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Historia de la Iglesia (39)
#1
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadbent

Capítulo 10
(Francia y Suiza)
(1500–1800)
A finales del siglo XV y principios del siglo XVI, había un hombre pequeño en París, de mediana edad, cuyo comportamiento era vivo y enérgico. Este observó con mucha devoción todos los requisitos de la Iglesia Católica Romana. Hablamos de Jacques Le Fèvre, el doctor de teología más culto y popular en la universidad. Nacido aproximadamente en el año 1455 en el pequeño poblado de Étaples en Picardía, Le Fèvre estudió posteriormente en París y en Italia. Su habilidad y dedicación fueron tales que cuando, en el año 1492, se convirtió en profesor en la universidad de París, rápidamente ocupó un papel prominente entre sus colegas. Para ese entonces, el avivamiento del aprendizaje había traído a París, de todos los países, a estudiantes ávidos de conocimiento. Le Fèvre estimuló el estudio de los idiomas, y al darse cuenta de que ni los clásicos ni el escolasticismo que por tanto tiempo habían dominado la teología satisfacían el alma, dirigió a sus estudiantes al estudio de la Biblia. Él la expuso con tal entendimiento y fervor que una gran cantidad de personas se sintieron atraídas por él y por la Biblia. Fue así como su forma de ser amable y simpática como profesor lo convirtió en el amigo de confianza de sus alumnos. Le Fèvre había dado clases por espacio de diecisiete años en la Sorbona y se conocía ampliamente por medio de sus escritos.
Fue entonces cuando un hombre más joven, de apenas veinte años, Guillermo Farel, llegó a París proveniente de su lugar natal en Delfinado, un lugar montañoso localizado entre Gap y Grenoble. En la agradable casona donde la familia Farel había vivido por tanto tiempo, él había dejado a sus padres, tres hermanos y una hermana, que al igual que él habían sido educados en la Iglesia de Roma y sus prácticas. Farel sintió aflicción cuando se percató de las vidas desenfrenadas y pecaminosas de tantas personas en París, pero al adorar en las iglesias se impresionó por el celo poco usual de Le Fèvre.
Ambos llegaron a conocerse, y el joven estudiante quedó fascinado por la bondad y el interés del famoso profesor. Fue así como se establecieron las bases de una amistad entre ellos que duraría toda la vida. Juntos leyeron la Biblia. Le Fèvre había puesto mucho empeño en un libro que estaba escribiendo, titulado Las vidas de los santos, el cual estaba ordenado en el mismo orden con que aparecen en el calendario, según el día de cada santo. Ya había publicado un fascículo del libro que trataba la vida de los santos de los primeros dos meses del año, pero el contraste entre las incoherencias en muchas de estas vidas y el poder y la verdad de las Escrituras lo impresionó tanto que abandonó la creación del libro para dedicarse al estudio de las Escrituras, y se enfocó especialmente en las Epístolas del apóstol Pablo, sobre las cuales escribió y publicó algunos comentarios. Él enseñaba claramente que: “Dios es el único que, por medio de su gracia y mediante la fe, justifica para vida eterna”. Semejante doctrina, predicada en París antes de que Zwinglio la proclamara en Zurich o Lutero en Alemania, causó la más ardiente polémica.
Si bien se trataba del Evangelio antiguo, el Evangelio original, predicado por el Señor y sus apóstoles, este resultó nuevo para sus oyentes, ya que por tanto tiempo había sido reemplazado por la enseñanza de que la salvación es por medio de los sacramentos de la Iglesia de Roma. Farel, quien había atravesado por una lucha intensa en su alma, fue uno de los tantos que en aquella época echaron mano de la salvación por medio de la fe en el Hijo de Dios y en la eficacia de su obra expiatoria. Él dijo: “Le Fèvre me extrajo de la falsa opinión de los méritos humanos y me enseñó que todo proviene de la gracia de Dios, lo cual creí en cuanto lo escuché”.
Hasta en la corte del Rey Francisco I hubo aquellos que recibieron el Evangelio, entre los cuales se encontraba Briçonnet, el Obispo de Meaux; Margarita de Valois, quien era Duquesa de Alençon y hermana del rey con quien él estaba muy encariñado. Esta, siendo ya célebre por su inteligencia y belleza, también se hizo famosa por su ferviente fe y por sus buenas obras. Otro seguidor fue Luis de Berquín, de Artois, conocido como el más culto entre la nobleza, preocupado por los pobres y devoto en las prácticas de la Iglesia. La misma violencia de los ataques que recayeron sobre la Biblia fue lo que atrajo su atención a ella. Al leerla por sí mismo, se convirtió y se unió al pequeño grupo de creyentes que incluía a Arnaud y a Gerardo Roussel, naturales del mismo lugar de Le Fèvre, de Picardía.

