20-01-2014, 06:42 PM
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadbent
Capítulo 6
Las iglesias a finales de la Edad Media
(1300–1500)
La influencia de los “apóstoles” valdenses y el testimonio de los “hermanos” afectaron a círculos mucho más amplios que aquellos con los cuales se relacionaron directamente. En la primera mitad del siglo XIV sus enseñanzas prevalecieron a un punto nunca antes conocido.
En 1302, el Papa Bonifacio VIII promulgó una Bula declarando que la sumisión al Papa Romano era, para todo ser humano, necesaria para la salvación de su alma. De esto se dedujo que no hay autoridad dada por Dios aparte de la que se deriva del Papa.
El Emperador Ludwig de Baviera encabezó las protestas que tales afirmaciones ocasionaron, y el Papa puso a la mayor parte del imperio bajo un interdicto.
Un factor importante relacionado con el conflicto fueron los escritos de Marsilio de Padua, a quien el emperador protegió y en quien confió, a pesar de que el Papa lo declarara el peor hereje que jamás hubiera conocido.
Nacido en Padua, Marsilio estudió en la universidad en París donde se distinguió muchísimo. En 1324, publicó su Defensor Pacis, en el cual demuestra, de forma muy clara y conforme a la Escritura, lo que deben ser las relaciones entre la Iglesia y el estado. Él dice que se ha convertido en una costumbre emplear la palabra “iglesia” para referirse a los ministros de la Iglesia, Obispos, sacerdotes y Diáconos. Esto se opone al uso apostólico de la palabra, según el cual la iglesia es la asamblea o el total de aquellos que creen en Cristo. Es en este sentido que Pablo le escribe a los corintios: “...a la iglesia de Dios que está en Corinto” (1ª Corintios 1.2).
No es por equivocación, destaca Marsilio, que se ha adoptado un uso incorrecto de la palabra, sino con intenciones premeditadas y calculadas, las cuales tienen un gran valor para el sacerdocio pero son destructivos para el cristianismo. Es con la ayuda de esta creencia falsa y ciertos pasajes de la Escritura que son usados indebidamente para apoyarla, que dicho sistema jerárquico ha sido construido, y que ahora, contrario a las Sagradas Escrituras y a los mandamientos de Cristo, se adueña del más alto poder judicial, no sólo en los asuntos espirituales, sino también en los terrenales. Sin embargo, la máxima autoridad, de la cual los obispos y sacerdotes deben recibir la suya, es la iglesia cristiana, y ningún maestro o pastor en este mundo tiene el derecho de imponer la obediencia por medio de la fuerza o algún castigo. (...)
Las iglesias cristianas y sus enseñanzas se propagaron rápidamente entre la gente de las grandes ciudades, y especialmente entre los miembros de los diferentes gremios obreros y comerciales. En Italia y Francia a los hermanos frecuentemente se les llamó “tejedores”, siendo llamados así como un reproche, por el hecho de que en su mayoría ellos eran obreros manuales, e incluso sus maestros eran tejedores y zapateros. Estos gremios eran muy poderosos, y tenían ramificaciones en todos los países, desde Portugal hasta Bohemia y desde Inglaterra hasta Sicilia. Cada uno tenía su propia organización bien elaborada y,además, se relacionaban entre sí. Tenían un carácter religioso así como técnico, y la lectura de la Escritura y las oraciones ocupaban un lugar importante en sus funciones. Uno de los gremios más poderosos fue el de los albañiles, que incluía a los muchos tipos de obreros relacionados con la construcción. En la actualidad contamos con evidencias del poder e importancia de este gremio en la belleza, elegancia y fortaleza de los numerosos ayuntamientos, catedrales, iglesias y viviendas que fueron construidos en los siglos XII, XIII y XIV, y que aún hacen de Europa un lugar de interés y encanto único.
