherencia y debilidad.
La predicación de Ambrosio influyó en su vida, pero, aun así, no encontraba la paz que buscaba. Cuando tenía 32 años de edad y trabajaba como profesor de retórica en Milán, ya había llegado a un estado desesperado de angustia. Sus propias palabras nos describen lo que sucedió después: “Me dejé caer, no sé cómo, bajo una higuera, y le di rienda suelta a mis lágrimas (…) pronuncié estas tristes palabras: “¿Cuánto tiempo, cuánto tiempo? ¿Mañana y mañana? ¿Por qué no ahora? ¿Por qué no poner fin a mi impureza en este preciso momento? Me encontraba diciendo estas cosas y llorando en la contrición más amarga de mi corazón, cuando de pronto, escuché la voz como de un niño o niña, no sé exactamente, que provenía de una casa cercana y repetía: “Levántate y lee, levántate y lee”. Mi semblante cambió de inmediato y comencé a considerar más seriamente si era normal que los niños cantaran aquellas palabras en algún tipo de juego, pues no recordaba haberlas escuchado antes. De manera que, conteniendo el torrente de mis lágrimas, me puse de pie, interpretando aquello como una orden del cielo para que yo abriera el Libro y leyera el primer capítulo que apareciera ante mis ojos (…) Tomé la Biblia, la abrí, y leí en silencio el párrafo en el que mis ojos se fijaron primero: “Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne”. No leí más, no lo necesitaba, porque al instante, al concluir de leer el pasaje, por medio de una luz de seguridad infundida a mi corazón, desapareció toda sombra de duda”
Su eventual conversión le causó el mayor de los regocijos, aunque sin tomarla de sorpresa, a su devota madre Mónica, quien falleció en paz un año después cuando regresaban a África. Agustín fue bautizado por Ambrosio en Milán (387 d. de J.C.), y más tarde se convirtió en Obispo de Hipona (luego llamada Bona) en el África del Norte (395 d. de J.C.).
Su vida ajetreada resultó ser una constante polémica. Vivió en la época en que el Imperio Romano occidental se venía abajo. En realidad, Hipona, la ciudad donde él residía, estaba siendo asediada por un ejército bárbaro cuando él murió.
Fue precisamente la caída del Imperio occidental lo que lo motivó a escribir su famoso libro “La ciudad de Dios”. El mismo título, escrito entero, explica la intención y el contenido del libro: “Aunque ha caído la mayor ciudad del mundo, la Ciudad de Dios permanece para siempre”.
Sin embargo, su opinión acerca de lo que para él era la Ciudad de Dios lo condujo a enseñanzas que dieron origen a una miseria indecible, y la notoriedad misma de su nombre acentuó las consecuencias perjudiciales del error que enseñaba. Agustín, más que cualquier otro, formuló la doctrina de que la salvación se alcanza únicamente a través de la Iglesia, por medio de sus sacramentos. Tomar la salvación de manos del Salvador y ponerla en manos de los hombres, e interponer un sistema concebido por el hombre entre el Salvador y el pecador, es precisamente lo opuesto de la revelación del Evangelio. Cristo dice: “Venid a mí”, y ningún sacerdote o iglesia tiene la autoridad para interferir en ello.
Agustín, en su celo por la unidad de la Iglesia y su aborrecimiento auténtico de toda divergencia en doctrina y diferencia de forma, perdió de vista la unidad espiritual, viva e indestructible, de la iglesia y el cuerpo de Cristo, la cual une a todos los que son partícipes mediante el nuevo nacimiento en la vida de Dios. Por consiguiente, él no consideraba posible la existencia de iglesias de Dios en distintos lugares y en todos los tiempos, cada una reteniendo su relación directa con el Señor y con el Espíritu Santo, y al mismo tiempo manteniendo una comunión con las demás a pesar de la debilidad humana, de los niveles variables de conocimiento, de las comprensiones divergentes de las Escrituras, y de las diferencias en práctica. Su visión de la Iglesia como algo externo y una organización terrenal lo llevó, naturalmente, a buscar medios externos y materiales para preservar, e incluso imponer, una unidad visible.
Por tanto, como parte de su conflicto con los donatistas, escribió: “Realmente es mejor (…) que los hombres sean guiados a adorar a Dios por medio de la enseñanza, antes que ser presionados por el temor a un castigo o dolor; sin embargo, esto no quiere decir que por ser la primera alternativa la que produce el mejor modelo de hombres, se deba pasar por alto a los que no se rinden a ella. Para muchos ha resultado provechoso (como hemos comprobado y diariamente comprobamos mediante el experimento práctico) el hecho de verse obligados primero por el temor o el dolor, para luego ser influenciados por la enseñanza o para llevar a cabo en la práctica lo que ya habían aprendido teóricamente (…) Si bien aquellos que son guiados por amor son mejores, en realidad los que son corregidos por el temor son más numerosos. Porque, ¿quién puede amarnos más que Cristo que dio su vida por las ovejas? Sin embargo, después de llamar a Pedro y a los otros apóstoles con palabras solamente, cuando llamó al apóstol Pablo (…) no sólo lo obligó con su voz, sino que, además, lo lanzó al suelo con su poder. Y para lograr por medio de la fuerza que un hombre como él saliera de las tinieblas para desear la luz del corazón, primero lo azotó con una ceguera física de los ojos. ¿Por qué, entonces, no debe la Iglesia emplear la fuerza para obligar a sus hijos perdidos a regresar? (...) El propio Señor dijo: “Ve por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar” (…) Por tanto, el poder que la Iglesia ha recibido por designio divino en su justo momento, por medio del carácter religioso y la fe de los reyes, es el instrumento por medio del cual los que se encuentran en los caminos y en los vallados, es decir, en herejías y cismas, son obligados a volver, así que los que son obligados no deben criticar el uso de la fuerza”.
