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Historia de la Iglesia (42)
#1
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadben

Servet, un médico español que sostenía y enseñaba doctrinas aliadas a las del socinianismo, llegó a Ginebra en un viaje y, durante su estancia allí, entró en conflicto con Calvino y el Concilio. Servet se negó a renunciar a su error, por lo que fue quemado en 1553. Esto no fue sino un resultado lógico del sistema que había sido establecido.
Bajo el gobierno de Calvino, Ginebra se hizo famosa y proporcionó un refugio para un gran número de disidentes perseguidos de diferentes países, muchos de ellos procedentes de Inglaterra y Escocia. Estos disidentes fueron influenciados fuertemente por la habilidad de Calvino y llevaron sus enseñanzas muy lejos, de modo que el calvinismo se convirtió en una influencia poderosa en el mundo, y su entrenamiento severo desde luego ha moldeado algunos de los caracteres más fuertes. Farel se sometió al dominio de Calvino, pero rechazó todas las súplicas que le hicieron para que se estableciera en Ginebra o para que aceptara cualquier posición a la cual estaban relacionados el honor y la remuneración.
Él hizo de Neuchâtel su centro, y se casó allí, pero continuó su vida ardua como un predicador ambulante hasta que murió en paz aproximadamente a los setenta y seis años de edad.

Mientras tanto, en Francia, el crecimiento de las iglesias cristianas y la predicación del Evangelio, que había continuado a pesar de la férrea persecución, enfrentó una seria traba en 1534. Algunos de los creyentes en París, impacientes ante el progreso lento logrado en Francia en comparación con la gran libertad que se había alcanzado en Suiza, enviaron a uno de sus miembros, llamado Feret, para que consultara con los hermanos allí en cuanto a si ellos debían tomar un curso más agresivo a fin de obtener más libertad para la Palabra. En respuesta a esto, los reformistas en Suiza emprendieron un ataque violento contra la misa, haciendo impresiones en forma de pancartas y tratados que fueron enviados a París.
Había una diferencia de opinión entre los creyentes en París en cuanto a si las pancartas debían o no colgarse a la vista y si los tratados debían o no ser distribuidos. Couralt, quien hablaba en nombre de los “hombres de juicio”, dijo: “Tengamos cuidado en cuanto a colgar estas pancartas porque ello sólo avivaría la furia de nuestros adversarios, y de ese modo aumentaríamos la dispersión de los creyentes”. Otros dijeron: “Si con timidez miramos de un lado al otro para ver cuán lejos podemos llegar sin arriesgar nuestras vidas, renunciaremos a Jesucristo”. Los consejos de los más agresivos prevalecieron, el asunto fue organizado con mucho cuidado, y una noche de octubre las pancartas fueron colgadas en todas partes de Francia; una fue colocada incluso en la puerta de la alcoba en la cual se encontraba durmiendo el rey en su castillo en Blois.
Las pancartas contenían una declaración extensa, cuyo encabezamiento decía: “Artículos verídicos acerca de los horribles, inmensos e insoportables abusos de la misa papal, inventada directamente en contra de la Cena de nuestro Señor, el único Mediador y único Salvador, Jesucristo”. Al día siguiente, cuando las pancartas fueron leídas, el efecto fue tremendo. El rey fue ganado de su indecisión anterior y aprobó la política de exterminar al partido de la Reforma. En el primer día el Parlamento proclamó una recompensa para todos los que dieran a conocer a los individuos que habían fijado las pancartas y ordenó que todas las personas que los consintieran deberían ser quemadas en la hoguera. Inmediatamente comenzaron a capturar a aquellos de quienes se sospechaba que hubieran asistido a las reuniones o que de cualquier forma estaban a favor de la reforma, incluidas las personas que se habían opuesto a la idea de poner las pancartas. Prevaleció un terror generalizado. Muchas personas lo abandonaron todo y huyeron al extranjero. En toda Francia las llamas recibieron sus victimas vivas, especialmente en París. Hubo, pues, una procesión (1535) a través de las calles de París de todas las reliquias más santas que se pudieron juntar. Allí se congregaron el rey, su familia y la corte, una gran cantidad de eclesiásticos, algunos miembros de la nobleza y una enorme concurrencia de personas. La hostia fue llevada a través de las calles, y se celebró una misa en Notre Dame. Luego el rey y una gran multitud de personas presenciaron, primero en el Rue San Honoré y luego en el Halles, la quema en la hoguera (con aparatos diseñados para prolongar los sufrimientos) de algunos de los mejores ciudadanos de París, quienes, sin excepción, testificaron hasta el final de su fe en Jesucristo con una valentía que se ganó la admiración de sus propios atormentadores.

