07-06-2014, 10:09 PM
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadbent
En las Crónicas de los anabaptistas en Austria-Hungría, uno de ellos escribió: “Los fundamentos de la fe cristiana fueron puestos por los apóstoles aquí y allá en los distintos países, pero mediante la tiranía y las falsas enseñanzas, sufrieron un duro golpe, y la iglesia fue a menudo tan reducida que apenas podía verse si aun existía. Como Elías dijo, los altares fueron destruidos, los profetas asesinados, y él se quedó sólo; pero Dios no permitió que su iglesia desapareciera completamente. De lo contrario, este artículo de la fe cristiana hubiera resultado ser falso: “Creo que existe una iglesia cristiana, una hermandad de los santos”. Aunque no fuera posible señalarle con un dedo, aunque en ocasiones pudieron encontrarse apenas dos o tres miembros, empero el Señor, según su promesa, ha estado con ellos, y porque ellos permanecieron fieles a su Palabra, Él nunca los ha abandonado, sino que los ha incrementado y sumado otros a sus filas. Pero cuando ellos se despreocuparon, y se olvidaron de las bondades de Cristo, Dios apartó de ellos los dones con los cuales él los había dotado, y despertó a hombres verdaderos en otros lugares, facilitándoles estos dones, con los cuales ellos volvieron a edificar una iglesia al Señor. De modo que el reino de Cristo, desde el tiempo de los apóstoles hasta nuestros días, se ha trasladado de nación en nación hasta que ha llegado a nosotros. En otras tierras se logró un buen comienzo y a veces un buen final, cuando los testigos dieron sus vidas por causa de la fe, pero la tiranía de la Iglesia Romana lo ha borrado casi todo. Sólo los picardos y los valdenses mantuvieron algo de la verdad. Al principio del reinado de Carlos V el Señor envió su luz nuevamente. Lutero y Zwinglio destruyeron como con rayos el mal babilónico, pero no fundaron nada mejor, ya que cuando ambos llegaron al poder confiaron más en el hombre que en Dios. Y por tanto, aunque habían logrado un buen comienzo, la luz de la verdad fue oscurecida. Fue como si alguien hubiera remendado un agujero en la antigua caldera para simplemente empeorarlo todo. De manera que ellos han levantado un pueblo atrevido en cuanto al pecado. Muchos se unieron a estos dos (Lutero y Zwinglio), apoyando sus enseñanzas como verdaderas. Algunos dieron sus vidas por la verdad; sin lugar a duda son salvos, ya que pelearon la buena batalla.”
Luego el autor de esta crónica describe los conflictos con Zwinglio en Zurich con relación al tema del bautismo, y como Zwinglio, a pesar de haber testificado desde el principio que el bautismo de infantes no puede ser probado por ninguna palabra clara de Dios en las Sagradas Escrituras, después enseñó desde el púlpito que el bautismo de adultos y creyentes era incorrecto y que no se debía tolerar. También describe como se había decretado que cualquiera que fuera bautizado en Zurich y en el distrito sería ahogado en agua. Él expone como esta persecución condujo a la dispersión de muchos siervos de Cristo y como algunos vinieron a Austria predicando la Palabra de Dios. La difusión de las iglesias en Austria y en los estados vecinos fue grandiosa; los informes de las cantidades de personas ejecutadas en este tiempo y de sus sufrimientos son horribles; sin embargo, nunca dejaron de existir hombres dispuestos a continuar la arriesgada obra de los evangelistas y los ancianos. De algunos de ellos se escribió: “Ellos fueron a encontrarse con su muerte llenos de gozo. Mientras algunos eran ahogados o ejecutados, los otros que esperaban su turno cantaban, y esperaban con gozo su muerte cuando el verdugo se encargaba de ellos. Ellos se mantuvieron firmes en la verdad que conocían y se fortalecieron en la fe que tenían de Dios.”
Semejante firmeza suscitó asombro e interrogantes en cuanto a la fuente de su fortaleza. Muchos fueron ganados a la fe por medio de este testimonio; pero para los líderes religiosos, lo mismo de la Iglesia Católica como de las Iglesias Reformadas, esta era por lo general atribuida a Satanás.
