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Historia de la Iglesia (7)
#1
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadbent

Capítulo 2

El cristianismo en la cristiandad
(313–476 d. de J.C. ; 300–850 d. de J.C. ; 350–385 d. de J.C.)

La importancia de los Obispos y especialmente de los Metropolitanos en las iglesias Católicas facilitó la comunicación entre la Iglesia y las autoridades civiles. El propio Constantino, mientras retenía la antigua dignidad imperial del sumo sacerdote de la religión pagana, asumió el papel de árbitro de las iglesias cristianas. La Iglesia y el estado pronto estuvieron estrechamente relacionados, y no tardó mucho para que el poder del estado estuviera a disposición de los líderes de la Iglesia para que estos impusieran sus decisiones. De manera que los perseguidos pronto se convirtieron en perseguidores.

En épocas posteriores aquellas iglesias que, fieles a la Palabra de Dios, fueron perseguidas por la Iglesia dominante como herejes y sectas, a menudo hacían referencia en sus escritos a su total inconformidad con la unión de la Iglesia y el estado en la época de Constantino y de Silvestre, Obispo en Roma en aquel entonces. Dichas iglesias trazaban una continuidad desde las iglesias bíblicas primitivas en una sucesión ininterrumpida desde los tiempos apostólicos, pasando ilesas a través del período en que tantas iglesias se asociaron con el poder mundano, hasta llegar a su propio tiempo.

Para todas estas iglesias, la persecución pronto fue reanudada, pero en lugar de venir del Imperio Romano pagano, vino de la que proclamaba ser la Iglesia, ejerciendo el poder del estado cristianizado.

Los donatistas, siendo muy numerosos en el África del Norte y habiendo retenido o restaurado muchos rasgos del tipo de organización católica entre ellos, se encontraban en una posición que les permitía apelar al emperador en sus conflictos con la parte católica, y eso fue precisamente lo que hicieron. Constantino convocó a varios Obispos de ambas partes y se pronunció en contra de los donatistas que entonces fueron perseguidos y castigados; aunque esto no apaciguó el conflicto, el cual continuó hasta que tanto los donatistas como los católicos fueron reprimidos por la invasión islámica en el siglo VII.

El primer Concilio general de las iglesias Católicas fue convocado por Constantino y tuvo lugar en Nicea, Bitinia. El principal asunto a discutir fue la doctrina enseñada por Arrio, Obispo de Alejandría, quien declaró que Cristo fue un ser creado, aunque el primero y mayor de los seres creados, y negaba su igualdad con el Padre. Más de 300 Obispos estuvieron presentes, con sus respectivos acompañantes, de todas las partes del Imperio para analizar este asunto.
La apertura del Concilio fue llevado a cabo con gran pompa y estuvo a cargo de Constantino. Varios de los Obispos presentes llevaban en sus cuerpos las cicatrices de las torturas que habían soportado en el tiempo de las persecuciones. Con dos opiniones contrarias, el Concilio determinó que la enseñanza de Arrio era falsa y que no había sido la enseñanza de la iglesia desde sus inicios. El credo del Concilio de Nicea fue redactado de manera que expresara el hecho de la verdadera naturaleza divina del Hijo y su igualdad con el Padre.
Aunque la decisión adoptada fue la correcta, la forma de alcanzarla por medio de los esfuerzos combinados del emperador y los Obispos, y el hecho de hacerla cumplir mediante el poder del estado, demostraron la desviación a que había llegado la Iglesia Católica con respecto a las Escrituras. Dos años después del Concilio, Constantino, cambiando de opinión, acogió a Arrio, permitiéndole regresar del exilio, y ya en el reinado de su hijo Constancio II, todas las diócesis estaban llenas de arrianos. El gobierno, ahora arriano, persiguió a los católicos como anteriormente lo había hecho contra los arrianos.

Uno de los que gozaba de gran prestigio y que no se dejó llevar por el clamor popular ni por las amenazas o lisonjas de las autoridades fue Atanasio. Siendo un hombre muy joven, Atanasio tomó parte en el Concilio de Nicea, y más tarde llegó a ser Obispo de Alejandría. Por casi cincuenta años, aunque exiliado en varias ocasiones, testificó valientemente de la verdadera divinidad del Salvador. Atanasio fue difamado, llevado ante los tribunales, en ocasiones tuvo que refugiarse en el desierto y después regresar a la ciudad, pero nada de esto afectó su defensa de la verdad en la cual creía.

El arrianismo se mantuvo casi tres siglos como la religión estatal en varias naciones, especialmente en los reinos que posteriormente se establecieron en el norte. Los lombardos en Italia fueron los últimos en renunciarlo como la religión nacional.

No sólo el primero, sino también los seis primeros Concilios Generales, de los cuales el último tuvo lugar en el año 680, centraron su atención, en gran medida, en asuntos relacionados con la naturaleza divina y la relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En el curso de los interminables debates, salían a la luz credos y dogmas que los participantes vociferaban con la esperanza de mantener la verdad mediante ellos y así poder trasmitirla a las generaciones futuras.

