03-06-2014, 12:10 AM
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadbent
Capítulo 9
Los anabaptistas
(1516–1566)
Aproximadamente en 1524, en Alemania, muchas de las iglesias de los hermanos como las que habían existido desde los tiempos antiguos y en muchas tierras, repitieron lo que se había hecho en Lhota en 1467; declararon su independencia como congregaciones de creyentes y su determinación de cumplir y llevar a cabo como iglesias las enseñanzas de la Escritura. Como se había hecho anteriormente en Lhota, ahora también los presentes que no habían sido aún bautizados en su condición de creyentes fueron bautizados por inmersión.
Esto trajo consigo el surgimiento de un nuevo nombre, un nombre que ellos mismos repudiaron, ya que se les atribuyó como un calificativo ofensivo a fin de dar la impresión de que ellos habían fundado una nueva secta; el nuevo nombre era el de anabaptistas (los bautizados de nuevo). Con el paso del tiempo, este nombre también fue atribuido a cierto grupo de personas comunitarias violentas de prácticas y principios subversivos del orden y la moralidad. Los hermanos no tenían ninguna relación con estas personas; pero al tildarlos con el mismo nombre, aquellos que perseguían a los hermanos parecían quedar justificados, como si estuvieran reprimiendo un alboroto peligroso.
Tal como la literatura de los cristianos en la antigüedad había sido destruida y sus historias habían sido escritas por sus enemigos, así se hizo nuevamente en el siglo XVI. En vista del lenguaje de violencia desenfrenada muy común en aquella época de polémica religiosa, resulta más indispensable que nunca indagar acerca de cualquier remanente de su propios escritos e informes.
En el informe del Concilio del Arzobispo de Colonia al Emperador Carlos V sobre el “movimiento anabaptista”, se dice que los anabaptistas se llamaban a sí mismos “los verdaderos cristianos”, que deseaban establecer la comunidad de bienes “la cual había sido la costumbre de los anabaptistas por más de mil años, como la historia antigua y las leyes imperiales testifican”. En ocasión de la disolución del Parlamento en Espira se afirmó que la “nueva secta de los anabaptistas” ya había sido condenada muchos cientos de años atrás y “prohibida por ley consuetudinaria”.
Por más de doce siglos el bautismo, de la manera que se enseña y describe en el Nuevo Testamento, se había convertido en una ofensa contra la ley, castigada con la muerte.
El avivamiento general estimulado por el Renacimiento provocó que muchas de las asambleas de creyentes que habían sido obligadas a permanecer ocultas debido a la persecución se dejaran ver nuevamente. Un edicto eclesiástico proclamado en Lyón contra uno de los hermanos decía: “De las cenizas de Waldo surgen nuevos retoños y es necesario imponer un castigo fuerte y severo para que sirva de ejemplo”.
De los valles suizos también emergieron muchos creyentes; ellos se llamaban entre sí hermanos y hermanas, y estaban plenamente conscientes de que no estaban fundando nada nuevo, sino que estaban dándole continuidad al testimonio de aquellos que durante siglos habían sido perseguidos como “herejes”, como demostraban los informes de sus mártires.
En Suiza el refugio de los creyentes perseguidos se encontraba principalmente en las montañas, mientras que en Alemania a menudo este se encontraba en la poderosa protección proporcionada por los gremios del comercio.
La época de la Reforma también sacó a la luz a muchos hermanos
escondidos quienes, uniéndose a las iglesias existentes y formando otras nuevas, crecieron rápidamente en membresía y desarrollaron tal actividad como para alarmar a las Iglesias del estado, tanto a las Católicas Romanas como a las Luteranas.
Un observador simpatizante, sin embargo no uno de ellos, escribió refiriéndose a ellos que en 1526 surgió un nuevo partido que se difundió tan rápidamente que su doctrina inundó a toda la región y hubo muchos que los siguieron; muchos que eran sinceros de corazón y celosos de Dios se unieron a ellos. Ellos no parecían enseñar otra cosa que no fuera el amor, la fe y la cruz, se mostraban pacientes y humildes en muchos sufrimientos, partían el pan los unos con los otros como un símbolo de unidad y amor, y se ayudaban los unos a los otros fielmente.
