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Historia de la Iglesia (65)
#1
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadben

Capítulo 17

Cuestiones relacionadas a hermandad e inspiración
(1830–1930)

Lealtad a las
Escrituras


Una reunión en Plymouth, en la que algunos de los presentes tenían contactos personales con los de Dublín y los de Bristol, pronto resultó ser muy influyente, tanto por la cantidad de participantes como por los dones de algunos de sus líderes y maestros. Fue precisamente debido a la importancia que adquirió este encuentro en aquel momento que se originó el nombre de “Los hermanos de Plymouth”.

Entre sus maestros los más eminentes fueron Benjamín Wills Newton y J. N. Darby. Este último estaba relacionado a una asamblea en Londres, pero al dedicarse por entero al ministerio de la Palabra, viajó constantemente y ministró con frecuencia en Plymouth. (…)

En las montañas de Jura todavía existían asambleas de creyentes que habían sido fundadas bíblicamente, y que habían sido perseguidas como anabaptistas.

En Ginebra quedaban los frutos de las lecturas de la Biblia de Roberto Haldane. Los líderes principales del movimiento de la “iglesia libre” allí habían estado influenciados por ellas, y un resultado de esto se hizo visible en la asamblea llamada “La nueva iglesia”, la cual se reunió desde 1818 en Bourg de Four y posteriormente en la capilla de la Pélisserie.
Otros movimientos habían tenido lugar, tanto dentro como fuera de la Iglesia nacional. (…)

Movimientos de creyentes, reunidos conforme a la enseñanza y el ejemplo del Nuevo Testamento, se encuentran en muchas partes del mundo. Estos están libres de desarrollos históricos hacia rituales u organizaciones que han apartado a muchos del modelo original, y su simplicidad los hace adaptables a todas las clases de hombres y a todas las circunstancias. Estos movimientos no publican ni recopilan información o estadísticas, ni dependen de la publicidad o solicitudes de ayuda para llevar a cabo su testimonio. De manera que son muy poco conocidos en el mundo, incluso en el mundo religioso, y esto precisamente le da a su trabajo una serena pero gran eficacia cuyo valor se aprecia especialmente cuando dichos grupos enfrentan circunstancias de persecución.

En nuestros días, constantemente se están formando círculos similares entre toda clase de personas. Ellos poseen en sí mismos el poder para llevar la Palabra de vida adelante, cada vez más lejos, y siguen propagándose.

Sus historias son constantes evocaciones del libro de los Hechos. Aquellos que están entre algunos de esos grupos —y nadie puede conocerlos a todos— se dan cuenta de que sus obras son como las de su Señor, “las cuales si se escribieran una por una, (...) ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir”.

La atención ha sido atraída hacia las personas e iglesias que han aceptado las Escrituras como una revelación divina, suficiente como para mostrar el camino de la salvación y la conducta, así como para dirigir a las iglesias de creyentes en lo relacionado con su orden y testimonio.

Hemos visto como se levantó un cuerpo clerical que ha asumido dominio y, poco a poco, ha desarrollado un sistema de ritualismo que se ha convertido en un enemigo implacable de aquellos que han continuado actuando sobre la base de la enseñanza de las Escrituras.

Una forma diferente de ataque contra las Escrituras, que pudiera ser descrita como racionalismo, fue la que se llevó a cabo en el siglo XIX. El racionalismo hace a un lado la revelación al dar por sentado la suficiencia de la mente o la razón a fin de permitirle al hombre encontrar la verdad y alcanzar el bien más preciado. El progreso sin precedentes alcanzado en el conocimiento científico no sólo hizo posible una comprensión valiosa acerca de las obras de Dios en la creación, sino que, además, estimuló en algunas mentes un deseo de explicar la creación aparte de Dios. Se hizo, pues, necesario demostrar que el relato de la creación dado en el libro de Génesis no surgió a partir de una inspiración divina, sino a partir de la ignorancia de los hombres que, por haber vivido antes que nosotros, se supone que tenían menos conocimiento que nosotros.
A medida que se hicieron nuevos descubrimientos en el campo infinito de la naturaleza, las teorías se fundamentaron en esos descubrimientos, y se afirmó que estos resultaban incompatibles con el relato de Génesis, y que, por lo tanto, comprobaban que la historia de Génesis era incorrecta. Al salir a la luz nuevos hechos, se hacía necesario desarrollar nuevas teorías, cada una desplazando a su predecesora, aunque cada una fue aceptada sobre la base de la autoridad de la erudición de los hombres de ciencia que las promulgaban. "El origen de las especies", publicado por Charles Darwin en 1859, fue un hito importante en este desarrollo del pensamiento.

