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Historia de la Iglesia (40)
#1
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadben

En 1525, el rey de Francia, Francisco I, fue derrotado y apresado por el Emperador Carlos V en la batalla de Pavía. Se sacó partido de esto para insistir en el exterminio de la disidencia en Francia. La restringente influencia de Margarita, la hermana del rey, fue neutralizada, el regente fue persuadido fácilmente a ayudar, y la Iglesia, el Parlamento y la Sorbona se unieron en el ataque. El Parlamento le presentó al regente una carta en la cual se afirmaba que la apatía del rey en traer a los herejes al cadalso era la verdadera causa del desastre que había tomado de improviso al trono y a la nación.

Con la aprobación del Papa, se designó una comisión formada por cuatro hombres, enemigos resueltos de la Reforma, ante quienes las autoridades eclesiásticas deberían traer a todas las personas afectadas con la contaminación de “la doctrina luterana”, para que así fueran entregadas al poder secular y fueran quemadas en la hoguera. Se comenzó, pues, con Briçonnet, Obispo de Meaux, como el más eminente infractor y alguien cuya caída causaría la más profunda impresión. Es cierto que en una ocasión anterior él se había sometido a todo lo que se le había exigido, pero desde ese entonces él había dado abundante evidencia de que había actuado sólo por imposición y que su lealtad interna al Evangelio no había cambiado. Al comprender que resultaría más beneficioso para su causa lograr que Briçonnet se retractara en vez de que fuera ejecutado, la comisión realizó todo esfuerzo posible por lograr este propósito, hasta que por fin el Obispo, de cuya fe interna no existe duda alguna, rindió una sumisión externa a Roma y pasó por todas las ceremonias de arrepentimiento y reconciliación ordenadas.
El próximo en ser atacado fue Le Fèvre, pero al ser advertido con anticipación, escapó a Estrasburgo donde Capito lo recibió en su hogar y, junto con Bucero, le dieron una calurosa bienvenida. Allí también encontró a Farel y a Gerardo Roussel. De este modo encontró más extenso el pueblo del Señor de lo que jamás había conocido y pudo así disfrutar de dicha hermandad.
Entre otros que sufrieron prisión y muerte en esa época en Francia estaba el Ermitaño de Livry. Desde que había encontrado la paz, por medio de creer, se había dedicado a visitar a personas en todo el distrito y recibía a todos los que venían a su choza para explicarles el camino de la salvación conforme a las Escrituras. Con gran pompa, el Ermitaño fue llevado a una plaza delante de la catedral de Notre Dame en París. Inmediatamente se reunió allí una inmensa multitud al tañido de la gran campana, y el Ermitaño de Livry fue quemado ante todos los allí presentes, soportando su martirio con apacible fortaleza de fe.
Luis de Berquín ya había sido capturado, encarcelado y condenado a muerte. Sin embargo, al regreso del rey (1525), Luis fue puesto en libertad y, principalmente gracias a la influencia de la Duquesa Margarita, los predicadores exiliados en Alemania y Suiza fueron invitados a regresar a Francia, con la excepción de Farel, cuya
enseñanza, más tajante que la de los demás, resultó ser menos admisible para aquellos que aún deseaban llegar a un arreglo con Roma.