Ellos se mantuvieron unidos e incrementaron tan rápidamente que el mundo temió que pudieran provocar una revolución. Sin embargo, siempre resultaron ser inocentes de semejantes ideas, aunque en muchos lugares fueron tratados de manera tiránica.
Los hermanos tuvieron cuidado de tomar la Palabra de Dios como su guía y de no estar dispuestos a someterse al dominio del hombre. Pero, afortunadamente, reconocían como ancianos y supervisores en las diferentes iglesias a aquellos hombres entre ellos que poseían los dones del Espíritu Santo que los capacitaban para ser guías.
Durante este tiempo se encontraba entre ellos un guía preeminente, el Dr. Baltasar Hubmeyer. Luego de una brillante carrera como estudiante en la Universidad de Freiberg y como profesor de teología en Ingolstadt, fue nombrado predicador (1516) en la catedral en Ratisbona, donde su predicación atrajo a multitudes de oyentes.
Tres años más tarde se trasladó a Waldshut. Mientras estaba allí experimentó un cambio espiritual, aceptó la enseñanza de Lutero, y también llegó a ser considerado como alguien influenciado por la “herejía bohemia”, o sea, la enseñanza de las asambleas de los hermanos en Bohemia.
Su Invitación a los hermanos, el 11 de enero de 1524, convocaba a todos los interesados a reunirse en su casa, con sus Biblias. Él explicaba que el objetivo de la reunión era para ayudarse mutuamente por medio del conocimiento de la Palabra de Dios a fin de continuar alimentando a las ovejas de Cristo, y les recordaba que era una costumbre desde el tiempo de los apóstoles que aquellos llamados a ministrar la Palabra divina debían reunirse y recopilar consejo cristiano al tratar con asuntos de dificultad con relación a la fe.
Varias preguntas fueron sugeridas, las cuales, de manera sincera y afectuosa, ellos fueron exhortados a considerar a la luz de las Escrituras. Hubmeyer prometió que según su capacidad les proveería una cena fraternal y él correría con los gastos. Hubmeyer expresó sus propias ideas y enseñanzas así: “La santa iglesia cristiana universal es la hermandad de los santos y una fraternidad de muchos creyentes y piadosos que de común acuerdo honran a un Señor, un Dios, una fe y un bautismo”. Esta es, dijo él, “la asamblea de todos los cristianos en la tierra dondequiera que puedan estar en todo el mundo” o de otra manera, “una comunión apartada que consiste en varios hombres que creen en Cristo”. Y explicó: “Existen dos iglesias, que de hecho se abarcan entre sí, la iglesia general y la local (…) la iglesia local es una parte de la iglesia general que incluye a todos los que demuestran ser cristianos.” Con relación a la comunidad de bienes él dijo que esta consistía en “nuestra disposición de ayudar siempre a aquellos hermanos que se encuentran necesitados, ya que lo que poseemos no nos pertenece, sino que nos ha sido confiado como mayordomos de Dios”.
Él consideraba que a causa del pecado el poder de la espada había sido encomendado a los gobiernos terrenales, y que por ello era necesario someterse a él en el temor de Dios. Este tipo de reuniones tuvieron lugar a menudo en Basilea, donde Hubmeyer y sus amigos buscaban celosamente en las Sagradas Escrituras y analizaban las preguntas que se traían ante ellos.
Basilea fue un gran centro de actividad espiritual. Los impresores no tuvieron miedo de editar libros tildados de heréticos, y de sus imprentas salieron al mundo obras como las de Marsilio de Padua y Juan Wyclef. Entre los que se reunían con Hubmeyer para analizar las Escrituras se encontraban hermanos de una capacidad y dones extraordinarios. Uno de ellos fue Wilhelm Reublin. De él está registrado que explicaba las Sagradas Escrituras de una manera tan excelente y cristiana que nada igual se había escuchado antes, por lo que atrajo a grandes multitudes. Wilhelm había sido un sacerdote en Basilea y, durante ese tiempo, en la festividad católica del Corpus Cristi, había llevado una Biblia en procesión en lugar de la custodia con la hostia. Él fue bautizado, y posteriormente, cuando vivía cerca de Zurich, fue expulsado del país, continuando así sus predicaciones en Alemania y Moravia.
