17-06-2014, 11:53 PM
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadben
En 1533, algunos creyentes en el sur de Francia se convencieron profundamente de la necesidad de reunirse a menudo para la lectura de la Escritura.
En esa época Margarita, reina de Navarra, vino de París a los territorios de su esposo. Acompañándola vinieron también Le Fèvre y Roussel. Ellos acostumbraban visitar la Iglesia Católica en Pau y después celebraban encuentros en el castillo donde se abordaba el tema de las Escrituras.
A dichos encuentros asistían muchos campesinos. Algunas de estas personas expresaron el deseo de participar de la Cena del Señor a pesar de los temores por el peligro de hacer eso. Sin embargo, se proveyó un gran salón bajo la terraza del castillo, un lugar de reunión al cual se podía llegar sin correr demasiado riesgo de llamar la atención. Aquí, a la hora señalada, se traía una mesa, con pan y vino, y todos participaron en la Cena del Señor, sin ninguna formalidad. La reina y aquellos del rango más humilde comprendían su igualdad en la presencia del Señor. De este modo se leyó y se aplicó la Palabra de Dios, se recogió una ofrenda para los pobres, y luego la gente se dispersó.
Para este mismo tiempo Juan Calvino, un joven que se vio obligado a abandonar París a causa de su enseñanza, estaba en Poitiers, donde se puso en contacto con muchos creyentes y buscadores de Dios, todos muy interesados en las Escrituras.
Lutero, Zwinglio y sus doctrinas eran discutidas, y existía la más libre crítica de la Iglesia Católica Romana. Pero como empezaba a ser peligroso asistir a estos encuentros, los cristianos comenzaron a reunirse en un distrito montés en las afueras de la ciudad donde había cavernas conocidas como las cavernas de San Benedicto. Allí, en una gran caverna, ellos podían analizar las Escrituras sin interrupción, y un tema frecuente era el carácter antibíblico de la misa. Esto condujo a un deseo de recordar la muerte del Señor en la manera en que él lo había indicado. De modo que ellos se reunían allí y, con oración y la lectura de la Palabra, partían el pan y tomaban el vino entre ellos. Por otra parte, cualquier hermano que sintiera que el Espíritu Santo le había dado un mensaje de exhortación o exposición lo compartía con absoluta libertad.
En seguida ellos comenzaron a preocuparse por la gente que vivía en su distrito y de su necesidad del Evangelio, por lo que tres de los hermanos se ofrecieron para viajar como evangelistas. Se sabía que ellos tenían los dones necesarios del Espíritu Santo para llevar a cabo semejante obra, por lo que fueron encomendados al Señor, se recogió una ofrenda para cubrir los gastos de su viaje y fueron enviados. Sus labores resultaron ser muy fructíferas.
Uno de ellos, Babinot, un hombre culto y amable, fue primeramente a Toulouse. Él tenía un poder especial de atraer a los estudiantes y profesores, de quienes ganó no pocos para Cristo, y la influencia de ellos para con los jóvenes resultó muy valiosa para el avance del Evangelio.
Ellos le dieron a Babinot el nombre de “Hombre bueno” debido a su excelente carácter. Él fue diligente en descubrir y visitar a los pequeños grupos del pueblo de Dios que se reunían para orar y partir el pan juntos.
Otro de los evangelistas, Jean Véron, un hombre de gran ánimo, pasó veinte años viajando a pie por provincias enteras de Francia. Él buscó de manera tan diligente a las ovejas extraviadas y exaltó tanto al Buen Pastor que lo llamaron el “Recogedor”. Cuando llegaba a un pueblo, solía preguntar quiénes entre ellos eran las personas más dignas, y entonces intentaba ganarlas para la fe. Jean Véron también se interesó de manera especial por los jóvenes, muchos de los cuales se convirtieron por medio de él en discípulos fieles de Cristo y probaron su disposición de sufrir por él.
Véron obró primeramente en Poitiers y se hizo famoso en esa parte de Francia por su influencia en las universidades. Con el tiempo, fue capturado en Savoie y quemado en Chambéry por su confesión de Cristo.