Aquellos que aceptaron la opinión de que no había habido una creación, inevitablemente perdieron el conocimiento del Creador. Esto implicaba la pérdida de todo el conocimiento revelado, por cuanto la
revelación de Dios por medio de las Escrituras comienza con la creación como la obra de Dios, sin la cual no pudo haber existido la caída de su criatura, el hombre, y sin la cual tampoco hubiera habido ni necesidad ni posibilidad de la redención del hombre. Por consiguiente, las nuevas teorías, que evolucionaron de las mentes de los hombres, rechazaron la enseñanza de la Escritura acerca de la caída, reemplazándola con teorías que cambiaban constantemente, acerca del desarrollo del hombre a partir de una forma de vida inferior.

La experiencia de la salvación y la esperanza de la redención se volvieron imposibles de creer sobre la base de estas enseñanzas, y cualquier promesa vaga que pudiera ofrecerse al género humano dejó al individuo sin esperanza.
Aunque en las mentes de la mayoría la evolución ha reemplazado a Dios el Creador, de manera que algunos consideran que sus raíces se remontan a las bestias en lugar de Dios, y son ignorantes de Dios como su Redentor, no todos, incluso entre aquellos reconocidos como los hombres de ciencia más eminentes, han seguido esta enseñanza.

No sería correcto decir que el aumento del conocimiento de los hechos de la naturaleza necesariamente conduce a no creer en Dios o en las Escrituras. Muchos han descubierto que cuanto más han aprendido de las obras de Dios en la creación, tanto más han apreciado la consonancia de esta revelación con la contenida en las Escrituras.
En realidad, la afirmación que con tanta frecuencia se hace de que ningún hombre moderno, inteligente y educado puede creer en las Escrituras, carece de fundamento alguno. No es cierto que cuanto más las personas saben tanto menos creen, ni tampoco que cuanto más ignorantes son, más fe poseen.
El racionalismo se debe en gran medida a la falta de reconocer que el hombre no sólo es mente, sino mente y corazón, y que la mente siempre sirve al corazón. El corazón —que es el carácter, la voluntad, las emociones y el centro de las experiencias— usa en su servicio a la mente, con su inteligencia y poder de razonamiento.
El corazón del hombre natural usa su mente a fin de justificar su incredulidad de Dios y la Escritura, al encontrar innumerables razones para argumentar en contra de Dios así como supuestas contradicciones y errores en las Escrituras. No obstante, si este mismo hombre tiene una experiencia que lo hace darse cuenta de su estado pecaminoso, de su necesidad de salvación, y Cristo se manifiesta a él, su corazón —es decir, su voluntad y emociones— son capturadas. Estas acuden a Cristo en fe como el Salvador y Señor, y la vida divina y eterna es transmitida a tal hombre, como está escrito: “Para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3.15). Con esta provisión, la mente —aunque ni más ni menos capaz, inteligente o instruida que antes— entra al servicio del corazón transformado. Encuentra verdad, belleza y revelación en las mismas Escrituras que antes despreciaba, y descubre en los caminos de Dios un motivo constante para adorar y ofrecer acciones de gracias. El fracaso del racionalismo se debe a su acto de colocar al juez erróneo en la magistratura.

Otro modo de ataque contra las Escrituras, también desarrollado fundamentalmente en el siglo XIX, tomó la forma de crítica bíblica. Esta, al igual que las investigaciones científicas, es buena en sí, pero el racionalismo la obligó a adoptar teorías erróneas. El examen exhaustivo del texto de la Escritura, incluyendo el estudio de los manuscritos antiguos, ha sido de gran valor al corregir los errores y exhibir de una forma más completa el contenido, la fuerza y el significado de la Palabra de Dios escrita. La “crítica superior”, al tomar en cuenta las circunstancias históricas, geográficas y otras de carácter externo bajo las cuales fueron escritos los varios libros, y al examinar también su carácter literario interno, así como al deducir de todos estos lo que puede aprenderse en cuanto a su fecha y autoría, ha sacado a la luz muchas cosas de interés.

