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Historia de la Iglesia (26)
#1
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadbent

CAPÍTULO 7

Los lolardos, los husitas y los hermanos unidos
(1350–1670)

Condiciones similares a las que en el Continente llevaron a muchos a ver el error de las prácticas de la Iglesia predominante, y más aún, a cuestionar las doctrinas que les dieron auge, se dieron también en Inglaterra. Allí se le dio el nombre burlón de lolardos1 (habladores) a mucha gente honesta que hablaba de una vida mejor. Los errores políticos y económicos se mezclaron con las cuestiones religiosas, especialmente en los primeros días del movimiento, y fue precisamente la riqueza y la corrupción del clero lo primero en ser atacado. Pero con el paso del tiempo se vio que la doctrina era la raíz de la práctica, y la doctrina llegó a ser el punto de conflicto.

No había sido la costumbre en Inglaterra, como en el Continente, perseguir de forma tan violenta lo que fuera considerado herejía, pero al inicio del reinado de Enrique IV, a principios del siglo XV, el progreso de la lolardía era tal que el soberano, a fin de agradar al clero, introdujo la muerte por medio de la hoguera como castigo para los lolardos.

Juan Wyclef, el más eminente catedrático en Oxford, se destacó en este conflicto. Al principio, sus ataques contra las prácticas corruptas de la Iglesia lo condujeron hacia la lucha política que en aquel entonces se libraba encarnizadamente. Sin embargo, aquellos que pensaron usarlo como un aliado importante para sus propios propósitos se alejaron de él cuando se percataron de las consecuencias de los principios que él enseñaba. Juan se convirtió en el líder de aquellos que buscaban la liberación por medio de volver a las enseñanzas de la Escritura y seguir a Cristo. En su tratado, El reino de Dios, y en otros escritos, Wyclef demuestra que “el Evangelio de Jesucristo es la única fuente de la religión verdadera” y que “la Escritura, por sí sola, es verdad”. La doctrina que él llamó “Dominio” establecía el hecho de la relación personal con Dios y la responsabilidad ante él de cada hombre. Toda la autoridad, enseñaba Wyclef, es de Dios, y todos los que ejercen autoridad son responsables ante él por el uso que hagan de lo que les ha encomendado.

Tal doctrina, al negar directamente las ideas predominantes acerca de la autoridad irresponsable de Papas y reyes, así como la necesidad de los poderes mediadores del sacerdocio, provocó una oposición violenta, que se intensificó cuando en 1381 Wyclef publicó su rechazo a la doctrina de la transustanciación, atacando así la raíz de aquel supuesto poder milagroso de los sacerdotes que por tanto tiempo les había permitido dominar la cristiandad. En este punto sus partidarios políticos, e incluso su propia universidad, lo abandonaron.

La obra más importante de Juan Wyclef fue que le dio al pueblo de Inglaterra acceso a la fuente de la verdadera doctrina. Su traducción de la Biblia dio lugar a una revolución en el pensamiento inglés. La Biblia inglesa ha demostrado ser uno de los poderes para justicia más eficaces que el mundo jamás haya conocido.
Wyclef halló que el medio más eficaz para divulgar las enseñanzas de la Escritura consistía en escribir y distribuir tratados buscados por la gente y organizar grupos de predicadores viajantes. Su influencia fue tanta que todo el poder de sus enemigos implacables no pudo lograr más que expulsarlo de Oxford a su refugio en Lutterworth, que más adelante se convirtió en el centro del cual surgió la instrucción y el aliento para todo el país.