Esta enseñanza, viniendo de semejante autoridad, incitó y justificó los métodos de persecución por medio de los cuales la Roma papal llegó a igualar las crueldades de la Roma pagana. Un hombre como Agustín, de fuertes emociones y de una compasión tierna y espontánea, al apartarse de los principios de las Escrituras, aunque con buenas intenciones, se vio comprometido en un gran sistema de persecución cruel y despiadada.
Alguien con quien Agustín mantuvo bastante discrepancia fue con Pelagio. Oriundo de las Islas Británicas, vino a Roma justo al comienzo del quinto siglo cuando tenía aproximadamente treinta años de edad. Y aunque era laico, pronto llegó ser conocido como un escritor talentoso sobre las Escrituras, y como un hombre de excelente ntegridad. Agustín, aunque después se convirtió en su gran adversario doctrinal. Dieron testimonio de esto los informes despectivos, publicados más adelante por Jerónimo, que parecen haber tenido su origen no tanto en hechos reales, sino en el calor que tomó la polémica.
En Roma, Pelagio conoció a Celestino, que se convirtió en el exponente más activo de sus enseñanzas. Pelagio era un reformista. La falta de disciplina y la autoindulgencia en las vidas de la mayoría de las personas que profesaban ser cristianas lo afligieron profundamente, y por ello se convirtió en un predicador enérgico de la justicia práctica y de la santificación. El ocuparse muy exclusivamente con este aspecto de la verdad lo llevó a enfatizar más en la libertad de la voluntad humana y a minimizar las obras de la gracia divina. Él enseñaba que los hombres no son afectados por la transgresión de Adán, a menos que sea por su ejemplo; que Adán habría muerto de todas formas aunque no habría pecado; que no existe el pecado original, y que los actos de cada hombre nacen de sus propias elecciones. Por tanto, él planteaba que todo hombre podía alcanzar la justicia perfecta. Los niños, decía él, nacen sin pecado. Aquí él entró en conflicto claro con la enseñanza católica. Él enseñaba el bautismo de infantes, pero negaba que este fuera el medio de regeneración, afirmando más bien que el bautismo presentaba el niño a un estado de gracia en el reino de Dios, a una condición donde fuera capaz de obtener salvación y vida, santificación y unión con Cristo.
Agustín, oponiéndose a esta enseñanza, leyó a su congregación una parte de un trabajo de Cipriano, escrito hacía 150 años, según el cual los infantes son bautizados para la remisión de los pecados. Luego le pidió a Pelagio que se abstuviera de una enseñanza que era divergente de una doctrina y práctica tan fundamental de la Iglesia.
Pelagio se abstenía de decir en su oración: “perdona nuestros pecados”, considerando esta frase como inapropiada para los cristianos, tomando en cuenta que no necesitamos pecar; y que si lo hacemos, es el resultado de nuestra propia voluntad y elección, por lo que semejante oración tan sólo sería la expresión de una humildad ficticia.
El conflicto con relación a las doctrinas de Pelagio y Celestino adquirió una gran dimensión y ocupó la mayor parte del tiempo y los esfuerzos de Agustín, quien escribió ampliamente sobre el tema. Durante este período tuvieron lugar varios Concilios .Los de Oriente absolvían a Pelagio, en tanto los de Occidente lo condenaban, esto debido a la influencia de Agustín en las iglesias latinas, la cual había conducido a que estas aceptaran posiciones más definidas y dogmáticas acerca de la relación entre la voluntad de Dios y la voluntad del hombre que en las iglesias de Oriente.
Se apeló entonces a Inocencio, el Papa en Roma, y este recibió con beneplácito la oportunidad de hacer resaltar su autoridad.
Inocencio excomulgó a Pelagio y a sus seguidores, aunque su sucesor, Zósimo, los reintegró.
Los Obispos occidentales, luego de reunirse en Cartago, lograron obtener el respaldo de las autoridades civiles, y Pelagio y sus partidarios fueron desterrados y sus propiedades confiscadas. El Papa Zósimo, al ver esto, cambió de opinión y también condenó a Pelagio.
Dieciocho Obispos italianos rechazaron someterse al decreto Imperial, uno de los cuales, Julián, Obispo de Eclano, contendió con Agustín mostrando una aptitud y una moderación poco común al plantear que el uso de la fuerza y el cambio de opinión de un Papa no eran las armas adecuadas para tratar con temas de doctrina.
