02-07-2014, 03:39 PM
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadben
...Me llené de tal sensación interna de amor por Cristo que en todos mis años siguientes nunca nada ha sido capaz de borrar el recuerdo vivo de aquel momento.”
A modo de justificar su unión al nuevo grupo, ella escribió: “Como he visto desde hace algunos años, con angustia, el alejamiento del cristianismo de sus orígenes y su casi total diferencia del mismo (…) y había perdido cualquier esperanza de su restauración en el curso normal de las cosas que es seguido por nuestro clero (la mayoría de los cuales están muy necesitados ellos mismos de una reforma), ¿quién puede oponerse con razón a que yo, con corazón alegre, haya escogido a los maestros capacitados por Dios para traer una reforma del cristianismo degenerado?”
Su fama hizo que se hablara dondequiera de este paso que ella había dado y fue atosigada con cartas donde le pedían que regresara a la Iglesia Reformada, pero ella se alegró de que ahora había dejado a un lado al viejo hombre y había escogido la buena parte que nunca le sería quitada.
Anteriormente ella había buscado el honor de Dios, pero también el suyo; ahora ella no buscaba nada para sí misma, sino sólo para Dios. Ana María vendió todo lo que poseía y dio el dinero a Labadie, y al parecer nunca se arrepintió de haber hecho esto. En todas las muchas vicisitudes de la familia ella fue una colaboradora inestimable, y en su vejez su más confiable consejera.
Voet vio riesgos en este nuevo desarrollo y, aunque hasta ahora él había sido uno de los partidarios más importantes de Labadie, ahora se convertía en su adversario. Él escribió para demostrar que nadie debía abandonar la Iglesia Reformada porque se apreciara maldad, tibieza y debilidad en ella, o para afiliarse a una unión que pareciera un monasterio y que tomaba el lugar de la Iglesia. También planteó en su escrito que una iglesia en casa como la que se proponía incitaría conjeturas malvadas. La publicación de este libro surtió un efecto extraordinario. Apareció en seguida una respuesta anónima en la que Voet era atacado de manera violenta e indigna. Se confirmó que Labadie era el autor, y su reputación se vio seriamente dañada por ella.
Muchos escribieron en su contra, pero el incremento de estos ataques sólo consiguió unir aun más a los miembros de la iglesia en casa, y se les sumaron otros, incluyendo el burgomaestre de Amsterdam.
Sin embargo, surgieron algunos problemas en la iglesia en casa. Uno de sus miembros, una viuda, falleció, y se hizo circular un informe falso de que ella había sido asesinada y que su cuerpo iba a ser sepultado en el jardín de la casa. Una multitud de personas rodeó la casa, la cual tuvo que ser protegida durante tres días por una fuerza militar.
Menuret, a quien Labadie amaba como un hijo, se enfermó mentalmente y murió enloquecido. Algunos miembros de la iglesia en casa se cuestionaron que si semejante cosa podía suceder en una iglesia que era realmente de Dios. Se supo que a pesar de todo su empeño, uno de los de la iglesia en casa apoyaba las opiniones socinianas y que otro apoyaba las ideas de los cuáqueros. Cuando fueron reprendidos por ello, estos en venganza publicaron un panfleto lleno de calumnias. El asunto fue traído ante las cortes y se demostró que las declaraciones en los panfletos eran falsas, pero el informe se difundió de que había miembros de la familia que eran sectarios peligrosos. Se originó tanto prejuicio en contra de ellos que, en beneficio de la paz, los magistrados prohibieron que cualquier persona asistiera a los encuentros en la casa de Labadie excepto los miembros de la iglesia en casa. Esto frenó su crecimiento y disipó sus esperanzas de desarrollo.