Resulta evidente el hecho de que en las Escrituras no se emplea este método. Al analizarlas, nos percatamos de que en el contenido de la mera letra no se transmite la verdad, la cual se alcanza a comprender espiritualmente y no puede, tampoco, una persona darla a otra como si fuera un objeto.

Cada uno debe recibirla y apropiarse de ella por sí mismo en su trato íntimo con Dios, y establecerse en ella por medio de confesarla y mantenerla en medio del conflicto de la vida diaria.

A veces se piensa que la Biblia no es suficiente como guía para las iglesias sin la adición de, al menos, la tradición primitiva. A favor de esto se alega que fueron los concilios de la iglesia primitiva los que conformaron el canon de las Escrituras. Esto, por supuesto, sólo podría referirse al Nuevo Testamento. Las características peculiares y la historia única de Israel los equipó para recibir la revelación divina, reconocer las Escrituras inspiradas, y preservarlas con una perseverancia invencible y una gran exactitud.
En cuanto al Nuevo Testamento, el canon de los libros inspirados no fue conformado por los Concilios de la Iglesia, sino reconocido por los Concilios, pues ya había sido claramente indicado por el Espíritu Santo y aceptado por la mayoría de las iglesias. Desde entonces, esta indicación y aceptación han sido confirmadas por cada comparación de los libros canónicos con los apócrifos y los otros libros no canónicos, resultando evidente la diferencia en el valor y el poder entre ellos.

El segundo período en la historia de algunas de las iglesias mencionadas al principio de este capítulo, comenzando después del edicto de tolerancia de Constantino en el año 313, resulta de vital importancia debido a que muestra el experimento en grande de la unión de la Iglesia y el estado.

¿Podría la iglesia salvar al mundo por medio de unirse con él? El mundo romano había alcanzado su mayor poder y gloria. La civilización había logrado todo lo que había sido capaz de obtener fuera del conocimiento de Dios. Sin embargo, el mundo vivía en extrema miseria. El lujo y el vicio de los ricos eran ilimitados; una vasta porción de la población era esclava. Las exhibiciones públicas, donde la presentación de todo tipo de maldad y crueldad divertía a la población, intensificaron la degradación. Y aunque todavía había vigor en las extremidades del imperio —un imperio en conflicto con los enemigos circundantes—, la enfermedad en el corazón constituía una amenaza para todo el cuerpo, y Roma había llegado a ser irremediablemente corrupta y depravada.

Mientras la iglesia permanecía apartada del estado, había sido un testigo poderoso de Cristo en el mundo, y constantemente sumaba conversos a su santa hermandad. Sin embargo, cuando la iglesia, ya debilitada por haber adoptado las reglas humanas en lugar de la dirección del Espíritu Santo, entró repentinamente en sociedad con el estado, y llegó a ser una organización profanada y degradada.
Muy pronto el clero se encontraba compitiendo tan vergonzosamente por alcanzar posiciones lucrativas y poderes como los funcionarios de la corte. Por otra parte, en las congregaciones donde predominaba el elemento pecaminoso, las ventajas materiales de profesar el cristianismo transformaron la pureza de las iglesias perseguidas en mundanería. De manera que la Iglesia quedó impotente para detener el rumbo decadente del mundo civilizado hacia la corrupción.

Nubes siniestras que anunciaban juicio empezaron a formarse. En la lejana China los movimientos populares, saliendo hacia el oeste, provocaron una gran migración de los hunos. Estos cruzaron el Volga y, empujando a los godos hacia lo que ahora es Rusia, los obligaron a dirigirse hacia las fronteras del Imperio, que para ese entonces estaba dividido. La parte oriental, o el Imperio Bizantino, tenía a Constantinopla como su capital, y la parte occidente tenía a Roma.
Las naciones teutónicas o germánicas empezaron a salir de los bosques.
Obligados por las hordas mongoles desde el Oriente, y atraídos por las riquezas y la debilidad del Imperio, los godos (divididos en orientales y occidentales bajo los nombres de ostrogodos y visigodos) y otros pueblos germánicos tales como los francos, los vándalos, los burgundios, los suevos, los hérulos y otros, emergieron como las olas de una inundación incontenible sobre la civilización decadente de Roma.
En un año grandes provincias como España y Galia fueron destruidas. Los habitantes, acostumbrados a la paz por mucho tiempo y congregados principalmente en las ciudades para gozar de la tranquilidad y el placer que estas les proporcionaban, vieron desaparecer a sus ejércitos que habían protegido sus fronteras por tanto tiempo. Las ciudades fueron devastadas, y una población culta y suntuosa fue masacrada o esclavizada por los bárbaros paganos. La propia Roma fue tomada por los godos bajo el mando de Alarico (410 d. de J.C.), y la gran ciudad fue saqueada y desolada por las huestes bárbaras. En el año 476, el Imperio Romano occidental llegó a su fin, y en las extensas regiones sobre las que había reinado por tanto tiempo, comenzaron a surgir nuevos reinos.

La parte oriental del Imperio continuó hasta que, en 1453, casi mil años después, Constantinopla fue conquistada por los turcos musulmanes.

(Continuará)
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