01-05-2014, 03:22 PM
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadbent
Al declarar finalmente la divergencia de su modo de pensar con respecto al que estaba adoptando Lutero, Staupitz contrasta a los cristianos nominales con los verdaderos, y escribe:
"Ahora está de moda separar la fe de la vida evangélica, como si fuera posible tener una fe verdadera en Cristo y aún permanecer diferente de él en la vida." (...)
Lutero enseñó: “Aprendan del apóstol Pablo que el Evangelio enseña que Cristo vino, no para darnos una nueva ley por la cual debamos andar, sino para poderse entregar a sí mismo como una ofrenda por los pecados de todo el mundo”. Las iglesias primitivas habían enseñado siempre que el verdadero cristiano es aquel que, habiendo recibido la vida de Cristo por fe, continuamente se esfuerza y desea, por medio de Cristo que mora en él, andar conforme a su ejemplo y su Palabra.
Lutero, mediante sus poderosos golpes, se abrió paso por entre los privilegios y abusos bien arraigados por mucho tiempo, para que finalmente la Reforma fuera posible. Él reveló a Cristo a innumerables pecadores. Lo reveló como el Salvador a quien cada uno estaba invitado a venir, sin la intervención del sacerdote, santo, Iglesia o sacramento, tampoco gracias a ninguna bondad en sí mismo, sino como un pecador con todas sus necesidades, para encontrar en Cristo, por medio de la fe en él, la salvación perfecta, basada en la obra perfecta del Hijo de Dios.
Sin embargo, en lugar de continuar en el camino de la Palabra de Dios, Lutero edificó una iglesia en la cual fueron reformados algunos abusos, pero que en muchos aspectos era una reproducción del antiguo sistema. Las multitudes que acudieron a él en busca de guía aceptaron aquella forma en la que él moldeó la Iglesia Luterana. Muchos, al ver que él no continuó en el camino hacia un regreso a las Escrituras, lo cual ellos habían esperado, se quedaron donde estaban, en la Iglesia Católica Romana, y las esperanzas suscitadas entre los hermanos poco a poco se desvanecieron al verse a sí mismos situados entre dos sistemas eclesiásticos, cada uno de los cuales estaba dispuesto a emplear la espada para exigir conformidad en asuntos de conciencia.
Lutero había visto el modelo divino para las iglesias, y no fue sin enfrentarse a una lucha interna que él abandonó la enseñanza del Nuevo Testamento y dejó el modelo de asambleas independientes de verdaderos cristianos para estar a favor del sistema de la Iglesia nacional o Iglesia del estado, sistema que adoptó por la presión de las circunstancias externas.
La diferencia irreconciliable entre estos dos ideales fue la causa esencial del conflicto. El bautismo y la Cena del Señor adquirieron tal importancia en el conflicto precisamente porque en la iglesia verdadera ambas ordenanzas marcan el abismo que separa a la iglesia del mundo, mientras que en la Iglesia oficial se usan como puente sobre dicho abismo; el bautismo de infantes y la administración general de la Cena del Señor no requieren de los participantes una fe personal. Además, los poderes que se arrogan a un sacerdocio como único capaz de llevar a cabo estos rituales, someten al pueblo bajo un yugo en asuntos de fe y conciencia, que, al obrar en conjunto con el estado o el gobierno civil, imposibilitan la existencia de iglesias libres, y convierten la religión en un asunto de la nación. Tal Iglesia oficial es muy comprensiva. Puede incluir una gran variedad de opiniones. Puede acoger a los incrédulos, consentir mucha maldad, e incluso puede permitir que su clero exprese incredulidad en las Escrituras. En cambio, tal Iglesia, si tiene el poder para prevenirlo, no tolerará a aquellos que bautizan a los creyentes o a los que se apartan y toman la Cena del Señor como discípulos de Cristo, porque estas cosas atacan los fundamentos de su carácter como Iglesia oficial, aunque no son los rituales en sí mismos la causa fundamental de la diferencia, sino el asunto de iglesia.