Berquín de inmediato comenzó a difundir literatura por toda Francia, y escribía y traducía tanto libros como tratados a fin de llamar la atención hacia las enseñanzas de la Escritura. Semejantes actividades causaron una oposición que se hizo tan violenta, bajo el liderazgo del Canciller Duprat y Noël Beda, un funcionario de la universidad, que los testigos más prominentes del Evangelio tuvieron que abandonar París, y en 1521 varios de ellos, incluyendo a Le Fèvre y Farel, se refugiaron en Meaux por invitación del Obispo quien de forma enérgica llevó a cabo la reforma de su diócesis.

En Meaux, Le Fèvre publicó su traducción francesa del Nuevo Testamento y de los Salmos. Las Escrituras, pues, se convirtieron en el gran tema de conversación, tanto en el pueblo de Meaux entre sus activos cardadores y laneros, como también en las aldeas vecinas entre los granjeros y obreros agrícolas. Farel predicó en todas partes, lo mismo en las iglesias que al aire libre.2 Él escribió: “¿Cuáles son aquellos tesoros de la bondad de Dios que nos son dados en la muerte de Jesucristo? Ante todo, si consideramos con diligencia en qué consistió la muerte de Jesús, entonces veremos realmente cómo todos los tesoros de la bondad y la gracia de Dios nuestro Padre son ensalzados y glorificados y exaltados en aquel acto de misericordia y amor. ¿No es acaso esa revelación una invitación a los miserables pecadores para que vengan a él que los ha amado tanto que no nos negó a su Hijo unigénito, sino que lo entregó por todos nosotros? ¡Acaso no nos da la certeza de que los pecadores son bienvenidos ante el Hijo de Dios, quien tanto los amó que dio su vida, su cuerpo y su sangre, como un sacrificio perfecto, un rescate cabal por todos los que creen en él! (...) Él, quien es el Hijo de Dios, el poder y la sabiduría de Dios, el propio Dios, se humilló a sí mismo al morir por nosotros —el Santo y Justo por los impíos y pecadores— entregándose a sí mismo para que pudiéramos ser limpios y puros. Y es la voluntad del Padre que aquellos a quienes él salva de esa manera, por medio de la preciosa dádiva de su Hijo, tengan la certeza de su salvación y vida, y que sepan que ellos han sido limpiados y purificados por completo de todos sus pecados (…) Él da la preciosa dádiva de su Hijo a los miserables prisioneros del diablo, del pecado, del infierno y de la perdición (…) El Dios bondadoso, el Padre de misericordia, escoge a uno de estos y lo hace su hijo (…) Lo hace una nueva criatura, le da las arras del Espíritu Santo, por quien él vive y quien lo une a Cristo y lo convierte en un miembro de su cuerpo (…) Por tanto, no vacilemos en dejar esta vida mortal por el honor de nuestro Padre, para ser un testigo del santo Evangelio (…) ¡Oh, cuán luminoso, cuán bendito, cuán triunfante y cuán feliz y gozoso es el día que se avecina! Entonces el Señor y Salvador, en su propio cuerpo —aquel cuerpo en el cual sufrió tanto por nosotros, al cual escupieron, golpearon, azotaron, torturaron, de manera que su rostro fue desfigurado más que cualquier hombre— en ese mismo cuerpo vendrá y llamará a todos los suyos que han sido partícipes de su Espíritu Santo, en quienes por medio del Espíritu Santo él ha morado. Los llamará a la gloria, mostrándose a sí mismo a ellos en el cuerpo de su gloria y los levantará en sus cuerpos vivos con vida inmortal, hechos a la semejanza de Jesús, a fin de reinar para siempre con él en gozo. Toda la creación gime por ese día bendito, ese día de la venida triunfante de nuestro Salvador y Redentor, cuando todos los enemigos serán puestos bajo sus pies y su pueblo elegido ascenderá para encontrarse con él en el aire.”

