22-07-2014, 12:49 PM
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadben
Capítulo 14
El Occidente
(1790–1890)
Un ministro de una de las ramas separatistas de la iglesia presbiteriana, Tomás Campbell, dejó su hogar en el norte de Irlanda, a causa de su salud, y vino a los Estados Unidos (1807). Él fue bien recibido por el Sínodo que para entonces se reunía en Filadelfia, y fue enviado al occidente de Pensilvania, donde sus dones y su carácter espiritual lo hicieron admisible. Sin embargo, algunos pusieron en tela de juicio su lealtad al “Testimonio de Separación” ya que él enseñaba que sólo las Escrituras proveen el verdadero fundamento de fe y conducta, y desaprobaba el espíritu partidario predominante en las iglesias.
Al ser enviado a visitar un distrito escasamente poblado en las Montañas Alleghany, él recibió en la Cena del Señor a un grupo de creyentes que, aunque eran presbiterianos, no pertenecían a este grupo en específico. Por esto fue censurado y, al alegar que había actuado conforme a las enseñanzas de la Escritura, fue tratado de manera tan hostil como para inducirlo a separarse del cuerpo separatista de la iglesia presbiteriana.
Muchos cristianos de diferentes denominaciones continuaron asistiendo a su ministerio. Estaban insatisfechos con el estado dividido de la religión. Simpatizaban con su enseñanza de que la unión sólo se podría lograr por medio de un regreso a la Biblia, y que un mejor entendimiento de la diferencia entre la fe y las opiniones conduciría a una tolerancia que probablemente haría mucho por detener las divisiones.
En una casa entre Mount Pleasant y Washington se celebró una reunión (1809) en la que los presentes conferenciaron sobre cuál sería el mejor medio para poner en práctica estos principios. Tomás Campbell habló acerca de la maldad de las divisiones, demostrando que estas no son inevitables, ya que Dios ha provisto en su Palabra un estándar y una guía suficiente para suplir las necesidades de las iglesias en todos los tiempos. Los conflictos y las disensiones surgen cuando se inventan teorías religiosas y sistemas fuera de las Escrituras. Por tanto, es sólo por medio de un regreso a las enseñanzas de la Palabra de Dios que se puede recuperar la verdadera unidad.
Como una regla para su dirección, él propuso que “donde las Escrituras hablan, nosotros hablamos; y donde estas callan, nosotros también callamos”. Un presbiteriano que estaba presente, dijo: “Si adoptamos semejante regla como un fundamento, el bautismo de infantes es asunto concluido”. A lo que Tomás Campbell contestó: “Si el bautismo de infantes no aparece en la Escritura, nosotros no podemos tener nada que ver con él”. Otro se puso de pie y bajo una fuerte emoción, llegando incluso a llorar, exclamó: “Espero no tener que ver nunca el día en que mi corazón renuncie a ese bendito pasaje de la Biblia que dice: ‘Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos’”. Un destacado independiente contestó: “En el pasaje de la Escritura que usted ha citado, no hay referencia en absoluto al bautismo de infantes”.
A pesar de esta evidencia inmediata de su divergencia de opinión, la mayoría de los presentes se unieron en la formación de “La Asociación Cristiana de Washington” y nombraron a Tomás Campbell para que preparara una declaración de sus objetivos. Esta, con la cual todos estuvieron de acuerdo, adoptó la forma de una “Declaración y Afirmación”, en la cual ellos expresaban su opinión de que como ningún hombre puede ser juzgado por su hermano, asimismo ningún hombre puede juzgar por su hermano; cada cual debe juzgar por sí mismo y dar cuenta a Dios de sí mismo. Cada uno está cercado por la Palabra de Dios, pero no por ninguna interpretación humana de ella.
Cansados de los conflictos partidarios, ellos deseaban adoptar y recomendar medidas que les dieran reposo a las iglesias. Habían perdido la esperanza de encontrar esto en una continua disensión entre los grupos o en el intercambio de las opiniones humanas. Esto sólo puede encontrarse en Cristo y en su Palabra inalterable. Por tanto, regresemos (escribieron en la declaración) al modelo original y adoptemos sólo la Palabra de Dios como nuestra regla.
No tenían intención alguna de fundar una iglesia, sino solamente una sociedad para la promoción de la unidad cristiana y de “una reforma evangélica pura por medio de la predicación sencilla del Evangelio y la administración de sus ordenanzas en conformidad precisa con su norma divina”.
Cuando Tomás Campbell se trasladó a los Estados Unidos, dejó atrás a su familia para que luego lo siguieran. Su esposa era descendiente de los hugonotes, y su hijo Alejandro se encontraba preparándose para ser ordenado ministro en la “iglesia presbiteriana separatista”.
Mientras se quedaba en Glasgow, Alejandro Campbell se encontró con la enseñanza y la obra de los hermanos Haldane. Esto suscitó dudas en su mente en cuanto al carácter bíblico del control de las iglesias por medio de los Sínodos y lo llevó a aceptar el sistema congregacionalista por considerarlo un sistema conforme a la práctica y la enseñanza apostólica. Sin embargo, su unión a la iglesia separatista y su respeto por los deseos de su padre le impidieron manifestar cualquier expresión externa de sus pensamientos, aunque en su interior ya se había separado del sistema presbiteriano. Cuando llegó el tiempo de la comunión semestral de los separatistas, él pasó los exámenes requeridos y recibió la autorización para participar de la Cena del Señor con una gran cantidad de comulgantes. No obstante, se abstuvo de hacerlo al sentir que esto indicaría su aprobación de un sistema que ya no podía aceptar.