Para evadir estas dificultades, Ana María van Schürman apeló a su antigua amiga la Princesa Isabel, abadesa de Herford, quien invitó a todos los que quisieran refugiarse en su hacienda libre. De manera que Labadie y un grupo de aproximadamente cincuenta navegaron desde Amsterdam hasta Bremen, y desde allí viajaron en carreta hasta Herford (1670). Los habitantes luteranos de Herford se opusieron de manera violenta a la llegada de los “cuáqueros,” como los llamaron, y fue sólo la autoridad de la princesa la que hizo posible que ellos se quedaran. El odio y la enemistad que se infundieron en torno a ellos, aislaron la iglesia en casa aun más del mundo, y esto hizo que ellos se ocuparan cada vez más con sus propias costumbres religiosas. La predicación de Labadie en este tiempo afectó tanto a sus oyentes que ellos tuvieron la impresión de que tan sólo ahora habían logrado su entrega total a Dios. Esto, a su vez, condujo a la introducción de la comunidad de bienes como un medio de expresar su renuncia a todo lo mundano, su abnegación de sí mismos y su unión total con los miembros del cuerpo de Cristo. (…)
Hasta este momento la comunidad de creyentes en su conjunto había desaprobado el matrimonio, pero ahora cambió de opinión, y como resultado de ello Labadie, Yvon y Dulignon se casaron. Los tres encontraron esposas que les ayudaron a lograr un mejor testimonio.
El creciente rencor de la gente finalmente los obligó a abandonar Herford a pesar de la protección brindada por la princesa, quien nunca dejó de defenderlos. Fue así como ellos encontraron un lugar tranquilo en Altona, donde alquilaron dos casas. Allí Labadie murió en paz (1674) y Ana María van Schürman escribió su mencionado libro, Eukleria. La guerra los obligó a abandonar este albergue y se trasladaron al Castillo Waltha, en el pueblito de Wieuwerd en Frisia Occidental, el cual fue puesto a su disposición. Este fue su último hogar. Los campesinos los recibieron con agrado y una comisión que había sido nombrada por la Iglesia Reformada para investigar acerca de sus opiniones y costumbres informó que ellos eran inofensivos. Esto permitió que los dejaran vivir en paz. Allí murió Ana María van Schürman a la edad de 71 años; también Dulignon y su esposa.
La comunidad creció y un gran número de personas de los lugares vecinos asistía a los servicios. Algunos grupos grandes fueron enviados al extranjero, uno a Surinam y otro a Nueva York. Estos fueron financiados y controlados por la comunidad de Wieuwerd, pero ambos grupos regresaron sin éxito, mayormente por haberse ocupado en ganar a otros cristianos a su grupo en lugar de intentar ganar a los paganos a Cristo. Estas expediciones empobrecieron a los que quedaron en casa y las dificultades prácticas de tener la comunidad de bienes los obligó a abandonar el sistema después de haber existido durante veinte años.
Este cambio produjo una gran angustia, ya que la mayoría de los miembros eran pobres, y en su mayoría no tenían la costumbre de ganarse la vida. Otro tanto no estaba capacitado para ello, ya que habían dependido de los que tenían los medios. Yvon les explicó que cuando la primera iglesia en Jerusalén se dispersó, la comunidad de bienes cesó y que ellos mismos ahora también eran llamados a propagarse en el mundo tal y como lo hace la levadura. Si ellos se hubieran dado cuenta de esto antes, sin duda les hubiera ahorrado el tener que renunciar al sistema bíblico de iglesia que practicaban al principio, el cual cambiaron por una vida comunitaria que redujo el alcance de su testimonio y les impidió alcanzar el desarrollo más amplio que se anticipaba anteriormente. La iglesia en casa fue disuelta y dispersada. Yvon quedó en el Castillo Waltha, donde murió, y veinticinco años más tarde, al pasar el castillo a otras manos, los labadistas que quedaban abandonaron el lugar.
La vida de Labadie fue una de esfuerzo valioso, cuya fuente yacía en la comunión íntima con Dios, nutrida por la oración sistemática e instruida por el estudio diligente de las Escrituras. Reconoció que su gran idea de una reforma de la Iglesia Católica Romana era imposible de realizar. Luego descubrió mediante un gran experimento que una ciudad o estado, como tal, no se puede convertir en iglesia. Y posteriormente se dio cuenta de que la Iglesia Protestante Reformada era incapaz de ser reformada y restaurada al modelo del Nuevo Testamento. Después de largos conflictos, llegó a comprender cómo eran las verdaderas iglesias de Dios al principio y cómo siempre habían sido. Más tarde, desalentado por tanta oposición y decepciones, Labadie buscó refugio en una iglesia en casa, creyendo que en su círculo limitado era posible mantener la pureza. Sin embargo, aquí se desvió, ya que las iglesias verdaderas no son lugares de descanso para gente perfecta, sino que son guarderías y escuelas donde son recibidos todos los que confiesan a Cristo y en donde su debilidad, ignorancia e imperfección deben ser sobrellevados. Además deben ser instruidos con la paciencia del amor inagotable.