Durante la estancia de Farel en su propio país, Delfinado y sus tres hermanos se convirtieron en seguidores resueltos de Cristo, también un joven caballero, Anemond de Coct, junto con muchos otros. Farel predicaba constantemente al aire libre y en cualquier local disponible. Muchos quedaron asombrados y hasta se ofendieron de que él, siendo del laicado, predicara. No obstante, era un predicador ideal, culto, valiente, elocuente, sumamente convencido de la verdad y la importancia de su mensaje, conocedor de las Escrituras y lleno de un sentido de su responsabilidad delante de Dios y de un amor compasivo hacia los hombres. Su apariencia era llamativa e impresionante. Era de mediana estatura, delgado, con una barba larga y roja, ojos brillantes y una voz grave y potente. Su forma de ser, seria y vivaz a la vez, al instante llamaba la atención, la cual mantenía por su forma de hablar popular y convincente.
Expulsado de Gap y perseguido en los escondrijos del país, los cuales conocía bien, finalmente atravesó la frontera por senderos alejados y llegó a Basilea. Allí fue recibido en la casa de OEcolampadio, y estos dos llegaron a compenetrarse cordialmente. Ni siquiera visitó a Erasmo, a quien él consideraba infiel y de un testimonio poco convincente. Por tanto, Erasmo se convirtió en su adversario.
En Basilea, se le dio una oportunidad a Farel, junto con OEcolampadio, de sostener un debate público, en el cual ellos defendieron con éxito la suficiencia de la Palabra de Dios.
El fervor y la habilidad de Farel agradaron a la mayoría de sus oyentes, pero cuando regresó a Basilea luego de una breve visita a Zwinglio en Zurich, se dio cuenta de que las influencias hostiles habían logrado su expulsión de la ciudad. Fue entonces que viajó a Estrasburgo donde fue recibido en el hogar hospitalario de Capito y se encontró con Le Fèvre y los otros exiliados de Francia.
Fue en la Suiza francesa que Farel llevó a cabo su obra más notable. Por medio de sus labores ardientes y duraderas aquel hermoso país, que había estado en tinieblas espirituales por tanto tiempo, fue transformado. La mayor parte del país llegó a ser, y sigue siendo, un centro de cristianismo evangélico renovado. Entre los muchos ejemplos del efecto de la predicación de Farel, la historia de Neuchâtel es una de las más impresionantes. Al parecer, allí no había ninguna apertura para el Evangelio, pero el cura del pueblo vecino de Serrières le permitió predicar en el patio de su capilla. Los informes acerca de esto pronto llegaron a Neuchâtel y poco después Farel se encontraba predicando en la plaza del mercado de aquel lugar.
El efecto fue extraordinario. Grandes cantidades de personas recibieron el mensaje, otros fueron incitados a una oposición violenta de manera que toda la ciudad y la gente del campo vecino se encontraban en vilo. Después de unos meses de ausencia forzosa, el predicador regresó nuevamente con algunos compañeros, y la obra no sólo se afianzó cada vez más, sino que se propagó a Valangin, por el Val de Ruz, a través de los pueblos a lo largo de las orillas del lago, hasta Granson y Orbe.
En Valangin, él y Antoine Froment por poco escaparon de ser ahogados en el Río Seyon por la gente enojada, fueron golpeados en la capilla del castillo hasta que su sangre manchó las paredes, y más adelante fueron lanzados a la prisión desde la cual, sin embargo, fueron rescatados por los hombres de Neuchâtel.

En octubre, 1530, menos de un año después de la primera predicación en la capilla de Serrières, se realizó en Neuchâtel una votación general de sus habitantes, y por la estrecha mayoría de dieciocho votos se abolió el Catolicismo Romano y se adoptó la religión Reformada. No obstante, se concedió libertad de conciencia a todos sus habitantes.