Los propios creyentes dijeron: “ellos han bebido del agua que fluye del santuario de Dios, de la fuente de vida, y de ésta han obtenido un corazón que no puede ser comprendido por la mente o el razonamiento humano. Ellos han descubierto que Dios los ayudó a llevar la cruz y ellos han vencido la amargura de la muerte. El fuego de Dios ardió en ellos. Su tabernáculo no estaba aquí en la tierra, sino que estaba puesto en la eternidad, y ellos tenían fundamento y certeza para su fe. Su fe floreció como un lirio, su fidelidad como una rosa, su piedad e integridad como flores del huerto de Dios. El ángel del Señor ha blandido su lanza delante de ellos para que el yelmo de la salvación, el escudo dorado de David, no pudiera ser arrancado de ellos. Ellos han escuchado la trompeta tocada en Sión y la han comprendido, y por eso han sufrido toda clase de dolor y martirio sin temor. Su carácter santo
consideraba las cosas estimadas en el mundo como una sombra, porque conocían cosas mayores. Ellos fueron entrenados por Dios, de manera que no conocían nada, no buscaban nada, no deseaban nada, no amaban nada, sino sólo el Bien celestial y eterno. Por lo tanto, ellos tuvieron más paciencia en sus sufrimientos que sus enemigos en castigarlos.
El Rey Fernando I, hermano de Carlos V de España, fue un perseguidor fanático de los hermanos. Muchas de las autoridades eran instrumentos poco dispuestos de su crueldad y hubieran perdonado
al pueblo inofensivo y temeroso de Dios, pero Fernando emitió una ola constante de edictos e instrucciones que los exhortaban a adoptar una posición más feroz y los amenazaban a causa de su falta de severidad. De modo que los magistrados en el Tirol presentaron defensa por la flojedad de la cual los acusaba su cruel señor, y le escribieron: “Ya durante dos años rara vez ha habido un día en que el tema de los anabaptistas no haya sido presentado ante nuestra corte, y más de 700 hombres y mujeres en el ducado de Tirol, en diferentes lugares, han sido condenados a muerte; otros han sido desterrados del país, y aun muchos otros han huido, en la miseria, dejando sus bienes atrás y a veces incluso abandonando a sus hijos (…) Nosotros no podemos ocultarle a Su Majestad la locura que por lo general hemos encontrado en estas personas, por cuanto ellas no sólo no se aterrorizan ante el castigo de los demás, sino que acuden a los prisioneros y los reconocen como sus hermanos y hermanas. Y cuando a causa de esto los magistrados los acusan, ellos lo aceptan de buena gana, sin tener que ser sometidos a la tortura. Ellos no escuchan ninguna instrucción, y rara vez uno de ellos decide convertirse de su incredulidad. La mayoría de ellos sólo desea poder morir pronto (…) Confiamos que Su Alteza Real bondadosamente comprenda a partir de nuestro fiel informe que de ninguna manera hemos sido negligentes.”
Después que Fernando se convirtió también en rey de Bohemia, el refugio que ese país y Moravia habían provisto para tantos hermanos fue eliminado y ahora no había manera alguna de escape para ellos. Recompensas cada vez mayores eran ofrecidas a aquellos que delataran a un “anabaptista” y lo pusieran en manos del gobierno. Los bienes de las personas ejecutadas eran confiscados y usados en parte para cubrir los gastos de la persecución. Las mujeres que estaban a punto de dar a luz eran llevadas a prisión hasta que naciera la criatura y luego eran ejecutadas. Un magistrado en Sillian, un tal Jörg Scharlinger, se encontró en una situación de mucha angustia al verse obligado a ejecutar una sentencia de muerte contra dos jóvenes de 16 y 17 años. Jörg se atrevió a demorar la ejecución mientras hacía indagaciones, y se llegó al acuerdo de que en tales casos los acusados deberían ser instruidos por católicos romanos, y que los gastos deberían ser sufragados de los bienes confiscados a los “anabaptistas”. Esto hasta que ellos alcanzaran la edad de 18 años cuando, si no se retractaran, serían ejecutados. ¡Imagínese a un joven que amaba al Señor esperando cumplir los dieciocho años bajo semejantes condiciones!
Las cosas empeoraron más y más, pero Jacob Huter nunca cesó de celebrar reuniones, en el bosque o en casas aisladas, y los hermanos y hermanas igualmente continuaron arriesgando sus vidas al recibirlo. En una ocasión él y un grupo de cuarenta hermanos que se había reunido para celebrar el partimiento del pan en una casa en St. Georgen fueron sorprendidos por una banda de soldados, y siete de ellos quedaron presos. El resto logró escapar en esa ocasión, incluyendo a Huter, pero finalmente él fue capturado después de ser delatado a cambio de una recompensa.
