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Historia de la Iglesia (21)
#1
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadbent

Un decreto del Papa Gregorio IX (1263), declaraba: “Nosotros excomulgamos y anatematizamos a todos los herejes, cátaros, patarinos, “pobres de Lyón”, passagini, josepini, arnaldistae, speronistae y otros por cualquiera de los nombres que se les conozca, teniendo realmente diferentes caras, pero estando unidos por sus colas y encontrándose en el mismo punto por medio de su vanidad”. El inquisidor, David de Augsburgo, admitió que anteriormente “las sectas eran una secta” y que ahora se mantienen unidas en la presencia de sus enemigos. Estas declaraciones dispersas, tomados de entre muchas, son suficientes para demostrar que las iglesias primitivas estaban diseminadas por toda Europa en los siglos XII y XIII, y que en algunas partes llegaron a ser tan numerosas e influyentes como para gozar de cierta libertad, aunque en otras partes estuvieron sujetas a la más cruel persecución. Y aunque se les pusieron muchos nombres, y seguramente había diferencia de criterios entre muchas de ellas, en esencia fueron una sola, y mantuvieron entre sí una hermandad y comunicación constante.

Las doctrinas y prácticas de estos hermanos, conocidos como los valdenses y también por otros nombres, fueron de tal carácter que evidentemente ellos no fueron los frutos de un esfuerzo por reformar las Iglesias Griega y Romana y traerlas de nuevo a caminos más bíblicos.
Al no presentar indicios de la influencia de aquellas Iglesias, estos hermanos, por el contrario, indican la continuación de una tradición antigua, transmitida desde una fuente totalmente diferente: la enseñanza de las Escrituras y la práctica de la iglesia primitiva.
Su existencia demuestra que siempre hubo hombres de fe, hombres de un poder y conocimiento espiritual, que mantuvieron en las iglesias una tradición cercana a la de los días apostólicos, y que se apartaba mucho de la desarrollada por las Iglesias dominantes.

Aparte de las Sagradas Escrituras ellos no tenían una confesión especial de fe o religión, ni ningún reglamento. Tampoco permitieron que la autoridad de ningún hombre, por eminente que fuese, hiciera a un lado la autoridad de la Escritura. Sin embargo, a través de los siglos y en todos los países, ellos confesaron las mismas verdades y tuvieron las mismas costumbres. Consideraban las propias palabras de Cristo en los Evangelios como la más alta revelación, y si alguna vez no lograban conciliar cualquiera de sus palabras con otras partes de la Escritura, aunque la aceptaban toda, ellos actuaban sobre lo que les parecía ser el significado obvio y sencillo de los Evangelios. Seguir a Cristo por medio de guardar sus palabras e imitar su ejemplo era su mayor preocupación y meta.
El Espíritu de Cristo, decían, es eficaz en cualquier hombre en la medida en que este obedezca las palabras de Cristo y sea su verdadero seguidor. Cristo es el único que puede dar la capacidad de entender sus palabras. Si alguien lo ama, guardará sus palabras. Unas pocas verdades eran consideradas esenciales para el compañerismo, aunque por otra parte en los asuntos que se prestaban para duda o diferencias de criterio, se permitía una gran libertad.
Ellos sostenían que el testimonio interno de la presencia del Espíritu de Cristo es de gran importancia, teniendo en cuenta que las verdades supremas pasan del corazón a la mente; no es que haya nueva revelación, sino una comprensión más clara de la Palabra de Dios. (...)

Los hermanos se oponían al derramamiento de sangre, incluso a la pena de muerte, a cualquier uso de la fuerza en asuntos de fe, y a tomar cualquier represalia contra quienes los perjudicaban. No obstante, la mayoría de ellos permitían actuar en defensa propia, incluso con armas; de manera que los habitantes de los valles y sus familias se defendían cuando eran atacados. No hacían juramentos ni invocaban el nombre de Dios o de las cosas divinas livianamente, aunque en ciertas ocasiones permitían que se les tomara juramento.

Ellos no reconocían lo que sostenía la gran Iglesia nominal de que en su poder estaba el abrir o cerrar el camino de la salvación. Tampoco creían que la salvación se obtuviera por medio de algún sacramento o cualquier otra cosa, sino únicamente por medio de la fe en Cristo, la cual se muestra en las obras de amor.