Allí llegaban a menudo hermanos del extranjero, por medio de cuyas visitas se mantuvieron relaciones con iglesias en otras tierras. Entre estos hermanos estaba Ricardo Crocus de Inglaterra, un erudito que ejerció gran influencia entre los estudiantes. También, vinieron muchos de Francia y de Holanda.
En 1527 se convocó otra conferencia de hermanos, en Moravia, en la cual estuvo presente Hubmeyer. Esta se celebró bajo la protección del Conde Leonardo y Hans de Liechtenstein; el primero fue bautizado en esta ocasión por Hubmeyer, que a su vez había sido bautizado dos años antes por Reublin. En aquella ocasión habían sido bautizados 110 hermanos, y otros 300 fueron bautizados después por Hubmeyer, entre ellos su propia esposa, la hija de un ciudadano de Waldshut. Ese mismo año Hubmeyer y su esposa, perdiendo todo lo que poseían, escaparon del ejército austriaco que avanzaba, y llegaron a Zurich. Allí pronto fueron descubiertos y encarcelados por el partido de Zwinglio. La ciudad y el cantón de Zurich en este tiempo estaban completamente bajo la influencia de Ulrico Zwinglio, quien había comenzado la obra de la Reforma en Suiza incluso antes que Lutero en Alemania. La doctrina de los reformistas suizos, la cual se diferenciaba en algunos aspectos de la enseñada por Lutero, se había difundido en muchos de los cantones y había penetrado lejos en los estados alemanes.
El Concilio de Zurich organizó un debate entre Hubmeyer y Zwinglio en el cual el primero, quebrantado por la prisión, se vio abrumado por su robusto adversario. Hubmeyer, temiendo ser entregado en manos del emperador, aun llegó al punto de retractarse de algunas de sus
enseñanzas, pero de inmediato se arrepintió amargamente de su temor de los hombres y le suplicó a Dios que lo perdonara y lo restituyera. De allí viajó a Constanza, y luego a Augsburgo, donde bautizó a Hans Denck.
En Nickolsburgo, en Moravia, Hubmeyer fue muy activo como escritor, llegando a imprimir alrededor de dieciséis libros. Durante su corta estancia en el distrito fueron bautizadas aproximadamente 6.000 personas, y se incrementó la membresía en las iglesias, llegando a la cifra de 15.000 miembros.
En ninguna manera estaban los hermanos de acuerdo en todos los puntos, y cuando el entusiasta predicador Hans Hut vino a Nickolsburgo y enseñó que no era bíblico para un creyente portar armas en el servicio militar de su país o para defensa propia, o pagar impuestos para mantener la guerra, Hubmeyer se le opuso.
En 1527, el Rey Fernando obligó a las autoridades a que le entregaran a Hubmeyer, y lo llevaron a Viena, donde el rey insistió en que lo torturaran y lo ejecutaran. La esposa de Hubmeyer lo animó a que permaneciera firme, y a los pocos meses después de su llegada a Viena fue llevado a una plataforma preparada para su ejecución en la plaza del mercado. Él oró en voz alta: “¡Oh, mi Dios misericordioso, dame paciencia en mi martirio! ¡Oh, mi Padre, gracias te doy porque hoy me llevarás fuera de este valle de tristeza! ¡Oh Cordero, Cordero, que quitas el pecado del mundo! ¡Oh, mi Dios, en tus manos encomiendo mi espíritu!” De las llamas se le escuchó gritar: “¡Jesús, Jesús!” Tres días después, su heroica esposa fue ahogada en el Danubio al ser lanzada desde el puente con una piedra atada alrededor de su cuello.