Cuando llegó el tiempo en que la familia de Tomás Campbell partiera rumbo a los Estados Unidos, Alejandro se hizo cargo de su madre y sus hermanos menores. Llegaron a Nueva York y viajaron hacia el interior en carretas, quedándose en las grandes y cómodas posadas que encontraban en el camino. Tomás Campbell, al enterarse de su venida, viajó desde Washington para reunirse con ellos. Se encontraron a medio camino y, al viajar juntos, se relataron mutuamente todo lo sucedido durante su separación.
Ni Tomás Campbell ni su hijo sabían que cada uno de ellos por su parte había dejado el cuerpo separatista de la iglesia presbiteriana y a los dos les preocupaba cómo el otro recibiría la noticia. Cuando se dieron cuenta de que cada uno por separado y de diferentes formas había llegado a la misma conclusión, ambos se fortalecieron y se colmaron de acciones de gracias por las direcciones manifiestas del Señor. Cuando Alejandro vio la “Declaración” que su padre había escrito y escuchó los principios sobre los cuales él estaba actuando, se percató de que estos expresaban las mismas convicciones a las cuales él mismo había llegado. Fue así que decidió dedicarse por entero a la causa de lograr la unidad de la iglesia por medio de un regreso a las Escrituras.
Temiendo que la “Asociación Cristiana” pudiera transformarse en un nuevo partido o convertirse en una iglesia, Tomás Campbell decidió probar si a los miembros de la Asociación les permitieran los privilegios de la comunión cristiana y ministerial entre los presbiterianos. El Sínodo de Pittsburg se reuniría en octubre de 1810 y Tomás Campbell presentó una solicitud. Él explicó los principios de la Asociación, y preguntó si el Sínodo estaría de acuerdo “a la unión cristiana sobre los principios cristianos”. La sugerencia fue rechazada y las actividades de la Asociación fueron tajantemente condenadas. Alejandro Campbell aprovechó esta oportunidad para hacer una explicación mucho más detallada en defensa de los objetivos de la Asociación. Para él quedaba muy claro que unirse a cualquier partido sería contrario al principio de regresar a las enseñanzas de la Escritura.
En 1811, Alejandro Campbell se casó y se unió a su suegro en las labores agrícolas, en las cuales resultó ser activo y exitoso. Tomás Campbell también se fue de Washington y adquirió una finca cerca del pueblo de Mount Pleasant. Su finca fue administrada principalmente por sus amables vecinos debido a que su tiempo mayormente lo dedicaba a visitar y predicar. Pero el vigor y las habilidades de su hijo eran tan poco comunes que él pudo ganar lo suficiente por medio de la agricultura sin dejar sus labores espirituales. La hostilidad de todos los cuerpos religiosos hacia la “Asociación Cristiana” poco a poco convenció a sus miembros de que no lograrían las ventajas ni cumplirían con los deberes de una iglesia a menos que ellos mismos adoptaran la posición de una congregación de creyentes, o sea, una iglesia neotestamentaria.
Viendo que no podían transformar las iglesias existentes, guardaron la esperanza de que el ejemplo de una iglesia fuera de todos los partidos y que exhibiera los principios del Nuevo Testamento le daría mayor fuerza a la verdad que ellos creían, es decir, la unidad por medio de un regreso a las Escrituras.
Esta iglesia fue fundada solemnemente (1811) en Brush Run. Fueron reconocidos un anciano, un evangelista y los diáconos. La Cena del Señor fue celebrada cada primer día de la semana. Había aproximadamente treinta miembros. Al rechazar todas las pretensiones sobre una sucesión apostólica, descubrieron que en cada una de las iglesias del Nuevo Testamento había varios ancianos (o obispos, o supervisores) y diáconos (o siervos) para la edificación de la iglesia, y también había evangelistas que eran enviados a predicar la verdad en el mundo.
La ordenación en sí no fue considerada como una autoridad conferida, sino como un testimonio de que los ordenados tenían autoridad de parte de Dios. No había distinción entre el clero y el laicado.
El tema del bautismo había sido pospuesto. Tanto Tomás como Alejandro Campbell creían que el bautismo de infantes había causado tanta polémica que era preferible ignorarlo. ¿Acaso era necesario que los que ya estaban en la iglesia salieran de ella “simplemente con el objetivo de volver a entrar por la forma normal y prescrita?” Ellos bautizaban por inmersión a aquellos creyentes que lo deseaban. Sin embargo, el nacimiento del primer hijo de Alejandro convirtió la pregunta en un asunto práctico, y él se vio obligado a examinar las Escrituras cuidadosamente en lo concerniente a este asunto. Llegó a la conclusión de que en el Nuevo Testamento no se enseña otra cosa que el bautismo de creyentes por inmersión, que esto es un mandamiento del Señor y que era una práctica apostólica de tanta importancia que no debía dejarse a un lado. En una charca profunda en Buffalo Creek, donde ya varios miembros de la iglesia en Brush Run habían sido bautizados, Alejandro Campbell y su esposa, su padre, su madre, su hermana y dos más fueron bautizados (1812).