La casa en la cual él se encontraba oculto fue rodeada por los soldados en la noche. Él, su esposa, una muchacha y la anciana anfitriona fueron apresados. Jacob fue llevado a Innsbruck, con una mordaza en la boca “para que no pudiera hablar la verdad”. A su llegada a Innsbruck hubo un gran júbilo al escucharse acerca de su captura ya que el rey no le había dado descanso a las autoridades, y había insistido en que Huter tenía que ser encontrado.
Tan pronto el rey recibió la noticia de su captura, envió a decir que el prisionero tenía que morir, sin importar si se retractaba o no. No obstante, Huter no era hombre de los que se retractan; por el contrario, él usaba el lenguaje más violento para denunciar al rey, al Papa, a los sacerdotes y todas sus formas de represión. Una petición de las autoridades para que Huter fuera decapitado en privado a fin de evitar el riesgo de una revuelta entre la gente simpatizante fue rechazada por Fernando, quien a su vez insistió en que él tenía que ser quemado públicamente. Por lo tanto, Jacob Huter fue quemado en Innsbruck (1536).
Su arriesgado puesto como líder reconocido entre las asambleas de los hermanos fue ocupado por Hans Mändl, un hombre de un espíritu más dócil pero de igual valentía, que se había ganado la confianza y el afecto de todos por su amenidad, sus dones y su devoción desinteresada. Él llegó a bautizar a más de 400 personas en el Tirol. Fue encarcelado en reiteradas ocasiones, pero el clero enviado a convertirlo se quejaba de la bondad con que los magistrados lo trataban, y sus frecuentes fugas de la prisión parecían indicar cierta simpatía por parte de aquellos que estaban a su cargo. Poco después de una de estas fugas él se dirigió a unos mil hermanos y hermanas reunidos en un bosque, pero fue capturado nuevamente el mismo año (1560). Esta vez fue lanzado a un calabozo profundo en una torre en Innsbruck, donde otros dos hermanos se encontraban confinados. Desde su calabozo, él escribió: “He sido encarcelado en la torre donde mi querido hermano Jörg Liebich ha permanecido por tanto tiempo (…) él yace en lo profundo de una mazmorra, pero hay una ventana pequeña en lo alto a través de la cual recibe algo de luz cuando brilla el sol (…) Yo me dirigí sin temor a la cámara de torturas como si no fuera nada. Después de interrogarme durante tres días, me llevaron de regreso a la torre. A veces escucho a los gusanos en las paredes, los murciélagos vuelan sobre mí por la noche, y los ratones corren alrededor, pero Dios lo hace todo fácil para mí. Él ciertamente está conmigo; él hace que incluso los fantasmas que él envía por las noches para asustar a las personas me sean útiles y amistosos.”
Cuando su compañero, Jörg Meyer, fue interrogado, le preguntaron qué lo había inducido a bautizarse. Este respondió que antes de entrar a esta fe él había escuchado como un hombre llamado Jacob Huter había sido quemado en Innsbruck. Se decía que le habían puesto una mordaza en la boca cuando fue llevado a Innsbruck para que no diera a conocer la verdad. Además de eso, él había escuchado como en Klausen Ulrico Müllner había sido ejecutado, un hombre aceptable a la gente y a quien ellos consideraban fiel. Este Ulrico también profesaba la misma fe. En una tercera ocasión, él había visto con sus propios ojos como en Steinach ellos habían quemado a un hombre que apoyaba esta fe. Todo esto él lo tomó muy a pecho, y consideró que tenía que ser la poderosa gracia de Dios la que los había mantenido tan firmes en su fe para poder soportar hasta el final, y esta fue la razón por la que él comenzó a indagar acerca de esta gente.
Tranquilamente los tres prisioneros respondieron, a partir de las Escrituras, todas las preguntas que les hicieron; ellos dijeron que aunque ahora no tenían una morada específica donde vivir, sino que eran perseguidos en todas partes, llegaría el momento en que ellos serían recompensados cien veces más. Ellos afirmaron que su fe no era una “secta maldita” como se decía de ellos, y que ellos no tenían “cabecillas”. Mändl explicó que él había sido elegido como maestro y guía por los hermanos y la asamblea a la cual él pertenecía.
