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Historia de la Iglesia (59)
#1
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadben

Las medidas represivas en Rusia fueron en aumento, y a su vez fueron respondidas por nuevas atrocidades. La guerra japonesa no provocó entusiasmo y su fracaso despertó las esperanzas de una revolución exitosa. Las huelgas y los disturbios se desencadenaron en muchos lugares.

Una huelga general de los obreros ferroviarios paralizó las comunicaciones. Las pequeñas e insuficientes reformas sólo lograron incrementar el descontento, y los ataques de los tártaros sobre los armenios fomentados en el Cáucaso o de las turbas rusas sobre los judíos o de los pueblos bálticos sobre los germano-rusos que vivían allí, condujeron a masacres espantosas que de ninguna manera detuvieron las actividades revolucionarias. Pronto Rusia se encontraba en un desorden desde un extremo hasta el otro.

Obligado por los acontecimientos, el gobierno poco dispuesto adoptó reformas significantes, entre estas un edicto del Zar en 1905 que garantizaba la libertad de fe y conciencia y, además, la libertad de congregarse.

Pobiedonóstsef renunció y el Metropolitano de la Iglesia Rusa declaró: “La verdadera fe se obtiene por medio de la gracia de Dios, mediante la instrucción, la humildad y los buenos ejemplos; por ello, el uso de la fuerza le es negado a la Iglesia, la cual no considera que sea necesario obligar a los hijos herejes en contra de su voluntad. Por tanto, la Iglesia Ortodoxa no se opone a que se anule la ley que prohíbe separarse de la Iglesia Ortodoxa.”

La nueva libertad empezó a ser aprovechada inmediata y ampliamente. En todas partes se celebraban reuniones a las que concurrían muchos oyentes que tenían una tremenda sed de escuchar la Palabra de Dios.

Una gran cantidad de personas confesaron a Cristo. (…) Al eliminarse los obstáculos para el estudio de la Palabra de Dios, se incrementaron las lecturas de la Biblia y las exposiciones de las Escrituras por todas partes. El mismo deseo anterior de llevar a cabo el mensaje de la Palabra de Dios a toda costa seguía en pie. Los dones del Espíritu Santo para el ministerio se hicieron manifiestos entre los creyentes de todas las clases sociales y todos los rangos.

No obstante, esta libertad no duró mucho tiempo. Al recuperar el poder que habían perdido, el gobierno y la Iglesia Ortodoxa eliminaron las concesiones que de mala gana habían otorgado, y la persecución comenzó nuevamente y de la manera acostumbrada. Al poco tiempo los creyentes y las iglesias se encontraban sufriendo como antes.

Cuando estalló la guerra en 1914, que involucraría a una gran parte del mundo, varios de los hermanos ancianos entre los “cristianos evangélicos” y de los pastores bautistas fueron desterrados a Siberia y a las costas del Mar Blanco. En 1917 comenzó la Revolución ante la cual, en un breve período de tiempo, el Zar y sus ministros, la Iglesia Ortodoxa y toda la Rusia antigua cayeron, haciendo su entrada convulsa una nueva era.

A principios de la Revolución Rusa se proclamó la libertad religiosa, pero el país, luego de tanta opresión y sufrimiento, sumados ahora a las pérdidas de la guerra, se vio envuelto en un desorden aun mayor motivado por las luchas de los partidos por alcanzar el poder. En distritos extensos existía una anarquía total, y los grupos armados de rufianes sometían a las personas indefensas a atropellos espantosos.

A medida que el partido bolchevique lograba mayor control, la introducción de sus principios se hizo acompañar por masacres, saqueos y destrucción. La hambruna pronto hizo acto de aparición, y este enorme país, antes tan rico en suministro de alimentos, se convirtió en un verdadero sepulcro.

El gobierno bolchevique se dio a la tarea de destruir por completo todo tipo de religión, de manera que la Iglesia Ortodoxa, que una vez fue perseguidora, ahora era perseguida. Los Católicos Romanos también tuvieron que sufrir, así como los Luteranos a su debido tiempo, y las congregaciones de creyentes junto con los demás.

En el sur de Rusia los grupos de bandidos a veces crecían hasta alcanzar el tamaño de un ejército. Se sentían atraídos por la riqueza de los menonitas, quienes sufrieron tan terriblemente a manos de ellos que muchos de los hombres, a pesar de sus tradiciones, siguieron el ejemplo de los demás y se unieron a los grupos formados para la protección de las mujeres y los niños.

