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Historia de la Iglesia (46)
#1
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadben

La Guerra Civil produjo un gran cambio en las condiciones imperantes. En el transcurso de la lucha se consideraron propuestas para la formación de una nueva Iglesia nacional. Como los Obispos irremediablemente estaban de parte del rey, y resultaba conveniente tener el apoyo total de Escocia, los teólogos nombrados por el Parlamento para redactar una nueva forma de religión adoptaron el Pacto Escocés y la forma presbiteriana de gobierno de la iglesia, la cual fue aceptada por el Parlamento.

Los presbiterianos insistieron en que todo esto debía ser impuesto al pueblo de Inglaterra, e impusieron castigos severos contra cualquier negativa a conformarse. Las sectas debían ser exterminadas. Los pocos independientes que tomaron parte en estas discusiones en Westminster protestaron en vano para que se les garantizara la libertad; los bautistas, quienes abogaban por una total tolerancia religiosa, ni siquiera fueron consultados.

Sin embargo, durante la guerra el ejército del “Nuevo Modelo” de Cromwell había crecido y se había convertido en el medio indispensable para alcanzar la victoria. Este estaba compuesto de hombres religiosos, muchos de ellos “sectarios”. Hombres de diferentes credos habían peleado uno al lado del otro por la misma causa. Episcopalianos, puritanos, presbiterianos, independientes y bautistas se habían unido en la adoración y en la guerra y habían desarrollado un respeto mutuo en la dura lucha que habían compartido. Ellos no estaban dispuestos a ver la libertad de conciencia, por la cual habían peleado y padecido, desbaratada por legisladores intolerantes.

Luego, por medio de unos sucesos rápidos y bruscos, tanto la Asamblea que había redactado la confesión de Westminster como el Parlamento británico fueron disueltos. Se estableció la Comunidad Británica de Naciones, y con esta llegó tal libertad de conciencia y de adoración, tal libertad para expresar y publicar lo que se creía como nunca antes se había conocido.

El Consejo de estado declaró (1653) que nadie debería ser obligado a conformarse a la religión pública, mediante castigos o de otra manera; que “aquellos que profesan fe en Dios por medio de Jesucristo, aunque difieran en su doctrina, culto o práctica de los juicios públicos, no deben ser restringidos, sino que se les debe proteger en la profesión de su fe y el ejercicio de su religión siempre y cuando ellos no abusen de esta libertad en perjuicio del derecho civil de los demás y en alteración real del orden público”.

El papado y la prelatura no estaban incluidos en esta libertad. Se nombraron jueces para examinar a los ministros de las iglesias. Aquellos que eran hallados ignorantes o de una vida impía fueron excomulgados. Estos fueron numerosos, y los púlpitos se llenaron de hombres que demostraron ser capaces de instruir al pueblo. Estos hombres eran en su mayoría presbiterianos e independientes, aunque unos pocos eran bautistas.

La eliminación de las restricciones permitió que se evidenciaran dones ocultos entre las personas, y un sinfín de predicadores y escritores capaces fueron tanto el resultado de esto como un estímulo para avivar la vida espiritual. Durante este tiempo hubo un gran incremento de la predicación del Evangelio, y no pocas de las iglesias fundadas como resultado de esto eran de un carácter no sectario.

Se despertó así una conciencia nacional con relación a las necesidades de los paganos, y el Parlamento constituyó una corporación para la propagación del Evangelio en Nueva Inglaterra, declarando “que los Comunes de Inglaterra reunidos en el Parlamento, al tener conocimiento de que los paganos de Nueva Inglaterra comenzaban a invocar el nombre del Señor, se sintieron obligados a ayudar en dicha obra”. El interés que condujo a esto había sido despertado por Juan Eliot, quien, expulsado de Inglaterra por la persecución, atravesó el mar y llegó a Boston. De allí pasó a vivir entre los indios, aprendió su idioma, al cual tradujo la Biblia y otros libros, y predicó el Evangelio entre ellos, dando lugar a su mejoramiento social y espiritual.