Pelagio enseñó muchas cosas ciertas y buenas, pero la doctrina
característica del pelagianismo no sólo se opone a las Escrituras, sino a la realidad misma de la naturaleza humana.
Los tres primeros siglos de la historia de la iglesia demostraron que ningún poder terrenal puede destruirla. Ella es invencible ante los ataques del mundo. Los testigos de sus sufrimientos, e incluso sus perseguidores, llegan a convertirse, y crece más rápidamente de lo que puede ser destruida.
El período siguiente de casi doscientos años muestra que la unión de la Iglesia y el Estado, incluso cuando los poderes del Imperio más poderoso son puestos en manos de la Iglesia, no capacita a ésta para salvar al Estado de la destrucción, ya que al abandonar la posición que su propio nombre implica, de ser “escogida del mundo” y separada para Cristo, pierde el poder que emana del sometimiento a su Señor, y lo cambia por una autoridad terrenal que es fatal para sí misma.
La iglesia de Cristo ha estado sujeta no sólo a la violencia de la persecución externa y a las tentaciones del poder terrenal, sino, además, a las agresiones de las falsas doctrinas. Desde el tercer siglo hasta el quinto siglo se desarrollaron cuatro formas de estas doctrinas falsas, de un carácter tan fundamental que sus obras nunca han dejado de afectar a la iglesia y al mundo.
1. El maniqueísmo: Ataca tanto la enseñanza de la Escritura como el testimonio de la naturaleza de que Dios es el Creador de todas las cosas. Las palabras de apertura de la Biblia son: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1.1).
Además, la Biblia presenta al hombre como la corona de la creación en las palabras: “Y creó Dios al hombre a su imagen” (Génesis 1.27). Y viendo todo lo que había hecho, Dios vio que “era bueno en gran manera” (Génesis 1.31). El maniqueísmo, al atribuir lo visible y corporal a la obra de un poder malvado y oscuro, y sólo lo que es espiritual al Dios verdadero, arremetió contra las raíces de la revelación divina de la cual la creación, la caída y la redención son partes indivisibles y esenciales.
Del concepto erróneo acerca del cuerpo surgen por una parte los excesos del ascetismo, considerando el cuerpo sólo como algo malvado; y por otra parte, las muchas prácticas y doctrinas degradantes alentadas por el hecho de no lograr ver en el cuerpo ninguna otra cosa que no sea animal, por lo que se pierde de vista su origen divino y su consecuente cualidad de poder ser redimido y restaurado a la semejanza del Hijo de Dios.
2.El arrianismo: La revelación más gloriosa, en la cual toda Escritura culmina, es que Jesucristo es Dios manifestado en la carne, dado a conocer a nosotros al convertirse en hombre y al hacer propiciación por el pecado del mundo por medio de su muerte expiatoria. El arrianismo, al negar la divinidad de Cristo declarándolo un ser creado, aunque el primero y el altísimo, mantiene al hombre inmensurablemente distante de Dios, nos impide conocerlo como Dios nuestro Salvador y nos deja únicamente con la esperanza vaga e incierta de alcanzar algo superior a lo que ahora experimentamos mediante el mejoramiento de nuestro propio carácter.
3. El pelagianismo: Niega la enseñanza de las Escrituras en lo que se refiere a la inclusión de todo el género humano en la transgresión de Adán. Al afirmar que el pecado de Adán sólo lo afectó a él y a sus relaciones con Dios, y que cada ser humano nace originalmente sin pecado, esto debilita la necesidad que siente el hombre de un Salvador, le impide llegar a un conocimiento verdadero de sí mismo, y lo lleva a buscar la salvación, al menos hasta cierto punto, en sí mismo. El reconocer nuestra participación en la caída está estrechamente relacionado, en las Escrituras, con el poder
ser partícipes de la obra expiatoria de Cristo, el segundo Adán; y, aunque insistimos en la responsabilidad individual, esto no excluye, sino que va juntamente con la enseñanza referente a la voluntad de Dios y al vínculo existente a nivel de todas las razas del género humano.
4. El sacerdotalismo: Pretende que la salvación sólo se encuentra en la Iglesia y por medio de sus sacramentos administrados por sus sacerdotes. En ese tiempo, por supuesto, al hablar de la Iglesia se referían a la Iglesia Romana, pero la doctrina ha sido, y sigue siendo, adoptada por muchos otros sistemas, grandes y pequeños, que la han aplicado a sí mismos. Nada ha sido enseñado con mayor claridad e insistencia por el Señor y los apóstoles que el hecho de que la salvación del pecador se alcanza por medio de la fe en el Hijo de Dios, en su muerte expiatoria y resurrección.
Una iglesia o grupo que proclama que sólo en ella se encuentra la salvación; hombres que arrogantemente creen tener la autoridad para admitir o excluir a otros del reino de Dios; sacramentos o procedimientos que son convertidos en medios imprescindibles para alcanzar la salvación, todo esto origina las tiranías que traen consigo innumerables miserias sobre el género humano y ocultan el verdadero camino a la salvación que Cristo ha provisto para todos los hombres a través de la fe en él.
(Continuará)