Las experiencias vividas por los hermanos se asemejaban a los primeros tiempos. Como en aquel entonces cuando Jacobo fue asesinado a espada mientras que Pedro fue librado de la cárcel, así también ahora algunos experimentaron liberaciones milagrosas mientras que otros sufrieron todo lo que la maldad de los hombres les impuso. Muchos llegaron a creer que vivían en los días de “la gran tribulación”.

Sin embargo, el Evangelio gozaba de un gran poder. Una gran cantidad de personas se convirtió al Señor, incluyendo a los pecadores más desesperados, los soldados del ejército rojo, tan degradados que no hallaban placer en ninguna cosa menos que en el derramamiento de sangre. Los cristianos sufridos fueron fortalecidos sobremanera. A menudo aquellos que habían atravesado por toda clase de miseria y atropello decían: “No se compadezcan de nosotros; más bien nosotros tenemos razones para compadecernos de ustedes, ya que hemos aprendido cosas acerca de Dios que ustedes no pueden comprender”.

Cuando concluyó la primera ola de asesinatos, y el pueblo comenzó a acomodarse lo mejor que podía a la nueva forma de tiranía que había sustituido a la antigua, las iglesias de creyentes se vieron confrontadas cara a cara con nuevas formas de tribulación. Por haberse multiplicado considerablemente, a veces ellas gozaban, en algunos lugares, de cierta libertad, y aumentaron más rápido que antes, aunque se encontraban siempre expuestas a sufrir de nuevo la represión despiadada.

La propaganda anticristiana del gobierno exigía dones y habilidades especiales por parte de los evangelistas y otros quienes tenían que enfrentarse a ella, pero estos les fueron concedidos abundantemente.

Las congregaciones independientes fueron presionadas por medio de promesas y amenazas a unirse en un “Soviet” o una Federación con la cual el gobierno podría tratar de una manera que no podía con la infinidad de iglesias independientes. Muchas iglesias cedieron; en cambio, muchas otras decidieron continuar en el camino que en su opinión estaba conforme a la enseñanza de la Palabra de Dios y al ejemplo apostólico, aceptando las privaciones y las pérdidas que este camino implicaba.

El racionalismo ya había demostrado ser una fuerza perseguidora en Württemberg cuando los pastores pietistas fueron expulsados. Sin embargo, un desarrollo mucho mayor fue exhibido en Rusia bajo el gobierno soviético, donde el ateismo le fue impuesto al pueblo por la fuerza. La violencia y la crueldad fueron usadas para hacerle creer al pueblo que no existe ningún Dios y obligar así a la gente honrada e íntegra a participar en la abolición de la propiedad y en la destrucción de la vida familiar. Aquí la conciencia individual fue tan violada por el estado comunista como lo fue por la Iglesia Rusa o la Romana, y floreció una Inquisición “Roja” en tiempos de entendimiento y ciencia, como lo hizo la Inquisición Romana en tiempos de la oscuridad medieval.

Lo que ha llegado a ser aceptado comúnmente como hechos históricos ha sido tan exitoso en lograr que aquellos hombres piadosos que practicaban el bautismo únicamente de creyentes sean confundidos con los promotores de las extravagancias pecaminosas de Münster en el siglo XVI, que cuando en 1834 unos diez hombres y mujeres que vivían en Hamburgo fueron bautizados como creyentes, por inmersión, de acuerdo con lo que ellos creían ser la enseñanza de la Escritura, el prejuicio en su contra fue tan fuerte que el bautismo tuvo que celebrarse secretamente, por la noche, a fin de evitar interrupciones que lo pusieran en peligro.

Uno de los bautizados fue Johann Gerhard Oncken, y su inclusión en el grupo fue de una importancia imprevista. Él creó iglesias bautistas que, luego de varios conflictos iniciales contra prejuicios crueles, se propagaron rápidamente por toda Alemania y los países contiguos, hacia el sudeste de Europa y hacia el vasto territorio ruso, de modo que sus miembros llegaron a contarse por cientos de miles.