En las cabañas de los constructores alrededor de las catedrales que estaban siendo construidas, el maestro leía las Escrituras, incluso en épocas cuando en otras partes la simple posesión de una Biblia era castigada con la muerte. Grandes cantidades de personas que no tenían nada que ver con la construcción —señoras, tenderos de comercios, y otros— se convertían en miembros del gremio mediante el pago de una contribución nominal, la cual podía ser simplemente un pote de miel de abeja o una botella de vino. En ocasiones estos miembros eran más numerosos que los verdaderos trabajadores, pues se sentían atraídos al encontrar en el gremio un refugio de la persecución y una oportunidad para escuchar la Palabra de Dios.
El valor artístico y la variada belleza de la mayoría de los trabajos de aquella época estuvieron inspirados por la pasión espiritual que yacía detrás de la paciente habilidad técnica del obrero.
Las ciudades del imperio y los gremios apoyaron al Emperador Ludwig en su conflicto con el Papa, y sufrieron de forma severa las consecuencias del interdicto. En 1332, cierta cantidad de ciudades dirigieron una carta al Arzobispo de Treviso. En ella declaraban que el Emperador Ludwig, de todos los príncipes del mundo, era el que vivía más conforme a las enseñanzas de Cristo y que, en la fe así como en su modesto modo de conducirse, él brillaba como un ejemplo para los demás. “Lo apoyaremos en todo momento”,dijeron. "Ningún sufrimiento, ni cambios, ni circunstancias de ningún tipo nos separarán nunca de él” En esta carta continúan ilustrando las debidas relaciones entre la Iglesia y el estado mediante el ejemplo del sol y la luna, expresan la más dolorosa pena porque la ambición por el honor terrenal había interrumpido esas relaciones, se niegan a aceptar la afirmación papal de ser la única fuente de autoridad, y, como “pobres cristianos” imploran y oran que ya no le hicieran más daño a la fe cristiana.
Estrasburgo y Colonia fueron, durante siglos, centros principales de los hermanos. Allí las iglesias de Dios fueron grandes, y ejercieron su influencia sobre muchas personas más allá de sus propios círculos. Una crónica relata que en 1322 un tal Wálter llegó a Colonia procedente de Maguncia: …[Él era] un líder de los hermanos y un hereje peligroso que por muchos años había permanecido oculto y había involucrado a muchos en sus errores peligrosos. Fue detenido cerca de Colonia y por medio de la corte de justicia fue entregado a las llamas y quemado. Él era lleno del diablo, más capaz que cualquier otro, constante en su error, astuto en sus respuestas, corrompido en la fe, y ningún tipo de promesas ni amenazas, ni siquiera la más terrible de las torturas, podrían hacerlo traicionar a sus compañeros malhechores, de los cuales ya había muchos. Este lolardo, Wálter, de los Países Bajos, tenía poco conocimiento del latín, y escribió las numerosas obras de su falsa fe en el idioma alemán, al no poder hacerlo en el idioma romano, y las distribuyó de forma secreta entre aquellos que había engañado y descarriado.Finalmente, como rechazó todo arrepentimiento y retractación, y defendió su error muy firmemente, por no decir obstinadamente, fue lanzado al fuego y no dejó atrás más que sus cenizas.
Los escritos de Tomás de Aquino habían demostrado eficacia en establecer la doctrina de que, como todo el poder en el cielo y en la tierra era dado a Cristo, su representante, el Papa, tenía la misma autoridad.
Álvaro Pelagio, un franciscano español, apoyó el mismo criterio a través de sus escritos, los cuales le pusieron en alta estima. Él escribió: “El Papa parece ser, para aquellos que lo ven con el ojo espiritual, no un hombre, sino un dios. No hay límites a su autoridad. Él puede declarar que cualquier cosa es correcta y puede privar a quienes quiera de sus derechos si lo considera conveniente. El hecho de dudar de este poder universal conduce a ser excluido de la salvación. Los grandes enemigos de la Iglesia son los herejes que no quieren llevar el yugo de la obediencia verdadera. Estos son sumamente numerosos en Italia, Alemania y en Provenza, donde son llamados begardos y beguinas. Algunos los llaman “hermanos,” otros “los pobres en la vida”, y otros “apóstoles”.“Los apótoles y begardos”, continúa Ávaro Pelagio, “no tienen morada fija, no llevan nada consigo en sus viajes, nunca mendigan y no trabajan. Esto es lo peor, ya que anteriormente eran constructores, herreros, etc.”
