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Historia de la Iglesia (30)
#1
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadbent

Capítulo 8
La Reforma
(1500–1550)

Los hermanos de la “vida común”, en el siglo XV y principios del XVI, establecieron una red de escuelas a través de los Países Bajos y el noroeste de Alemania. Su fundador fue Gerhard Groote de Deventer, Países Bajos, quien, con el consejo de Jan van Rysbroeck, formó la hermandad y estableció la primera escuela en Deventer. Groote expresó su principio sobre la enseñanza cuando dijo: “La raíz del estudio y el dechado de la vida debe ser en primer lugar el Evangelio de Cristo”.
Él opinaba que el aprendizaje sin la piedad estaba más propenso a ser una maldición que una bendición. La enseñanza fue excelente; la escuela en Deventer, bajo la dirección del famoso maestro Alejandro Hegius, tenía 2.000 alumnos. Tomás de Kempis, quien posteriormente escribió la Imitación de Cristo, estudió en esa escuela, y Erasmo también fue un alumno en ese lugar. Las escuelas se difundieron ampliamente; el idioma latín era enseñado y también un poco el griego. Los niños aprendían a cantar himnos evangélicos en latín. Se llevaban a cabo clases para los adultos en las cuales se leía de los Evangelios en el idioma del país.

Se copiaban los manuscritos del Nuevo Testamento y, posteriormente, se imprimieron. Se multiplicaron los folletos de los “hermanos” y de los amigos de Dios. De esta manera se proveía una educación sana basada en las Sagradas Escrituras.
Un himnario, publicado en Ulm en 1538, muestra los logros alcanzados en lo referente a material para alabanza y adoración en las congregaciones de los hermanos. El final del extenso título del himnario afirma que este era usado y cantado diariamente para la honra de Dios por “la hermandad cristiana, los picardos, hasta ahora considerados como no cristianos y herejes”.
La Biblia ocupó el primer lugar en la instrucción y desarrollo de Martín Lutero. Él también recibió la ayuda de Juan Staupitz, y encontró en los escritos de Tauler y de algunos de los hermanos, más doctrina divina, según dijo, que en todas las universidades y enseñanzas de los catedráticos. Nada era más sano ni correspondía más al Evangelio.

Pronto se convirtió en un escritor activo, y sus primeros panfletos (1517–1520)3 fueron escritos en el espíritu de los hermanos.
Mostraron que la salvación no se obtiene por medio de la intervención de la Iglesia, sino que todo hombre tiene acceso directo a Dios y encuentra la salvación por medio de la fe en Cristo y la obediencia a su Palabra. Lo cautivó la enseñanza bíblica de que la salvación es por medio de la gracia de Dios, mediante la fe en Jesucristo, y que no se obtiene por nuestras propias obras. La destreza y el entusiasmo con que Lutero predicó estas verdades no sólo despertaron interés y esperanza en los círculos donde ya se conocían, sino que afectaron fuertemente a otros que hasta ahora habían estado ignorantes de ellas.