Con poder y valentía sin precedentes, Lutero había sacado a la luz las verdades de la Escritura en lo concerniente a la salvación individual del pecador por medio de la fe, pero fracasó cuando pudo haber señalado el camino de regreso a las Escrituras en todas las cosas, incluyendo su enseñanza con relación a la iglesia. Él había enseñado: “Lo digo cien mil veces, Dios no tendrá un servicio forzado. Nadie puede o deberá ser forzado a creer.” En 1526, él había escrito: El orden evangélico correcto no puede ser practicado por toda clase de gente, sino entre aquellos que seriamente estén decididos a ser cristianos y a confesar el Evangelio en lo que dicen y hacen. Tales personas deben inscribir sus nombres y reunirse aparte en una casa para la oración y la lectura, para bautizarse, para cumplir con el sacramento y para ejercitar otras obras cristianas. Dentro de este orden sería posible identificar, reprobar, restituir o excomulgar, conforme a la norma de Cristo, a aquellos que no se comporten de manera cristiana (Mateo 18.15). Allí, además, ellos podrían, de manera común, recolectar limosnas que serían dadas voluntariamente, y distribuidas generosamente entre los pobres, de acuerdo con el ejemplo de Pablo (2 Corintios 9.1–12). Allí no sería necesario disponer de muchos cantos ni cantos finísimos. Allí podría practicarse una manera sencilla y corta del bautismo y del sacramento, y todo estaría conforme a la Palabra de Dios y en amor. Sin embargo, yo no puedo ordenar y establecer semejante asamblea aún, porque aún no cuento con la gente adecuada para esto. No obstante, si me correspondiera hacerlo, y no tuviera otra alternativa, estaría dispuesto a hacer mi parte. Mientras tanto, continuaré convocando, estimulando, predicando, ayudando, y fomentando la formación de esta asamblea hasta que los cristianos tomen la Palabra de Dios tan en serio que ellos mismos encuentren la manera de formarla y continuar en ella.
Sin embargo, Lutero sabía que la “gente adecuada” estaba allí; gente a quien él describió como “hijos verdaderos de Dios, santos y piadosos”.
Después de mucha indecisión, finalmente él llegó a oponerse a cualquier intento de poner en práctica lo que tan excelentemente él había descrito. Sin embargo, a diferencia de muchos de sus seguidores, Lutero no consideró la Iglesia Luterana como la mejor forma posible de religión que se pudiera concebir; él la describió como “provisional”, como el “atrio exterior” y no el “santuario”, y no cesó de exhortar y advertir a las personas. Él dijo: Si nos fijamos en lo que ahora hacen los que se consideran evangélicos y que saben hablar mucho acerca de Cristo, no hay nada más allá de sus palabras. La mayoría de esas personas se engañan a sí mismas. La cantidad de personas que comenzaron con nosotros y que encontraron satisfacción en nuestra enseñanza era antes diez veces mayor; ahora ni una décima parte de ellos se mantiene firme. Lo que ellos realmente hacen es decir palabras, como el perico que repite lo que la gente dice, pero sus corazones no las experimentan. Siguen siendo lo que han sido; no experimentan ni sienten cuán verdadero y fiel es Dios. Estas personas presumen mucho del Evangelio y al principio lo buscan honradamente, sin embargo, después no queda nada; porque hacen lo que les gusta, se dedican a sus lujurias, se vuelven peores de lo que una vez fueron y son mucho más indisciplinadas y presumidas (…) que otros, teniendo en cuenta que los campesinos, los ciudadanos, los miembros de la nobleza son todos más codiciosos e indisciplinados de lo que eran antes bajo el papado (…)
¡Oh, Dios nuestro Señor, si practicáramos esta doctrina correctamente, verías que de mil personas que ahora acuden al sacramento apenas cien de ellas irían! Entonces serían menos los horribles pecados con los cuales el Papa con su ley infernal ha inundado el mundo. Finalmente, llegaríamos a ser una asamblea cristiana, mientras que ahora somos casi completamente paganos con el nombre de cristianos. Y luego podríamos separar de entre nosotros a aquellos de quienes sabemos por sus obras que nunca creyeron y nunca tuvieron vida, algo que ahora nos es imposible. Una vez que la nueva Iglesia fue puesta bajo el poder del estado, no pudo ser alterada, pero Lutero nunca pretendió que las iglesias que él había establecido hubieran sido ordenadas según el modelo de las Escrituras.