Uno de los hermanos más influyentes, que ayudó a guiar a las iglesias en los tiempos convulsos de la Reforma, fue Hans Denck. Él era natural de Baviera y había estudiado en Basilea, donde obtuvo su licenciatura, y tuvo que haber estado en contacto con Erasmo y el brillante círculo de impresores y eruditos que allí confluyó.
Al ser nombrado para dirigir una de las escuelas más importantes en Nuremberg, Hans se trasladó a esa ciudad (1523), donde el movimiento luterano ya había prevalecido por un año, guiado por el dotado joven Osiander Denck, también un joven de unos veinticinco años de edad, esperaba encontrar que la nueva religión hubiera traído consigo moralidad, integridad y santidad de vida entre la gente.
Sin embargo, se decepcionó al darse cuenta de que esto no era así, y al investigar la causa llegó a la conclusión de que todo se debía a una deficiencia en la enseñanza luterana. Dicha enseñanza, mientras insistía en la doctrina de la justificación por medio de la fe aparte de las obras, y en la abolición de los muchos abusos que habían prevalecido en la Iglesia Católica, se negaba a insistir en la necesidad de la obediencia, de negarse a sí mismo y de seguir a Cristo como parte imprescindible de la fe verdadera.
Al darse cuenta poco a poco de estas cosas, Osiander expuso (1551) cómo la experiencia sólo demostraba que la enseñanza de Wittenberg hacía a los hombres “seguros y despreocupados”. Él escribió: A la mayoría de los hombres no les gusta una enseñanza que les imponga requisitos estrictos de moral que restringen sus deseos naturales. Sin
embargo, a ellos les gusta ser considerados cristianos, y escuchan de buena gana a los hipócritas que predican que nuestra justicia consiste solamente en que Dios nos considera justos, incluso si somos personas malas, y que nuestra justicia se da aparte de nosotros y no está en nosotros, pues según semejante enseñanza ellos pueden ser considerados gente piadosa. Ay de aquellos que predican que los hombres de andar pecaminoso no pueden ser considerados piadosos; la mayoría de ellos se enojan cuando escuchan esto, como vemos y experimentamos, y les gustaría ver a todos estos predicadores expulsados o asesinados. Pero donde eso no puede llevarse a cabo, ellos fortalecen a sus predicadores hipócritas con alabanza, consuelo, presentes y protección, para que ellos puedan continuar felizmente y no darle cabida a la verdad, por muy clara que esta sea, y así los falsos cristianos y los predicadores hipócritas son lo mismo que los otros; tal como es la gente así son sus sacerdotes.
Denck se había dado cuenta de todo esto, mientras Osiander estaba lejos de llegar a esta conclusión, y aún calificaba de “horrible error” la enseñanza de Denck. De hecho, Osiander denunció a Denck ante los magistrados de la ciudad quienes lo invitaron a presentarse ante ellos y ante sus adversarios luteranos. En el debate, según relata uno de los del bando opuesto, Denck “se mostró a sí mismo tan capaz que resultó inútil contender con él de palabra”. De manera que se decidió
exigirle que entregara una confesión escrita de sus creencias sobre siete puntos importantes que le fueron indicados. Osiander declaró que estaría dispuesto a responder a esta por escrito. Sin embargo, cuando las respuestas de Denck fueron presentadas, los predicadores de Nuremberg declararon que no consideraban sabio continuar con la promesa de Osiander, tampoco se consideraron ellos mismos capaces de convencer a Denck. Por consiguiente, prefirieron darle su respuesta al Consejo de la ciudad.
El resultado fue que a Denck (1525) se le exigió abandonar Nuremberg antes del anochecer y alejarse no menos de dieciséis kilómetros de la ciudad, con la amenaza de que si él no prometía hacer esto bajo juramento sería encarcelado. La razón esgrimida fue que él había presentado errores anticristianos y se había atrevido a defenderlos, que él no aceptaría ninguna instrucción, y que sus respuestas eran tan erróneas y astutas que evidentemente resultaba inútil tratar de enseñarlo.