Otro escritor (1317) dice que la herejía se había difundido tanto entre los sacerdotes y monjes que toda Alsacia estaba llena de ella.
Durante este período se hicieron esfuerzos específicos por destruir la literatura hereje. En 1374, se publicó un edicto en Estrasburgo que condenaba a todas esas obras así como a sus autores, y ordenaba que todos los que las poseyeran debían entregarlas en un plazo de catorce días para quemarlas. Más adelante, el Emperador Carlos IV (1369) mandó inquisidores a examinar tanto los libros del laicado como los del clero,
porque al laicado no se le permitía usar los libros sobre las Sagradas Escrituras en el idioma alemán, a fin de que no cayeran en las herejías en que los begardos y las beguinas vivían. Esto, por supuesto, condujo a una gran destrucción de esta literatura.
En 1307, el Vicegeneral de la orden dominica en Sajonia fue el célebre Maestro Johannes Eckart que, en la universidad de París, se había ganado la reputación de ser el hombre más culto de su tiempo. Su predicación llena de entendimiento, y su enseñanza, provocaron la pérdida de su prestigio, pero después de un período de aislamiento se le vio nuevamente en Estrasburgo donde su poder como predicador rápidamente agrupó a una gran cantidad de personas a su alrededor. Los escritos de Eckart fueron tan ampliamente usados por los begardos en Estrasburgo que él mismo cayó bajo sospecha por lo que se trasladó a Colonia. Allí después de haber predicado por algunos años, fue citado a comparecer ante el Arzobispo bajo el cargo de herejía. El caso fue presentado al Papa, y los escritos de Eckart fueron condenados y prohibidos. Sin embargo, su enseñanza continuó viva a causa de su santidad de vida y su elevado carácter. Suso fue uno que encontró paz por medio de Eckart, y en Colonia Suso conoció e influenció a Tauler cuando este aún era un joven..
(Continuará)
Por Edmund Hamer Broadbent
Capítulo 6
Las iglesias a finales de la Edad Media
(1300–1500)
La influencia de los “apóstoles” valdenses y el testimonio de los “hermanos” afectaron a círculos mucho más amplios que aquellos con los cuales se relacionaron directamente. En la primera mitad del siglo XIV sus enseñanzas prevalecieron a un punto nunca antes conocido.
En 1302, el Papa Bonifacio VIII promulgó una Bula declarando que la sumisión al Papa Romano era, para todo ser humano, necesaria para la salvación de su alma. De esto se dedujo que no hay autoridad dada por Dios aparte de la que se deriva del Papa.
El Emperador Ludwig de Baviera encabezó las protestas que tales afirmaciones ocasionaron, y el Papa puso a la mayor parte del imperio bajo un interdicto.
Un factor importante relacionado con el conflicto fueron los escritos de Marsilio de Padua, a quien el emperador protegió y en quien confió, a pesar de que el Papa lo declarara el peor hereje que jamás hubiera conocido.
Nacido en Padua, Marsilio estudió en la universidad en París donde se distinguió muchísimo. En 1324, publicó su Defensor Pacis, en el cual demuestra, de forma muy clara y conforme a la Escritura, lo que deben ser las relaciones entre la Iglesia y el estado. Él dice que se ha convertido en una costumbre emplear la palabra “iglesia” para referirse a los ministros de la Iglesia, Obispos, sacerdotes y Diáconos. Esto se opone al uso apostólico de la palabra, según el cual la iglesia es la asamblea o el total de aquellos que creen en Cristo. Es en este sentido que Pablo le escribe a los corintios: “...a la iglesia de Dios que está en Corinto” (1ª Corintios 1.2).
