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Historia de la Iglesia (56)
#1
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadben

Capítulo 15

Rusia
(1788–1914 850–1650 1812–1930)

Los descendientes de aquellas iglesias en Holanda que habían sido avivadas por medio de los esfuerzos de Menno en el siglo XVI prosperaron bastante cuando, bajo el liderazgo del Príncipe de Orange, se derrotó el poder de España y su tiranía fue sustituida por una libertad de conciencia y de culto sin precedentes.

Ya para el siglo XVIII los menonitas se habían convertido en un grupo muy próspero. Sin embargo, en Prusia, en parte por negarse a prestar servicio militar, ellos fueron sujetos a tales desventajas que se convirtieron en un grupo pobre y abatido. De modo que cuando llegó una oferta de la Emperatriz Catalina II de Rusia de ocupar una tierra en las regiones recién ocupadas al sur de Rusia, con libertad de culto y exención del servicio militar, esta fue acogida como un acto de liberación dado por Dios.

Los más pobres fueron los más dispuestos a emigrar, y en 1788 tuvo lugar el primer éxodo de 228 familias o unas 1.500 almas, quienes ya para el siguiente año se habían establecido en la provincia de Ekaterinoslav, en el distrito de Chortitza, a orillas del río del mismo nombre, que desemboca en el Dniéper. Al principio lucharon para poder subsistir, pero otros grupos los siguieron, entre ellos algunos que estaban mejor provistos de recursos.

Pronto la diligencia trajo prosperidad. La expectativa del gobierno ruso de que estos agricultores elevaran el estándar de la agricultura y el nivel de vida en general fue muy pronto satisfecha. A medida que la tierra negra, rica y fértil fue rindiendo sus cosechas abundantes de granos, se levantaron poblados bien organizados con calles amplias bordeadas de casas de construcción sólida. Fue así como los rusos y los tártaros vecinos vieron las posibilidades de riqueza de su tierra como nunca antes habían soñado.

No obstante, los menonitas no fueron los únicos emigrantes. Una gran cantidad de luteranos, principalmente de los círculos pietistas perseguidos en Württemberg, también vinieron a labrar la tierra y a edificar poblados por toda la región. Estos fueron los inicios de una colonización que aumentó sobremanera.

Con el transcurso del tiempo los asentamientos se propagaron a lo largo del sur de Rusia, hacia Crimea, especialmente por la cuenca más baja del Volga, hasta el Cáucaso y más allá hacia la Siberia e incluso hasta el Turkestán y llegando hasta las fronteras de China. Sin dejarse absorber por las poblaciones circundantes, los colonos mantuvieron su propio idioma, religión y costumbres, formando grupos bien íntegros, dispersos como islas rodeadas por el mar de los eslavos ortodoxos y otros pueblos del vasto Imperio.

Los privilegios dados por el gobierno pronto cambiaron el carácter de las iglesias menonitas, por cuanto, a fin de compartir estos privilegios, los hijos no tenían más opción que hacerse menonitas. Por eso eran recibidos en la iglesia, no, como antes, sobre la base de su confesión de fe en Cristo y las evidencias de su nuevo nacimiento, sino que eran bautizados y se hacían miembros cuando alcanzaban cierta edad o cuando se casaban. De modo que la iglesia se convirtió en una Iglesia nacional, teniendo en sus filas lo mismo a miembros convertidos como no convertidos. Su nivel moral rápidamente degeneró. Familias que al llegar a Rusia se habían distinguido por su sobriedad y piedad cayeron en evidentes pecados de toda clase, de manera que la borrachera, la inmoralidad y la codicia pronto predominaron. Siempre se mantuvo un remanente piadoso que luchaba contra estos males y lamentaba profundamente, a nombre de sí mismos y de su pueblo, el fracaso de su testimonio.