(Continuará)
Por Edmund Hamer Broadbent
Capítulo 9
Los anabaptistas
(1516–1566)
Aproximadamente en 1524, en Alemania, muchas de las iglesias de los hermanos como las que habían existido desde los tiempos antiguos y en muchas tierras, repitieron lo que se había hecho en Lhota en 1467; declararon su independencia como congregaciones de creyentes y su determinación de cumplir y llevar a cabo como iglesias las enseñanzas de la Escritura. Como se había hecho anteriormente en Lhota, ahora también los presentes que no habían sido aún bautizados en su condición de creyentes fueron bautizados por inmersión.
Esto trajo consigo el surgimiento de un nuevo nombre, un nombre que ellos mismos repudiaron, ya que se les atribuyó como un calificativo ofensivo a fin de dar la impresión de que ellos habían fundado una nueva secta; el nuevo nombre era el de anabaptistas (los bautizados de nuevo). Con el paso del tiempo, este nombre también fue atribuido a cierto grupo de personas comunitarias violentas de prácticas y principios subversivos del orden y la moralidad. Los hermanos no tenían ninguna relación con estas personas; pero al tildarlos con el mismo nombre, aquellos que perseguían a los hermanos parecían quedar justificados, como si estuvieran reprimiendo un alboroto peligroso.
Tal como la literatura de los cristianos en la antigüedad había sido destruida y sus historias habían sido escritas por sus enemigos, así se hizo nuevamente en el siglo XVI. En vista del lenguaje de violencia desenfrenada muy común en aquella época de polémica religiosa, resulta más indispensable que nunca indagar acerca de cualquier remanente de su propios escritos e informes.
En el informe del Concilio del Arzobispo de Colonia al Emperador Carlos V sobre el “movimiento anabaptista”, se dice que los anabaptistas se llamaban a sí mismos “los verdaderos cristianos”, que deseaban establecer la comunidad de bienes “la cual había sido la costumbre de los anabaptistas por más de mil años, como la historia antigua y las leyes imperiales testifican”. En ocasión de la disolución del Parlamento en Espira se afirmó que la “nueva secta de los anabaptistas” ya había sido condenada muchos cientos de años atrás y “prohibida por ley consuetudinaria”.
Por más de doce siglos el bautismo, de la manera que se enseña y describe en el Nuevo Testamento, se había convertido en una ofensa contra la ley, castigada con la muerte.
El avivamiento general estimulado por el Renacimiento provocó que muchas de las asambleas de creyentes que habían sido obligadas a permanecer ocultas debido a la persecución se dejaran ver nuevamente. Un edicto eclesiástico proclamado en Lyón contra uno de los hermanos decía: “De las cenizas de Waldo surgen nuevos retoños y es necesario imponer un castigo fuerte y severo para que sirva de ejemplo”.
De los valles suizos también emergieron muchos creyentes; ellos se llamaban entre sí hermanos y hermanas, y estaban plenamente conscientes de que no estaban fundando nada nuevo, sino que estaban dándole continuidad al testimonio de aquellos que durante siglos habían sido perseguidos como “herejes”, como demostraban los informes de sus mártires.
En Suiza el refugio de los creyentes perseguidos se encontraba principalmente en las montañas, mientras que en Alemania a menudo este se encontraba en la poderosa protección proporcionada por los gremios del comercio.
La época de la Reforma también sacó a la luz a muchos hermanos
escondidos quienes, uniéndose a las iglesias existentes y formando otras nuevas, crecieron rápidamente en membresía y desarrollaron tal actividad como para alarmar a las Iglesias del estado, tanto a las Católicas Romanas como a las Luteranas.
Un observador simpatizante, sin embargo no uno de ellos, escribió refiriéndose a ellos que en 1526 surgió un nuevo partido que se difundió tan rápidamente que su doctrina inundó a toda la región y hubo muchos que los siguieron; muchos que eran sinceros de corazón y celosos de Dios se unieron a ellos. Ellos no parecían enseñar otra cosa que no fuera el amor, la fe y la cruz, se mostraban pacientes y humildes en muchos sufrimientos, partían el pan los unos con los otros como un símbolo de unidad y amor, y se ayudaban los unos a los otros fielmente.