Mientras que Melanchthon hablaba de los príncipes protestantes como “miembros principales de la Iglesia”, Lutero los llamaba “Obispos provisionales”, y a menudo expresaba su pesar por la libertad perdida del cristiano y por la independencia de las congregaciones cristianas que una vez había sido su objetivo.
A partir del momento en que Lutero quemó la Bula del Papa, y la Reforma comenzó su curso, otro hombre se estaba preparando para la obra que iba a ser el medio fundamental para contener el progreso del protestantismo y para organizar la Contrarreforma que devolvió a la Iglesia de Roma extensos distritos donde el movimiento de la Reforma ya había prevalecido.
Ignacio Loyola, de ascendencia noble española, nació en 1491, se convirtió en paje en la corte de Fernando e Isabel, y luego en soldado. Se distinguió desde el principio por su valentía intrépida, pero una herida que recibió cuando tenía treinta años de edad, que lo dejó permanentemente cojo, cambió completamente el curso de su vida. Durante la larga convalecencia que siguió a su herida, leyó algunos de los libros de los místicos, y llegó a sentir un anheló ferviente de liberarse de las lujurias de su vida anterior y hacer grandes hazañas, ya no para la gloria militar al servicio de un rey terrenal, sino para Dios y como un soldado de Jesucristo. “Muéstrame, ¡oh, Señor!”, oraba, “dónde puedo yo encontrarte. Te seguiré como un perro, si tan sólo pudiera conocer el camino de la salvación.” Luego de un largo conflicto, Loyola entregó su vida a Dios, encontró paz en la certeza de que sus pecados habían sido perdonados, y se liberó del poder de los deseos carnales.
En el famoso monasterio de Montserrat, entre los picos montañosos que parecían como llamas convertidas en rocas, después de una vigilia y una confesión, Loyola colgó sus armas ante una antigua imagen de madera de la Virgen y se consagró al servicio de ella y de Cristo. Regaló su ropa, y, tomando el atavío característico de un peregrino, se fue cojeando hasta el vecino monasterio dominico de Manresa. Allí siguió los métodos comunes de examen de conciencia de los místicos. Además, se dispuso a anotar con una exactitud minuciosa todo lo que había observado en sí mismo —meditaciones, visiones y, además, posturas y posiciones externas, para así descubrir cuáles eran las más favorables para el desarrollo del éxtasis espiritual. Fue allí donde él escribió gran parte de su libro, "Ejercicios espirituales", el cual más adelante llegó a ejercer una poderosa influencia. La búsqueda de los místicos de una comunión inmediata con Dios, sin la intervención sacerdotal o de otro tipo, los llevó constantemente a tener conflictos con los sacerdotes. Loyola fue encarcelado más de una vez por la Inquisición y por los dominicos porque sospechaban que él apoyara esta doctrina. Pero él siempre logró demostrarles que él no era lo que ellos creían, y de esa manera lograba su libertad. Realmente, aunque al principio se vio fuertemente afectado por los escritos de los místicos, Loyola desarrolló un sistema que resultó ser todo lo contrario de su enseñanza. En lugar de buscar las experiencias de una comunión directa con Cristo, él puso a cada miembro de su sociedad bajo la dirección de un hombre, su confesor, a quien prometía dar a conocer los secretos más íntimos de su vida y rendir una obediencia absoluta. El plan fue el de un ejército de soldados, en que cada miembro de su sociedad estaba sujeto a la voluntad de otro por encima de él, e incluso el de mayor rango era controlado por aquellos nombrados para observar cada acto y juzgar cada motivación.
En el transcurso de los años de estudio y viajes, de enseñanzas y actividades caritativas, durante los cuales hubo esfuerzos vanos por llegar a Jerusalén y, además, por tener entrevistas con el Papa, poco a poco se agrupó alrededor de Loyola una compañía de personas que fue organizada por él como la “Compañía de Jesús” en París en 1534. Él y seis más, incluyendo a Francisco Javier, hicieron votos de pobreza y castidad y de actividad misionera.