La vida de Oncken abarcó la mayor parte del siglo XIX; nació en 1800 y vivió hasta 1884. Él era natural del pequeño Ducado de Varel, gobernado por la familia Bentinck, parte de la cual cruzó las fronteras hacia Inglaterra con Guillermo de Orange y se hizo famosa allí. El padre de Oncken participó en una de las sublevaciones patrióticas contra Napoleón y tuvo que escapar a Inglaterra, donde murió, sin haber visto jamás a su hijo Johann Gerhard, quien nació justo después de la huida de su padre.

En este tiempo la iglesia Luterana en Varel había caído bajo la influencia del racionalismo y el joven Johann creció sin el conocimiento del camino de la salvación. Cuando tenía 14 años, le agradó a un escocés que se encontraba haciendo negocios en Varel, y este le preguntó si tenía una Biblia. “No” respondió, “pero he sido confirmado”. El escocés le regaló una Biblia y, además, lo llevó a Escocia. Allí, en una iglesia presbiteriana, él escuchó por primera vez el Evangelio, y quedó impresionado. Más tarde, en Londres, convivió con una familia devota, y quedó influenciado aun más, especialmente por sus cultos familiares y por la predicación en la iglesia congregacionalista a la cual ellos asistían. Y finalmente, mientras escuchaba un sermón en el templo metodista de la calle Great Queen, Johann encontró la certeza de la salvación y un gozo en el Señor que lo llevaron desde el primer día a ser un testigo para Cristo y a procurar llevar a otros al Salvador.

En 1823, regresó a Hamburgo, nombrado como misionero a Alemania por la “Sociedad continental” fundada poco antes en Londres para la obra evangélica en el continente de Europa. Él pronto demostró los dones como predicador que atraían a crecientes multitudes. Las conversiones tuvieron lugar a medida que él anunciaba el Evangelio en recintos y en varios lugares de un extremo a otro de la ciudad. La oposición a lo que la gente llamaba “la religión inglesa” le acarreó multas y encarcelamientos, pero sus actividades continuaron.

Johann inauguró una escuela dominical y, por haberse destacado siempre en la distribución de las Escrituras, en 1823 también se convirtió en representante de la Sociedad Bíblica de Edimburgo, cargo que ocupó durante cincuenta años, llegando a imprimir y distribuir en ese tiempo dos millones de Biblias.

Al estudiar las Escrituras personalmente, Oncken poco a poco llegó a la convicción de que el Nuevo Testamento enseña el bautismo de creyentes por inmersión, y al pensar en la cantidad de conversos y amigos con quienes él se relacionaba, en su mente surgió la idea de que estos debían agruparse en iglesias según el modelo del Nuevo Testamento. Dicho modelo, según lo que él entendía, no admitiría como miembros sino solamente a creyentes bautizados por inmersión.

Aunque varios de ellos, después de estudiar juntos las Escrituras, habían decidido bautizarse, no pudieron hacerlo debido a que no había quién los bautizara. Algunos de ellos sugirieron, mientras tanto, organizar iglesias, aunque sin practicar el bautismo, y luego tomar la Cena del Señor juntos. Oncken, sin embargo, creyó que esto sería un mal comienzo y que podría dañar todo el movimiento desde el principio.
Después de esperar cinco años, se encontraron con un bautista americano, el Profesor Sears, quien los bautizó y al día siguiente los bautizados fundaron una iglesia y reconocieron a Oncken como pastor. Las autoridades civiles en Hamburgo pronto anunciaron su intención de no tolerar esta nueva “secta” en su ciudad, y Oncken y otros tuvieron que sufrir multas y encarcelamiento. Un lugar donde ellos estuvieron encarcelados fue en el Winserbaum, una prisión rodeada por agua a los dos lados, y caracterizada por ser un lugar insalubre y apestoso.

Un grupo de colegas capaces se unieron a Oncken, entre ellos Julius Köbner, hijo de un rabino judío en Dinamarca, un compositor de himnos y predicador, también Gottfried Wilhelm Lehmann, bautizado en Berlín junto con otros cinco por Oncken, quien luego los organizó como la primera iglesia bautista de aquella ciudad. La obra se difundió rápidamente y estuvo acompañada de persecuciones, principalmente multas y encarcelamientos impuestos por las autoridades, aunque a veces también se sufría la violencia por parte de la gente. El grupo poco a poco se ganó la confianza de las autoridades y la persecución disminuyó. En 1856, se le concedió total tolerancia a la iglesia de Hamburgo y en 1866 se declaró que todas las denominaciones religiosas gozarían de igualdad en aquella ciudad.