El culto y moderado Sturm, profesor en el Colegio Real en París, le escribió a Melanchthon: Nosotros estábamos en la mejor de las posiciones, gracias a hombres sabios. En cambio ahora, por medio del consejo de hombres imprudentes, hemos caído en la más grande calamidad y en la más suprema miseria. El año pasado le escribí que todo iba bien y también acerca de las esperanzas que abrigábamos de la justicia del rey. Nosotros nos felicitábamos unos a otros, pero, ¡ay de nosotros! Los hombres extravagantes nos han privado de aquellos buenos tiempos. Una noche en el mes de octubre, en un momento, en toda Francia y en cada rincón del país, estos hombres fijaron con sus propias manos una pancarta acerca de las órdenes eclesiásticas, la misa y la eucaristía (…) Ellos llevaron su osadía tan lejos que hasta se atrevieron a fijar una en la puerta de la alcoba del rey, deseando de esta manera, al parecer, provocar seguros y atroces peligros.
Desde la ocurrencia de aquel acto imprudente, todo ha cambiado: la gente está preocupada, los pensamientos de muchos están llenos de alarma, los magistrados están irritados, el rey está perturbado y se llevan a cabo juicios espantosos. Debe reconocerse que estos hombres imprudentes, si no fueron la causa, fueron al menos la razón de ello. ¡Si tan sólo fuera posible que los jueces mantuvieran un proceder justo! Algunos, habiendo sido capturados, ya han sufrido sus castigos; otros, previendo inmediatamente su seguridad, han huido; personas inocentes han sufrido el castigo de los culpables. Los informantes se muestran a sí mismos públicamente; cualquiera puede ser acusador y testigo a la vez. Estos no son rumores infundados de los cuales le escribo, Melanchthon. Tenga la completa seguridad de que no le cuento todo, y que en lo que le escribo no empleo los términos fuertes que nuestra situación merece. Ya han sido quemados dieciocho discípulos del Evangelio, y el mismo peligro aún amenaza a una cantidad de ellos mucho mayor. Cada día el peligro se extiende más y más. No existe un solo hombre de bien que no le tema a las calumnias de los informantes y que no se consuma por la aflicción al ver estos actos tan horribles. Nuestros adversarios reinan y con toda autoridad ya que al parecer luchan por una causa justa, como si reprimieran una sedición. En medio de estos grandes y numerosos males sólo queda una única esperanza —que las personas estén comenzando a indignarse por semejantes persecuciones crueles, y que el rey al fin se avergüence por haber tenido sed de la sangre de estos hombres desdichados. Los perseguidores son instigados por un odio violento y no por la justicia. Si el rey supiera la clase de espíritu que anima a estos hombres sanguinarios, sin duda seguiría mejores consejos. No obstante, aun así nosotros no nos desesperamos. Dios reina; él dispersará todas estas tempestades, nos mostrará el lugar en donde podremos refugiarnos, él le dará un asilo a los hombres buenos en donde puedan expresar sus opiniones libremente.

Los grupos de creyentes se reunían en muchas partes de Francia para leer las Escrituras y para la adoración, sin ninguna organización en particular. Sin embargo, en una de estas reuniones en París, el nacimiento de un niño, al causarle a su padre mucha preocupación acerca de cómo debería bautizarlo, poco a poco condujo a la evolución de todo un sistema. La conciencia del padre no le permitió llevarlo a la Iglesia Católica Romana, y no le fue posible llevarlo al extranjero para bautizarlo. La congregación se reunió y oraron acerca del asunto, y luego decidieron formar una iglesia ellos mismos. Fue así como eligieron a Jean de Maçon como su ministro, y también nombraron a ancianos y diáconos, y se establecieron como una iglesia organizada, de la cual los ministros estaban autorizados a bautizar y desempeñar aquellas funciones que ellos consideraban propias de las personas ordenadas.

