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Historia de la Iglesia (33)
#1
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadbent

Antes que amaneciera el próximo día, Denck ya se había despedido de su familia, abandonado su situación, y había iniciado el sendero errante que seguiría el resto de su vida. En su “confesión” Denck reconoció la miseria de su estado natural, pero dijo que estaba consciente de que algo en su interior se oponía al pecado y despertaba en él el deseo por la vida y la bendición de Dios.
A él se le había dicho que esto se obtenía por medio de la fe, pero él veía que la fe tenía que significar algo más que una simple aceptación de lo que había escuchado o leído. La resistencia natural a leer las Escrituras fue vencida por esa voz de la conciencia en su interior que lo obligaba a leerlas, y descubrió que el Cristo revelado en las Escrituras correspondía con lo que se le había manifestado de él en su propio corazón. Él se dio cuenta de que no podía entender las Escrituras por medio de una simple lectura superficial de ellas, sino sólo por medio de la iluminación del Espíritu Santo a su corazón y conciencia.

El documento de los ministros luteranos que llevó al exilio de Denck declaraba que él “tenía buenas intenciones” y que “sus palabras fueron escritas de tal manera y con semejante entendimiento cristiano que sus ideas y significado bien podrían ser permitidos”. Sin embargo, considerando la unidad de la Iglesia Luterana, se veían obligados a actuar de otra manera.
A pesar de esto, dondequiera que llegaba, Denck se encontraba con que había sido precedido de calumnias, y que se le atribuían todo tipo de doctrinas falsas por lo que era rechazado como un hombre peligroso.
Él nunca se permitió a sí mismo tratar a sus oponentes como lo habían tratado; y aunque, conforme a la costumbre de esa época, sobre él se escribieron las denuncias más violentas, sus propios escritos están libres de tal actitud.
En ocasión de una provocación en particular, él dijo: “Algunos me han calumniado y acusado de tal manera que incluso a un corazón humilde y manso le resulta difícil controlarse”. Y nuevamente dice: “Me aflige el corazón el hecho de que yo deba estar en desunión con muchos de aquellos a quienes no puedo considerar de otra manera que como mis hermanos, porque ellos adoran al Dios que yo adoro y honran al Padre que yo honro. Por tanto, si es la voluntad de Dios y de serme posible, yo no convertiré a mis hermanos en mis adversarios ni haré de mi Padre un Juez, sino que, entre tanto que estamos en el camino, me reconciliaré con todos mis adversarios”. Después de pasar un tiempo en el hogar hospitalario de uno de los hermanos en St. Gallen, Denck tuvo que irse debido a que su anfitrión entró en conflicto con las autoridades.
Encontró un lugar en Augsburgo por medio de la influencia de unos amigos.
En ese tiempo en Augsburgo había no sólo una lucha entre los luteranos y zwinglianos y entre cada uno de estos y los católicos, sino, además, una depravación general de la moral que afectaba seriamente a la gente. Teniendo compasión por las muchas almas desviadas, Denck comenzó a reunir a algunos de los ciudadanos que estaban dispuestos a congregarde como una iglesia de creyentes, y que combinarían la fe en la obra expiatoria de Cristo con el hecho de seguir sus pisadas en el comportamiento de su vida diaria.
Él mismo no se había unido a los grupos de creyentes que el mundo llamaba bautistas o anabaptistas, sin embargo, se encontró a sí mismo haciendo en Augsburgo lo que ellos estaban haciendo en todas partes, y lo que él había visto íntimamente en St. Gallen.