Sin embargo, aquí nuevamente el método racionalista, el examen de las Escrituras sin tener en cuenta a Dios ni la inspiración del Espíritu Santo que obró por medio de los autores humanos y juntamente con ellos, ha conducido a teorías extrañas y variadas.

Las Escrituras fueron dadas al mundo por medio de un instrumento escogido, el pueblo de Israel. Moisés y los profetas hablaron por medio de la Palabra del Señor, y los libros que contienen sus declaraciones, ya sean los de la ley, los de historia, los salmos o las profecías, fueron preservados por los judíos con un esmero y tenacidad que ninguna otra raza hubiera sido capaz de ejercer.

Cristo y los apóstoles aceptaron y usaron todo el Antiguo Testamento como la Palabra de Dios, completándola por medio de la adición del Nuevo Testamento. Este Libro, o Biblia, en todos los tiempos ha sido aceptado como inspirado divinamente, y por medio de su obrar en los corazones y vidas de los hombres ha demostrado su poder divino.

Siempre han existido aquellos que niegan sus afirmaciones, pero fue en el siglo XIX que se vio un desarrollo trascendental de esta negativa por parte de los hombres.

El ritualismo había enseñado por mucho tiempo un desarrollo que añadió a la Escritura e implicó una desviación de esta, pero el racionalismo, quitando de la Biblia, tiene el efecto de socavar y destruir su credibilidad.

Uno de los primeros y más importantes desarrollos de “la crítica superior” fue fundamentado en el uso de diferentes nombres para Dios en el libro de Génesis. A partir de estas diferencias se argumentó que el libro tenía que ser la obra de diferentes autores. Luego, en una demostración de mucha ingenuidad, el libro de Génesis, y posteriormente otros libros, fueron divididos en las diferentes autorías (los diversos críticos tenían sus distintos esquemas). Bajo este proceso la personalidad de Moisés fue tergiversada, y pronto llegó a estar de moda negar la existencia de Abraham y otros personajes descritos en los libros más antiguos, representándolos como personajes míticos, el producto de leyendas acerca de varios héroes relacionados a un hombre imaginario.

Un nuevo y más rápido progreso tuvo lugar en estos métodos cuando Eduardo Reuss (1834) promulgó una teoría según la cual los libros de la ley hubieran sido escritos después de los libros de los profetas, y que los Salmos hubieran sido escritos aun más tarde. Esta suposición produjo mucha especulación e hizo que se adaptaran las distintas partes del Antiguo Testamento al esquema recién concebido.

Al mismo tiempo, los milagros del Nuevo Testamento fueron rechazados como sucesos imposibles, y se explicó con gran empeño cómo la narración de estos había surgido a partir de malentendidos e historias legendarias.

La historia del Evangelio fue reconstruida. "La Vie de Jesus", de Ernest Renan, y la "Leben Jesu", de Strauss, estuvieron muy en boga por un tiempo. La crítica se extendió por todas partes. El simple hecho de que algo se afirmara en la Biblia era considerado casi como razón suficiente para dudar de su veracidad.
Semejantes extremos condujeron a cierta reacción; mucho de lo que se había rechazado volvió a admitirse. Las investigaciones arqueológicas revelaron la exactitud histórica de muchas cosas que habían sido consideradas como fábulas. La creciente ocupación de muchos con las Escrituras, como resultado de estos conflictos, sacó a la luz más que nunca sus tesoros de verdad y sabiduría. Estas personas todo el tiempo continuaron siendo el medio fundamental para traer la salvación a toda clase de pecadores.

Así como el ritualismo le debía al clero el hecho de haberse convertido en un medio eficaz para mantener a los pecadores alejados del Salvador, también el racionalismo —que tiene su amplio predominio en nuestros días y su poder de mantener a las multitudes en la incredulidad— tenía éxito por el hecho de que se apoderó de la mente teológica y ministerial, y parecía convertir a quienes lo adoptaban en los líderes intelectuales de la gente.
Su conquista de los colegios teológicos y de las instituciones de entrenamiento para el ministerio ha sido una obra casi completa.
Los guías espirituales de la gente han llevado a sus rebaños, poco dispuestos, a donde no hay pasto, haciéndoles creer que ellos ya no pueden considerarse intelectuales ni mucho menos inteligentes a menos que acepten las supuestas pruebas de que no hay revelación inspirada divinamente y, por consiguiente, de que no hay ningún Creador ni Hijo de Dios que se hiciera hombre por el bien de los pecadores, y que por nosotros conquistara el pecado y la muerte y abriera el camino de regreso a Dios.