El poder salvador del Evangelio comenzó a ser manifestado con abundancia en Ginebra desde el momento en que Antoine Froment inauguró con mucha aprensión una escuela allí (1532). Sus historias de la Biblia dirigidas a los niños y su conocimiento útil de la medicina pronto atrajeron a una gran cantidad de personas hacia él.
Algunas mujeres distinguidas, pertenecientes a las familias más importantes de la ciudad, se convirtieron al Señor, siendo seguidas por comerciantes y personas de todas las clases sociales.
Los creyentes pronto comenzaron a reunirse en las casas para el estudio de las Escrituras y la oración. Estas asambleas se aumentaron rápidamente a medida que más personas se convertían. En sus reuniones había libertad de ministerio. Uno u otro hermano leía la Palabra de Dios y los más capaces la explicaban, o guiaban al grupo en oración. En estos encuentros también se recogían ofrendas para el socorro de los pobres.
Si un forastero dotado estaba de paso por el lugar, era invitado a predicar en una de las casas más grandes. y todo aquel que pudiera entrar se congregaba para escuchar su ministración. Estas asambleas muy pronto sintieron el deseo de partir el pan en memoria del Señor. A fin de evitar problemas, los hermanos se congregaban en un jardín con tapia que pertenecía a uno de ellos, en Pré l´Evêque, justo en las afueras de las murallas de la ciudad. Todo esto se llevó a cabo ante una constante oposición que se hizo más violenta cuando los creyentes, como iglesias, se reunían en torno a la Cena del Señor.
Hubo disturbios peligrosos, en los cuales Froment y otros fueron expulsados de la ciudad. No obstante, los encuentros persistieron.
En una ocasión posterior, aproximadamente ochenta hombres y un grupo de mujeres se reunieron en Pré l´Evêque para participar de la Cena del Señor, lo cual incrementó la ira pública contra ellos.
Fue en medio de estas condiciones convulsas que Olivetan tradujo pasajes de la Biblia. A fin de dar el mejor significado él tradujo al francés algunas palabras que previamente habían sido dejadas en su forma original griega. De esa manera para la palabra “apóstol” él escribió “mensajero”; para “obispo,” “supervisor” y para “sacerdote,” “anciano”, siendo estas palabras traducciones fieles según el significado de las palabras griegas y no meras transliteraciones. Él decía que por el hecho de que no encontraba en la Biblia palabras tales como “Papa”, Cardenal”, “Arzobispo”, “Archidiácono”, “abad”, “prior”, “monje”, él no tenía motivo para cambiarlas. Aunque, por medio de una serie de sucesos convulsos, Ginebra —al igual que Neuchâtel— había sido librada de la dominación de Roma, no pasó mucho tiempo hasta que se introdujeron formas de gobierno, igualmente sin fundamento en las Escrituras, que afectaron bastante a las iglesias.
Olivetan había sido uno de los primeros en guiar a su pariente Juan Calvino al estudio de la Biblia.
La habilidad extraordinaria de Calvino le dio desde su juventud temprana una gran influencia dondequiera que iba. La publicación (1536) de su libro, “Los fundamentos de la religión cristiana” en Basilea, adonde tuvo que huir al ser expulsado de Francia, le mereció el reconocimiento de ser el teólogo más destacado de su tiempo.
El mismo año, mientras se dirigía a Estrasburgo, Calvino, a causa de la guerra, se vio obligado a cambiar su ruta a través de Ginebra donde se hospedó en una posada con la intención de continuar su viaje a la mañana siguiente. Farel se enteró de su llegada, lo visitó y le mostró la maravillosa obra que se había llevado a cabo y que aún continuaba en Ginebra y en todos sus alrededores. Le mostró, además, los conflictos existentes y la necesidad de más colaboradores, ya que Farel y los que con él andaban se hallaban inundados por las invitaciones que recibían de todas partes. Farel le instó a Calvino a que se quedara y compartiera la obra con ellos. Calvino objetó con recato, apelando a su incapacidad, su gran necesidad de estudio, su carácter no apto para las actividades que se exigirían de él. Farel le exhortó que no permitiera que su amor por el estudio o cualquier otra forma de autocomplacencia se interpusiera en el camino de la obediencia al llamado de Dios. Vencido por la vehemencia de Farel y convencido por su petición, Calvino consintió en quedarse y, con la excepción de un período de destierro de tres años, pasó el resto de su vida en Ginebra, con cuya ciudad su nombre estará por siempre ligado.