Meaux en ese tiempo llegó a ser un centro de vida espiritual, y el Obispo Briçonnet facilitó la distribución de copias de las Escrituras en toda la diócesis. Entre muchos de los que se convirtieron estaban dos cardadores de lana, Pierre y Jean Leclerc, junto con su madre. También Jacques Pavanne, un estudiante visita del Obispo y, además, un hombre conocido como el Ermitaño de Livry, un buscador de Dios cuyo sustento dependía de las limosnas y que vivía en una choza en lo que en aquel entonces era el bosque de Livry cerca de París. Este conoció a alguien de Meaux que le trajo una Biblia. Por medio de la lectura de ella, Livry halló la salvación, y su choza pronto se convirtió en el lugar de reunión de aquellos que deseaban instrucción en la Palabra.

Los franciscanos en Meaux rápidamente se quejaron ante la Iglesia y la universidad de París sobre lo que sucedía en su ciudad. Entonces Beda y sus colegas tomaron medidas recias para aplastar el creciente testimonio del Evangelio. Berquín fue capturado en su villa, confesó valientemente su fe, y al momento de ser ejecutado fue salvado sólo por la intervención del rey. Lo mismo pasó con Le Fèvre, a quien se le permitió quedarse en Meaux con libertades restringidas.
Amenazado con la pérdida de todo y con una muerte cruel, el Obispo se había rendido y había consentido en la reintroducción del sistema Romano en su diócesis. Farel, preocupado de que sus amigos en Meaux no habían avanzado lo suficiente en su propósito de seguir las Escrituras, ya se había marchado, y se dirigió, luego de una breve visita a París, a su casa de campo cerca de Gap.

De un principio, los creyentes en Meaux y en el distrito habían comprendido que los dones del Espíritu Santo no se limitaban a una clase en particular, sino que eran dados a todos los miembros del cuerpo de Cristo. De modo que cuando la persecución súbita y severa eliminó o acalló a sus líderes más destacados, estos creyentes no quedaban aplastados, sino que mantuvieron reuniones secretas frecuentes cada vez que pudieran, en las cuales los hermanos ministraban la Palabra de Dios conforme a sus habilidades. Muy capaz y celoso en este servicio resultó ser el cardador de lana, Jean Lecrerc, quien no se conformó con sólo asistir a estas reuniones y con visitar las casas, sino que escribió y fijó en las puertas de la catedral pancartas que condenaban la Iglesia de Roma.
De esta manera él se ganó castigo. Durante tres días seguidos Lecrerc fue azotado por las calles y luego marcado en la frente con el hierro candente como señal de ser un hereje. “¡Gloria a Jesucristo y a sus testigos!” gritó una voz desde la multitud. Era la voz de su madre. El Obispo tuvo que ver estas cosas y reconocerlas.