Este paso, aunque aumentó la enemistad entre la mayoría de las denominaciones religiosas y ellos, agradó a los bautistas, quienes propusieron que la iglesia en Brush Run se asociara con ellos. Los bautistas en el distrito se habían agrupado en una Asociación de iglesias llamada “Redstone”, y a pesar de su creencia en la autonomía de las congregaciones, sus pastores, quienes controlaban la obra de las asociaciones, ejercían tanta influencia que la iglesia en Brush Run temió que su autonomía pudiera verse comprometida por una unión más estrecha con ellos. Además, la Asociación Bautista había adoptado una Confesión de Fe promulgada en 1747 por una Asociación Bautista en Filadelfia, la cual contenía teorías inaceptables para la iglesia de Brush Run. Sin embargo, los bautistas vecinos eran gente devota, amantes de la Palabra de Dios, e insistieron en que Alejandro Campbell debía venir y ministrar entre ellos.
La iglesia de Brush Run, luego de un análisis, presentó ante la Asociación Redstone un informe completo de su posición, su “protesta contra todos los credos humanos como vínculos de comunión o unión entre las iglesias cristianas” y expresaron su disposición de cooperar con ellos si se les permitía enseñar y predicar todo lo que aprendieran de las Sagradas Escrituras. Esta propuesta fue aceptada por una mayoría de la Asociación. No obstante, algunos que no estuvieron de acuerdo conformaron una marcada oposición. Esta oposición se hizo más manifiesta cuando en una reunión de la Asociación en Cross Creek (1818) Alejandro Campbell predicó un “Sermón sobre la ley” en el cual él demostró claramente las diferencias de los pactos y que ya no estamos bajo la ley, sino bajo Cristo quien es “el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree”. Él demostró cuántas prácticas en el cristianismo se derivan del Antiguo Testamento, el cual condujo al Nuevo Testamento y es suplantado por él. En el Nuevo Testamento hallamos el Evangelio y la enseñanza para nuestro tiempo presente. Esto estaba tan en contra de la mayor parte de la enseñanza de aquel entonces entre los bautistas que algunos de sus púlpitos fueron cerrados para Alejandro Campbell.
A principios del siglo XIX hubo cierta cantidad de movimientos espirituales movidos por un deseo de liberarse de los sistemas teológicos y las prácticas tradicionales que por tanto tiempo habían predominado. Eran impulsados también por la creencia de que un regreso a las Escrituras probaría que ellas contienen todo lo que se requiere para la fe y la conducta, tanto para el individuo como para las iglesias.
Uno de estos movimientos se desarrolló entre los metodistas. La independencia americana los había liberado del control extranjero. Al considerar el asunto del gobierno de la iglesia, la mayoría estuvo de acuerdo con la idea de establecer un sistema episcopal. Otros se pronunciaron a favor del sistema congregacional y deseaban que sus iglesias fueran establecidas conforme al modelo del Nuevo Testamento. Estos eran una minoría y, al ser incapaces de lograr el apoyo para sus creencias, se separaron de la gran mayoría (1793). Santiago O’Kelly y otros predicadores en Carolina del Norte y Virginia fueron líderes en la formación de estas iglesias que al principio adoptaron el nombre de “Metodistas Republicanas”, pero pronto lo abandonaron y decidieron no adoptar ningún nombre excepto el de “cristianos”. Estas iglesias no reconocían a ninguna cabeza de la iglesia, sino sólo a Cristo, y no formulaban ningún credo ni reglas, sino que únicamente aceptaban las Escrituras para su dirección.
Poco después de esto se originó un movimiento similar entre los bautistas. Un doctor, Abner Jones, y un predicador bautista, Elías Smith, fundaron iglesias en los estados del este donde la fe y la piedad se convirtieron en el requisito de acogida para sus miembros, y no el hecho de ser miembro de cualquier secta en específico (desde 1800).
Otros predicadores de entre los bautistas se unieron a ellos y un grupo de hombres dotados se incorporaron a las nuevas iglesias y llevaron el Evangelio a lugares lejanos. Todas estas iglesias adoptaron únicamente el nombre de “cristianos” y aceptaron las Escrituras como su suficiente guía.