En Drayton-in-the-Clay en Leicestershire, Inglaterra, a Christopher Fox y María su esposa, gente devota, les nació un hijo (1624) a quien llamaron George (Jorge) y quien, siendo aún un niño, “tuvo una seriedad y firmeza de mente y espíritu poco comunes en los niños”. De ese entonces él decía:“Cuando vi a los hombres adultos comportarse los unos con los otros de manera irresponsable y libertina, surgió un disgusto en mi corazón y me dije a mí mismo: ‘Si alguna vez llego a ser adulto, sin duda no me comportaré así’”. Cuando apenas tenía once años, Jorge se dio cuenta de que sus palabras debían ser pocas y que su “Sí” y “No” debían ser suficientes.

Después de desempeñarse en los negocios por un tiempo, a la edad de diecinueve años sintió un llamado de Dios de salir de su hogar, y durante los cuatro años siguientes viajó, regresando a su hogar de vez en cuando. Durante este tiempo se encontró en una gran aflicción y conflicto espiritual; oró, ayunó y le dedicó mucho tiempo a las caminatas largas y solitarias. También se dedicó a hablar con muchas personas, pero fue perturbado al darse cuenta de que los profesores de religión no poseían lo que profesaban. Durante las fiestas religiosas, como las navidades, en lugar de sumarse a las festividades, Jorge solía ir de casa en casa visitando a las viudas pobres y dándoles dinero, de lo cual poseía lo suficiente para sí mismo y para ayudar a los demás. En sus caminatas, llegó a tener lo que él llamaba “aperturas” del Señor. Un día, cerca de Coventry, él meditaba acerca de por qué se dice que todo cristiano es creyente, ya sea protestante o papista. “Pero,” consideró, “el creyente es aquel que ha nacido de nuevo, que ha pasado de muerte a vida, de lo contrario no es creyente”. De modo que se dio cuenta de que muchos de los que profesan ser cristianos o creyentes no lo son.

En otra ocasión, un domingo por la mañana, mientras atravesaba un campo, el Señor le hizo entender “que el hecho de haber estudiado en Oxford o Cambridge no era suficiente para equipar y capacitar a los hombres para ser ministros de Cristo”.

Quedó impresionado por la Escritura: “No tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas” (1 Juan 2.27), y se valió de esto para justificar su ausencia de la iglesia y, en lugar de ello, llevar su Biblia y retirarse a los huertos y campos. Nuevamente su entendimiento fue iluminado acerca de que: “Dios, que hizo el mundo, no habita en templos hechos por manos humanas”. Esto le sorprendió, ya que era común hablar de las capillas como “templos de Dios”, “lugares temibles”, “tierra santa”, pero ahora él veía que el pueblo de Dios es su templo y que él mora en ellos.

Al cabo de este tiempo, finalmente abandonó su hogar y amistades. De allí, Jorge Fox vivió una vida errante, se hospedaba en una habitación de algún que otro pueblo, se quedaba allí unas pocas semanas y luego continuaba su viaje.

Había perdido la esperanza de que el clero le pudiera ayudar y se había vuelto a los disidentes, pero ninguno de estos pudo aconsejarlo en su condición. Fue entonces cuando él dijo: “Cuando se acabaron todas mis esperanzas en ellos y en todos los hombres, de manera que no quedaba nada que me ayudara ni sabía qué hacer, entonces, ¡ah!, escuché una voz que dijo: ‘Hay uno sólo, Jesucristo, que puede hablar a tu condición’, y cuando escuché esto mi corazón dio un vuelco de alegría”. Luego Jorge experimentó una gran paz, gozó de una comunión con Cristo, se percató de que, en el Señor quien lo había hecho todo y en quien él creía, él poseía todas las cosas. Él no podía dejar de alabar a Dios por su misericordia.