No es por equivocación, destaca Marsilio, que se ha adoptado un uso incorrecto de la palabra, sino con intenciones premeditadas y calculadas, las cuales tienen un gran valor para el sacerdocio pero son destructivos para el cristianismo. Es con la ayuda de esta creencia falsa y ciertos pasajes de la Escritura que son usados indebidamente para apoyarla, que dicho sistema jerárquico ha sido construido, y que ahora, contrario a las Sagradas Escrituras y a los mandamientos de Cristo, se adueña del más alto poder judicial, no sólo en los asuntos espirituales, sino también en los terrenales. Sin embargo, la máxima autoridad, de la cual los obispos y sacerdotes deben recibir la suya, es la iglesia cristiana, y ningún maestro o pastor en este mundo tiene el derecho de imponer la obediencia por medio de la fuerza o algún castigo. (...)
Las iglesias cristianas y sus enseñanzas se propagaron rápidamente entre la gente de las grandes ciudades, y especialmente entre los miembros de los diferentes gremios obreros y comerciales. En Italia y Francia a los hermanos frecuentemente se les llamó “tejedores”, siendo llamados así como un reproche, por el hecho de que en su mayoría ellos eran obreros manuales, e incluso sus maestros eran tejedores y zapateros. Estos gremios eran muy poderosos, y tenían ramificaciones en todos los países, desde Portugal hasta Bohemia y desde Inglaterra hasta Sicilia. Cada uno tenía su propia organización bien elaborada y,además, se relacionaban entre sí. Tenían un carácter religioso así como técnico, y la lectura de la Escritura y las oraciones ocupaban un lugar importante en sus funciones. Uno de los gremios más poderosos fue el de los albañiles, que incluía a los muchos tipos de obreros relacionados con la construcción. En la actualidad contamos con evidencias del poder e importancia de este gremio en la belleza, elegancia y fortaleza de los numerosos ayuntamientos, catedrales, iglesias y viviendas que fueron construidos en los siglos XII, XIII y XIV, y que aún hacen de Europa un lugar de interés y encanto único.
En las cabañas de los constructores alrededor de las catedrales que estaban siendo construidas, el maestro leía las Escrituras, incluso en épocas cuando en otras partes la simple posesión de una Biblia era castigada con la muerte. Grandes cantidades de personas que no tenían nada que ver con la construcción —señoras, tenderos de comercios, y otros— se convertían en miembros del gremio mediante el pago de una contribución nominal, la cual podía ser simplemente un pote de miel de abeja o una botella de vino. En ocasiones estos miembros eran más numerosos que los verdaderos trabajadores, pues se sentían atraídos al encontrar en el gremio un refugio de la persecución y una oportunidad para escuchar la Palabra de Dios.
El valor artístico y la variada belleza de la mayoría de los trabajos de aquella época estuvieron inspirados por la pasión espiritual que yacía detrás de la paciente habilidad técnica del obrero.
Las ciudades del imperio y los gremios apoyaron al Emperador Ludwig en su conflicto con el Papa, y sufrieron de forma severa las consecuencias del interdicto. En 1332, cierta cantidad de ciudades dirigieron una carta al Arzobispo de Treviso. En ella declaraban que el Emperador Ludwig, de todos los príncipes del mundo, era el que vivía más conforme a las enseñanzas de Cristo y que, en la fe así como en su modesto modo de conducirse, él brillaba como un ejemplo para los demás. “Lo apoyaremos en todo momento”,dijeron. "Ningún sufrimiento, ni cambios, ni circunstancias de ningún tipo nos separarán nunca de él” En esta carta continúan ilustrando las debidas relaciones entre la Iglesia y el estado mediante el ejemplo del sol y la luna, expresan la más dolorosa pena porque la ambición por el honor terrenal había interrumpido esas relaciones, se niegan a aceptar la afirmación papal de ser la única fuente de autoridad, y, como “pobres cristianos” imploran y oran que ya no le hicieran más daño a la fe cristiana.