Entre los escolásticos en la época de Wyclef, las enseñanzas de los “padres” de la Iglesia, las decisiones de los Concilios, los decretos de los Papas, y las Escrituras eran elementos que, todos juntos, constituían la autoridad en asuntos de religión, sin que las Escrituras estuvieran en una posición más alta que los demás elementos. Poco a poco, al estar más íntimamente familiarizado con las Escrituras, Wyclef llegó a reconocer la autoridad exclusiva de estas y a valorar las otras fuentes sólo en la medida en que estuvieran de acuerdo con las Escrituras. Fue así también como él se percató de una fuente doble de conocimiento cristiano —la razón y la revelación— y descubrió
que estas no se oponen entre sí, sino que la razón, o luz natural, ha sido debilitada por la caída del hombre, y, por tanto, funciona bajo un grado de imperfección que Dios, en su gracia, sana mediante el otorgamiento del conocimiento revelado por medio de las Escrituras. Por lo tanto, las Escrituras llegan a ser captadas como la autoridad exclusiva.
La obligatoria e incondicional autoridad de las Sagradas Escrituras fue la gran verdad sobre la cual testificó Wyclef. Esta verdad fue atacada por sus adversarios, al reconocer ambas partes cuán trascendentales eran las consecuencias que esto implicaba. Esto fue expuesto más ampliamente por Wyclef en su libro, "De la verdad de las Sagradas Escrituras" (1378), en el cual enseñaba que la Biblia es la Palabra de Dios o voluntad y testamento del Padre; Dios y su Palabra son uno. Cristo es el Autor de las Sagradas Escrituras, que a su vez es su ley. Él mismo está en las Escrituras; no conocerlas es también no conocerlo a él. Más detalles hubieran hecho a las Escrituras inaplicables a algunas circunstancias, pero siendo lo que son las Escrituras son aplicables a todo, y nada imposible de cumplir se nos manda en ellas. Los efectos de las Escrituras muestran su fuente y autoridad divina; la experiencia de la iglesia en general testifica de la suficiencia y eficacia de la Biblia.

Por medio del cumplimiento de la verdadera ley de Cristo, sin mezclar la tradición humana, la iglesia creció muy rápidamente, pero desde la admisión de la tradición en la iglesia, esta ha decaído constantemente.

Mientras que otras formas de sabiduría llegan a desaparecer, la sabiduría otorgada por el Espíritu Santo a los apóstoles en el Pentecostés permanece.
La Escritura es infalible; otros maestros, incluso uno tan grande como Agustín, están propensos a conducir al error. El hecho de colocar y preferir tradiciones humanas, doctrinas y ordenanzas por encima de las Escrituras no es más que un acto de arrogancia ciega. No es justificación de una doctrina el hecho de que esta contenga, de forma adjunta, mucho de lo que es bueno y razonable. Aun las demandas y la vida del propio diablo contienen de lo bueno y razonable; de otra manera Dios no le permitiría ejercer tal poder. La historia de la iglesia muestra que la desviación de la ley evangélica y la mezcla de la tradición posterior fueron al principio leves y casi imperceptibles, pero con el paso del tiempo la corrupción se tornó cada vez más descarada.
En lo relacionado a la interpretación de la Escritura, los doctores teológicos no pueden tener el poder de interpretación por nosotros, sino que el Espíritu Santo nos enseña el significado de la Escritura, así como Cristo les expuso las Escrituras a los apóstoles. Sería peligroso para alguien suponer que tiene el significado correcto de la Escritura por medio de la iluminación del Espíritu Santo.
No obstante, es sólo por medio de su iluminación que alguien puede comprender las Escrituras. Nadie las puede comprender si no ha sido iluminado por Cristo. Para ello se requiere un espíritu devoto, virtuoso y humilde. La Escritura debe ser interpretada por la misma Escritura para poder comprender el sentido general de ella. No se debe separar las Escrituras en pedazos como hacen los herejes. Primero se debe comprender su significado literal y primario, luego sus significados figurados y más profundos. Es importante usar las palabras precisas.

Pablo fue cuidadoso en el uso de preposiciones y adverbios. Cristo es verdadero hombre y verdadero Dios, y existe desde toda la eternidad; en su encarnación unió ambas naturalezas en una sola persona. Su grandeza es incomparable como el único mediador entre Dios y los hombres, el centro de la humanidad, nuestra única y sola cabeza.

La aplicación personal de la salvación efectuada por Cristo es mediante la conversión y la santificación; la conversión es apartarse del pecado y apropiarse, por medio de creer, de la gracia redentora de Cristo, es decir, arrepentirse y tener fe. El arrepentimiento es indispensable y tiene que ser fructífero.

Wyclef une la fe y la santificación, y no ve la fe como algo aparte de las obras. Él veía la iglesia no como la Iglesia Católica visible, o la comunidad organizada de la jerarquía, sino como la novia y el cuerpo de Cristo que consta de todos los elegidos, y que tiene en el mundo visible sólo su manifestación y peregrinación temporal. Su hogar, origen y destino están en el mundo invisible, o sea, la eternidad.