En 1540 el Papa reconoció la “Compañía de Jesús” a la cual se le dio por primera vez el nombre de “Jesuitas” por Calvino y otros que se opusieron a ella. La elección cuidadosa y el largo y especial entrenamiento de sus miembros, durante el cual se les enseñaba una absoluta sumisión de su propia voluntad a la de sus superiores, los convirtió en un arma por medio de la cual no sólo se contuvo la Reforma, sino que, además, se organizó una Contrarreforma que le devolvió a Roma mucho de lo que había perdido. La Compañía obró constante y hábilmente para lograr una reacción.
Su rápido auge en el poder y sus métodos sin escrúpulos le produjeron muchos adversarios, incluso dentro de la Iglesia de Roma, así como en varios países donde su interferencia fue resentida no sólo en asuntos religiosos, sino, además, en cuestiones civiles. Su historia fue algo escabrosa. En ocasiones llegó al punto de dominar completamente la política de una nación, pero luego era rechazada y prohibida del todo —sólo para regresar cuando las circunstancias fueran nuevamente
favorables.
El intento de Hermann von Wied, Arzobispo Elector de Colonia, de producir una Reforma Católica y una reconciliación con los reformistas, fue frustrado por Canisius, hábil representante que la Compañía había ganado en Alemania, mientras que en innumerables casos los movimientos de reforma fueron reprimidos o anulados, y el dominio de Roma resultó fortalecido por sus actividades.
Devotos y diligentes miembros de esta compañía salieron como misioneros y llevaron consigo la forma de religión que ellos representaban, a los pueblos paganos de la India, China y América.
Bibliografía:
A History of the Reformation, Thos. M. Lindsay (T. & T. Clark, Edinburgh.
1906–1907. 2 tomos).
Die Reformation und die älteren Reform Parteien, Dr. Ludwig Keller.
Life and Letters of Erasmus, J. A. Froude.
A History of the Reformation, Thomas M. Lindsay, M.A, D.D.
Encyclopaedia Britannica, Artículo: Loyola.
Por Edmund Hamer Broadbent
Al declarar finalmente la divergencia de su modo de pensar con respecto al que estaba adoptando Lutero, Staupitz contrasta a los cristianos nominales con los verdaderos, y escribe:
"Ahora está de moda separar la fe de la vida evangélica, como si fuera posible tener una fe verdadera en Cristo y aún permanecer diferente de él en la vida." (...)
Lutero enseñó: “Aprendan del apóstol Pablo que el Evangelio enseña que Cristo vino, no para darnos una nueva ley por la cual debamos andar, sino para poderse entregar a sí mismo como una ofrenda por los pecados de todo el mundo”. Las iglesias primitivas habían enseñado siempre que el verdadero cristiano es aquel que, habiendo recibido la vida de Cristo por fe, continuamente se esfuerza y desea, por medio de Cristo que mora en él, andar conforme a su ejemplo y su Palabra.
Lutero, mediante sus poderosos golpes, se abrió paso por entre los privilegios y abusos bien arraigados por mucho tiempo, para que finalmente la Reforma fuera posible. Él reveló a Cristo a innumerables pecadores. Lo reveló como el Salvador a quien cada uno estaba invitado a venir, sin la intervención del sacerdote, santo, Iglesia o sacramento, tampoco gracias a ninguna bondad en sí mismo, sino como un pecador con todas sus necesidades, para encontrar en Cristo, por medio de la fe en él, la salvación perfecta, basada en la obra perfecta del Hijo de Dios.
Sin embargo, en lugar de continuar en el camino de la Palabra de Dios, Lutero edificó una iglesia en la cual fueron reformados algunos abusos, pero que en muchos aspectos era una reproducción del antiguo sistema. Las multitudes que acudieron a él en busca de guía aceptaron aquella forma en la que él moldeó la Iglesia Luterana. Muchos, al ver que él no continuó en el camino hacia un regreso a las Escrituras, lo cual ellos habían esperado, se quedaron donde estaban, en la Iglesia Católica Romana, y las esperanzas suscitadas entre los hermanos poco a poco se desvanecieron al verse a sí mismos situados entre dos sistemas eclesiásticos, cada uno de los cuales estaba dispuesto a emplear la espada para exigir conformidad en asuntos de conciencia.