En Labadie vemos a un hombre cuya vida contuvo elementos de fracaso heroico, y aun así, de un éxito duradero. Al principio él trató de incluir demasiado en la iglesia; grandes sistemas mundanos de los cuales las iglesias verdaderas tienen que separarse. Luego, él la limitó demasiado al pensar que las iglesias sólo pueden componerse de aquellos que son perfectos. Hubo un período en el cual fundó iglesias verdaderas de Dios y la influencia de lo que él enseñó y logró en aquel entonces perduró aun después de su muerte.
Al final de la Guerra de los Treinta Años en 1648, los países protestantes estaban agotados económicamente y padecían de la degradación moral de una generación educada en condiciones de violencia y desorden. Se encontraban, además, en un estado espiritual abatido y descuidado. Las iglesias Luteranas, y en menor grado las Reformadas, se preocupaban más por mantener una ortodoxia rígida que de llevar un estilo de vida piadoso.
Felipe Jacob Spener, nacido en Alsacia en 1635, a la edad de 35 años se convirtió en el pastor principal de la Iglesia Luterana en Frankfurt. Profundamente conmovido por la necesidad apremiante de una reforma en la Iglesia, él celebró reuniones, primero en su propia casa y luego en la iglesia. Esto con el objetivo de llevar a la práctica “la antigua costumbre apostólica de las reuniones de la iglesia (…) como Pablo la describe en 1ª Corintios 14, en las cuales aquellos que tienen dones y conocimiento deben también hablar y, sin causar desorden ni conflicto, expresar sus ideas piadosas sobre los asuntos a tratar y que los demás puedan juzgar”. (…)
Él decía que la gran mayoría de los cristianos profesos no era nacido de nuevo y que muchos de los ministros de la Palabra no comprendían adecuadamente las verdaderas doctrinas de las cuales depende la firmeza de la iglesia. Luego de un tiempo, los miembros de la iglesia de Spener en Frankfurt se abstuvieron de la Cena del Señor para evitar participar en ella con aquellos que la tomaban indignamente.
De Frankfurt, Spener se trasladó a Dresde como capellán de la Corte, y luego a Berlín donde fue diligente en el servicio hasta su muerte (1705). Las sociedades, llamadas pietistas, las cuales él se esforzó tanto por fundar y alentar, se convirtieron en una fuerza vivificante. Aunque atacadas y ridiculizadas por el cristianismo oficial, no se separaron de la Iglesia Luterana, sino que fundaron centros dentro de esta que atrajeron a los buscadores de santidad y dieron frutos en muchas actividades espirituales de largo alcance.
Uno a quien Spener ayudó fue August Hermann Franke (Francke), quien se convirtió en su principal sucesor en el movimiento pietista. Nació en Lübeck (1663), y estudió teología que, aunque tuvo cierto valor para él, no trajo paz a su alma. Sin embargo, sus estudios despertaron en él un deseo sincero de aprender en la vida y la conducta lo que sólo había comprendido en la mente y en la memoria.
Fue así como después de algunos años de búsqueda incesante él experimentó una conversión súbita por medio de la cual se disipó toda su incredulidad y recibió una certeza total de salvación.
Su insistencia en la conversión y la piedad trajo bendición a muchos, pero también le ganó enemistades. August Franke fue tildado de pietista y expulsado de Erfurt, donde era ministro, en un plazo de cuarenta y ocho horas. El mismo día una invitación de la Corte de Brandeburgo condujo a su nombramiento de profesor de griego e idiomas orientales en la universidad que se fundaba en Halle en ese tiempo.
Allí se sintió conmovido por la miseria de los pobres y dispuso una caja para recolectar las contribuciones que luego él distribuía. Un día se depositó en la caja una suma mayor que de costumbre, aproximadamente 15 chelines. “Al tomar esta suma en las manos,” escribió, “exclamé con una gran libertad de fe: Esta es una suma considerable con la cual se debe llevar a cabo una obra realmente buena. Con ella comenzaré una escuela para los pobres.” Este fue el comienzo de las extensas instituciones en Halle, las cuales fueron sostenidas sin solicitar dinero y sin ningún suministro visible, “sino única y simplemente”, dijo, “dependiendo del Dios viviente que mora en los cielos”.