En Cane Ridge, Kentucky, en la última década del siglo XVIII, los primeros colonos presbiterianos construyeron un edificio de troncos para su lugar de reunión. En 1801 su ministro fue Barton Warren Stone. Al relatar su propia historia, escribió: “Por este tiempo, mi mente fue constantemente sacudida por los movimientos de la teología especulativa, el tan absorbente tema de la comunidad religiosa en ese período (…) En ese tiempo, yo creía y enseñaba que el género humano estaba tan completamente depravado que era incapaz de hacer algo aceptable ante Dios, hasta que su Espíritu Santo, por medio de algún poder misterioso y todopoderoso, avivara, instruyera y regenerara el corazón, preparando de esa manera al pecador a fin de que creyera en Jesús para su salvación. Comencé a ver claramente que si Dios no llevaba a cabo esta obra regeneradora en todos, era porque él decidía hacerlo así en algunos y en otros no y, además, que esto dependía de su propia voluntad soberana (…) esta doctrina está estrechamente vinculada a la elección incondicional y a la reprobación (…) Son prácticamente una sola; y fue precisamente por esta razón que yo admití los decretos de elección y reprobación, habiendo admitido la doctrina de la depravación total. Las dos son inseparables (…)
A menudo cuando (…) me encontraba persuadiendo a los desdichados para que se arrepintieran y creyeran en el Evangelio, por un momento sentía que mi celo se enfriaba por la contradicción. ¿Cómo pueden creer? ¿Cómo pueden arrepentirse? ¿Cómo pueden hacer lo imposible? ¿Cómo pueden ser culpables al no hacerlo? (...) Cierta noche, al ocuparme en la oración privada y en la lectura de la Biblia, mi mente se llenó de consuelo y paz. Nunca antes recuerdo haber experimentado semejante amor ardiente y ternura por la humanidad, y sentir tanto deseo por su salvación (…) durante varios días y noches me mantuve casi todo el tiempo orando por el mundo decadente (…) Le expresé así mis sentimientos a una persona piadosa, y precipitadamente le comenté: “Mi amor por los pecadores es tan inmenso que si tuviera el poder, los salvaría a todos”. Al escuchar aquello, la persona se horrorizó y me dijo: “¿Acaso usted los ama más que Dios? ¿Por qué entonces no los salva él? Sin duda, él es todopoderoso”.
En aquel momento sentí vergüenza, me hallé perturbado y acallado, por lo que rápidamente me retiré al bosque apacible para la meditación y la oración. Me hice la pregunta: ¿Acaso Dios ama al mundo, a todo el mundo? ¿No tiene él todo poder para salvar? Si es así, todos deberían ser salvos, por cuanto, ¿quién puede resistirse a su poder? (...) Yo estaba firmemente convencido de que según la Escritura no todos llegan a ser salvos. La conclusión, pues, era que Dios no amaba a todo el mundo, y de ser así, el espíritu en mí, que amaba al mundo con tanta vehemencia, no podía ser el Espíritu de Dios, sino un espíritu de engaño (…) Fue así como me postré ante Dios en oración, pero de inmediato se me vino a la mente que estaba orando en incredulidad y “todo lo que no proviene de fe, es pecado”. Se ha de creer, o de lo contrario no se recibirá nada bueno de la mano de Dios. Pero la fe me era tan imposible como crear un mundo. Entonces serás castigado ya que “el que no creyere, será condenado”. ¿Pero acaso el Señor me condenará al castigo eterno por no hacer lo imposible? Todos estos pensamientos pasaron por mi mente, y (…) surgió blasfemia en mi corazón contra un Dios como ese, y mi lengua se sintió tentada a proferirla. Comencé a sudar profusamente y los fuegos del infierno se apoderaron de mí (…) en este estado poco común me mantuve durante dos o tres días. De este estado de perplejidad fui librado por medio de la preciosa Palabra de Dios. Al leer y meditar en ella, me convencí de que Dios sí amaba a todo el mundo, y que la razón por la cual él no salvaba a todos era debido a la incredulidad de ellos. También llegué a la conclusión de que la razón por la cual ellos no creían no era porque Dios no ejercía su poder todopoderoso en ellos, sino porque ellos se negaban a recibir su testimonio dado en la Palabra con respecto a su Hijo. “Estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.” De modo que me di cuenta de que el requisito de fe en el Hijo de Dios era razonable, ya que el testimonio dado era suficiente para producir fe en el pecador, y las invitaciones y el aliento del Evangelio eran suficientes, si se creía en él, como para conducirlo al Salvador a fin de obtener la promesa del Espíritu Santo, la salvación y la vida eterna. Este vistazo de fe y verdad fue el primer rayo de luz divino que alguna vez encaminó mi mente afligida y confusa por el laberinto del calvinismo y el error en el cual me había mantenido desconcertado por tanto tiempo. Ese rayo de luz me llevó a los ricos pastos de la libertad del Evangelio.”
En este tiempo Stone fue a cerciorarse por sí mismo acerca del avivamiento que, según escuchó, estaba teniendo lugar en Kentucky y Tennessee. La gente entraba en una gran angustia o gozo espiritual. Todas las clases sociales fueron afectadas. Después de un examen abundante y meticuloso de las circunstancias, se convenció de que era un avivamiento dado por Dios. Cuando Stone regresó a su casa en Cane Ridge y predicó, acontecieron las mismas cosas. En cierta ocasión llegaron a reunirse unas 20.000 personas, y dicho encuentro se extendió por varios días. Predicadores presbiterianos, metodistas y bautistas predicaron al mismo tiempo en distintas partes del campamento. Esclavos fueron libertados y las iglesias aumentaron en número y en celo.
Por este tiempo varios ministros presbiterianos, incluyendo a Stone, predicaron la suficiencia del Evangelio para salvar a los hombres.
Predicaron también que el propósito del testimonio de Dios era de producir fe y que era capaz de hacerlo. El propio Stone relata: “La gente parecía despertarse de un letargo perpetuo. Todos parecían darse cuenta por primera vez de que eran seres responsables, y de que el rechazo a hacer uso de los medios brindados era un pecado que los condenaba.”