Oncken y Köbner comenzaron a dar cursos breves en el estudio de la Biblia a jóvenes, esto a fin de prepararlos para servir en las iglesias que surgían. De estos inicios se desarrolló el colegio bautista de Hamburgo, el cual daba un curso de cuatro años de entrenamiento a los que deseaban ser pastores. El creciente movimiento fue organizado en los países a los que se propagó, celebrándose conferencias anuales de delegados y nombrando a comisiones de “hermanos dirigentes” para ponerlos al frente de las diversas tareas. Mucha ayuda financiera se recibió procedente de los Estados Unidos.

Oncken se convirtió en misionero de la Sociedad Misionera Bautista Americana y por ello pudo viajar ampliamente. El colegio recibió apoyo, al igual que otras organizaciones y la obra en general. Al mismo tiempo, los conversos de distintas nacionalidades hacían su aporte.

A medida que las iglesias de los “bautistas alemanes” crecieron entre la numerosa población alemana de Rusia, estas entraron en contacto con otros grupos de creyentes rusos más antiguos que también practicaban el bautismo de creyentes. En muchos casos los “bautistas alemanes” lograron absorber a estos grupos dentro de su organización, de manera que las numerosas iglesias rusas llegaron a dividirse en dos grandes corrientes. Las iglesias rusas originales mantuvieron la independencia de cada congregación, mientras que los bautistas formaron una federación afiliada a iglesias en Alemania y los Estados Unidos.
Los bautistas aspiraban a tener un pastor en cada iglesia, y la administración del bautismo y la Cena del Señor quedaba principalmente en sus manos. Las iglesias rusas más antiguas tenían ancianos en cada iglesia y enfatizaban el sacerdocio de todos los creyentes así como la libertad de ministerio. Las experiencias de las diferentes congregaciones se vieron afectadas por estos puntos. El gobierno, por su parte, era partidario del sistema bautista, ya que era más fácil tratar con pastores locales y con una organización en general que tenía un centro y una cabeza visibles, que tratar con los hermanos que mantenían su principio independiente y congregacionalista, porque estos no podían ser influenciados tan fácilmente por las presiones externas. Por esta razón las autoridades, que a menudo llamaban a estos últimos por el nombre de “cristianos evangélicos”, procuraron por varios medios obligarlos a organizar y nombrar un comité central y un presidente. Además, el asunto relacionado a la aceptación de donaciones cuantiosas procedentes de los bautistas americanos fue considerado desde diferentes puntos de vista. Resultaba evidente que los bautistas rusos eran ayudados sobremanera en su obra por estas donaciones, y se hizo una propuesta para poder extenderlas a aquellas congregaciones de hermanos que no llevaban el nombre de bautistas. La oferta bondadosa y liberal se hizo de manera que, de ser aceptadas tales donaciones, no se les impondría ningún nombre ni se les exigiría ningún cambio en el gobierno de su iglesia o de cualquier otro tipo, con la única excepción de que ellas fueran incluidas en la “Unión mundial de iglesias bautistas”.

Un sector de los hermanos y de las congregaciones a las que ellos pertenecían era partidario de aceptar esta ayuda importante, pero la mayoría la rechazaron. Aunque reconocían y agradecían el amor y la generosidad que motivaban la donación, ellos sentían que la aceptación de esta los colocaría bajo una obligación. Sentían también que alteraría sus circunstancias de una manera que con el tiempo no fracasaría en ejercer una influencia en su curso; influencia que tendería a apartarlos de su dependencia total y manifiesta de Dios. Consideraban, además, que la aceptación de las donaciones daría motivo a la acusación de que ellos representaban una religión extranjera y, por ende, un poder extranjero.
Ellos creían que los principios de la Escritura aplicaban a todos los países por igual y a todas las circunstancias
(…)

Bibliografía
Geschichte der Alt-Evangelischen Mennoniten Brüderschaft in Russland, P. M.
Friesen.
Russlaud und das Evangelium, Joh. Warns.
Johann Gerhard Oncken: His life and Work, John Hunt Cook.
To the Members of the Sixth Assembly of the German Evangelical Churches
held in Berlin, 1853. Subject: ‘How the Church should act in reference to
Separatists and Sectarians viz. Baptists and Methodists,’ G. W. Lehmann.
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