Desde el momento en que hicieron esto (1555), muchas de las asambleas de creyentes en todas partes de Francia actuaron de la misma manera, y la cifra de iglesias que adoptaron esta forma presbiteriana se aumentó rápidamente. Una gran parte de ellas fue provista de pastores procedentes de Ginebra.
Las iglesias Reformadas en Holanda y Escocia fueron aun más afectadas por el ejemplo de este movimiento en Francia que por el ejemplo de Ginebra. Calvino era partidario de que cada congregación fuera dirigida por su ministro, o ministros, y ancianos, pero las iglesias francesas pronto introdujeron el plan de celebrar Sínodos de Ministros y Ancianos que representaran a las iglesias y tuvieran autoridad sobre ellas.
De estas reuniones locales posteriormente se decidió enviar delegados para formar un Sínodo provincial más amplio, y esto llevó a que en 1559 se celebrara en París el Primer Sínodo Nacional de las iglesias francesas. En esta ocasión se acordó elaborar una confesión de fe. Cada ministro tuvo que firmar en señal de acuerdo, y luego se redactó un Libro de Disciplina que regulaba el orden y la disciplina de las iglesias, al que cada ministro prometió someterse.
Los partidarios de estas iglesias fueron a menudo llamados “evangélicos” o “los de la religión”, pero poco a poco el nombre “hugonote” fue comúnmente aplicado a ellos. No se conoce con certeza de qué fuente se deriva el nombre.
El sudeste de Francia, donde por siglos la gente había estado dispuesta para recibir el Evangelio y donde la verdad sólo había sido contenida por las repetidas y despiadadas masacres, ahora nuevamente mostraba el antiguo e invencible deseo por la Palabra, y en algunas partes se adoptó predominantemente el sistema hugonote. En otras partes del país los hugonotes eran, por lo general, una pequeña minoría de la población.

Existía un estado de tensión entre los dos partidos religiosos, aunque se le garantizaba la libertad de adoración a la minoría hugonote por medio de un decreto real, y se esperaba que la reforma y la tolerancia trajeran la paz. La Asamblea General del estado o Parlamento estaba a favor de esto, así como la reina madre Catalina de Médicis, quien escribió al Papa lo siguiente: “La cantidad de los que se han separado de la Iglesia Romana es tan enorme que ya no pueden ser reprimidos por medio de la severidad de la ley ni el poder de las armas. A causa de los nobles y los magistrados que se han unido al grupo, ellos se han hecho tan poderosos, están tan firmemente unidos, y diariamente adquieren semejante fuerza que se vuelven más y más temibles en todas partes del reino. Mientras tanto, gracias a Dios, entre ellos no hay ni anabaptistas ni libertinos ni ningún partisano de opiniones odiosas.” En su misiva ella continúa para discutir la posibilidad de estar en comunión con ellos, y sugiere asuntos que pudieran ser reformados en la comunión romana para beneficio de todos.
Sin embargo, el Papa se opuso, y ambos partidos se armaron en preparación para lo que podría avecinarse. El almirante Coligny, como líder del partido hugonote, declaró: “Contamos con 2.050 iglesias y con 400.000 hombres dispuestos a tomar las armas, sin tomar en cuenta a nuestros partidarios secretos”.
El duque de Guisa, líder del partido católico, frustró toda esperanza de llegar a un arreglo al atacar una numerosa congregación de devotos desarmados que se encontraban en un granero. Él con sus soldados los rodearon y masacraron a su antojo a las víctimas indefensas. La guerra civil que siguió devastó al país, pero después de años de lucha agotadora se logró una tregua y se arregló un matrimonio entre Enrique de Béarn, rey de Navarra, ahora líder de la causa hugonote, y Margarita, hija de Catalina de Médicis y hermana del rey de Francia. La boda se celebró en París (1572) con grandes festividades. Los hugonotes vieron esta boda como un medio para alcanzar la paz entre las partes contendientes, por lo que una gran cantidad de ellos, incluyendo a sus principales líderes, acudió a la ciudad para presenciar o tomar parte en las celebraciones.
Menos de una semana después de la boda en Notre Dame, según una señal y un plan predeterminados, los líderes católicos y sus tropas cayeron sobre los hugonotes confiados, y tuvo lugar la masacre de San Bartolomé. No hubo escape alguno. Las casas de los hugonotes habían sido marcadas con anticipación. Hombres, mujeres y niños fueron masacrados sin piedad, siendo el almirante Coligny uno de los primeros en ser asesinado. Al cabo de cuatro días, París y el Sena estaban llenos de cuerpos mutilados en lugar de hombres y mujeres enérgicos y grupos de niños felices que hacía sólo una semana habían llenado las calles.