Los valdenses o baudios, en sus retirados valles alpinos, así como en otros lugares donde se encontraban asentados, en Calabria y Apulia, en Provenza, Delfinado y Lorena, recibieron informes acerca de la Reforma.
Por otra parte, los países vecinos donde la Reforma se estaba propagando también escucharon que en lugares distantes de los Alpes y en otras partes había gente que había apoyado siempre aquellas verdades por las cuales ellos mismos ahora estaban contendiendo. A los ancianos de los valdenses se les llamaba barbe, y uno de estos, Martin Gonin, de Angrogne, se sintió tan conmovido por los informes recibidos que decidió emprender un viaje a Suiza y Alemania para entrevistarse con algunos de los reformistas. Y eso fue precisamente lo que hizo (1526). Regresó con las noticias que había reunido, así como con algunos libros de los reformistas.
La información que Martin trajo despertó gran interés en los valles, y en un encuentro celebrado (1530) en Merandol los hermanos acordaron enviar a dos de sus barbes, Georges Morel y Pierre Masson, para intentar establecer relaciones. Estos llegaron a Basilea y, luego de encontrar la casa de OEcolampadio, se presentaron a él. Otros hermanos fueron llamados y estos sencillos santos alpinos explicaron su fe y su origen que se remontaba a los tiempos apostólicos. “Doy gracias a Dios”, dijo OEcolampadio, “que él los ha llamado a tan grandiosa luz”. Durante la conversación salieron a luz y fueron discutidos algunos puntos de divergencia. En respuesta a las preguntas formuladas, los barbes dijeron: “Todos nuestros ministros viven en celibato y trabajan en algún negocio honrado”. En cambio, OEcolampadio dijo: “El matrimonio es un estado aconsejable para todos los creyentes, y en especial para aquellos que deben ser ejemplos de la grey en todo. Además, pensamos que los pastores no deben dedicarse a las labores manuales, como es el caso de los suyos; ese tiempo mejor lo emplearan en el estudio de las Escrituras. El ministro necesita aprender muchas cosas. Dios no nos enseña milagrosamente y sin esfuerzo; tenemos que esforzarnos para tener conocimiento.”
Cuando los barbes admitieron que bajo la presión de la persecución ellos en ocasiones habían permitido que sus hijos fueran bautizados por sacerdotes católicos, y que incluso habían asistido a misa, los reformistas se sorprendieron, y OEcolampadio dijo: “¡No puede ser! ¿Acaso Cristo, la santa víctima, no satisfizo por completo la justicia eterna por nosotros? ¿Hay alguna necesidad de ofrecer otros sacrificios después de aquel del Gólgota? Al decir ‘Amen’ a la misa de los sacerdotes ustedes niegan la gracia de Jesucristo.” Hablando acerca de la condición del hombre después de la caída, los barbes dijeron: “Creemos que todos los hombres poseen alguna virtud innata, al igual que las hierbas, las plantas y las piedras”. Los reformistas respondieron: “Nosotros creemos que eso es cierto en el caso de aquellos que obedecen los mandamientos de Dios, pero no porque sean más fuertes que los demás, sino por el gran poder del Espíritu de Dios que renueva su voluntad”. “Ah”, dijeron los barbes, “y no hay nada que nos preocupe más a nosotros débiles que lo que hemos escuchado acerca de la enseñanza de Lutero con relación al libre albedrío y la predestinación (…)
Nuestra ignorancia es la causa de nuestras dudas; por favor, instrúyannos.” Estas divergencias no los separaron. OEcolampadio dijo: “Nosotros debemos instruir a estos cristianos, pero sobre todo, debemos amarlos”. “Cristo”, dijeron los reformistas a los valdenses, “mora en ustedes así como mora en nosotros, y nosotros los amamos como hermanos”. Morel y Masson luego continuaron su viaje a Estrasburgo. A su regreso visitaron Dijon donde su modo de hablar llamó la atención de alguien que los delató como personas peligrosas, y ambos fueron encarcelados. Morel logró escapar con los documentos que llevaban, pero Masson fue ejecutado.
El informe que Morel trajo de sus conversaciones con los reformistas provocó mucho debate, y se decidió convocar una conferencia general de las iglesias. También se decidió invitar a representantes de los reformistas para que estuvieran presentes y así poder examinar juntos estas cuestiones.
Martin Gonin y un barbe de Calabria, llamado Georges, fueron elegidos para ir a Suiza con la invitación. En Granson, en el verano de 1532, ellos encontraron a Farel y a otros predicadores, quienes discutían juntos sobre las posibilidades de continuar esparciendo el Evangelio en la Suiza francesa. Aquí ellos relataron las diferencias que habían surgido entre ellos con relación a algunos puntos en la enseñanza y práctica de los reformistas, y presentaron la petición de que algunos regresaran con ellos con el objetivo de alcanzar una unidad de juicio y posteriormente dar los pasos para lograr una predicación uniforme del Evangelio en el mundo. Farel aceptó con gusto la invitación, y Saunier y otro hermano lo acompañaron. Luego de un viaje peligroso llegaron a Angrogne, el pueblo de Martin Gonin, y vieron y visitaron algunas de las aldeas valdenses dispersas en las faldas de las montañas.
La aldea de Chanforans fue escogida como el lugar de reunión y, como no había local donde se pudieran reunir todas las personas, la conferencia se celebró al aire libre, disponiéndose para ello de bancos rústicos como asientos. La Reforma era un movimiento fuera de la esfera de los valdenses y no relacionado con ellos; sin embargo, estos habían retenido sus antiguas y amplias relaciones con los numerosos
hermanos e iglesias que habían existido antes de la Reforma.
Estas iglesias, aunque a favor de la Reforma e interesadas en ella, de ninguna manera habían sido absorbidas por ella. De modo que en
aquel encuentro se hallaron ancianos de las iglesias en Italia, aun del extremo sur, de muchas partes de Francia, de Alemania y especialmente de Bohemia. Entre los numerosos campesinos y obreros también había algunos miembros de la nobleza italiana, como fue el caso de los señores de Rive Noble, Mirandola y Solaro. Bajo la sombra de unos castaños y rodeados por el macizo montañoso de los Alpes se abrió la sesión “en el nombre de Dios” el 12 de septiembre de 1532.