A través de mucho conflicto él impuso en la ciudad su ideal de un estado e Iglesia organizados en gran medida según el patrón del Antiguo Testamento. El Concilio de la ciudad tenía poder absoluto tanto en asuntos religiosos como civiles, a la vez que se convirtió en el instrumento de la voluntad de Calvino. A los ciudadanos se les exigía firmar una confesión de fe o abandonar la ciudad.
Se impusieron normas estrictas que regulaban la moral y las costumbres del pueblo. Las iglesias que habían comenzado a crecer en obediencia a la enseñanza del Nuevo Testamento casi desaparecieron entre la organización general, pues el dominio papal fue sustituido por el del reformista y la libertad de conciencia continuó siendo restringida.
Una forma de error predominante que Calvino esperaba reprimir por medio de esta regulación estricta era un error de carácter unitario. Este tipo de enseñanza era de origen antiguo, similar al arrianismo en algunos aspectos, pero durante este tiempo ya comenzaba a ser descrita como socinianismo a causa de su asociación con Lelio Socino (1525–1562) y Fausto Socino (1539–1604), tío y sobrino, naturales de Siena, Italia. El último vivió mucho tiempo en Polonia, debido a que allí, al igual que en Transilvania, la enseñanza unitaria era permitida y estaba generalizada. Fausto Socino unió los sectores divididos de los unitarios en Polonia. A ellos se les conocía como “los hermanos polacos” y el catecismo “racoviano” expresaba sus creencias. El socinianismo se divulgó partiendo de ellos como un centro. Esta doctrina afectó desde el inicio a algunos en las iglesias protestantes, y más tarde ganó una influencia dominante, especialmente sobre el clero protestante. En gran medida, consistía en la crítica de la teología existente, y era allí donde residía su atractivo. Dicha enseñanza se dirigía más al intelecto que al corazón o al entendimiento de la persona.
(Continuará)
Por Edmund Hamer Broadben
En 1533, algunos creyentes en el sur de Francia se convencieron profundamente de la necesidad de reunirse a menudo para la lectura de la Escritura.
En esa época Margarita, reina de Navarra, vino de París a los territorios de su esposo. Acompañándola vinieron también Le Fèvre y Roussel. Ellos acostumbraban visitar la Iglesia Católica en Pau y después celebraban encuentros en el castillo donde se abordaba el tema de las Escrituras.
A dichos encuentros asistían muchos campesinos. Algunas de estas personas expresaron el deseo de participar de la Cena del Señor a pesar de los temores por el peligro de hacer eso. Sin embargo, se proveyó un gran salón bajo la terraza del castillo, un lugar de reunión al cual se podía llegar sin correr demasiado riesgo de llamar la atención. Aquí, a la hora señalada, se traía una mesa, con pan y vino, y todos participaron en la Cena del Señor, sin ninguna formalidad. La reina y aquellos del rango más humilde comprendían su igualdad en la presencia del Señor. De este modo se leyó y se aplicó la Palabra de Dios, se recogió una ofrenda para los pobres, y luego la gente se dispersó.
Para este mismo tiempo Juan Calvino, un joven que se vio obligado a abandonar París a causa de su enseñanza, estaba en Poitiers, donde se puso en contacto con muchos creyentes y buscadores de Dios, todos muy interesados en las Escrituras.
Lutero, Zwinglio y sus doctrinas eran discutidas, y existía la más libre crítica de la Iglesia Católica Romana. Pero como empezaba a ser peligroso asistir a estos encuentros, los cristianos comenzaron a reunirse en un distrito montés en las afueras de la ciudad donde había cavernas conocidas como las cavernas de San Benedicto. Allí, en una gran caverna, ellos podían analizar las Escrituras sin interrupción, y un tema frecuente era el carácter antibíblico de la misa. Esto condujo a un deseo de recordar la muerte del Señor en la manera en que él lo había indicado. De modo que ellos se reunían allí y, con oración y la lectura de la Palabra, partían el pan y tomaban el vino entre ellos. Por otra parte, cualquier hermano que sintiera que el Espíritu Santo le había dado un mensaje de exhortación o exposición lo compartía con absoluta libertad.