Doce hombres de Innsbruck y del distrito fueron designados como jurados. Luego de haber prestado el juramento acostumbrado de que darían un veredicto según su juicio, se les exigió prestar otro juramento que los comprometía a aprobar el decreto del emperador con relación a los prisioneros, lo cual significaba, por supuesto, condenarlos a muerte. Ellos se negaron a hacer esto. Los miembros de la corte se enojaron extremadamente por esto, pero Fernando (convertido ahora en emperador)
no quiso actuar contra ellos de una forma demasiado severa por temor a suscitar una oposición general. Por lo tanto, los oficiales discutieron con estos hombres y los amenazaron hasta que nueve de ellos cedieron, pero tres, manteniéndose firmes en su negativa, fueron encarcelados.
Después de unos días de encarcelamiento, estos también cedieron a las amenazas y todo el jurado prestó el juramento obligatorio, lo cual fijaba el veredicto antes que comenzara el juicio. Mändl fue sentenciado a morir en la hoguera y los otros dos a ser decapitados. Ellos, estando aún en prisión, escribieron a los hermanos: “Les hacemos saber que después de la celebración del Corpus ellos nos condenarán, y nosotros pagaremos nuestro voto a Dios. Lo hacemos con gozo y no estamos tristes, porque el día es santo al Señor.” Entre las multitudes que acudieron a presenciar su muerte se encontraba un hermano llamado Leonhard Dax, un ex sacerdote, quien animó mucho a los prisioneros con su valiente saludo. Ellos se dirigieron a la multitud, exhortando a todos a arrepentirse, y dieron testimonio de la verdad. Cuando su sentencia fue leída en voz alta, ellos reprendieron a los magistrados y al jurado por derramar sangre inocente, y estos se excusaron alegando que actuaban bajo coacción del emperador. “¡Oh, mundo ciego”, exclamó Mändl, “cada hombre debe actuar según su propio corazón y conciencia, pero ustedes nos condenan según la orden del emperador!” Los tres siguieron predicando a la gente, y Mändl continuó hasta quedar ronco. “¡Cállate ya, Hans!” gritó el magistrado, pero él continuó: “Lo que les he enseñado y testificado es la verdad divina”.
Ellos hablaron hasta el mismo momento de su muerte, sin que nadie se lo impidiera. Uno de ellos estaba tan enfermo que se temía que muriera antes que pudiera ser ejecutado, de modo que fue decapitado primero. Luego el otro se volvió hacia el verdugo y gritó con una valentía triunfante: “Renuncio aquí a mi esposa e hijo, a mi casa y a mi granja, a mi cuerpo y a mi vida por la fe y la verdad”, entonces se arrodilló y ofreció su cabeza al golpe mortal. Hans Mändl fue atado a una escalera y lanzado vivo a las llamas donde los cuerpos de sus compañeros de martirio ya habían sido lanzados. Allí se encontraba un testigo, Pablo Lenz, que tomó esto tan a pecho que al poco tiempo se unió a los discípulos despreciados, para compartir los sufrimientos de Cristo.
En algunas partes, y especialmente en Moravia, se formaron comunidades donde muchos creyentes vivían juntos como una gran familia bajo la misma norma, y tenían todas las cosas en común. Esto se hizo, en parte para proveer lugares de refugio en distritos favorecidos donde los que habían sido expulsados de otros lugares pudieran encontrar un hogar y, además, como una imitación de la práctica de la iglesia en Jerusalén al inicio, una gracia especial en Jerusalén, cuando los creyentes vivían en un lugar y podían congregarse todos en el templo, no fue un mandamiento encomendado a la iglesia; hubiera resultado imposible cuando las iglesias fueron dispersas por todas partes y no fue practicada fuera de Jerusalén en los tiempos del Nuevo Testamento. Estas comunidades en Moravia y en otras partes sí proveyeron lugares de refugio para muchos; en ellas se experimentó una gran bendición espiritual en sus mejores días, y la excelente obra llevada a cabo, en la agricultura y en la práctica de diferentes labores artesanales, las hizo prósperas.
Sin embargo, con el tiempo surgieron serias desventajas. La crianza de los niños en tales comunidades sufrió en comparación con la crianza en una familia cristiana. Se hizo evidente un cierto espíritu sombrío y malhumorado.
Muchas de las divisiones que debilitaron a las iglesias tuvieron su origen en estas comunidades. Cuando la guerra se propagó por los distritos donde ellas se encontraban, la relativa riqueza y la concentración en ellas de provisiones y de comodidades considerables, atrajo a los soldados, y ésta fue una de las causas que condujo a su abandono.