La enseñanza racionalista ha pretendido reducir al Señor a no más que un buen hombre, un hombre que a menudo cometió errores, aunque fuera un modelo para nuestra imitación. Las promesas de que estas doctrinas trajeran consigo una paz, prosperidad y hermandad universal, han sido desmentidas categóricamente por medio de la guerra y los preparativos para la guerra, por medio de las huelgas y de la bancarrota. La esperanza y expectación de la venida del Señor para reinar, están ausentes en aquellos que no saben quién fue el que vino a sufrir por nosotros.

Entre los muchos que se opusieron a esas falsas enseñanza y continuaron usando las Escrituras con un poder y efecto que demostró la verdad de su afirmación de ser la Palabra inspirada de Dios, estaba Charles Haddon Spurgeon. Él se convirtió al Señor cuando tenía dieciséis años (1850) y fue recibido entre los bautistas. Inmediatamente comenzó a testificar de Cristo, y al cabo de un año, dejando a un lado cualquier preparativo teológico convencional, se hizo pastor de una iglesia bautista. Incluso para ese entonces su predicación ya tenía un poder espiritual tan extraordinario que una creciente cantidad de personas se sintió atraída a escucharlo. Ningún edificio disponible fue suficiente para el auditorio de semejante predicador, de modo que se construyó el Tabernáculo Metropolitano, con capacidad para 6.000 personas, y allí él no sólo predicó el Evangelio con regularidad a lo largo de su vida, sino que, además, expuso las Escrituras y desempeñó un papel importante —con sus notables dones y una humildad intachable— en la edificación de una iglesia basada en los principios del Nuevo Testamento, desde la cual ríos de agua de vida fluyeron a innumerables almas.

En la predicación, Spurgeon se aferraba estrictamente a las Escrituras, las cuales explicaba a sus oyentes con una comprensión y emoción genuina, destacando su mensaje con infinitos ejemplos adecuados. Sus sermones eran efectivos tanto cuando eran leídos como cuando eran escuchados; los mismos eran publicados tan pronto se predicaban, y su circulación fue enorme, manteniéndose incluso hasta después de su muerte.

Al sentir fuertemente el obstáculo que representaba para el Evangelio la doctrina de la regeneración bautismal, Spurgeon decidió, de forma valiente, predicar y publicar un sermón sobre el tema. Esto lo expuso a los ataques por parte de los numerosos grupos de evangélicos y protestantes que apoyaban dicha doctrina. El conflicto que esto suscitó lo obligó, un año después, a retirarse de la “Alianza Evangélica”.
Como la crítica bíblica se desarrolló en el aspecto de socavar la fe en la inspiración de las Escrituras, y llegó a influenciar sobremanera a la “Unión Bautista”, Spurgeon se retiró también de esa asociación (1887). Este paso le costó la pérdida de algunos amigos y lo involucró en mucha polémica, pero al mismo tiempo dio esperanzas a muchos que se encontraban a punto de dudar de los fundamentos de su fe y, en los días difíciles, alentó aquella justificación de la verdad de la Escritura, que pronto iba a ser fuertemente reforzada por los nuevos descubrimientos, tanto de las investigaciones históricas antiguas como de las científicas modernas. Al mismo tiempo, las Escrituras nunca fueron tan ampliamente difundidas ni leídas como en este tiempo, y su llamado al arrepentimiento y a la fe es tan eficaz como siempre.

La Sociedad Bíblica Británica y Extranjera junto con otras, no sólo se mantuvo sino que continuó incrementando sus traducciones y ventas. Sus agentes viajeros fueron en aumento y entraron en esferas cada vez más amplias. Nuevas traducciones llevaron los tesoros de la Palabra de Dios a los pueblos más lejanos.

Si entre algunos de los pueblos favorecidos, el don de la lectura gratuita de la Palabra de Dios, tan encarecidamente comprado por medio de la sangre de sus antepasados, es desperdiciado, existen aquellos, llamados posteriormente, que se esfuerzan por ocupar los lugares de los primeros.

(Continuará)
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