Una visita del Dr. Hubmeyer lo condujo a tomar la decisión de echar su suerte con los hermanos y ser bautizado.
Antes de la llegada de Denck a Augsburgo había muchos creyentes bautizados, y la iglesia creció rápidamente. La mayoría de sus miembros eran gente pobre, pero también había algunos de la clase pudiente.
Los escritos y el entusiasmo de Eitelhans Langenmantel atrajeron a muchos. Él era el hijo de uno de los ciudadanos más importantes de Augsburgo, un hombre que había sido catorce veces alcalde y que también había ocupado cargos más altos en el estado. En 1527, los miembros de la iglesia habían incrementado hasta unos mil cien, y sus actividades en la región ayudaron en la fundación y fortalecimiento de las iglesias en todos los centros principales. Un escritor, buen conocedor de las fuentes de información, relata sobre este tiempo: “Se puede decir que muchos, por causa de una necesidad verdadera del corazón, hastiados por las recriminaciones y las mutuas acusaciones de herejía provenientes de los distintos púlpitos, buscaron refugio al ser edificados tranquilamente y aparte de todo sectarismo (…) Este fue un ideal maravilloso visualizado por los espíritus más puros entre los anabaptistas. Ellos recordaron con anhelo aquella gloriosa época en que los apóstoles peregrinos, yendo de pueblo en pueblo, fundaron las primeras iglesias cristianas, donde todos se juntaban en un espíritu de amor, como miembros de un solo cuerpo”

En este tiempo fueron escritos muchos himnos en que los discípulos expresaban su adoración y experiencias. Cuando la persecución comenzó a dirigirse especialmente contra Denck, este abandonó Augsburgo y buscó refugio en Estrasburgo, donde había una gran asamblea de creyentes bautizados.
Los líderes del partido protestante eran dos hombres talentosos, Capito y Bucero, quienes no se habían aliado de manera definitiva ni a Wittenberg ni a Zurich, aunque sus relaciones eran más íntimas con Zwinglio y los reformistas suizos. Capito esperaba que fuera posible mantener una relación con ambos partidos y de ese modo ser un medio para promover relaciones más felices entre ellos. Él también estaba indeciso sobre el asunto del bautismo, y tenía relaciones amistosas con muchos de los hermanos.
La presencia entre los hermanos de algunos hombres extremistas, de quienes no lograron deshacerse, perjudicaba su influencia y evitaba que algunos que de otro modo se hubieran acercado a ellos lo hicieran. La introducción por parte de Zwinglio de la pena de muerte para castigar a aquellos que estaban en desacuerdo con él en temas de doctrina debilitó su influencia sobre Capito.

Cuando Denck llegó allí, las condiciones eran tales y los hermanos eran tan numerosos e influyentes que parecía como si ellos pudieran llegar a ser el factor dominante en la vida religiosa de la ciudad. Denck pronto se compenetró con Capito. La piedad, capacidad y el encanto personal de Denck atrajeron a muchos que encontraron en él un líder digno de confianza, no sólo de los hermanos que eran considerados bautistas, sino también de muchos otros que estaban indecisos en cuanto a qué
posición adoptar en aquellos tiempos de confusión.
Bucero consideró estas circunstancias con alarma, y, al juzgar que no había esperanza alguna para ningún partido que no recurriera al poder civil para su apoyo, él, junto con Zwinglio, obró de una manera tan exitosa sobre los temores del consejo de la ciudad que a las pocas semanas de su llegada Denck recibió una orden de expulsión. Sus simpatizantes eran tantos que probablemente hubieran podido resistir y prevenir que él fuera exiliado, pero él, según el principio que siempre había defendido de someterse a las autoridades, abandonó la ciudad (1526).

Denck anduvo errante de un lugar a otro corriendo muchos peligros. En Worms, donde había una congregación numerosa, permaneció por un tiempo y logró imprimir la traducción de los Profetas que él y Ludwig Hetzer habían hecho (1527). Trece ediciones de esta traducción fueron publicadas en tres años. La primera edición tuvo que ser impresa cinco veces, y en el siguiente año, seis veces más. La edición de Augsburgo fue reimpresa cinco veces en nueve meses.
Prontamente después de esto, Denck fue uno de los líderes de una conferencia de hermanos de varios distritos, en Augsburgo, donde él se opuso a algunos que estaban dispuestos a hacer uso de la fuerza contra las persecuciones crecientes.
A esta reunión se le llamó “la conferencia de los mártires” debido a que muchos de los que participaron en ella fueron ejecutados más tarde. Al llegar a Basilea, con su salud quebrantada de tanto andar errante y debido a tantas privaciones, Denck se puso en contacto con su antiguo
amigo, el reformista Hausschein, llamado OEcolampadius, quien, encontrándolo en una condición moribunda, le proveyó un refugio seguro y tranquilo, donde murió en paz.