Él fue consciente del mandato del Señor de ir a las naciones, a fin de traer a las personas de las tinieblas a la luz (…) ,

Muchos comenzaron a reunirse para escuchar a Jorge Fox, y algunos se convencieron. Las reuniones de los “amigos” comenzaron a llevarse a cabo aquí y allá. Un principio con Fox era el rechazo a portar armas o a participar en la guerra. Él desechaba todo uso de la fuerza y enseñaba que se debía soportar y perdonar todas las cosas, que no se debía hacer ningún juramento y que se debía rechazar todo pago del diezmo.

El modo de llevar a cabo estos principios y esta misión era sin ningún temor y sin tener en cuenta ninguna de las consecuencias.
Un ejemplo de esto aparece en su Diario :”Fui a otra capilla que quedaba aproximadamente a cinco kilómetros, donde predicaba un gran sumo sacerdote, llamado un doctor (…) Entré a la capilla y me quedé allí hasta que el sacerdote había concluido. Las palabras que él tomó como versículos claves fueron las siguientes: “A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche.” Luego me sentí guiado por el Señor a responderle: “Bájate, engañador. ¿Tú invitas al pueblo a venir y a tomar gratis del agua de la vida y, sin embargo, cobras trescientas libras de ellos cada año para predicarles las Escrituras? ¿Acaso no debes avergonzarte por esto? ¿Acaso el profeta Isaías y Cristo hicieron eso, quienes dijeron las palabras y se las dieron gratis? ¿Acaso Cristo no les dijo a sus ministros a quienes envió a predicar: “De gracia recibisteis, dad de gracia”? El sacerdote, mostrando asombro, se marchó precipitadamente. Después que él había abandonado su rebaño, tuve todo el tiempo que deseé para hablarle a la gente. Y los dirigí de las tinieblas a la luz y a la gracia de Dios, aquella que les enseñaría y les traería salvación. Los dirigí al Espíritu de Dios en su interior, el cual sería un maestro gratuito para ellos”.

Se inició un conflicto que se propagó por todo el país y más allá de sus fronteras. Los métodos de los “amigos” anularon todo propósito de tolerancia del gobierno, y la conmoción local y el enojo tuvieron su expresión en violencia extrema. Los “amigos”, ahora llamados “cuáqueros” en son de burla, fueron azotados, multados, encerrados en prisiones repugnantes, y sometidos a toda clase imaginable de indignidades. El propio Fox fue encarcelado repetidas veces, azotado y maltratado.

Como la cantidad de miembros aumentaba constantemente, rara vez hubo menos de mil “amigos” en prisión al mismo tiempo. No obstante, ellos nunca se amedrentaron ni trataron de evadir la persecución, más bien parecía que la invitaban y, a pesar de todo, la Sociedad iba en aumento, sus reuniones se propagaron por todo el país, y de ellas salieron predicadores, tanto hombres como mujeres, a quienes ningún peligro logró contener.

Ellos muy pronto llegaron también al extranjero; hacia el oeste a las Antillas y los asentamientos de la Nueva Inglaterra, y hacia el este al interior de Holanda y Alemania.

En el reinado de Jacobo II las circunstancias trajeron libertad para los “amigos”, entre otros, y la Sociedad pudo desarrollar libremente las labores para el alivio del sufrimiento y la eliminación de la injusticia que tanto la han caracterizado siempre. El poder de su testimonio radicaba en el avivamiento de la verdad olvidada en lo referente a la vida interna del Espíritu Santo. La Sociedad
de los Amigos no fundó iglesias en el sentido del Nuevo Testamento, ya que el ingreso a ella no se basaba en la conversión o el nuevo nacimiento, ni se practicaban las ordenanzas externas del bautismo y la Cena del Señor.

Con todo, las reuniones se convertían en oportunidades donde había libertad para que el Espíritu Santo ministrara por medio de alguien que él escogiera, sin estar limitado por ninguna regulación humana.