Lutero había visto el modelo divino para las iglesias, y no fue sin enfrentarse a una lucha interna que él abandonó la enseñanza del Nuevo Testamento y dejó el modelo de asambleas independientes de verdaderos cristianos para estar a favor del sistema de la Iglesia nacional o Iglesia del estado, sistema que adoptó por la presión de las circunstancias externas.
La diferencia irreconciliable entre estos dos ideales fue la causa esencial del conflicto. El bautismo y la Cena del Señor adquirieron tal importancia en el conflicto precisamente porque en la iglesia verdadera ambas ordenanzas marcan el abismo que separa a la iglesia del mundo, mientras que en la Iglesia oficial se usan como puente sobre dicho abismo; el bautismo de infantes y la administración general de la Cena del Señor no requieren de los participantes una fe personal. Además, los poderes que se arrogan a un sacerdocio como único capaz de llevar a cabo estos rituales, someten al pueblo bajo un yugo en asuntos de fe y conciencia, que, al obrar en conjunto con el estado o el gobierno civil, imposibilitan la existencia de iglesias libres, y convierten la religión en un asunto de la nación. Tal Iglesia oficial es muy comprensiva. Puede incluir una gran variedad de opiniones. Puede acoger a los incrédulos, consentir mucha maldad, e incluso puede permitir que su clero exprese incredulidad en las Escrituras. En cambio, tal Iglesia, si tiene el poder para prevenirlo, no tolerará a aquellos que bautizan a los creyentes o a los que se apartan y toman la Cena del Señor como discípulos de Cristo, porque estas cosas atacan los fundamentos de su carácter como Iglesia oficial, aunque no son los rituales en sí mismos la causa fundamental de la diferencia, sino el asunto de iglesia.
Con poder y valentía sin precedentes, Lutero había sacado a la luz las verdades de la Escritura en lo concerniente a la salvación individual del pecador por medio de la fe, pero fracasó cuando pudo haber señalado el camino de regreso a las Escrituras en todas las cosas, incluyendo su enseñanza con relación a la iglesia. Él había enseñado: “Lo digo cien mil veces, Dios no tendrá un servicio forzado. Nadie puede o deberá ser forzado a creer.” En 1526, él había escrito: El orden evangélico correcto no puede ser practicado por toda clase de gente, sino entre aquellos que seriamente estén decididos a ser cristianos y a confesar el Evangelio en lo que dicen y hacen. Tales personas deben inscribir sus nombres y reunirse aparte en una casa para la oración y la lectura, para bautizarse, para cumplir con el sacramento y para ejercitar otras obras cristianas. Dentro de este orden sería posible identificar, reprobar, restituir o excomulgar, conforme a la norma de Cristo, a aquellos que no se comporten de manera cristiana (Mateo 18.15). Allí, además, ellos podrían, de manera común, recolectar limosnas que serían dadas voluntariamente, y distribuidas generosamente entre los pobres, de acuerdo con el ejemplo de Pablo (2 Corintios 9.1–12). Allí no sería necesario disponer de muchos cantos ni cantos finísimos. Allí podría practicarse una manera sencilla y corta del bautismo y del sacramento, y todo estaría conforme a la Palabra de Dios y en amor. Sin embargo, yo no puedo ordenar y establecer semejante asamblea aún, porque aún no cuento con la gente adecuada para esto. No obstante, si me correspondiera hacerlo, y no tuviera otra alternativa, estaría dispuesto a hacer mi parte. Mientras tanto, continuaré convocando, estimulando, predicando, ayudando, y fomentando la formación de esta asamblea hasta que los cristianos tomen la Palabra de Dios tan en serio que ellos mismos encuentren la manera de formarla y continuar en ella.
Sin embargo, Lutero sabía que la “gente adecuada” estaba allí; gente a quien él describió como “hijos verdaderos de Dios, santos y piadosos”.