Un poco antes de su muerte, Denck escribió: “Difícil y dolorosa ha sido para mí mi vida sin hogar, pero lo que más me aflige es que mi celo ha producido muy pocos resultados y frutos. Dios sabe que no valoro ningún otro fruto que no sea el que muchos, con un corazón y una mente, glorifiquen al Padre de nuestro Señor Jesucristo. (...)


A menudo se cree que cuando se estableció la Reforma, Europa fue dividida en Protestantes por una parte (ya fueran luteranos o suizos), y en Católicos Romanos por la otra. Se pasa por alto la gran cantidad de cristianos que no pertenecían a ninguna de estas dos partes, pero que, en su mayoría, se reunían como iglesias independientes sin recurrir, como las demás, al apoyo del poder civil, sino que se esforzaban por practicar los principios de la Escritura como en los tiempos del Nuevo Testamento.

Estas iglesias eran tan numerosas que ambas partes de la Iglesia del estado temieron que ellas pudieran llegar a amenazar su poder e incluso su propia existencia. La razón por la que un movimiento tan importante ocupa un lugar tan pequeño en la historia de esa época se debe a que, por medio del uso implacable del poder del estado, las grandes Iglesias —Católica y Protestante— estuvieron a punto de destruirlo, y los pocos partidarios que quedaron fueron exiliados o permanecieron sólo como grupos debilitados o relativamente sin importancia. El partido victorioso fue también capaz de destruir la mayor parte de la literatura de los hermanos, y, al escribir su historia, los hicieron ver como partidarios de doctrinas que los hermanos más bien repudiaban, y les pusieron nombres que conllevaban significados odiosos.

En 1527, bajo la dirección de Miguel Sattler y otros, tuvo lugar una conferencia en Baden donde se acordó (1) que sólo los creyentes debían ser bautizados, (2) que se debía ejercer la disciplina en las iglesias, (3) que se debía celebrar la Cena del Señor en recordación de su muerte, (4) que los miembros de la iglesia no debían tener comunión con el mundo, (5) que los pastores de la iglesia están en la obligación de enseñar y exhortar, etc., (6) que un cristiano no debe usar la espada ni acudir a la ley, (7) que un cristiano no debe prestar juramento.

Sattler fue un activo predicador de la Palabra de Dios en muchos distritos, y vino, en la primavera de 1527, de Estrasburgo a Wurttemberg. Fue arrestado en Rottenburg y condenado a muerte por sus doctrinas. Conforme a la sentencia de la corte, Sattler fue vergonzosamente mutilado en diferentes partes de la ciudad, luego fue llevado a la entrada de esta, y lo que quedaba de él fue lanzado al fuego. Su esposa y algunas otras mujeres cristianas fueron ahogadas, y un grupo de hermanos que estaban con él en la prisión fueron decapitados. Estas fueron las primeras de una terrible serie de ejecuciones semejantes que tuvieron lugar en Rottenburg.
El numeroso grupo de cristianos en Augsburgo fue disperso por
medios similares. El primero en morir fue Hans Leupold, un anciano de la iglesia que fue arrestado en una reunión junto con otros 87 hermanos, y fue decapitado (1528). Él compuso un himno en la prisión que fue incluido en la colección de los hermanos. Muchos de los himnos de estos bautistas fueron escritos en la prisión, y demostraban las profundas experiencias de sufrimiento y de amor al Señor que pasaron. Estos himnos se difundieron rápidamente entre los cristianos en sufrimiento, para quienes representaron un fuerte consuelo y aliento. Dos semanas más tarde, el dotado Eitelhans Langenmantel, a pesar de sus relaciones con las familias más influyentes, fue ejecutado junto con otros cuatro. Una gran cantidad de ellos fueron golpeados y echados fuera de la ciudad; en muchos casos los marcaban con una cruz en la frente. En Worms, la congregación de creyentes era tan numerosa que todos los intentos por dispersarla fracasaron; la congregación continuó existiendo en secreto.

(Continuará)
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