En la Restauración hubo un retorno a la antigua política de esforzarse por obligar a todos los partidos a conformarse a la Iglesia Anglicana. Se promulgó así el Decreto de Uniformidad (1662), el cual exigía que cada ministro en la Iglesia debiera declarar ante su congregación su aprobación incondicional y su consentimiento a todo lo que contenía el Libro de la Oración Común, y que cada ministro debiera obtener ordenación episcopal.

El resultado fue que dos mil ministros, incluyendo, por supuesto, a los mejores, se negaron a someterse y fueron expulsados de su manera de ganarse la vida. Esto fortaleció la disconformidad en el país y decreto tras decreto fue promulgado para eliminarla. Ningún disidente podía ocupar un cargo en ningún cuerpo municipal, ni podía celebrar ningún encuentro en el cual estuvieran presentes más de cinco personas además de los miembros de su familia, ni tampoco se le podía conceder ningún empleo gubernamental.

A los ministros expulsados se les prohibió acercarse más de los ocho kilómetros de cualquier pueblo o de cualquier lugar donde ellos hubieran ministrado anteriormente. Los castigos relacionados a cualquier infracción de estas leyes eran los más severos.

Sin embargo, los bautistas y los independientes celebraban reuniones secretas, los cuáqueros continuaron celebrando las suyas sin ocultarse, y pronto las prisiones se encontraban nuevamente repletas.

Las multas, las picotas, los cepos y las asquerosas cárceles reanudaron su antiguo trabajo. Había comenzado una nueva fase de un conflicto desesperado e incesante entre el partido de la Iglesia oficial y los disidentes, o bien había alcanzado un nuevo nivel. Duraría desde mediados del siglo XVII hasta bien entrado el siglo XIX, en el curso del cual, poco a poco, frente a una hostilidad implacable, los disidentes obtuvieron los derechos de ciudadanos de su propio país.

A través de todos estos conflictos se desarrolló un extraordinario cúmulo de gracia y poder espiritual e intelectual en todos los distintos grupos. Entre una multitud de hombres distinguidos, Ricardo Baxter el presbiteriano es recordado por su libro "Descanso eterno de los santos"; Juan Owen (1616–1683), por ser el poderoso exponente de las doctrinas de las iglesias congregacionalistas; Isaac Watts (1674–1748), también un independiente, recordado por sus himnos, los cuales le dieron una nueva expresión a la adoración y la alabanza; y Juan Bunyan (1628–1688), cuyo libro "El progreso del peregrino" probablemente ha sido más leído que cualquier otro libro jamás escrito, excepto la Biblia, quien también por medio de sus sufrimientos y obras clasifica entre los más ilustres.

La iglesia en Bedford, de la cual él fue un miembro y, posteriormente, anciano y pastor, ha dejado en sus actas un informe del trabajo desempeñado, con frecuentes oraciones y ayunos, en el recibimiento de los miembros, el ejercicio de la disciplina y también en la visita e instrucción de los creyentes. Incluso, cuando la iglesia se encontraba bajo la tensión de la persecución y encarcelamiento, empobrecida por las multas y expulsada de un lugar de reunión a otro, la diligencia de los ancianos a la hora de cumplir el testimonio y el ministerio encomendado a ellos fue ininterrumpida. A pesar de ser una iglesia bautista, ellos fueron enfáticos en no permitir que el bautismo llegara a ser la base sobre la cual basar su compañerismo con otros.

(…) Ya que desean saber por cuál nombre me quisiera distinguir entre los demás, les digo lo que quiero y espero ser: un cristiano, y deseo, si Dios me considera digno, que me llamen cristiano, creyente o por cualquier otro nombre aprobado por el Espíritu Santo.

Bibliografía:

Memoir of William Tyndale, George Offor.
A History of the Free Churches of England, Herbert S. Skeats.
A Popular History of the Free Churches, C. Silvester Horne.
Laws of Ecclesiastical Polity, Richard Hooker.
Encyclopedia of Religion and Ethics, editado por James Hastings. Artículo: Arminianismo.
Journal of George Fox.
John Bunyan: His Life, Times, and Work, John Brown, B.A., D.D.

(Fin del capítulo 11)
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