Después de mucha indecisión, finalmente él llegó a oponerse a cualquier intento de poner en práctica lo que tan excelentemente él había descrito. Sin embargo, a diferencia de muchos de sus seguidores, Lutero no consideró la Iglesia Luterana como la mejor forma posible de religión que se pudiera concebir; él la describió como “provisional”, como el “atrio exterior” y no el “santuario”, y no cesó de exhortar y advertir a las personas. Él dijo: Si nos fijamos en lo que ahora hacen los que se consideran evangélicos y que saben hablar mucho acerca de Cristo, no hay nada más allá de sus palabras. La mayoría de esas personas se engañan a sí mismas. La cantidad de personas que comenzaron con nosotros y que encontraron satisfacción en nuestra enseñanza era antes diez veces mayor; ahora ni una décima parte de ellos se mantiene firme. Lo que ellos realmente hacen es decir palabras, como el perico que repite lo que la gente dice, pero sus corazones no las experimentan. Siguen siendo lo que han sido; no experimentan ni sienten cuán verdadero y fiel es Dios. Estas personas presumen mucho del Evangelio y al principio lo buscan honradamente, sin embargo, después no queda nada; porque hacen lo que les gusta, se dedican a sus lujurias, se vuelven peores de lo que una vez fueron y son mucho más indisciplinadas y presumidas (…) que otros, teniendo en cuenta que los campesinos, los ciudadanos, los miembros de la nobleza son todos más codiciosos e indisciplinados de lo que eran antes bajo el papado (…)
¡Oh, Dios nuestro Señor, si practicáramos esta doctrina correctamente, verías que de mil personas que ahora acuden al sacramento apenas cien de ellas irían! Entonces serían menos los horribles pecados con los cuales el Papa con su ley infernal ha inundado el mundo. Finalmente, llegaríamos a ser una asamblea cristiana, mientras que ahora somos casi completamente paganos con el nombre de cristianos. Y luego podríamos separar de entre nosotros a aquellos de quienes sabemos por sus obras que nunca creyeron y nunca tuvieron vida, algo que ahora nos es imposible. Una vez que la nueva Iglesia fue puesta bajo el poder del estado, no pudo ser alterada, pero Lutero nunca pretendió que las iglesias que él había establecido hubieran sido ordenadas según el modelo de las Escrituras.
Mientras que Melanchthon hablaba de los príncipes protestantes como “miembros principales de la Iglesia”, Lutero los llamaba “Obispos provisionales”, y a menudo expresaba su pesar por la libertad perdida del cristiano y por la independencia de las congregaciones cristianas que una vez había sido su objetivo.
A partir del momento en que Lutero quemó la Bula del Papa, y la Reforma comenzó su curso, otro hombre se estaba preparando para la obra que iba a ser el medio fundamental para contener el progreso del protestantismo y para organizar la Contrarreforma que devolvió a la Iglesia de Roma extensos distritos donde el movimiento de la Reforma ya había prevalecido.
Ignacio Loyola, de ascendencia noble española, nació en 1491, se convirtió en paje en la corte de Fernando e Isabel, y luego en soldado. Se distinguió desde el principio por su valentía intrépida, pero una herida que recibió cuando tenía treinta años de edad, que lo dejó permanentemente cojo, cambió completamente el curso de su vida. Durante la larga convalecencia que siguió a su herida, leyó algunos de los libros de los místicos, y llegó a sentir un anheló ferviente de liberarse de las lujurias de su vida anterior y hacer grandes hazañas, ya no para la gloria militar al servicio de un rey terrenal, sino para Dios y como un soldado de Jesucristo. “Muéstrame, ¡oh, Señor!”, oraba, “dónde puedo yo encontrarte. Te seguiré como un perro, si tan sólo pudiera conocer el camino de la salvación.” Luego de un largo conflicto, Loyola entregó su vida a Dios, encontró paz en la certeza de que sus pecados habían sido perdonados, y se liberó del poder de los deseos carnales.