(Continuará)
Por Edmund Hamer Broadben
Capítulo 14
El Occidente
(1790–1890)
Un ministro de una de las ramas separatistas de la iglesia presbiteriana, Tomás Campbell, dejó su hogar en el norte de Irlanda, a causa de su salud, y vino a los Estados Unidos (1807). Él fue bien recibido por el Sínodo que para entonces se reunía en Filadelfia, y fue enviado al occidente de Pensilvania, donde sus dones y su carácter espiritual lo hicieron admisible. Sin embargo, algunos pusieron en tela de juicio su lealtad al “Testimonio de Separación” ya que él enseñaba que sólo las Escrituras proveen el verdadero fundamento de fe y conducta, y desaprobaba el espíritu partidario predominante en las iglesias.
Al ser enviado a visitar un distrito escasamente poblado en las Montañas Alleghany, él recibió en la Cena del Señor a un grupo de creyentes que, aunque eran presbiterianos, no pertenecían a este grupo en específico. Por esto fue censurado y, al alegar que había actuado conforme a las enseñanzas de la Escritura, fue tratado de manera tan hostil como para inducirlo a separarse del cuerpo separatista de la iglesia presbiteriana.
Muchos cristianos de diferentes denominaciones continuaron asistiendo a su ministerio. Estaban insatisfechos con el estado dividido de la religión. Simpatizaban con su enseñanza de que la unión sólo se podría lograr por medio de un regreso a la Biblia, y que un mejor entendimiento de la diferencia entre la fe y las opiniones conduciría a una tolerancia que probablemente haría mucho por detener las divisiones.
En una casa entre Mount Pleasant y Washington se celebró una reunión (1809) en la que los presentes conferenciaron sobre cuál sería el mejor medio para poner en práctica estos principios. Tomás Campbell habló acerca de la maldad de las divisiones, demostrando que estas no son inevitables, ya que Dios ha provisto en su Palabra un estándar y una guía suficiente para suplir las necesidades de las iglesias en todos los tiempos. Los conflictos y las disensiones surgen cuando se inventan teorías religiosas y sistemas fuera de las Escrituras. Por tanto, es sólo por medio de un regreso a las enseñanzas de la Palabra de Dios que se puede recuperar la verdadera unidad.
Como una regla para su dirección, él propuso que “donde las Escrituras hablan, nosotros hablamos; y donde estas callan, nosotros también callamos”. Un presbiteriano que estaba presente, dijo: “Si adoptamos semejante regla como un fundamento, el bautismo de infantes es asunto concluido”. A lo que Tomás Campbell contestó: “Si el bautismo de infantes no aparece en la Escritura, nosotros no podemos tener nada que ver con él”. Otro se puso de pie y bajo una fuerte emoción, llegando incluso a llorar, exclamó: “Espero no tener que ver nunca el día en que mi corazón renuncie a ese bendito pasaje de la Biblia que dice: ‘Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos’”. Un destacado independiente contestó: “En el pasaje de la Escritura que usted ha citado, no hay referencia en absoluto al bautismo de infantes”.
A pesar de esta evidencia inmediata de su divergencia de opinión, la mayoría de los presentes se unieron en la formación de “La Asociación Cristiana de Washington” y nombraron a Tomás Campbell para que preparara una declaración de sus objetivos. Esta, con la cual todos estuvieron de acuerdo, adoptó la forma de una “Declaración y Afirmación”, en la cual ellos expresaban su opinión de que como ningún hombre puede ser juzgado por su hermano, asimismo ningún hombre puede juzgar por su hermano; cada cual debe juzgar por sí mismo y dar cuenta a Dios de sí mismo. Cada uno está cercado por la Palabra de Dios, pero no por ninguna interpretación humana de ella.
Cansados de los conflictos partidarios, ellos deseaban adoptar y recomendar medidas que les dieran reposo a las iglesias. Habían perdido la esperanza de encontrar esto en una continua disensión entre los grupos o en el intercambio de las opiniones humanas. Esto sólo puede encontrarse en Cristo y en su Palabra inalterable. Por tanto, regresemos (escribieron en la declaración) al modelo original y adoptemos sólo la Palabra de Dios como nuestra regla.
No tenían intención alguna de fundar una iglesia, sino solamente una sociedad para la promoción de la unidad cristiana y de “una reforma evangélica pura por medio de la predicación sencilla del Evangelio y la administración de sus ordenanzas en conformidad precisa con su norma divina”.
Cuando Tomás Campbell se trasladó a los Estados Unidos, dejó atrás a su familia para que luego lo siguieran. Su esposa era descendiente de los hugonotes, y su hijo Alejandro se encontraba preparándose para ser ordenado ministro en la “iglesia presbiteriana separatista”.
Mientras se quedaba en Glasgow, Alejandro Campbell se encontró con la enseñanza y la obra de los hermanos Haldane. Esto suscitó dudas en su mente en cuanto al carácter bíblico del control de las iglesias por medio de los Sínodos y lo llevó a aceptar el sistema congregacionalista por considerarlo un sistema conforme a la práctica y la enseñanza apostólica. Sin embargo, su unión a la iglesia separatista y su respeto por los deseos de su padre le impidieron manifestar cualquier expresión externa de sus pensamientos, aunque en su interior ya se había separado del sistema presbiteriano. Cuando llegó el tiempo de la comunión semestral de los separatistas, él pasó los exámenes requeridos y recibió la autorización para participar de la Cena del Señor con una gran cantidad de comulgantes. No obstante, se abstuvo de hacerlo al sentir que esto indicaría su aprobación de un sistema que ya no podía aceptar.