(Continuará)
Por Edmund Hamer Broadbent
En las Crónicas de los anabaptistas en Austria-Hungría, uno de ellos escribió: “Los fundamentos de la fe cristiana fueron puestos por los apóstoles aquí y allá en los distintos países, pero mediante la tiranía y las falsas enseñanzas, sufrieron un duro golpe, y la iglesia fue a menudo tan reducida que apenas podía verse si aun existía. Como Elías dijo, los altares fueron destruidos, los profetas asesinados, y él se quedó sólo; pero Dios no permitió que su iglesia desapareciera completamente. De lo contrario, este artículo de la fe cristiana hubiera resultado ser falso: “Creo que existe una iglesia cristiana, una hermandad de los santos”. Aunque no fuera posible señalarle con un dedo, aunque en ocasiones pudieron encontrarse apenas dos o tres miembros, empero el Señor, según su promesa, ha estado con ellos, y porque ellos permanecieron fieles a su Palabra, Él nunca los ha abandonado, sino que los ha incrementado y sumado otros a sus filas. Pero cuando ellos se despreocuparon, y se olvidaron de las bondades de Cristo, Dios apartó de ellos los dones con los cuales él los había dotado, y despertó a hombres verdaderos en otros lugares, facilitándoles estos dones, con los cuales ellos volvieron a edificar una iglesia al Señor. De modo que el reino de Cristo, desde el tiempo de los apóstoles hasta nuestros días, se ha trasladado de nación en nación hasta que ha llegado a nosotros. En otras tierras se logró un buen comienzo y a veces un buen final, cuando los testigos dieron sus vidas por causa de la fe, pero la tiranía de la Iglesia Romana lo ha borrado casi todo. Sólo los picardos y los valdenses mantuvieron algo de la verdad. Al principio del reinado de Carlos V el Señor envió su luz nuevamente. Lutero y Zwinglio destruyeron como con rayos el mal babilónico, pero no fundaron nada mejor, ya que cuando ambos llegaron al poder confiaron más en el hombre que en Dios. Y por tanto, aunque habían logrado un buen comienzo, la luz de la verdad fue oscurecida. Fue como si alguien hubiera remendado un agujero en la antigua caldera para simplemente empeorarlo todo. De manera que ellos han levantado un pueblo atrevido en cuanto al pecado. Muchos se unieron a estos dos (Lutero y Zwinglio), apoyando sus enseñanzas como verdaderas. Algunos dieron sus vidas por la verdad; sin lugar a duda son salvos, ya que pelearon la buena batalla.”
Luego el autor de esta crónica describe los conflictos con Zwinglio en Zurich con relación al tema del bautismo, y como Zwinglio, a pesar de haber testificado desde el principio que el bautismo de infantes no puede ser probado por ninguna palabra clara de Dios en las Sagradas Escrituras, después enseñó desde el púlpito que el bautismo de adultos y creyentes era incorrecto y que no se debía tolerar. También describe como se había decretado que cualquiera que fuera bautizado en Zurich y en el distrito sería ahogado en agua. Él expone como esta persecución condujo a la dispersión de muchos siervos de Cristo y como algunos vinieron a Austria predicando la Palabra de Dios. La difusión de las iglesias en Austria y en los estados vecinos fue grandiosa; los informes de las cantidades de personas ejecutadas en este tiempo y de sus sufrimientos son horribles; sin embargo, nunca dejaron de existir hombres dispuestos a continuar la arriesgada obra de los evangelistas y los ancianos. De algunos de ellos se escribió: “Ellos fueron a encontrarse con su muerte llenos de gozo. Mientras algunos eran ahogados o ejecutados, los otros que esperaban su turno cantaban, y esperaban con gozo su muerte cuando el verdugo se encargaba de ellos. Ellos se mantuvieron firmes en la verdad que conocían y se fortalecieron en la fe que tenían de Dios.”
Semejante firmeza suscitó asombro e interrogantes en cuanto a la fuente de su fortaleza. Muchos fueron ganados a la fe por medio de este testimonio; pero para los líderes religiosos, lo mismo de la Iglesia Católica como de las Iglesias Reformadas, esta era por lo general atribuida a Satanás.