En seguida ellos comenzaron a preocuparse por la gente que vivía en su distrito y de su necesidad del Evangelio, por lo que tres de los hermanos se ofrecieron para viajar como evangelistas. Se sabía que ellos tenían los dones necesarios del Espíritu Santo para llevar a cabo semejante obra, por lo que fueron encomendados al Señor, se recogió una ofrenda para cubrir los gastos de su viaje y fueron enviados. Sus labores resultaron ser muy fructíferas.
Uno de ellos, Babinot, un hombre culto y amable, fue primeramente a Toulouse. Él tenía un poder especial de atraer a los estudiantes y profesores, de quienes ganó no pocos para Cristo, y la influencia de ellos para con los jóvenes resultó muy valiosa para el avance del Evangelio.
Ellos le dieron a Babinot el nombre de “Hombre bueno” debido a su excelente carácter. Él fue diligente en descubrir y visitar a los pequeños grupos del pueblo de Dios que se reunían para orar y partir el pan juntos.
Otro de los evangelistas, Jean Véron, un hombre de gran ánimo, pasó veinte años viajando a pie por provincias enteras de Francia. Él buscó de manera tan diligente a las ovejas extraviadas y exaltó tanto al Buen Pastor que lo llamaron el “Recogedor”. Cuando llegaba a un pueblo, solía preguntar quiénes entre ellos eran las personas más dignas, y entonces intentaba ganarlas para la fe. Jean Véron también se interesó de manera especial por los jóvenes, muchos de los cuales se convirtieron por medio de él en discípulos fieles de Cristo y probaron su disposición de sufrir por él.
Véron obró primeramente en Poitiers y se hizo famoso en esa parte de Francia por su influencia en las universidades. Con el tiempo, fue capturado en Savoie y quemado en Chambéry por su confesión de Cristo.
El poder salvador del Evangelio comenzó a ser manifestado con abundancia en Ginebra desde el momento en que Antoine Froment inauguró con mucha aprensión una escuela allí (1532). Sus historias de la Biblia dirigidas a los niños y su conocimiento útil de la medicina pronto atrajeron a una gran cantidad de personas hacia él.
Algunas mujeres distinguidas, pertenecientes a las familias más importantes de la ciudad, se convirtieron al Señor, siendo seguidas por comerciantes y personas de todas las clases sociales.
Los creyentes pronto comenzaron a reunirse en las casas para el estudio de las Escrituras y la oración. Estas asambleas se aumentaron rápidamente a medida que más personas se convertían. En sus reuniones había libertad de ministerio. Uno u otro hermano leía la Palabra de Dios y los más capaces la explicaban, o guiaban al grupo en oración. En estos encuentros también se recogían ofrendas para el socorro de los pobres.
Si un forastero dotado estaba de paso por el lugar, era invitado a predicar en una de las casas más grandes. y todo aquel que pudiera entrar se congregaba para escuchar su ministración. Estas asambleas muy pronto sintieron el deseo de partir el pan en memoria del Señor. A fin de evitar problemas, los hermanos se congregaban en un jardín con tapia que pertenecía a uno de ellos, en Pré l´Evêque, justo en las afueras de las murallas de la ciudad. Todo esto se llevó a cabo ante una constante oposición que se hizo más violenta cuando los creyentes, como iglesias, se reunían en torno a la Cena del Señor.
Hubo disturbios peligrosos, en los cuales Froment y otros fueron expulsados de la ciudad. No obstante, los encuentros persistieron.
En una ocasión posterior, aproximadamente ochenta hombres y un grupo de mujeres se reunieron en Pré l´Evêque para participar de la Cena del Señor, lo cual incrementó la ira pública contra ellos.