A la muerte de Franke, 134 huérfanos eran mantenidos en el Hogar bajo el cuidado de 10 hombres y mujeres; 2.200 niños y jóvenes eran enseñados en las varias escuelas, la mayoría de forma gratuita, por 175 profesores; cientos de estudiantes pobres eran alimentados diariamente, y se encontraban en funcionamiento una imprenta y una librería, una biblioteca, una farmacia, un hospital y otras instituciones. De niño en esta escuela y, más tarde, sentado a la mesa de Franke, escuchando las historias de los misioneros quienes a menudo estaban allí, Zinzendorf recibió impresiones que resultaron ser valiosas en su vida posterior.
En 1690, setenta años después de la batalla de la Montaña Blanca y sesenta y dos años después que Comenius hubiera guiado al último grupo de exiliados desde Moravia, nació Cristián David, no lejos de Fulneck. La “semilla oculta” de la cual Comenius había orado que pudiera ser preservada se encontraba aún oculta. Los padres de Cristián eran Católicos Romanos, al igual que sus vecinos. Él, como ayudante de un pastor de ovejas y luego como carpintero, fue muy devoto, mientras que en su interior se preocupaba por cómo podría asegurarse de que Dios le había perdonado sus pecados. Al leer y preguntar recibió respuestas tan contradictorias que quedó confuso del todo, y abandonó su hogar y anduvo un tanto errante hacia Alemania en busca de la verdad.
Luego de muchas aventuras y constantes decepciones, Cristián se encontró con el pastor Schäfer en Görlitz, un pietista, a través de quien llegó a conocer el camino de la salvación. Lleno de regocijo y celo, regresó a Moravia y fue por doquier, predicando. Al escuchar su predicación sencilla, las verdades olvidadas de los tiempos antiguos fueron revividas en los corazones de muchos de sus oyentes.
(Continuará)
Por Edmund Hamer Broadben
...Me llené de tal sensación interna de amor por Cristo que en todos mis años siguientes nunca nada ha sido capaz de borrar el recuerdo vivo de aquel momento.”
A modo de justificar su unión al nuevo grupo, ella escribió: “Como he visto desde hace algunos años, con angustia, el alejamiento del cristianismo de sus orígenes y su casi total diferencia del mismo (…) y había perdido cualquier esperanza de su restauración en el curso normal de las cosas que es seguido por nuestro clero (la mayoría de los cuales están muy necesitados ellos mismos de una reforma), ¿quién puede oponerse con razón a que yo, con corazón alegre, haya escogido a los maestros capacitados por Dios para traer una reforma del cristianismo degenerado?”
Su fama hizo que se hablara dondequiera de este paso que ella había dado y fue atosigada con cartas donde le pedían que regresara a la Iglesia Reformada, pero ella se alegró de que ahora había dejado a un lado al viejo hombre y había escogido la buena parte que nunca le sería quitada.
Anteriormente ella había buscado el honor de Dios, pero también el suyo; ahora ella no buscaba nada para sí misma, sino sólo para Dios. Ana María vendió todo lo que poseía y dio el dinero a Labadie, y al parecer nunca se arrepintió de haber hecho esto. En todas las muchas vicisitudes de la familia ella fue una colaboradora inestimable, y en su vejez su más confiable consejera.
Voet vio riesgos en este nuevo desarrollo y, aunque hasta ahora él había sido uno de los partidarios más importantes de Labadie, ahora se convertía en su adversario. Él escribió para demostrar que nadie debía abandonar la Iglesia Reformada porque se apreciara maldad, tibieza y debilidad en ella, o para afiliarse a una unión que pareciera un monasterio y que tomaba el lugar de la Iglesia. También planteó en su escrito que una iglesia en casa como la que se proponía incitaría conjeturas malvadas. La publicación de este libro surtió un efecto extraordinario. Apareció en seguida una respuesta anónima en la que Voet era atacado de manera violenta e indigna. Se confirmó que Labadie era el autor, y su reputación se vio seriamente dañada por ella.