Cuando llegó el tiempo en que la familia de Tomás Campbell partiera rumbo a los Estados Unidos, Alejandro se hizo cargo de su madre y sus hermanos menores. Llegaron a Nueva York y viajaron hacia el interior en carretas, quedándose en las grandes y cómodas posadas que encontraban en el camino. Tomás Campbell, al enterarse de su venida, viajó desde Washington para reunirse con ellos. Se encontraron a medio camino y, al viajar juntos, se relataron mutuamente todo lo sucedido durante su separación.
Ni Tomás Campbell ni su hijo sabían que cada uno de ellos por su parte había dejado el cuerpo separatista de la iglesia presbiteriana y a los dos les preocupaba cómo el otro recibiría la noticia. Cuando se dieron cuenta de que cada uno por separado y de diferentes formas había llegado a la misma conclusión, ambos se fortalecieron y se colmaron de acciones de gracias por las direcciones manifiestas del Señor. Cuando Alejandro vio la “Declaración” que su padre había escrito y escuchó los principios sobre los cuales él estaba actuando, se percató de que estos expresaban las mismas convicciones a las cuales él mismo había llegado. Fue así que decidió dedicarse por entero a la causa de lograr la unidad de la iglesia por medio de un regreso a las Escrituras.
Temiendo que la “Asociación Cristiana” pudiera transformarse en un nuevo partido o convertirse en una iglesia, Tomás Campbell decidió probar si a los miembros de la Asociación les permitieran los privilegios de la comunión cristiana y ministerial entre los presbiterianos. El Sínodo de Pittsburg se reuniría en octubre de 1810 y Tomás Campbell presentó una solicitud. Él explicó los principios de la Asociación, y preguntó si el Sínodo estaría de acuerdo “a la unión cristiana sobre los principios cristianos”. La sugerencia fue rechazada y las actividades de la Asociación fueron tajantemente condenadas. Alejandro Campbell aprovechó esta oportunidad para hacer una explicación mucho más detallada en defensa de los objetivos de la Asociación. Para él quedaba muy claro que unirse a cualquier partido sería contrario al principio de regresar a las enseñanzas de la Escritura.
En 1811, Alejandro Campbell se casó y se unió a su suegro en las labores agrícolas, en las cuales resultó ser activo y exitoso. Tomás Campbell también se fue de Washington y adquirió una finca cerca del pueblo de Mount Pleasant. Su finca fue administrada principalmente por sus amables vecinos debido a que su tiempo mayormente lo dedicaba a visitar y predicar. Pero el vigor y las habilidades de su hijo eran tan poco comunes que él pudo ganar lo suficiente por medio de la agricultura sin dejar sus labores espirituales. La hostilidad de todos los cuerpos religiosos hacia la “Asociación Cristiana” poco a poco convenció a sus miembros de que no lograrían las ventajas ni cumplirían con los deberes de una iglesia a menos que ellos mismos adoptaran la posición de una congregación de creyentes, o sea, una iglesia neotestamentaria.
Viendo que no podían transformar las iglesias existentes, guardaron la esperanza de que el ejemplo de una iglesia fuera de todos los partidos y que exhibiera los principios del Nuevo Testamento le daría mayor fuerza a la verdad que ellos creían, es decir, la unidad por medio de un regreso a las Escrituras.
Esta iglesia fue fundada solemnemente (1811) en Brush Run. Fueron reconocidos un anciano, un evangelista y los diáconos. La Cena del Señor fue celebrada cada primer día de la semana. Había aproximadamente treinta miembros. Al rechazar todas las pretensiones sobre una sucesión apostólica, descubrieron que en cada una de las iglesias del Nuevo Testamento había varios ancianos (o obispos, o supervisores) y diáconos (o siervos) para la edificación de la iglesia, y también había evangelistas que eran enviados a predicar la verdad en el mundo.
La ordenación en sí no fue considerada como una autoridad conferida, sino como un testimonio de que los ordenados tenían autoridad de parte de Dios. No había distinción entre el clero y el laicado.
El tema del bautismo había sido pospuesto. Tanto Tomás como Alejandro Campbell creían que el bautismo de infantes había causado tanta polémica que era preferible ignorarlo. ¿Acaso era necesario que los que ya estaban en la iglesia salieran de ella “simplemente con el objetivo de volver a entrar por la forma normal y prescrita?” Ellos bautizaban por inmersión a aquellos creyentes que lo deseaban. Sin embargo, el nacimiento del primer hijo de Alejandro convirtió la pregunta en un asunto práctico, y él se vio obligado a examinar las Escrituras cuidadosamente en lo concerniente a este asunto. Llegó a la conclusión de que en el Nuevo Testamento no se enseña otra cosa que el bautismo de creyentes por inmersión, que esto es un mandamiento del Señor y que era una práctica apostólica de tanta importancia que no debía dejarse a un lado. En una charca profunda en Buffalo Creek, donde ya varios miembros de la iglesia en Brush Run habían sido bautizados, Alejandro Campbell y su esposa, su padre, su madre, su hermana y dos más fueron bautizados (1812).