En 1517, un destacado vendedor de indulgencias papales, Juan Tetzel, mostró tal desvergüenza e irresponsabilidad en su negocio que, quizá más que otra cosa, impresionó a la gente por su charlatanería. Cuando Tetzel llegó a Wittenberg, Lutero, después de intentar en vano que el Elector
de Sajonia tomara alguna acción, y alentado por Staupitz, fijó él mismo en las puertas de la iglesia las noventa y cinco tesis que estremecieron a toda Europa, pues los hombres entendieron que finalmente se había levantado una voz para pronunciar el sentir de la mayoría —que todo el sistema de indulgencias era un fraude y que no tenía cabida en el Evangelio. Un pobre monje ahora se enfrentaba a todo el extenso poder papal y luchaba en contra suya. Su Llamamiento a la nobleza de la nación alemana sobre la libertad del hombre cristiano y su Cautiverio babilónico de la Iglesia fueron un llamado a toda Europa. El Papa León X promulgó una Bula para excomulgar a Lutero; Lutero la quemó públicamente en Wittenberg (1520).
Al ser llamado a Worms a presentarse ante las autoridades papales, Lutero desafió todos los peligros
y fue, y nadie fue capaz de hacerle daño. Cuando se marchó de allí, al verse amenazada su vida, sus
amigos lo llevaron en secreto a un castillo, el castillo de Wartburg, y permitieron que la gente creyera que él estaba muerto. Allí tradujo el Nuevo Testamento al alemán, traduciendo posteriormente el Antiguo Testamento.
El efecto de que cada vez se leyera más y más las Escrituras, sumado al hecho de que se vivía un tiempo en que las preguntas sobre religión estaban agitando violentamente a las masas de la población, cambiaría por completo el carácter de la cristiandad.
La pesada desesperanza con que los hombres habían visto la siempre creciente corrupción y rapacidad de la Iglesia se había transformado en una esperanza viva de que ahora, finalmente, había llegado la hora del avivamiento, la hora de un retorno al cristianismo apostólico y primitivo. El mismo Cristo fue visto nuevamente manifestado en las Escrituras como el Redentor, el Salvador de los pecadores sin necesidad de intermediarios, y el camino a Dios para la humanidad sufrida.
Sin embargo, con semejante divergencia de opinión e interés tan radical, el conflicto fue inevitable. Los seguidores de Lutero y los grupos de simpatizantes se incrementaron enormemente.
Pero el antiguo sistema de la Iglesia Católica Romana no iba a transformarse sin una lucha. Hubo algunos que, junto con Erasmo, guardaban la esperanza de que habría tolerancia y paz, pero los monjes, que veían desaparecer su posición y privilegios, se volvieron desmedidamente violentos, y las autoridades papales decidieron usar las antiguas armas de maldición y asesinato para aniquilar el nuevo movimiento. Por su parte, Lutero fue abandonando su humildad inicial y llegó a ser tan dogmático como el Papa.

Las rivalidades políticas hicieron que la situación se tornara más peligrosa. La opresión de los obreros agrícolas condujo a la sublevación de los campesinos (1524–1525), por la que la otra parte culpó a Lutero y su partido. Una conflagración general amenazaba a las naciones. Erasmo escribió (1520): “Ojalá Lutero (…) se tranquilizara por un tiempo (…) Lo que él dice pudiera ser cierto, pero todo tiene su tiempo.” Luego escribió al Duque Jorge de Sajonia (1524): “Cuando Lutero habló por primera vez, todo el mundo lo aplaudió, incluyendo a Vuestra Alteza. Los teólogos que ahora son sus adversarios más implacables en aquel entonces estaban de su parte. Los Cardenales, incluso los monjes, lo alentaron. Su causa era justa. Él estaba atacando prácticas que cualquier hombre honrado condenaba, y estaba enfrentándose a una junta de arpías bajo cuya tiranía la cristiandad gemía. ¿Quién, pues, podía imaginarse cuán lejos llegaría el movimiento? (...) Ni el mismo Lutero jamás esperó producir semejante efecto. Después de la divulgación de sus tesis, le aconsejé que no fuera más allá (…) Yo temía el surgimiento de disturbios (…) Le advertí que fuera moderado (…) El Papa proclamó una Bula, el emperador proclamó un Edicto, y hubo encarcelamientos y muertes en la hoguera. Sin embargo, todo fue en vano. Esto sólo hizo que el desorden creciera (…) No obstante, sí pude ver que el mundo estaba embobado con los rituales. Monjes escandalosos se habían dado a la tarea de engañar y estrangular la conciencia de la gente. La teología se había convertido en un sofisma. El dogmatismo se había convertido en locura y, además, había incalificables sacerdotes, Obispos y funcionarios romanos (…) En mi opinión, ambas partes debían ceder y buscar un acuerdo (…) Los seguidores de Lutero eran testarudos y no darían un paso atrás. Los teólogos católicos sólo exhalaban fuego y furia (…) Confío, y espero, que Lutero hará unas pocas concesiones, y que el Papa y los príncipes puedan aún consentir en procurar la paz. Que la Paloma de Cristo se pose entre nosotros, o si no, el búho de Minerva. Lutero le ha suministrado una dosis muy agria a un cuerpo enfermo. ¡Quiera Dios que esta resulte en sanidad!”