Los propios creyentes dijeron: “ellos han bebido del agua que fluye del santuario de Dios, de la fuente de vida, y de ésta han obtenido un corazón que no puede ser comprendido por la mente o el razonamiento humano. Ellos han descubierto que Dios los ayudó a llevar la cruz y ellos han vencido la amargura de la muerte. El fuego de Dios ardió en ellos. Su tabernáculo no estaba aquí en la tierra, sino que estaba puesto en la eternidad, y ellos tenían fundamento y certeza para su fe. Su fe floreció como un lirio, su fidelidad como una rosa, su piedad e integridad como flores del huerto de Dios. El ángel del Señor ha blandido su lanza delante de ellos para que el yelmo de la salvación, el escudo dorado de David, no pudiera ser arrancado de ellos. Ellos han escuchado la trompeta tocada en Sión y la han comprendido, y por eso han sufrido toda clase de dolor y martirio sin temor. Su carácter santo
consideraba las cosas estimadas en el mundo como una sombra, porque conocían cosas mayores. Ellos fueron entrenados por Dios, de manera que no conocían nada, no buscaban nada, no deseaban nada, no amaban nada, sino sólo el Bien celestial y eterno. Por lo tanto, ellos tuvieron más paciencia en sus sufrimientos que sus enemigos en castigarlos.
El Rey Fernando I, hermano de Carlos V de España, fue un perseguidor fanático de los hermanos. Muchas de las autoridades eran instrumentos poco dispuestos de su crueldad y hubieran perdonado
al pueblo inofensivo y temeroso de Dios, pero Fernando emitió una ola constante de edictos e instrucciones que los exhortaban a adoptar una posición más feroz y los amenazaban a causa de su falta de severidad. De modo que los magistrados en el Tirol presentaron defensa por la flojedad de la cual los acusaba su cruel señor, y le escribieron: “Ya durante dos años rara vez ha habido un día en que el tema de los anabaptistas no haya sido presentado ante nuestra corte, y más de 700 hombres y mujeres en el ducado de Tirol, en diferentes lugares, han sido condenados a muerte; otros han sido desterrados del país, y aun muchos otros han huido, en la miseria, dejando sus bienes atrás y a veces incluso abandonando a sus hijos (…) Nosotros no podemos ocultarle a Su Majestad la locura que por lo general hemos encontrado en estas personas, por cuanto ellas no sólo no se aterrorizan ante el castigo de los demás, sino que acuden a los prisioneros y los reconocen como sus hermanos y hermanas. Y cuando a causa de esto los magistrados los acusan, ellos lo aceptan de buena gana, sin tener que ser sometidos a la tortura. Ellos no escuchan ninguna instrucción, y rara vez uno de ellos decide convertirse de su incredulidad. La mayoría de ellos sólo desea poder morir pronto (…) Confiamos que Su Alteza Real bondadosamente comprenda a partir de nuestro fiel informe que de ninguna manera hemos sido negligentes.”
Después que Fernando se convirtió también en rey de Bohemia, el refugio que ese país y Moravia habían provisto para tantos hermanos fue eliminado y ahora no había manera alguna de escape para ellos. Recompensas cada vez mayores eran ofrecidas a aquellos que delataran a un “anabaptista” y lo pusieran en manos del gobierno. Los bienes de las personas ejecutadas eran confiscados y usados en parte para cubrir los gastos de la persecución. Las mujeres que estaban a punto de dar a luz eran llevadas a prisión hasta que naciera la criatura y luego eran ejecutadas. Un magistrado en Sillian, un tal Jörg Scharlinger, se encontró en una situación de mucha angustia al verse obligado a ejecutar una sentencia de muerte contra dos jóvenes de 16 y 17 años. Jörg se atrevió a demorar la ejecución mientras hacía indagaciones, y se llegó al acuerdo de que en tales casos los acusados deberían ser instruidos por católicos romanos, y que los gastos deberían ser sufragados de los bienes confiscados a los “anabaptistas”. Esto hasta que ellos alcanzaran la edad de 18 años cuando, si no se retractaran, serían ejecutados. ¡Imagínese a un joven que amaba al Señor esperando cumplir los dieciocho años bajo semejantes condiciones!
Las cosas empeoraron más y más, pero Jacob Huter nunca cesó de celebrar reuniones, en el bosque o en casas aisladas, y los hermanos y hermanas igualmente continuaron arriesgando sus vidas al recibirlo. En una ocasión él y un grupo de cuarenta hermanos que se había reunido para celebrar el partimiento del pan en una casa en St. Georgen fueron sorprendidos por una banda de soldados, y siete de ellos quedaron presos. El resto logró escapar en esa ocasión, incluyendo a Huter, pero finalmente él fue capturado después de ser delatado a cambio de una recompensa.