Este paso, aunque aumentó la enemistad entre la mayoría de las denominaciones religiosas y ellos, agradó a los bautistas, quienes propusieron que la iglesia en Brush Run se asociara con ellos. Los bautistas en el distrito se habían agrupado en una Asociación de iglesias llamada “Redstone”, y a pesar de su creencia en la autonomía de las congregaciones, sus pastores, quienes controlaban la obra de las asociaciones, ejercían tanta influencia que la iglesia en Brush Run temió que su autonomía pudiera verse comprometida por una unión más estrecha con ellos. Además, la Asociación Bautista había adoptado una Confesión de Fe promulgada en 1747 por una Asociación Bautista en Filadelfia, la cual contenía teorías inaceptables para la iglesia de Brush Run. Sin embargo, los bautistas vecinos eran gente devota, amantes de la Palabra de Dios, e insistieron en que Alejandro Campbell debía venir y ministrar entre ellos.
La iglesia de Brush Run, luego de un análisis, presentó ante la Asociación Redstone un informe completo de su posición, su “protesta contra todos los credos humanos como vínculos de comunión o unión entre las iglesias cristianas” y expresaron su disposición de cooperar con ellos si se les permitía enseñar y predicar todo lo que aprendieran de las Sagradas Escrituras. Esta propuesta fue aceptada por una mayoría de la Asociación. No obstante, algunos que no estuvieron de acuerdo conformaron una marcada oposición. Esta oposición se hizo más manifiesta cuando en una reunión de la Asociación en Cross Creek (1818) Alejandro Campbell predicó un “Sermón sobre la ley” en el cual él demostró claramente las diferencias de los pactos y que ya no estamos bajo la ley, sino bajo Cristo quien es “el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree”. Él demostró cuántas prácticas en el cristianismo se derivan del Antiguo Testamento, el cual condujo al Nuevo Testamento y es suplantado por él. En el Nuevo Testamento hallamos el Evangelio y la enseñanza para nuestro tiempo presente. Esto estaba tan en contra de la mayor parte de la enseñanza de aquel entonces entre los bautistas que algunos de sus púlpitos fueron cerrados para Alejandro Campbell.
A principios del siglo XIX hubo cierta cantidad de movimientos espirituales movidos por un deseo de liberarse de los sistemas teológicos y las prácticas tradicionales que por tanto tiempo habían predominado. Eran impulsados también por la creencia de que un regreso a las Escrituras probaría que ellas contienen todo lo que se requiere para la fe y la conducta, tanto para el individuo como para las iglesias.
Uno de estos movimientos se desarrolló entre los metodistas. La independencia americana los había liberado del control extranjero. Al considerar el asunto del gobierno de la iglesia, la mayoría estuvo de acuerdo con la idea de establecer un sistema episcopal. Otros se pronunciaron a favor del sistema congregacional y deseaban que sus iglesias fueran establecidas conforme al modelo del Nuevo Testamento. Estos eran una minoría y, al ser incapaces de lograr el apoyo para sus creencias, se separaron de la gran mayoría (1793). Santiago O’Kelly y otros predicadores en Carolina del Norte y Virginia fueron líderes en la formación de estas iglesias que al principio adoptaron el nombre de “Metodistas Republicanas”, pero pronto lo abandonaron y decidieron no adoptar ningún nombre excepto el de “cristianos”. Estas iglesias no reconocían a ninguna cabeza de la iglesia, sino sólo a Cristo, y no formulaban ningún credo ni reglas, sino que únicamente aceptaban las Escrituras para su dirección.
Poco después de esto se originó un movimiento similar entre los bautistas. Un doctor, Abner Jones, y un predicador bautista, Elías Smith, fundaron iglesias en los estados del este donde la fe y la piedad se convirtieron en el requisito de acogida para sus miembros, y no el hecho de ser miembro de cualquier secta en específico (desde 1800).
Otros predicadores de entre los bautistas se unieron a ellos y un grupo de hombres dotados se incorporaron a las nuevas iglesias y llevaron el Evangelio a lugares lejanos. Todas estas iglesias adoptaron únicamente el nombre de “cristianos” y aceptaron las Escrituras como su suficiente guía.