La salvación, decía Wyclef, no depende de la relación que se tenga con la Iglesia oficial o de la mediación del clero. Existe un acceso libre e inmediato de todos los creyentes a la gracia de Dios en Cristo, y cada creyente es un sacerdote.

Al ser citado a comparecer ante el Papa, él se negó y dijo: “Cristo, durante su vida en la tierra, fue de todos los hombres el más pobre,
rechazando ejercer cualquier autoridad mundana. Yo deduzco de estos hechos, como mi simple consejo personal, que el Papa debe rendir toda autoridad temporal al poder civil y aconsejarle a su clero que haga lo mismo.”
Wyclef murió en paz en Lutterworth el último día del año 1384.

La rebelión campesina (1377–1381), que tuvo lugar en los últimos años de la vida de Wyclef, obstaculizó el avivamiento religioso que se estaba dando, poniendo a la nobleza y el clero en contra del avivamiento. Estos últimos culparon a los wyclefistas, como ellos los llamaban, por los excesos y bajas humanas causados por la insurrección. Aunque esto era injusto, sí existe una relación íntima e innegable entre el cristianismo verdadero y la liberación de los oprimidos. Cristo declaró al principio de su ministerio que fue enviado “para dar buenas nuevas a los pobres; (…) a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos” (Lucas 4.18). Esto describía adecuadamente la situación de los obreros en la agricultura en aquella época, y la llegada de las Escrituras ayudó a despertar en ellos un sentir de que “Dios no hace acepción de personas” (Hechos 10.34), y que su esclavitud bajo sus gobernantes ostentosos era irreligiosa porque era injusta.

Los sermones eruditos de Wyclef, procedentes de los alrededores imponentes de Oxford, llamaron menos la atención de los pobres que las rimas malsonantes y la predicación al aire libre de Juan Ball, uno de ellos mismos que denunció la miseria en la cual vivían: “¿Con qué derecho esos a quienes llamamos señores son mejores personas que nosotros? ¿Por qué motivo lo han merecido? ¿Por qué nos mantienen en la servidumbre? Si todos vinimos del mismo padre y madre, de Adán y Eva, ¿cómo pueden ellos decir o probar que son mejores que nosotros, si no es porque nos hacen ganar para ellos, por medio de nuestro esfuerzo agotador, lo que ellos gastan en su soberbia?” Sus rimas llegaban a todas partes: “Cuando Adán labraba la tierra, y Eva arreaba animales, ¿quién era el noble?” (Esta poesía rima en el inglés antiguo.) La rebelión fue sofocada, y se proclamaron leyes inicuas para mantener oprimidos a los obreros en la agricultura, pero a través de etapas lentas y dolorosas fueron ganando sus libertades, y la influencia más poderosa para lograr esto fue el efecto de las Escrituras en las conciencias de los hombres.
La traducción de la Biblia surtió su debido efecto, y una gran cantidad de personas llegaron a reconocerla como la única guía para la fe y la
conducta.

Sobre ciertos temas prevalecieron las diferencias de opinión, pero había un acuerdo general en lo concerniente a la autoridad de la Escritura, y la Iglesia dominante fue denunciada como apóstata e idólatra. Se decía que no se podía encontrar a dos hombres juntos sin que uno de ellos fuera un lolardo o wyclefista, y que la Escritura “se había convertido en una cosa común, y cada vez más accesible a hombres laicos y mujeres que supieran leer, que a los mismos cleros”.

William Sawtre (1401), un párroco de Norfolk, fue el primero que sufrió en la hoguera después que fue promulgada la ley en favor de quemar a los herejes. La Cámara de los Comunes le presentó peticiones a Enrique IV, solicitando la desviación de los ingresos excedentes de la Iglesia para fines útiles, y la modificación de las leyes contra los lolardos. Su respuesta fue firmar una orden para quemar a Tomás Badly, un sastre de Evesham. Este hombre, acusado de negar la transustanciación, después de defender valientemente su creencia ante el Obispo de Worcester, fue juzgado en la iglesia de San Pablo ante el Arzobispo de Canterbury y York y muchos otros del clero y la nobleza. Finalmente fue ejecutado en la hoguera en Smithfield.

(Continuará)
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