Luego escribió (1525): “Considero a Lutero un buen hombre, llamado por la Providencia para corregir la depravación de la época. ¿De dónde han surgido todos estos problemas? De la inmoralidad abierta y descarada del sacerdocio, de la arrogancia de los teólogos y la tiranía de los monjes.” Él aconsejaba abolir lo que era obviamente incorrecto, pero retener todo lo que pudiera ser retenido sin causar perjuicio. Aconsejaba ejercer la tolerancia y permitir la libertad de conciencia. Escribió: “Las indulgencias, con las cuales los monjes han engañado al mundo por tanto tiempo, con el consentimiento malicioso de los teólogos, ahora han sido desbaratadas. Bueno, entonces, permitan que aquellos que no tienen fe en los méritos de los santos oren al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, imiten a Cristo en sus vidas, y dejen en paz a los que creen en los santos (…)
Dejen que todos crean lo que les plazca acerca del purgatorio, sin pelear con los demás que no creen como ellos (…) Que si las obras justifican o la fe justifica no tiene mucha importancia, pues todos reconocen que la fe no salvará sin las obras.” El conflicto era demasiado enconado como para que prevaleciera algún consejo moderado. Muy pocos veían posibilidad alguna de tolerancia. El desarrollo del propio Lutero bajo la influencia de tan extraordinarias circunstancias, con el tiempo los influenció.
Después de haber sido un católico romano devoto en su juventud, Lutero, por medio de sus encuentros con Staupitz y su estudio de las Escrituras, había llegado a solidarizarse con los “hermanos” y con los místicos, pero ahora su conflicto con el clero romano lo había llevado a estrechar relaciones con algunos de los príncipes alemanes. Esta asociación, junto con la influencia de su antiguo adiestramiento, lo condujo poco a poco a formar la Iglesia Luterana. Las etapas de este proceso estuvieron marcadas por apartarse gradualmente de las antiguas congregaciones de hermanos. También se dio un reavivamiento de muchas verdades de las Escrituras, y una incorporación en la nueva Iglesia Luterana de muchas cosas tomadas del sistema romano.
Lutero insistió en la doctrina de la justificación por medio de la fe, pero sin subrayar lo suficiente la importancia de seguir a Cristo. Esto último era muy importante en la predicación de los hermanos.
Entre las doctrinas tomadas de la Iglesia de Roma estaba la de la regeneración bautismal y, con esta, la práctica general del bautismo de infantes.
Lutero reavivaba la enseñanza de la Biblia en cuanto a la salvación individual por medio de la fe en Cristo Jesús y su obra perfecta, pero no llegó al punto de aceptar la enseñanza del Nuevo Testamento en lo relacionado a las iglesias y su separación del mundo, aunque permanezcan en él como testimonio del Evangelio salvador de Jesucristo; Lutero adoptó el sistema Católico Romano de las parroquias con su administración clerical de territorios que se consideraban cristianizados.
Gracias a que algunos de los gobernantes estaban de su lado, Lutero mantuvo el principio de la unión de la Iglesia y el estado, y aceptó la espada del estado como el medio adecuado para convertir o castigar a los que discrepaban de la nueva autoridad eclesiástica.
Fue en la Dieta, o Concilio, de Espira (1529) que el partido de la Reforma presentó la protesta a los representantes Católicos Romanos, de donde surgió el nombre de “protestantes” para referirse a los reformistas. La Liga de Smalkalda en 1531, juntó a nueve príncipes y once ciudades libres como poderes protestantes.
En vista del desarrollo de Lutero, Staupitz le advirtió: “Cristo nos ayude a que finalmente vivamos conforme al Evangelio que ahora resuena en nuestros oídos, del cual hablan muchos, ya que veo que las multitudes abusan del Evangelio para darle libertad a la carne. Permite que mi súplica te conmueva, teniendo en cuenta que una vez fui el pionero de la santa enseñanza evangélica"

(Continuará)
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