Las opiniones de los reformistas fueron hábilmente expresadas por Farel y Saunier, mientras dos barbes, Daniel de Valence y Jean de Molines, fueron los principales voceros a favor de retener las prácticas vigentes entre los valdenses de los valles. Estos hermanos de las montañas habían cedido a las presiones de la persecución por parte de la Iglesia Romana, y habían consentido en cumplir con ciertas fiestas religiosas, ayunos y otros ritos, asistir a veces a los servicios católicos, y hasta someterse de forma externa a algunos de los sacramentos administrados por los sacerdotes. Con relación a estos puntos, Farel fue capaz de demostrar que ellos se habían apartado de su propia costumbre más antigua, y los retó firmemente a una separación total de Roma. Los reformistas sostuvieron que todo aquello en la Iglesia de Roma que no estuviera mandado en la Escritura debía rechazarse.
Por su parte, los valdenses estuvieron satisfechos con decir que rechazarían todo lo relacionado a Roma que estuviera prohibido en las Escrituras. En aquel encuentro se analizaron muchos asuntos de práctica, pero el tema que causó el mayor debate fue un asunto de doctrina. Farel enseñaba que: “Dios, antes de la fundación del mundo, ha elegido a todos aquellos que han sido o serán salvos. Es imposible que aquellos que han sido escogidos para salvación no sean salvos. Quienquiera que apoya el libre albedrío niega por completo la gracia de Dios.”
Jean de Molines y Daniel de Valence hicieron énfasis tanto en la capacidad como en la responsabilidad del hombre de recibir la gracia de Dios. En esto ambos hermanos recibieron apoyo de los nobles presentes y de muchos otros que recomendaron que los cambios sugeridos no eran
necesarios y que mas bien representarían el fin de aquellos principios que por tanto tiempo y tan fielmente habían guiado a estas iglesias.

La sinceridad compasiva y la elocuencia de Farel le dieron peso a sus argumentos ante los oyentes, y la mayoría aceptó su enseñanza. Se elaboró una confesión de fe conforme a todo esto que fue firmada por la mayoría de los presentes, aunque algunos la rechazaron. A los reformistas les mostraron los manuscritos de la Biblia en uso
entre las iglesias y los documentos antiguos que ellos poseían; la Lección noble, el Catecismo, el Anticristo y otros.
Los reformistas se dieron cuenta Francia y Suiza no sólo del interés y el valor de estos libros, sino también de la necesidad que había de imprimir Biblias en francés para que así pudieran circular libremente entre la gente. Esto condujo a la traducción de la Biblia al francés por Olivetan, un obrero fiel entre los reformistas desde los viejos tiempos en París. Los hermanos de los valles aportaron cuanto pudieron para los costos del proyecto, y la Biblia fue publicada en 1535.

Farel y Saunier montaron sus caballos y regresaron de su visita llena de incidentes para continuar la obra en la Suiza francesa, enfocando especialmente Ginebra.
Jean de Molines y Daniel de Valence viajaron a Bohemia y, después de reunirse con las iglesias de allí, los hermanos en Bohemia escribieron a los hermanos en los valles, pidiéndoles que no adoptaran ninguno de los cambios importantes de doctrina y práctica recomendados por los hermanos extranjeros sin antes analizarlos con mucho cuidado.

En el otoño de 1530, los habitantes de Neuchâtel destruyeron las imágenes en la Gran Iglesia y, por medio de una votación popular establecieron la religión Reformada. Con todo, no se comprendió claramente que aunque se había derrotado a una tiranía opresora mediante la introducción de una verdad libertadora y se había obtenido una reforma civil del más alto valor, las iglesias de Dios no pueden recibir su dirección y autoridad de una votación democrática al igual que no la pueden recibir del poder papal. Esta dirección y autoridad la reciben del propio Señor. Cristo es el centro y el poder que une a su pueblo. Su compañerismo mutuo surge de su relación común con él, y si bien es cierto que esto les da autoridad para ejercer disciplina entre ellos mismos, no se debe ni procurar gobernar en el mundo ni permitir ser gobernado por el mundo. A fin de enfatizar la distinción entre la iglesia y el mundo, Farel dispuso unas mesas (en lugar del altar que había sido destruido en la iglesia en Neuchâtel) donde los creyentes pudieran celebrar la Cena del Señor.
Aquí, enseñaba Farel, los creyentes podían adorar a Cristo en Espíritu y en verdad, depurados de todo lo que él no ha ordenado. Aquí sólo Jesús y el cumplimiento de sus mandamientos debía ser visto entre ellos. Al año siguiente, después que Farel había predicado a una numerosa congregación en Orbe, ocho creyentes allí recordaron al Señor en la partición del pan.

(Continuará)
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