Estrasburgo y Colonia fueron, durante siglos, centros principales de los hermanos. Allí las iglesias de Dios fueron grandes, y ejercieron su influencia sobre muchas personas más allá de sus propios círculos. Una crónica relata que en 1322 un tal Wálter llegó a Colonia procedente de Maguncia: …[Él era] un líder de los hermanos y un hereje peligroso que por muchos años había permanecido oculto y había involucrado a muchos en sus errores peligrosos. Fue detenido cerca de Colonia y por medio de la corte de justicia fue entregado a las llamas y quemado. Él era lleno del diablo, más capaz que cualquier otro, constante en su error, astuto en sus respuestas, corrompido en la fe, y ningún tipo de promesas ni amenazas, ni siquiera la más terrible de las torturas, podrían hacerlo traicionar a sus compañeros malhechores, de los cuales ya había muchos. Este lolardo, Wálter, de los Países Bajos, tenía poco conocimiento del latín, y escribió las numerosas obras de su falsa fe en el idioma alemán, al no poder hacerlo en el idioma romano, y las distribuyó de forma secreta entre aquellos que había engañado y descarriado.Finalmente, como rechazó todo arrepentimiento y retractación, y defendió su error muy firmemente, por no decir obstinadamente, fue lanzado al fuego y no dejó atrás más que sus cenizas.
Los escritos de Tomás de Aquino habían demostrado eficacia en establecer la doctrina de que, como todo el poder en el cielo y en la tierra era dado a Cristo, su representante, el Papa, tenía la misma autoridad.
Álvaro Pelagio, un franciscano español, apoyó el mismo criterio a través de sus escritos, los cuales le pusieron en alta estima. Él escribió: “El Papa parece ser, para aquellos que lo ven con el ojo espiritual, no un hombre, sino un dios. No hay límites a su autoridad. Él puede declarar que cualquier cosa es correcta y puede privar a quienes quiera de sus derechos si lo considera conveniente. El hecho de dudar de este poder universal conduce a ser excluido de la salvación. Los grandes enemigos de la Iglesia son los herejes que no quieren llevar el yugo de la obediencia verdadera. Estos son sumamente numerosos en Italia, Alemania y en Provenza, donde son llamados begardos y beguinas. Algunos los llaman “hermanos,” otros “los pobres en la vida”, y otros “apóstoles”.“Los apótoles y begardos”, continúa Ávaro Pelagio, “no tienen morada fija, no llevan nada consigo en sus viajes, nunca mendigan y no trabajan. Esto es lo peor, ya que anteriormente eran constructores, herreros, etc.”
Otro escritor (1317) dice que la herejía se había difundido tanto entre los sacerdotes y monjes que toda Alsacia estaba llena de ella.
Durante este período se hicieron esfuerzos específicos por destruir la literatura hereje. En 1374, se publicó un edicto en Estrasburgo que condenaba a todas esas obras así como a sus autores, y ordenaba que todos los que las poseyeran debían entregarlas en un plazo de catorce días para quemarlas. Más adelante, el Emperador Carlos IV (1369) mandó inquisidores a examinar tanto los libros del laicado como los del clero,
porque al laicado no se le permitía usar los libros sobre las Sagradas Escrituras en el idioma alemán, a fin de que no cayeran en las herejías en que los begardos y las beguinas vivían. Esto, por supuesto, condujo a una gran destrucción de esta literatura.
En 1307, el Vicegeneral de la orden dominica en Sajonia fue el célebre Maestro Johannes Eckart que, en la universidad de París, se había ganado la reputación de ser el hombre más culto de su tiempo. Su predicación llena de entendimiento, y su enseñanza, provocaron la pérdida de su prestigio, pero después de un período de aislamiento se le vio nuevamente en Estrasburgo donde su poder como predicador rápidamente agrupó a una gran cantidad de personas a su alrededor. Los escritos de Eckart fueron tan ampliamente usados por los begardos en Estrasburgo que él mismo cayó bajo sospecha por lo que se trasladó a Colonia. Allí después de haber predicado por algunos años, fue citado a comparecer ante el Arzobispo bajo el cargo de herejía. El caso fue presentado al Papa, y los escritos de Eckart fueron condenados y prohibidos. Sin embargo, su enseñanza continuó viva a causa de su santidad de vida y su elevado carácter. Suso fue uno que encontró paz por medio de Eckart, y en Colonia Suso conoció e influenció a Tauler cuando este aún era un joven..
(Continuará)