Muchos escribieron en su contra, pero el incremento de estos ataques sólo consiguió unir aun más a los miembros de la iglesia en casa, y se les sumaron otros, incluyendo el burgomaestre de Amsterdam.
Sin embargo, surgieron algunos problemas en la iglesia en casa. Uno de sus miembros, una viuda, falleció, y se hizo circular un informe falso de que ella había sido asesinada y que su cuerpo iba a ser sepultado en el jardín de la casa. Una multitud de personas rodeó la casa, la cual tuvo que ser protegida durante tres días por una fuerza militar.
Menuret, a quien Labadie amaba como un hijo, se enfermó mentalmente y murió enloquecido. Algunos miembros de la iglesia en casa se cuestionaron que si semejante cosa podía suceder en una iglesia que era realmente de Dios. Se supo que a pesar de todo su empeño, uno de los de la iglesia en casa apoyaba las opiniones socinianas y que otro apoyaba las ideas de los cuáqueros. Cuando fueron reprendidos por ello, estos en venganza publicaron un panfleto lleno de calumnias. El asunto fue traído ante las cortes y se demostró que las declaraciones en los panfletos eran falsas, pero el informe se difundió de que había miembros de la familia que eran sectarios peligrosos. Se originó tanto prejuicio en contra de ellos que, en beneficio de la paz, los magistrados prohibieron que cualquier persona asistiera a los encuentros en la casa de Labadie excepto los miembros de la iglesia en casa. Esto frenó su crecimiento y disipó sus esperanzas de desarrollo.
Para evadir estas dificultades, Ana María van Schürman apeló a su antigua amiga la Princesa Isabel, abadesa de Herford, quien invitó a todos los que quisieran refugiarse en su hacienda libre. De manera que Labadie y un grupo de aproximadamente cincuenta navegaron desde Amsterdam hasta Bremen, y desde allí viajaron en carreta hasta Herford (1670). Los habitantes luteranos de Herford se opusieron de manera violenta a la llegada de los “cuáqueros,” como los llamaron, y fue sólo la autoridad de la princesa la que hizo posible que ellos se quedaran. El odio y la enemistad que se infundieron en torno a ellos, aislaron la iglesia en casa aun más del mundo, y esto hizo que ellos se ocuparan cada vez más con sus propias costumbres religiosas. La predicación de Labadie en este tiempo afectó tanto a sus oyentes que ellos tuvieron la impresión de que tan sólo ahora habían logrado su entrega total a Dios. Esto, a su vez, condujo a la introducción de la comunidad de bienes como un medio de expresar su renuncia a todo lo mundano, su abnegación de sí mismos y su unión total con los miembros del cuerpo de Cristo. (…)
Hasta este momento la comunidad de creyentes en su conjunto había desaprobado el matrimonio, pero ahora cambió de opinión, y como resultado de ello Labadie, Yvon y Dulignon se casaron. Los tres encontraron esposas que les ayudaron a lograr un mejor testimonio.
El creciente rencor de la gente finalmente los obligó a abandonar Herford a pesar de la protección brindada por la princesa, quien nunca dejó de defenderlos. Fue así como ellos encontraron un lugar tranquilo en Altona, donde alquilaron dos casas. Allí Labadie murió en paz (1674) y Ana María van Schürman escribió su mencionado libro, Eukleria. La guerra los obligó a abandonar este albergue y se trasladaron al Castillo Waltha, en el pueblito de Wieuwerd en Frisia Occidental, el cual fue puesto a su disposición. Este fue su último hogar. Los campesinos los recibieron con agrado y una comisión que había sido nombrada por la Iglesia Reformada para investigar acerca de sus opiniones y costumbres informó que ellos eran inofensivos. Esto permitió que los dejaran vivir en paz. Allí murió Ana María van Schürman a la edad de 71 años; también Dulignon y su esposa.
La comunidad creció y un gran número de personas de los lugares vecinos asistía a los servicios. Algunos grupos grandes fueron enviados al extranjero, uno a Surinam y otro a Nueva York. Estos fueron financiados y controlados por la comunidad de Wieuwerd, pero ambos grupos regresaron sin éxito, mayormente por haberse ocupado en ganar a otros cristianos a su grupo en lugar de intentar ganar a los paganos a Cristo. Estas expediciones empobrecieron a los que quedaron en casa y las dificultades prácticas de tener la comunidad de bienes los obligó a abandonar el sistema después de haber existido durante veinte años.