Sus oraciones fueron escuchadas y su ayuda llegó de un lugar inesperado. El dueño de una posada en Murrhard, Württemberg tuvo un hijo, Eduardo Hugo Otto Wüst, a quien envió a estudiar teología. A pesar de su vida pecaminosa en la Universidad de Tubingen, el joven aprobó los exámenes requeridos y en 1841 empezó a ejercer sus funciones clericales en la Iglesia nacional de Württemberg en Neunkirchen y Riedenau. Wüst se entregó a su obra con todo su vigor natural, mantuvo relaciones amistosas con los pietistas, los moravos y los metodistas, y al cabo de tres años después de su ordenación experimentó un cambio de corazón y pudo renunciar a sus hábitos y costumbres pecaminosos. Fue entonces, mientras esperaba el amanecer del año 1845, que recibió el pleno gozo del conocimiento del perdón de pecados y la certeza de ser un hijo de Dios.

Sus predicaciones y lecturas de la Biblia, tanto interesantes como eficaces, no sólo atrajeron a muchos a su alrededor, sino que, además, suscitaron la envidia y el odio de sus colegas del clero. Mientras sufría trabas y atrasos humillantes en su obra, recibió, por medio de la influencia pietista, una invitación para incorporarse a una iglesia “separatista” en Neuhoffnung en el sur de Rusia. A los 28 años de edad, Wüst predicó su primer sermón en la iglesia allí. Era un hombre alto y corpulento con una voz potente y agradable, y su carácter afectuoso atrajo a aquellos con quienes entró en contacto.

En sus prédicas él mostraba a partir de las Escrituras lo que había experimentado en su propio corazón —la suficiencia de la obra expiatoria de Cristo y la certeza de la salvación que pueden poseer aquellos que confían en él. A su iglesia, ya atestada, llegaron oyentes adicionales de todos los círculos, entre ellos los menonitas. Wüst no permitió que las diferencias denominacionales limitaran sus actividades, por lo que pronto se vio compartiendo lecturas de la Biblia en casas menonitas y predicando en sus lugares de reunión. Esto trajo consigo un gran avivamiento. Los pecadores fueron traídos al arrepentimiento y una gran cantidad de almas encontraron la paz al creer; hubo así un giro poderoso del pecado a la santidad. No obstante, inmediatamente la oposición hizo su acto de presencia. A Wüst se le prohibió el uso de los lugares de reunión menonitas, pero esto no frenó el progreso del avivamiento. Surgieron dificultades por medio de algunos que cedieron a expresiones de gozo trastornadas y extravagantes, confundiendo sus sentimientos con la dirección del Espíritu Santo. Pero este rasgo del movimiento, que sólo podía conducir a la locura y al pecado, fue superado con el tiempo y la buena obra persistió a pesar de los ataques tanto internos como externos.

Wüst murió en 1859, apenas a los 41 años de edad. Durante su vida algunos de los menonitas convertidos participaron en la Cena del Señor junto con los miembros de su congregación.

Después de su muerte, en el mismo año, un grupo de creyentes menonitas, al sentir que ya no era debido tomar la Cena del Señor en su iglesia junto con los incrédulos, comenzaron a celebrarla de vez en cuando en casas particulares sólo con aquellos que confesaban la fe en Cristo.

Esto despertó un gran resentimiento, y aunque ellos habían deseado evitar las divisiones, varios fueron obligados a separarse de la Iglesia Menonita. Pronto otros se sumaron a ellos y en 1860 se fundó una congregación independiente de hermanos menonitas.

La antigua Iglesia Menonita ahora actuaba para con las iglesias de los “hermanos menonitas” recién fundadas de la misma manera en que habían actuado en épocas anteriores las Iglesias del estado para con sus antepasados; los condenaron y los entregaron a las autoridades civiles para que los castigaran. Pidieron que los privaran de todos sus derechos como menonitas, e incluso amenazaron a algunos con desterrarlos a Siberia. Durante años este asunto fue un tema de constante negociación con el gobierno, tiempo durante el cual los “hermanos” sufrieron severamente. Finalmente el gobierno les concedió a todos los menonitas todos sus privilegios originales, aparte de cualquier cuestión referente a su pertenencia a una iglesia en específico.