Ellos se mantuvieron unidos e incrementaron tan rápidamente que el mundo temió que pudieran provocar una revolución. Sin embargo, siempre resultaron ser inocentes de semejantes ideas, aunque en muchos lugares fueron tratados de manera tiránica.
Los hermanos tuvieron cuidado de tomar la Palabra de Dios como su guía y de no estar dispuestos a someterse al dominio del hombre. Pero, afortunadamente, reconocían como ancianos y supervisores en las diferentes iglesias a aquellos hombres entre ellos que poseían los dones del Espíritu Santo que los capacitaban para ser guías.
Durante este tiempo se encontraba entre ellos un guía preeminente, el Dr. Baltasar Hubmeyer. Luego de una brillante carrera como estudiante en la Universidad de Freiberg y como profesor de teología en Ingolstadt, fue nombrado predicador (1516) en la catedral en Ratisbona, donde su predicación atrajo a multitudes de oyentes.
Tres años más tarde se trasladó a Waldshut. Mientras estaba allí experimentó un cambio espiritual, aceptó la enseñanza de Lutero, y también llegó a ser considerado como alguien influenciado por la “herejía bohemia”, o sea, la enseñanza de las asambleas de los hermanos en Bohemia.
Su Invitación a los hermanos, el 11 de enero de 1524, convocaba a todos los interesados a reunirse en su casa, con sus Biblias. Él explicaba que el objetivo de la reunión era para ayudarse mutuamente por medio del conocimiento de la Palabra de Dios a fin de continuar alimentando a las ovejas de Cristo, y les recordaba que era una costumbre desde el tiempo de los apóstoles que aquellos llamados a ministrar la Palabra divina debían reunirse y recopilar consejo cristiano al tratar con asuntos de dificultad con relación a la fe.
Varias preguntas fueron sugeridas, las cuales, de manera sincera y afectuosa, ellos fueron exhortados a considerar a la luz de las Escrituras. Hubmeyer prometió que según su capacidad les proveería una cena fraternal y él correría con los gastos. Hubmeyer expresó sus propias ideas y enseñanzas así: “La santa iglesia cristiana universal es la hermandad de los santos y una fraternidad de muchos creyentes y piadosos que de común acuerdo honran a un Señor, un Dios, una fe y un bautismo”. Esta es, dijo él, “la asamblea de todos los cristianos en la tierra dondequiera que puedan estar en todo el mundo” o de otra manera, “una comunión apartada que consiste en varios hombres que creen en Cristo”. Y explicó: “Existen dos iglesias, que de hecho se abarcan entre sí, la iglesia general y la local (…) la iglesia local es una parte de la iglesia general que incluye a todos los que demuestran ser cristianos.” Con relación a la comunidad de bienes él dijo que esta consistía en “nuestra disposición de ayudar siempre a aquellos hermanos que se encuentran necesitados, ya que lo que poseemos no nos pertenece, sino que nos ha sido confiado como mayordomos de Dios”.
Él consideraba que a causa del pecado el poder de la espada había sido encomendado a los gobiernos terrenales, y que por ello era necesario someterse a él en el temor de Dios. Este tipo de reuniones tuvieron lugar a menudo en Basilea, donde Hubmeyer y sus amigos buscaban celosamente en las Sagradas Escrituras y analizaban las preguntas que se traían ante ellos.
Basilea fue un gran centro de actividad espiritual. Los impresores no tuvieron miedo de editar libros tildados de heréticos, y de sus imprentas salieron al mundo obras como las de Marsilio de Padua y Juan Wyclef. Entre los que se reunían con Hubmeyer para analizar las Escrituras se encontraban hermanos de una capacidad y dones extraordinarios. Uno de ellos fue Wilhelm Reublin. De él está registrado que explicaba las Sagradas Escrituras de una manera tan excelente y cristiana que nada igual se había escuchado antes, por lo que atrajo a grandes multitudes. Wilhelm había sido un sacerdote en Basilea y, durante ese tiempo, en la festividad católica del Corpus Cristi, había llevado una Biblia en procesión en lugar de la custodia con la hostia. Él fue bautizado, y posteriormente, cuando vivía cerca de Zurich, fue expulsado del país, continuando así sus predicaciones en Alemania y Moravia.