Lecrerc, con su rostro quemado, se trasladó hacia Metz, donde se ganó la vida como cardador de lana y con diligencia exponía las Escrituras a toda persona con quien tuviera contacto. Un hombre culto, Agrippa de Nettesheim, quien había venido a vivir en Metz, era ahora uno de sus ciudadanos más destacados. Al leer las obras de Lutero, se sintió atraído a las Escrituras, y, al ser instruido por ellas, comenzó a testificar a los demás acerca de la verdad que había recibido. De esa manera se despertó un gran interés por el Evangelio tanto entre los obreros como entre aquellos en las posiciones altas de la sociedad.
Jean Chaistellain, un fraile agustino que había llegado al conocimiento de Cristo en los Países Bajos, llegó a Metz en este tiempo, y su predicación compasiva y elocuente afectó a muchos. Otro colaborador que se unió a esta creciente iglesia fue François Lambert. François, quien había sido educado por los franciscanos en Aviñón, había sentido repulsión, incluso desde niño, por los males que veía a su alrededor. Lambert sintió una fuerza interna que lo instaba a leer las Escrituras, y al encontrar a Cristo revelado en ellas, creyó y predicó
acerca de él. Sus viajes de predicación desde el monasterio, eficaces entre Los escritos de Lutero lo ayudaron mucho y, aprovechándose de una oportunidad para salirse de su convento, viajó a Wittenberg donde agradó sobremanera al famoso reformista. Allí se encontró con impresores provenientes de Hamburgo, coordinó la impresión de tratados y las Escrituras en francés y organizó su envío hacia las diferentes partes de Francia.
Luego se casó, dos años antes que Lutero, siendo el primero de los sacerdotes o monjes franceses en dar este paso.
Dispuesta a compartir con él los peligros de regresar a Francia, su esposa lo acompañó a Metz (1524).
Pronto fueron expulsados, pero otros hermanos se añadían de continuo a su causa, entre ellos un famoso caballero, D’ Esch; un joven, Pierre Tonssaint, de quien se había esperado que ocupara un alto rango en la Iglesia Católica Romana; y muchos otros.

Se acercaba una gran fiesta religiosa. Para dicha ocasión la gente de Metz acostumbraba hacer un peregrinaje de varios kilómetros, desde la ciudad hasta cierta capilla famosa por sus imágenes de la Virgen y los santos. Leclerc, quien tenía la mente llena de las denuncias en contra de la idolatría que se encuentran en el Antiguo Testamento, y sin comunicarle a nadie acerca de su intención, salió sigilosamente de Metz la noche antes de la peregrinación y destruyó las imágenes que se encontraban en la capilla. Cuando, al día siguiente, los devotos llegaron y encontraron los destrozos de sus imágenes dispersos por todo el piso de la capilla, y se llenaron de furia.
Lecrerc no ocultó lo que había hecho. Él exhortó a la gente a adorar sólo a Dios y declaró que Jesucristo, quien es Dios manifestado en la carne, es el único a quien se debe adorar.
Además de ser condenado a las llamas, Lecrerc estuvo primeramente sujeto a torturas abominables. Mientras miembro tras miembro de su cuerpo era destruido, él continuó hablando mientras pudo, y recitó en voz alta de manera solemne las palabras del Salmo 115: “Los ídolos de ellos son plata y oro, obra de manos de hombres. Tienen boca, mas no hablan; tienen ojos, mas no ven; orejas tienen, mas no oyen; tienen narices, mas no huelen; manos tienen, mas no palpan; tienen pies, mas no andan; no hablan con su garganta. Semejantes a ellos son los que los hacen, y cualquiera que confía en ellos. Oh Israel, confía en Jehová; él es tu ayuda y tu escudo”.

Lecrerc fue el primero en morir en esta persecución, pero fue seguido rápidamente por el fraile Chaistellain quien fue deshonrado y quemado.

D’ Esch, Toussaint y otros tuvieron que huir por sus vidas. Sin embargo, el número de creyentes incrementó en Metz, así como en todas partes de Lorena. En Nancy, un predicador del Evangelio llamado Schuch fue quemado por orden del Duque Antonio el Bueno. Cuando escuchó su sentencia, Schuch simplemente dijo: “Yo me alegré con los que me decían:A la casa de Jehová iremos”.

(Continuará)
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