Las reuniones de los “hermanos menonitas” aumentaron constantemente y, con su crecimiento, los dones del Espíritu Santo se manifestaron de manera abundante entre ellos. En su esfuerzo por seguir el modelo y la enseñanza del Nuevo Testamento en sus iglesias, se dieron cuenta de que el modo de bautizar en la Iglesia Menonita, por medio de la aspersión del agua, no era el de los apóstoles, de manera que introdujeron el bautismo de creyentes por inmersión.

Más tarde algunos comprendieron que su compañerismo debía ser con todos los cristianos y no sólo con los menonitas y, aunque no todos concordaban en este asunto, algunas de las iglesias tuvieron libertad para recibir a todos aquellos que según su conocimiento pertenecían a Cristo. Las visitas de hermanos ministros del extranjero, de distintos grupos de creyentes, ayudaron en esto.

Uno de los resultados de estos acontecimientos fue un gran cambio en la Iglesia Menonita. Aunque esta continuaba sumando tanto miembros creyentes como no creyentes, el avivamiento que había sacado de sus filas a tantos demostró ser eficaz entre muchos de los que permanecieron dentro de su hermandad. El Evangelio fue predicado por sus ministros con un poder salvador; la vida piadosa de los conversos fue un testimonio constante para los que se encontraban a su alrededor; el pecado fue censurado y la norma moral de la sociedad en sentido general, incluso entre los inconversos, mejoró. Además, el rencor que existía entre la “Iglesia” y los “hermanos” disminuyó poco a poco, y los creyentes de ambos grupos llegaron a disfrutar de una hermandad en Cristo a pesar de sus diferencias de opinión.

La inmensa necesidad del mundo pagano y la responsabilidad de llevar el Evangelio entre aquellos que nunca antes lo habían escuchado comenzó a pesar en las conciencias de muchos, tanto fue así que misioneros fueron enviados a la India y otras partes. La riqueza que se incrementó rápidamente entre estos colonos se convirtió en una tentación para muchos de ellos, pues se vieron tentados a involucrarse demasiado en las cosas materiales. No obstante, también hubo aquellos que aprovecharon bien su riqueza en el temor de Dios y para el avance de su reino.

Una gran cantidad de ellos había emigrado a América, de modo que, en diferentes formas, sus intereses se extendieron más allá de su primer círculo limitado hacia las regiones lejanas del mundo.

Junto con los privilegios que los menonitas recibieron del gobierno ruso también adquirieron obligaciones y limitaciones. En lugar del servicio militar, sus jóvenes fueron empleados por cierta cantidad de años en los servicios forestales. Además, se les prohibió celebrar reuniones entre los rusos o de alguna forma “hacer propaganda” entre los miembros de la Iglesia Ortodoxa Griega, y sobre estos requisitos, los cuales ellos aceptaron y cumplieron, se les garantizó su propia libertad de reunión.

Con todo, hubo una actividad espiritual destacada y bendiciones en sus aldeas dispersas por las extensas estepas rusas. Muchos obreros rusos fueron empleados por los menonitas; algunos de ellos los acompañaban en la adoración familiar que tenía lugar diariamente en los hogares de los creyentes y allí escuchaban la Palabra de Dios. El Evangelio se convirtió en un tema de conversación popular entre los hombres al encontrarse ellos en la granja o en el mercado, y entre las mujeres al encontrarse en la casa o en los campos.

Los rusos no conocían las Escrituras porque eran leídas en sus iglesias en el antiguo idioma eslavo, el cual no comprendían. Como no había predicación en sus iglesias, sino que sólo se celebraban los rituales y se cantaban hermosas alabanzas, ellos permanecían, al igual que sus sacerdotes, en relativa ignorancia de la revelación divina. Sin embargo, la Iglesia Ortodoxa no se oponía a la circulación de las Escrituras, sino que enseñaba a la gente a considerar la Biblia como un libro santo, el Libro de Dios. Por lo tanto, existía un interés sincero por parte del pueblo ruso —un pueblo religioso por naturaleza— de escuchar el contenido desconocido del libro que ellos veneraban.