En Cane Ridge, Kentucky, en la última década del siglo XVIII, los primeros colonos presbiterianos construyeron un edificio de troncos para su lugar de reunión. En 1801 su ministro fue Barton Warren Stone. Al relatar su propia historia, escribió: “Por este tiempo, mi mente fue constantemente sacudida por los movimientos de la teología especulativa, el tan absorbente tema de la comunidad religiosa en ese período (…) En ese tiempo, yo creía y enseñaba que el género humano estaba tan completamente depravado que era incapaz de hacer algo aceptable ante Dios, hasta que su Espíritu Santo, por medio de algún poder misterioso y todopoderoso, avivara, instruyera y regenerara el corazón, preparando de esa manera al pecador a fin de que creyera en Jesús para su salvación. Comencé a ver claramente que si Dios no llevaba a cabo esta obra regeneradora en todos, era porque él decidía hacerlo así en algunos y en otros no y, además, que esto dependía de su propia voluntad soberana (…) esta doctrina está estrechamente vinculada a la elección incondicional y a la reprobación (…) Son prácticamente una sola; y fue precisamente por esta razón que yo admití los decretos de elección y reprobación, habiendo admitido la doctrina de la depravación total. Las dos son inseparables (…)
A menudo cuando (…) me encontraba persuadiendo a los desdichados para que se arrepintieran y creyeran en el Evangelio, por un momento sentía que mi celo se enfriaba por la contradicción. ¿Cómo pueden creer? ¿Cómo pueden arrepentirse? ¿Cómo pueden hacer lo imposible? ¿Cómo pueden ser culpables al no hacerlo? (...) Cierta noche, al ocuparme en la oración privada y en la lectura de la Biblia, mi mente se llenó de consuelo y paz. Nunca antes recuerdo haber experimentado semejante amor ardiente y ternura por la humanidad, y sentir tanto deseo por su salvación (…) durante varios días y noches me mantuve casi todo el tiempo orando por el mundo decadente (…) Le expresé así mis sentimientos a una persona piadosa, y precipitadamente le comenté: “Mi amor por los pecadores es tan inmenso que si tuviera el poder, los salvaría a todos”. Al escuchar aquello, la persona se horrorizó y me dijo: “¿Acaso usted los ama más que Dios? ¿Por qué entonces no los salva él? Sin duda, él es todopoderoso”.
En aquel momento sentí vergüenza, me hallé perturbado y acallado, por lo que rápidamente me retiré al bosque apacible para la meditación y la oración. Me hice la pregunta: ¿Acaso Dios ama al mundo, a todo el mundo? ¿No tiene él todo poder para salvar? Si es así, todos deberían ser salvos, por cuanto, ¿quién puede resistirse a su poder? (...) Yo estaba firmemente convencido de que según la Escritura no todos llegan a ser salvos. La conclusión, pues, era que Dios no amaba a todo el mundo, y de ser así, el espíritu en mí, que amaba al mundo con tanta vehemencia, no podía ser el Espíritu de Dios, sino un espíritu de engaño (…) Fue así como me postré ante Dios en oración, pero de inmediato se me vino a la mente que estaba orando en incredulidad y “todo lo que no proviene de fe, es pecado”. Se ha de creer, o de lo contrario no se recibirá nada bueno de la mano de Dios. Pero la fe me era tan imposible como crear un mundo. Entonces serás castigado ya que “el que no creyere, será condenado”. ¿Pero acaso el Señor me condenará al castigo eterno por no hacer lo imposible? Todos estos pensamientos pasaron por mi mente, y (…) surgió blasfemia en mi corazón contra un Dios como ese, y mi lengua se sintió tentada a proferirla. Comencé a sudar profusamente y los fuegos del infierno se apoderaron de mí (…) en este estado poco común me mantuve durante dos o tres días. De este estado de perplejidad fui librado por medio de la preciosa Palabra de Dios. Al leer y meditar en ella, me convencí de que Dios sí amaba a todo el mundo, y que la razón por la cual él no salvaba a todos era debido a la incredulidad de ellos. También llegué a la conclusión de que la razón por la cual ellos no creían no era porque Dios no ejercía su poder todopoderoso en ellos, sino porque ellos se negaban a recibir su testimonio dado en la Palabra con respecto a su Hijo. “Estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.” De modo que me di cuenta de que el requisito de fe en el Hijo de Dios era razonable, ya que el testimonio dado era suficiente para producir fe en el pecador, y las invitaciones y el aliento del Evangelio eran suficientes, si se creía en él, como para conducirlo al Salvador a fin de obtener la promesa del Espíritu Santo, la salvación y la vida eterna. Este vistazo de fe y verdad fue el primer rayo de luz divino que alguna vez encaminó mi mente afligida y confusa por el laberinto del calvinismo y el error en el cual me había mantenido desconcertado por tanto tiempo. Ese rayo de luz me llevó a los ricos pastos de la libertad del Evangelio.”
En este tiempo Stone fue a cerciorarse por sí mismo acerca del avivamiento que, según escuchó, estaba teniendo lugar en Kentucky y Tennessee. La gente entraba en una gran angustia o gozo espiritual. Todas las clases sociales fueron afectadas. Después de un examen abundante y meticuloso de las circunstancias, se convenció de que era un avivamiento dado por Dios. Cuando Stone regresó a su casa en Cane Ridge y predicó, acontecieron las mismas cosas. En cierta ocasión llegaron a reunirse unas 20.000 personas, y dicho encuentro se extendió por varios días. Predicadores presbiterianos, metodistas y bautistas predicaron al mismo tiempo en distintas partes del campamento. Esclavos fueron libertados y las iglesias aumentaron en número y en celo.
Por este tiempo varios ministros presbiterianos, incluyendo a Stone, predicaron la suficiencia del Evangelio para salvar a los hombres.
Predicaron también que el propósito del testimonio de Dios era de producir fe y que era capaz de hacerlo. El propio Stone relata: “La gente parecía despertarse de un letargo perpetuo. Todos parecían darse cuenta por primera vez de que eran seres responsables, y de que el rechazo a hacer uso de los medios brindados era un pecado que los condenaba.”
(Continuará)