En toda Francia se llevaron a cabo actos similares. Después de la primera sorpresa los hugonotes que quedaron, bajo el mando de Enrique de Navarra y el príncipe de Condé, organizaron la resistencia, y fue así como comenzaron las guerras de la Liga las cuales sumieron a Francia en la miseria por más de veinte años.

En 1594, Enrique de Navarra sucedió al trono de Francia como Enrique IV. Fue un gobernante valiente y capaz, pero no fue un hombre religioso, y dirigió a los hugonotes más como un partido político que religioso. Su posición fue difícil como gobernante protestante de un país principalmente católico romano cuyos reyes siempre habían pertenecido a esa Iglesia. Él enfrentó este problema por medio de convertirse en un católico romano a fin de proteger su trono y luego usó su posición para legislar a favor de los hugonotes. De esta manera una dinastía católica romana fue establecida de nuevo en Francia, pero a su vez el rey proclamó el Edicto de Nantes (1598) que les daba libertad de conciencia y de adoración a los hugonotes.

La Liga Católica no se sometió a él, pero él la derrotó y la suprimió, y expulsó a los jesuitas. Los hugonotes se convirtieron en un estado dentro del Estado, con sus propias ciudades y distritos en algunas partes del país, y sus derechos los cuales eran válidos en todo el país.

Doce años después del Edicto de Nantes, el rey fue asesinado, y pronto reanudaron los problemas para los hugonotes. Hubo masacres que los estimularon a presentar una resistencia armada, pero el Cardenal Richelieu dirigió la guerra en su contra con tanta energía que los hugonotes fueron derrotados en repetidas ocasiones. Su gran fortaleza, la Rochela, fue capturada, y así dejaron de existir como un cuerpo armado y un poder político. No obstante, Richelieu les dio cierta libertad y como resultado se reconciliaron con el gobierno. De allí, se dedicaron a la agricultura, a la industria y al comercio con su entusiasmo característico, y se hicieron muy ricos e influyentes, convirtiéndose en una fuente de mucha prosperidad para Francia.

Cuando Luis XIV, con motivo de la muerte de Mazarino, asumió el gobierno de Francia, inmediatamente comenzó a tomar medidas represivas contra los hugonotes. Bajo la influencia de los jesuitas se emplearon todos los recursos para obligarlos a unirse a la Iglesia de Roma. Los que se opusieron a esto quedaron sujetos a una creciente persecución. Ellos la soportaron con paciencia, pero su aflicción sólo se hizo más intensa. Sus hijos fueron arrebatados de su seno para ser educados en conventos bajo el catolicismo, se llevaron a cabo masacres contra ellos y sus reuniones fueron prohibidas. Soldados brutales se alojaban en sus casas, y a estos se les permitía comportase a su antojo. A esto se le conoció como el sistema de las “dragonadas”. Cuando los hugonotes huían eran perseguidos por el bosque y en otros lugares de refugio, eran traídos de vuelta a sus casas y eran obligados a entretener a los brutales “dragones” quienes, por medio de todo tipo de torturas y atrocidades, imponían su “conversión” o los perseguían hasta la muerte.

(Continuará)
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