A medida que la maravillosa historia del Evangelio llegó a ellos, fue bien recibida en muchos corazones.

Al igual que sucedió en muchas otras naciones, entre los pueblos eslavos la Biblia también fue el comienzo de la literatura. Fue a fin de llevarles la Biblia que Cirilo, en el siglo IX, creó el alfabeto cirílico al combinar algunos caracteres griegos con el antiguo glagolítico para expresar los sonidos de los idiomas eslavos y tradujo así una gran parte del Nuevo Testamento. Su compañero, Metodio, se esforzó por preservar el derecho de usarlo cuando este se vio amenazado por los partidarios del latín. Desde Moravia, donde se originó, este idioma eslavo antiguo de la Biblia eslava se difundió y llegó a convertirse, antes que el idioma griego, en el idioma de la iglesia de la mayoría de los países de la Iglesia Ortodoxa Griega. Al desarrollarse las diferentes ramas de los idiomas eslavos, el idioma antiguo llegó a ser desconocido por la gente, pero en el siglo XI el gobernante ruso de Kiev, Yaroslav, tradujo partes de la Biblia al idioma común.

Fue el estudio de las Escrituras lo que llevó a un pastor de ovejas y a un diácono en el siglo XIV a predicar en Pskov y luego en Novgorod donde multitudes de personas se congregaban en torno a la feria. Ellos demostraron que los sacerdotes de la Iglesia Ortodoxa no recibían el Espíritu Santo mediante su ordenación y que no había valor alguno en los sacramentos que ellos administraban. Además, demostraron que la iglesia es una asamblea de verdaderos cristianos que puede reconocer a sus propios ancianos; que sus miembros pueden tomar la Cena del Señor entre ellos mismos y bautizarse, y que todo cristiano puede predicar el Evangelio. Como era de costumbre en Rusia, se podía leer las Escrituras pero no practicarlas, de modo que sus seguidores fueron reprimidos y dispersados.

En 1499, el Arzobispo de Novgorod recopiló varias traducciones eslavas y publicó toda la Biblia, la cual fue impresa en su forma completa en Ostrog en 1581.

La Iglesia Ortodoxa Griega se diferenciaba de la Iglesia Católica Romana en que no había pasado por ninguna experiencia similar a la Reforma, aunque se hizo un intento por introducir los principios de la Reforma a ella, y esto en los rangos más altos. Cirilo Lucas, natural de Creta, fue conocido como el hombre más culto de su tiempo. (…)
Mientras aún era Patriarca de Alejandría, Cirilo comenzó a hacer una comparación cuidadosa de las doctrinas de las Iglesias Griegas, Romanas y Reformadas con las Escrituras y decidió abandonar el patriarcado para aceptar las Escrituras como su guía.

Al darse cuenta de que las enseñanzas de los reformistas eran más de acuerdo con las Escrituras que las enseñanzas de las Iglesias Griegas o Romanas, publicó una Confesión en la cual se declaraba en muchos aspectos partidario de los reformistas. “Ya no puedo soportar más” decía, “escuchar a un hombre decir que los comentarios de la tradición humana tienen igual peso que las Sagradas Escrituras.” Cirilo Lucas denunció enérgicamente la doctrina de la transubstanciación y la adoración de imágenes. Enseñaba que la iglesia católica verdadera incluye a todos los fieles en Cristo, pero al mismo tiempo se manifiestan iglesias visibles en diferentes partes del mundo en distintas épocas. Estas no estaban exentas de errores y, por lo tanto, las Escrituras son dadas como una guía infalible y una autoridad a las cuales siempre se debe regresar. De manera que él recomendaba el estudio constante de la Escritura. El Espíritu Santo capacita a aquellos que son nacidos de nuevo para que la comprendan al comparar una parte de ella con otra.

(Continuará)
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