Allí llegaban a menudo hermanos del extranjero, por medio de cuyas visitas se mantuvieron relaciones con iglesias en otras tierras. Entre estos hermanos estaba Ricardo Crocus de Inglaterra, un erudito que ejerció gran influencia entre los estudiantes. También, vinieron muchos de Francia y de Holanda.
En 1527 se convocó otra conferencia de hermanos, en Moravia, en la cual estuvo presente Hubmeyer. Esta se celebró bajo la protección del Conde Leonardo y Hans de Liechtenstein; el primero fue bautizado en esta ocasión por Hubmeyer, que a su vez había sido bautizado dos años antes por Reublin. En aquella ocasión habían sido bautizados 110 hermanos, y otros 300 fueron bautizados después por Hubmeyer, entre ellos su propia esposa, la hija de un ciudadano de Waldshut. Ese mismo año Hubmeyer y su esposa, perdiendo todo lo que poseían, escaparon del ejército austriaco que avanzaba, y llegaron a Zurich. Allí pronto fueron descubiertos y encarcelados por el partido de Zwinglio. La ciudad y el cantón de Zurich en este tiempo estaban completamente bajo la influencia de Ulrico Zwinglio, quien había comenzado la obra de la Reforma en Suiza incluso antes que Lutero en Alemania. La doctrina de los reformistas suizos, la cual se diferenciaba en algunos aspectos de la enseñada por Lutero, se había difundido en muchos de los cantones y había penetrado lejos en los estados alemanes.
El Concilio de Zurich organizó un debate entre Hubmeyer y Zwinglio en el cual el primero, quebrantado por la prisión, se vio abrumado por su robusto adversario. Hubmeyer, temiendo ser entregado en manos del emperador, aun llegó al punto de retractarse de algunas de sus
enseñanzas, pero de inmediato se arrepintió amargamente de su temor de los hombres y le suplicó a Dios que lo perdonara y lo restituyera. De allí viajó a Constanza, y luego a Augsburgo, donde bautizó a Hans Denck.
En Nickolsburgo, en Moravia, Hubmeyer fue muy activo como escritor, llegando a imprimir alrededor de dieciséis libros. Durante su corta estancia en el distrito fueron bautizadas aproximadamente 6.000 personas, y se incrementó la membresía en las iglesias, llegando a la cifra de 15.000 miembros.
En ninguna manera estaban los hermanos de acuerdo en todos los puntos, y cuando el entusiasta predicador Hans Hut vino a Nickolsburgo y enseñó que no era bíblico para un creyente portar armas en el servicio militar de su país o para defensa propia, o pagar impuestos para mantener la guerra, Hubmeyer se le opuso.
En 1527, el Rey Fernando obligó a las autoridades a que le entregaran a Hubmeyer, y lo llevaron a Viena, donde el rey insistió en que lo torturaran y lo ejecutaran. La esposa de Hubmeyer lo animó a que permaneciera firme, y a los pocos meses después de su llegada a Viena fue llevado a una plataforma preparada para su ejecución en la plaza del mercado. Él oró en voz alta: “¡Oh, mi Dios misericordioso, dame paciencia en mi martirio! ¡Oh, mi Padre, gracias te doy porque hoy me llevarás fuera de este valle de tristeza! ¡Oh Cordero, Cordero, que quitas el pecado del mundo! ¡Oh, mi Dios, en tus manos encomiendo mi espíritu!” De las llamas se le escuchó gritar: “¡Jesús, Jesús!” Tres días después, su heroica esposa fue ahogada en el Danubio al ser lanzada desde el puente con una piedra atada alrededor de su cuello.