En el famoso monasterio de Montserrat, entre los picos montañosos que parecían como llamas convertidas en rocas, después de una vigilia y una confesión, Loyola colgó sus armas ante una antigua imagen de madera de la Virgen y se consagró al servicio de ella y de Cristo. Regaló su ropa, y, tomando el atavío característico de un peregrino, se fue cojeando hasta el vecino monasterio dominico de Manresa. Allí siguió los métodos comunes de examen de conciencia de los místicos. Además, se dispuso a anotar con una exactitud minuciosa todo lo que había observado en sí mismo —meditaciones, visiones y, además, posturas y posiciones externas, para así descubrir cuáles eran las más favorables para el desarrollo del éxtasis espiritual. Fue allí donde él escribió gran parte de su libro, "Ejercicios espirituales", el cual más adelante llegó a ejercer una poderosa influencia. La búsqueda de los místicos de una comunión inmediata con Dios, sin la intervención sacerdotal o de otro tipo, los llevó constantemente a tener conflictos con los sacerdotes. Loyola fue encarcelado más de una vez por la Inquisición y por los dominicos porque sospechaban que él apoyara esta doctrina. Pero él siempre logró demostrarles que él no era lo que ellos creían, y de esa manera lograba su libertad. Realmente, aunque al principio se vio fuertemente afectado por los escritos de los místicos, Loyola desarrolló un sistema que resultó ser todo lo contrario de su enseñanza. En lugar de buscar las experiencias de una comunión directa con Cristo, él puso a cada miembro de su sociedad bajo la dirección de un hombre, su confesor, a quien prometía dar a conocer los secretos más íntimos de su vida y rendir una obediencia absoluta. El plan fue el de un ejército de soldados, en que cada miembro de su sociedad estaba sujeto a la voluntad de otro por encima de él, e incluso el de mayor rango era controlado por aquellos nombrados para observar cada acto y juzgar cada motivación.
En el transcurso de los años de estudio y viajes, de enseñanzas y actividades caritativas, durante los cuales hubo esfuerzos vanos por llegar a Jerusalén y, además, por tener entrevistas con el Papa, poco a poco se agrupó alrededor de Loyola una compañía de personas que fue organizada por él como la “Compañía de Jesús” en París en 1534. Él y seis más, incluyendo a Francisco Javier, hicieron votos de pobreza y castidad y de actividad misionera.
En 1540 el Papa reconoció la “Compañía de Jesús” a la cual se le dio por primera vez el nombre de “Jesuitas” por Calvino y otros que se opusieron a ella. La elección cuidadosa y el largo y especial entrenamiento de sus miembros, durante el cual se les enseñaba una absoluta sumisión de su propia voluntad a la de sus superiores, los convirtió en un arma por medio de la cual no sólo se contuvo la Reforma, sino que, además, se organizó una Contrarreforma que le devolvió a Roma mucho de lo que había perdido. La Compañía obró constante y hábilmente para lograr una reacción.
Su rápido auge en el poder y sus métodos sin escrúpulos le produjeron muchos adversarios, incluso dentro de la Iglesia de Roma, así como en varios países donde su interferencia fue resentida no sólo en asuntos religiosos, sino, además, en cuestiones civiles. Su historia fue algo escabrosa. En ocasiones llegó al punto de dominar completamente la política de una nación, pero luego era rechazada y prohibida del todo —sólo para regresar cuando las circunstancias fueran nuevamente
favorables.
El intento de Hermann von Wied, Arzobispo Elector de Colonia, de producir una Reforma Católica y una reconciliación con los reformistas, fue frustrado por Canisius, hábil representante que la Compañía había ganado en Alemania, mientras que en innumerables casos los movimientos de reforma fueron reprimidos o anulados, y el dominio de Roma resultó fortalecido por sus actividades.
Devotos y diligentes miembros de esta compañía salieron como misioneros y llevaron consigo la forma de religión que ellos representaban, a los pueblos paganos de la India, China y América.
Bibliografía:
A History of the Reformation, Thos. M. Lindsay (T. & T. Clark, Edinburgh.
1906–1907. 2 tomos).
Die Reformation und die älteren Reform Parteien, Dr. Ludwig Keller.
Life and Letters of Erasmus, J. A. Froude.
A History of the Reformation, Thomas M. Lindsay, M.A, D.D.
Encyclopaedia Britannica, Artículo: Loyola.