Este cambio produjo una gran angustia, ya que la mayoría de los miembros eran pobres, y en su mayoría no tenían la costumbre de ganarse la vida. Otro tanto no estaba capacitado para ello, ya que habían dependido de los que tenían los medios. Yvon les explicó que cuando la primera iglesia en Jerusalén se dispersó, la comunidad de bienes cesó y que ellos mismos ahora también eran llamados a propagarse en el mundo tal y como lo hace la levadura. Si ellos se hubieran dado cuenta de esto antes, sin duda les hubiera ahorrado el tener que renunciar al sistema bíblico de iglesia que practicaban al principio, el cual cambiaron por una vida comunitaria que redujo el alcance de su testimonio y les impidió alcanzar el desarrollo más amplio que se anticipaba anteriormente. La iglesia en casa fue disuelta y dispersada. Yvon quedó en el Castillo Waltha, donde murió, y veinticinco años más tarde, al pasar el castillo a otras manos, los labadistas que quedaban abandonaron el lugar.
La vida de Labadie fue una de esfuerzo valioso, cuya fuente yacía en la comunión íntima con Dios, nutrida por la oración sistemática e instruida por el estudio diligente de las Escrituras. Reconoció que su gran idea de una reforma de la Iglesia Católica Romana era imposible de realizar. Luego descubrió mediante un gran experimento que una ciudad o estado, como tal, no se puede convertir en iglesia. Y posteriormente se dio cuenta de que la Iglesia Protestante Reformada era incapaz de ser reformada y restaurada al modelo del Nuevo Testamento. Después de largos conflictos, llegó a comprender cómo eran las verdaderas iglesias de Dios al principio y cómo siempre habían sido. Más tarde, desalentado por tanta oposición y decepciones, Labadie buscó refugio en una iglesia en casa, creyendo que en su círculo limitado era posible mantener la pureza. Sin embargo, aquí se desvió, ya que las iglesias verdaderas no son lugares de descanso para gente perfecta, sino que son guarderías y escuelas donde son recibidos todos los que confiesan a Cristo y en donde su debilidad, ignorancia e imperfección deben ser sobrellevados. Además deben ser instruidos con la paciencia del amor inagotable.
En Labadie vemos a un hombre cuya vida contuvo elementos de fracaso heroico, y aun así, de un éxito duradero. Al principio él trató de incluir demasiado en la iglesia; grandes sistemas mundanos de los cuales las iglesias verdaderas tienen que separarse. Luego, él la limitó demasiado al pensar que las iglesias sólo pueden componerse de aquellos que son perfectos. Hubo un período en el cual fundó iglesias verdaderas de Dios y la influencia de lo que él enseñó y logró en aquel entonces perduró aun después de su muerte.
Al final de la Guerra de los Treinta Años en 1648, los países protestantes estaban agotados económicamente y padecían de la degradación moral de una generación educada en condiciones de violencia y desorden. Se encontraban, además, en un estado espiritual abatido y descuidado. Las iglesias Luteranas, y en menor grado las Reformadas, se preocupaban más por mantener una ortodoxia rígida que de llevar un estilo de vida piadoso.
Felipe Jacob Spener, nacido en Alsacia en 1635, a la edad de 35 años se convirtió en el pastor principal de la Iglesia Luterana en Frankfurt. Profundamente conmovido por la necesidad apremiante de una reforma en la Iglesia, él celebró reuniones, primero en su propia casa y luego en la iglesia. Esto con el objetivo de llevar a la práctica “la antigua costumbre apostólica de las reuniones de la iglesia (…) como Pablo la describe en 1ª Corintios 14, en las cuales aquellos que tienen dones y conocimiento deben también hablar y, sin causar desorden ni conflicto, expresar sus ideas piadosas sobre los asuntos a tratar y que los demás puedan juzgar”. (…)
Él decía que la gran mayoría de los cristianos profesos no era nacido de nuevo y que muchos de los ministros de la Palabra no comprendían adecuadamente las verdaderas doctrinas de las cuales depende la firmeza de la iglesia. Luego de un tiempo, los miembros de la iglesia de Spener en Frankfurt se abstuvieron de la Cena del Señor para evitar participar en ella con aquellos que la tomaban indignamente.