Fue en medio de estas condiciones convulsas que Olivetan tradujo pasajes de la Biblia. A fin de dar el mejor significado él tradujo al francés algunas palabras que previamente habían sido dejadas en su forma original griega. De esa manera para la palabra “apóstol” él escribió “mensajero”; para “obispo,” “supervisor” y para “sacerdote,” “anciano”, siendo estas palabras traducciones fieles según el significado de las palabras griegas y no meras transliteraciones. Él decía que por el hecho de que no encontraba en la Biblia palabras tales como “Papa”, Cardenal”, “Arzobispo”, “Archidiácono”, “abad”, “prior”, “monje”, él no tenía motivo para cambiarlas. Aunque, por medio de una serie de sucesos convulsos, Ginebra —al igual que Neuchâtel— había sido librada de la dominación de Roma, no pasó mucho tiempo hasta que se introdujeron formas de gobierno, igualmente sin fundamento en las Escrituras, que afectaron bastante a las iglesias.
Olivetan había sido uno de los primeros en guiar a su pariente Juan Calvino al estudio de la Biblia.
La habilidad extraordinaria de Calvino le dio desde su juventud temprana una gran influencia dondequiera que iba. La publicación (1536) de su libro, “Los fundamentos de la religión cristiana” en Basilea, adonde tuvo que huir al ser expulsado de Francia, le mereció el reconocimiento de ser el teólogo más destacado de su tiempo.
El mismo año, mientras se dirigía a Estrasburgo, Calvino, a causa de la guerra, se vio obligado a cambiar su ruta a través de Ginebra donde se hospedó en una posada con la intención de continuar su viaje a la mañana siguiente. Farel se enteró de su llegada, lo visitó y le mostró la maravillosa obra que se había llevado a cabo y que aún continuaba en Ginebra y en todos sus alrededores. Le mostró, además, los conflictos existentes y la necesidad de más colaboradores, ya que Farel y los que con él andaban se hallaban inundados por las invitaciones que recibían de todas partes. Farel le instó a Calvino a que se quedara y compartiera la obra con ellos. Calvino objetó con recato, apelando a su incapacidad, su gran necesidad de estudio, su carácter no apto para las actividades que se exigirían de él. Farel le exhortó que no permitiera que su amor por el estudio o cualquier otra forma de autocomplacencia se interpusiera en el camino de la obediencia al llamado de Dios. Vencido por la vehemencia de Farel y convencido por su petición, Calvino consintió en quedarse y, con la excepción de un período de destierro de tres años, pasó el resto de su vida en Ginebra, con cuya ciudad su nombre estará por siempre ligado.
A través de mucho conflicto él impuso en la ciudad su ideal de un estado e Iglesia organizados en gran medida según el patrón del Antiguo Testamento. El Concilio de la ciudad tenía poder absoluto tanto en asuntos religiosos como civiles, a la vez que se convirtió en el instrumento de la voluntad de Calvino. A los ciudadanos se les exigía firmar una confesión de fe o abandonar la ciudad.
Se impusieron normas estrictas que regulaban la moral y las costumbres del pueblo. Las iglesias que habían comenzado a crecer en obediencia a la enseñanza del Nuevo Testamento casi desaparecieron entre la organización general, pues el dominio papal fue sustituido por el del reformista y la libertad de conciencia continuó siendo restringida.
Una forma de error predominante que Calvino esperaba reprimir por medio de esta regulación estricta era un error de carácter unitario. Este tipo de enseñanza era de origen antiguo, similar al arrianismo en algunos aspectos, pero durante este tiempo ya comenzaba a ser descrita como socinianismo a causa de su asociación con Lelio Socino (1525–1562) y Fausto Socino (1539–1604), tío y sobrino, naturales de Siena, Italia. El último vivió mucho tiempo en Polonia, debido a que allí, al igual que en Transilvania, la enseñanza unitaria era permitida y estaba generalizada. Fausto Socino unió los sectores divididos de los unitarios en Polonia. A ellos se les conocía como “los hermanos polacos” y el catecismo “racoviano” expresaba sus creencias. El socinianismo se divulgó partiendo de ellos como un centro. Esta doctrina afectó desde el inicio a algunos en las iglesias protestantes, y más tarde ganó una influencia dominante, especialmente sobre el clero protestante. En gran medida, consistía en la crítica de la teología existente, y era allí donde residía su atractivo. Dicha enseñanza se dirigía más al intelecto que al corazón o al entendimiento de la persona.
(Continuará)