La casa en la cual él se encontraba oculto fue rodeada por los soldados en la noche. Él, su esposa, una muchacha y la anciana anfitriona fueron apresados. Jacob fue llevado a Innsbruck, con una mordaza en la boca “para que no pudiera hablar la verdad”. A su llegada a Innsbruck hubo un gran júbilo al escucharse acerca de su captura ya que el rey no le había dado descanso a las autoridades, y había insistido en que Huter tenía que ser encontrado.
Tan pronto el rey recibió la noticia de su captura, envió a decir que el prisionero tenía que morir, sin importar si se retractaba o no. No obstante, Huter no era hombre de los que se retractan; por el contrario, él usaba el lenguaje más violento para denunciar al rey, al Papa, a los sacerdotes y todas sus formas de represión. Una petición de las autoridades para que Huter fuera decapitado en privado a fin de evitar el riesgo de una revuelta entre la gente simpatizante fue rechazada por Fernando, quien a su vez insistió en que él tenía que ser quemado públicamente. Por lo tanto, Jacob Huter fue quemado en Innsbruck (1536).
Su arriesgado puesto como líder reconocido entre las asambleas de los hermanos fue ocupado por Hans Mändl, un hombre de un espíritu más dócil pero de igual valentía, que se había ganado la confianza y el afecto de todos por su amenidad, sus dones y su devoción desinteresada. Él llegó a bautizar a más de 400 personas en el Tirol. Fue encarcelado en reiteradas ocasiones, pero el clero enviado a convertirlo se quejaba de la bondad con que los magistrados lo trataban, y sus frecuentes fugas de la prisión parecían indicar cierta simpatía por parte de aquellos que estaban a su cargo. Poco después de una de estas fugas él se dirigió a unos mil hermanos y hermanas reunidos en un bosque, pero fue capturado nuevamente el mismo año (1560). Esta vez fue lanzado a un calabozo profundo en una torre en Innsbruck, donde otros dos hermanos se encontraban confinados. Desde su calabozo, él escribió: “He sido encarcelado en la torre donde mi querido hermano Jörg Liebich ha permanecido por tanto tiempo (…) él yace en lo profundo de una mazmorra, pero hay una ventana pequeña en lo alto a través de la cual recibe algo de luz cuando brilla el sol (…) Yo me dirigí sin temor a la cámara de torturas como si no fuera nada. Después de interrogarme durante tres días, me llevaron de regreso a la torre. A veces escucho a los gusanos en las paredes, los murciélagos vuelan sobre mí por la noche, y los ratones corren alrededor, pero Dios lo hace todo fácil para mí. Él ciertamente está conmigo; él hace que incluso los fantasmas que él envía por las noches para asustar a las personas me sean útiles y amistosos.”
Cuando su compañero, Jörg Meyer, fue interrogado, le preguntaron qué lo había inducido a bautizarse. Este respondió que antes de entrar a esta fe él había escuchado como un hombre llamado Jacob Huter había sido quemado en Innsbruck. Se decía que le habían puesto una mordaza en la boca cuando fue llevado a Innsbruck para que no diera a conocer la verdad. Además de eso, él había escuchado como en Klausen Ulrico Müllner había sido ejecutado, un hombre aceptable a la gente y a quien ellos consideraban fiel. Este Ulrico también profesaba la misma fe. En una tercera ocasión, él había visto con sus propios ojos como en Steinach ellos habían quemado a un hombre que apoyaba esta fe. Todo esto él lo tomó muy a pecho, y consideró que tenía que ser la poderosa gracia de Dios la que los había mantenido tan firmes en su fe para poder soportar hasta el final, y esta fue la razón por la que él comenzó a indagar acerca de esta gente.
Tranquilamente los tres prisioneros respondieron, a partir de las Escrituras, todas las preguntas que les hicieron; ellos dijeron que aunque ahora no tenían una morada específica donde vivir, sino que eran perseguidos en todas partes, llegaría el momento en que ellos serían recompensados cien veces más. Ellos afirmaron que su fe no era una “secta maldita” como se decía de ellos, y que ellos no tenían “cabecillas”. Mändl explicó que él había sido elegido como maestro y guía por los hermanos y la asamblea a la cual él pertenecía.