De Frankfurt, Spener se trasladó a Dresde como capellán de la Corte, y luego a Berlín donde fue diligente en el servicio hasta su muerte (1705). Las sociedades, llamadas pietistas, las cuales él se esforzó tanto por fundar y alentar, se convirtieron en una fuerza vivificante. Aunque atacadas y ridiculizadas por el cristianismo oficial, no se separaron de la Iglesia Luterana, sino que fundaron centros dentro de esta que atrajeron a los buscadores de santidad y dieron frutos en muchas actividades espirituales de largo alcance.
Uno a quien Spener ayudó fue August Hermann Franke (Francke), quien se convirtió en su principal sucesor en el movimiento pietista. Nació en Lübeck (1663), y estudió teología que, aunque tuvo cierto valor para él, no trajo paz a su alma. Sin embargo, sus estudios despertaron en él un deseo sincero de aprender en la vida y la conducta lo que sólo había comprendido en la mente y en la memoria.
Fue así como después de algunos años de búsqueda incesante él experimentó una conversión súbita por medio de la cual se disipó toda su incredulidad y recibió una certeza total de salvación.
Su insistencia en la conversión y la piedad trajo bendición a muchos, pero también le ganó enemistades. August Franke fue tildado de pietista y expulsado de Erfurt, donde era ministro, en un plazo de cuarenta y ocho horas. El mismo día una invitación de la Corte de Brandeburgo condujo a su nombramiento de profesor de griego e idiomas orientales en la universidad que se fundaba en Halle en ese tiempo.
Allí se sintió conmovido por la miseria de los pobres y dispuso una caja para recolectar las contribuciones que luego él distribuía. Un día se depositó en la caja una suma mayor que de costumbre, aproximadamente 15 chelines. “Al tomar esta suma en las manos,” escribió, “exclamé con una gran libertad de fe: Esta es una suma considerable con la cual se debe llevar a cabo una obra realmente buena. Con ella comenzaré una escuela para los pobres.” Este fue el comienzo de las extensas instituciones en Halle, las cuales fueron sostenidas sin solicitar dinero y sin ningún suministro visible, “sino única y simplemente”, dijo, “dependiendo del Dios viviente que mora en los cielos”.
A la muerte de Franke, 134 huérfanos eran mantenidos en el Hogar bajo el cuidado de 10 hombres y mujeres; 2.200 niños y jóvenes eran enseñados en las varias escuelas, la mayoría de forma gratuita, por 175 profesores; cientos de estudiantes pobres eran alimentados diariamente, y se encontraban en funcionamiento una imprenta y una librería, una biblioteca, una farmacia, un hospital y otras instituciones. De niño en esta escuela y, más tarde, sentado a la mesa de Franke, escuchando las historias de los misioneros quienes a menudo estaban allí, Zinzendorf recibió impresiones que resultaron ser valiosas en su vida posterior.
En 1690, setenta años después de la batalla de la Montaña Blanca y sesenta y dos años después que Comenius hubiera guiado al último grupo de exiliados desde Moravia, nació Cristián David, no lejos de Fulneck. La “semilla oculta” de la cual Comenius había orado que pudiera ser preservada se encontraba aún oculta. Los padres de Cristián eran Católicos Romanos, al igual que sus vecinos. Él, como ayudante de un pastor de ovejas y luego como carpintero, fue muy devoto, mientras que en su interior se preocupaba por cómo podría asegurarse de que Dios le había perdonado sus pecados. Al leer y preguntar recibió respuestas tan contradictorias que quedó confuso del todo, y abandonó su hogar y anduvo un tanto errante hacia Alemania en busca de la verdad.
Luego de muchas aventuras y constantes decepciones, Cristián se encontró con el pastor Schäfer en Görlitz, un pietista, a través de quien llegó a conocer el camino de la salvación. Lleno de regocijo y celo, regresó a Moravia y fue por doquier, predicando. Al escuchar su predicación sencilla, las verdades olvidadas de los tiempos antiguos fueron revividas en los corazones de muchos de sus oyentes.
(Continuará)