Uno de los hermanos más influyentes, que ayudó a guiar a las iglesias en los tiempos convulsos de la Reforma, fue Hans Denck. Él era natural de Baviera y había estudiado en Basilea, donde obtuvo su licenciatura, y tuvo que haber estado en contacto con Erasmo y el brillante círculo de impresores y eruditos que allí confluyó.
Al ser nombrado para dirigir una de las escuelas más importantes en Nuremberg, Hans se trasladó a esa ciudad (1523), donde el movimiento luterano ya había prevalecido por un año, guiado por el dotado joven Osiander Denck, también un joven de unos veinticinco años de edad, esperaba encontrar que la nueva religión hubiera traído consigo moralidad, integridad y santidad de vida entre la gente.
Sin embargo, se decepcionó al darse cuenta de que esto no era así, y al investigar la causa llegó a la conclusión de que todo se debía a una deficiencia en la enseñanza luterana. Dicha enseñanza, mientras insistía en la doctrina de la justificación por medio de la fe aparte de las obras, y en la abolición de los muchos abusos que habían prevalecido en la Iglesia Católica, se negaba a insistir en la necesidad de la obediencia, de negarse a sí mismo y de seguir a Cristo como parte imprescindible de la fe verdadera.
Al darse cuenta poco a poco de estas cosas, Osiander expuso (1551) cómo la experiencia sólo demostraba que la enseñanza de Wittenberg hacía a los hombres “seguros y despreocupados”. Él escribió: A la mayoría de los hombres no les gusta una enseñanza que les imponga requisitos estrictos de moral que restringen sus deseos naturales. Sin
embargo, a ellos les gusta ser considerados cristianos, y escuchan de buena gana a los hipócritas que predican que nuestra justicia consiste solamente en que Dios nos considera justos, incluso si somos personas malas, y que nuestra justicia se da aparte de nosotros y no está en nosotros, pues según semejante enseñanza ellos pueden ser considerados gente piadosa. Ay de aquellos que predican que los hombres de andar pecaminoso no pueden ser considerados piadosos; la mayoría de ellos se enojan cuando escuchan esto, como vemos y experimentamos, y les gustaría ver a todos estos predicadores expulsados o asesinados. Pero donde eso no puede llevarse a cabo, ellos fortalecen a sus predicadores hipócritas con alabanza, consuelo, presentes y protección, para que ellos puedan continuar felizmente y no darle cabida a la verdad, por muy clara que esta sea, y así los falsos cristianos y los predicadores hipócritas son lo mismo que los otros; tal como es la gente así son sus sacerdotes.
Denck se había dado cuenta de todo esto, mientras Osiander estaba lejos de llegar a esta conclusión, y aún calificaba de “horrible error” la enseñanza de Denck. De hecho, Osiander denunció a Denck ante los magistrados de la ciudad quienes lo invitaron a presentarse ante ellos y ante sus adversarios luteranos. En el debate, según relata uno de los del bando opuesto, Denck “se mostró a sí mismo tan capaz que resultó inútil contender con él de palabra”. De manera que se decidió
exigirle que entregara una confesión escrita de sus creencias sobre siete puntos importantes que le fueron indicados. Osiander declaró que estaría dispuesto a responder a esta por escrito. Sin embargo, cuando las respuestas de Denck fueron presentadas, los predicadores de Nuremberg declararon que no consideraban sabio continuar con la promesa de Osiander, tampoco se consideraron ellos mismos capaces de convencer a Denck. Por consiguiente, prefirieron darle su respuesta al Consejo de la ciudad.
El resultado fue que a Denck (1525) se le exigió abandonar Nuremberg antes del anochecer y alejarse no menos de dieciséis kilómetros de la ciudad, con la amenaza de que si él no prometía hacer esto bajo juramento sería encarcelado. La razón esgrimida fue que él había presentado errores anticristianos y se había atrevido a defenderlos, que él no aceptaría ninguna instrucción, y que sus respuestas eran tan erróneas y astutas que evidentemente resultaba inútil tratar de enseñarlo.
(Continuará)