Doce hombres de Innsbruck y del distrito fueron designados como jurados. Luego de haber prestado el juramento acostumbrado de que darían un veredicto según su juicio, se les exigió prestar otro juramento que los comprometía a aprobar el decreto del emperador con relación a los prisioneros, lo cual significaba, por supuesto, condenarlos a muerte. Ellos se negaron a hacer esto. Los miembros de la corte se enojaron extremadamente por esto, pero Fernando (convertido ahora en emperador)
no quiso actuar contra ellos de una forma demasiado severa por temor a suscitar una oposición general. Por lo tanto, los oficiales discutieron con estos hombres y los amenazaron hasta que nueve de ellos cedieron, pero tres, manteniéndose firmes en su negativa, fueron encarcelados.
Después de unos días de encarcelamiento, estos también cedieron a las amenazas y todo el jurado prestó el juramento obligatorio, lo cual fijaba el veredicto antes que comenzara el juicio. Mändl fue sentenciado a morir en la hoguera y los otros dos a ser decapitados. Ellos, estando aún en prisión, escribieron a los hermanos: “Les hacemos saber que después de la celebración del Corpus ellos nos condenarán, y nosotros pagaremos nuestro voto a Dios. Lo hacemos con gozo y no estamos tristes, porque el día es santo al Señor.” Entre las multitudes que acudieron a presenciar su muerte se encontraba un hermano llamado Leonhard Dax, un ex sacerdote, quien animó mucho a los prisioneros con su valiente saludo. Ellos se dirigieron a la multitud, exhortando a todos a arrepentirse, y dieron testimonio de la verdad. Cuando su sentencia fue leída en voz alta, ellos reprendieron a los magistrados y al jurado por derramar sangre inocente, y estos se excusaron alegando que actuaban bajo coacción del emperador. “¡Oh, mundo ciego”, exclamó Mändl, “cada hombre debe actuar según su propio corazón y conciencia, pero ustedes nos condenan según la orden del emperador!” Los tres siguieron predicando a la gente, y Mändl continuó hasta quedar ronco. “¡Cállate ya, Hans!” gritó el magistrado, pero él continuó: “Lo que les he enseñado y testificado es la verdad divina”.
Ellos hablaron hasta el mismo momento de su muerte, sin que nadie se lo impidiera. Uno de ellos estaba tan enfermo que se temía que muriera antes que pudiera ser ejecutado, de modo que fue decapitado primero. Luego el otro se volvió hacia el verdugo y gritó con una valentía triunfante: “Renuncio aquí a mi esposa e hijo, a mi casa y a mi granja, a mi cuerpo y a mi vida por la fe y la verdad”, entonces se arrodilló y ofreció su cabeza al golpe mortal. Hans Mändl fue atado a una escalera y lanzado vivo a las llamas donde los cuerpos de sus compañeros de martirio ya habían sido lanzados. Allí se encontraba un testigo, Pablo Lenz, que tomó esto tan a pecho que al poco tiempo se unió a los discípulos despreciados, para compartir los sufrimientos de Cristo.
En algunas partes, y especialmente en Moravia, se formaron comunidades donde muchos creyentes vivían juntos como una gran familia bajo la misma norma, y tenían todas las cosas en común. Esto se hizo, en parte para proveer lugares de refugio en distritos favorecidos donde los que habían sido expulsados de otros lugares pudieran encontrar un hogar y, además, como una imitación de la práctica de la iglesia en Jerusalén al inicio, una gracia especial en Jerusalén, cuando los creyentes vivían en un lugar y podían congregarse todos en el templo, no fue un mandamiento encomendado a la iglesia; hubiera resultado imposible cuando las iglesias fueron dispersas por todas partes y no fue practicada fuera de Jerusalén en los tiempos del Nuevo Testamento. Estas comunidades en Moravia y en otras partes sí proveyeron lugares de refugio para muchos; en ellas se experimentó una gran bendición espiritual en sus mejores días, y la excelente obra llevada a cabo, en la agricultura y en la práctica de diferentes labores artesanales, las hizo prósperas.
Sin embargo, con el tiempo surgieron serias desventajas. La crianza de los niños en tales comunidades sufrió en comparación con la crianza en una familia cristiana. Se hizo evidente un cierto espíritu sombrío y malhumorado.
Muchas de las divisiones que debilitaron a las iglesias tuvieron su origen en estas comunidades. Cuando la guerra se propagó por los distritos donde ellas se encontraban, la relativa riqueza y la concentración en ellas de provisiones y de comodidades considerables, atrajo a los soldados, y ésta fue una de las causas que condujo a su abandono.
(Continuará)