Ellos sostenían juntamente las doctrinas de la soberanía de Dios para elegir, y el libre albedrío del hombre. Además, ellos consideraban que en todos los tiempos y en toda clase de iglesias existieron hombres de Dios entendidos. Por esta razón, estos hermanos hicieron uso de los escritos de Ambrosio, Agustín, Crisóstomo, Bernardo de Claraval y otros, no aceptando, sin embargo, todo lo que escribieron, sino sólo lo que correspondía con la enseñanza más pura y más antigua de la Escritura.
El amor por las disputas teológicas y las guerras de panfleto no se desarrolló entre ellos como sí sucedió en muchos otros casos; sin embargo, estaban dispuestos a morir por la verdad, hicieron mucho hincapié en el valor de la piedad práctica y anhelaron en silencio servir a Dios y hacer el bien.
En lo concerniente a la organización de la iglesia ellos practicaban la simplicidad, y no había nada entre ellos que correspondiera a lo que se había desarrollado en la Iglesia de Roma. Sin embargo, las iglesias y los ancianos asumían sus responsabilidades con la mayor seriedad. En lo concerniente a la disciplina, el nombramiento de ancianos y otras actividades, toda la iglesia tomaba parte en conjunto con sus ancianos.

La Cena del Señor era considerada como una recordación del cuerpo del Señor que fue dado en beneficio de ellos, así como también una fuerte exhortación a vaciarse de sí mismos para ser quebrantados y purificados por su causa. “Y en lo que respecta al bautismo”, escribe un adversario con el seudónimo de Reimer (1260), “algunos se equivocan al afirmar que los infantes no son salvos por el bautismo ya que, según ellos, el Señor dice ‘el que creyere y fuere bautizado, será salvo’, pero un niño aún no cree”. (...)

La habitual lectura de las Escrituras a nivel personal, la adoración familiar diaria, y las conferencias frecuentes estaban entre los medios más estimados para mantener la vida espiritual. Estos santos no tomaban parte en el gobierno; ellos decían que los apóstoles a menudo fueron llevados ante los tribunales, pero nunca se dijo que alguno de ellos se haya sentado en el lugar del juez. (...)

La relativa paz de los valles valdenses fue interrumpida cuando, en 1380, el Papa Clemente VII envió a un monje como inquisidor para tratar con los herejes en ciertas regiones. En los trece años siguientes alrededor de 230 personas fueron quemadas, y las propiedades de las víctimas fueron divididas entre los inquisidores y los gobernantes del país. En el invierno de 1400 se extendió el alcance de la persecución, y muchas familias se refugiaron en las montañas más altas, donde la mayoría de los niños y mujeres, y muchos hombres, murieron a causa del hambre y el frío. En 1486, un decreto de Inocencio VIII autorizó al Arcediano de Cremona para exterminar a los herejes, y dieciocho mil hombres invadieron los valles. Entonces los campesinos comenzaron a defenderse y, aprovechando la naturaleza montañosa del territorio y su conocimiento de este, hicieron retroceder a la fuerza atacante, pero aun así el conflicto se mantuvo por más de cien años.

Desde el siglo XII comenzaron a surgir informes de casas en que los ancianos, los pobres y los enfermizos vivían juntos, haciendo cualquier obra que pudieran, y siendo ayudados por las donaciones de benefactores adinerados. Los miembros de estas casas no tomaban un voto y no pedían limosnas, de modo que estas casas se diferenciaban de los conventos; sin embargo, sí tenían un carácter religioso. A estas casas se les llamó “asilos de pobres” y los que vivían en ellas se llamaban a sí mismos “Los indigentes de Cristo”. A menudo se agregaba a las casas una “enfermería”, y muchas de las hermanas se dedicaban al cuidado de los enfermos, mientras que los hermanos por lo general se encargaban de las escuelas y enseñaban en ellas.
A ellos les gustaba llamar a tal institución “La casa de Dios”.
Más tarde se emplearon los nombres de begardos y beguinas para referirse a ellas. El primero fue dado a las casas de los hombres y el segundo a las de las mujeres. Desde el principio se sospechó que estas casas tuvieran tendencias “herejes” y, en efecto, no cabe duda de que continuamente fueron un refugio para los hermanos que, en tiempos de persecución, vivieron recónditamente bajo sus techos.

Con el tiempo todas llegaron a ser consideradas como instituciones herejes, y muchos de sus miembros fueron ejecutados. A finales del siglo XIV las autoridades papales tomaron posesión de estas casas y las traspasaron, en su mayoría, a los franciscanos terciarios.

Bibliografía
Latin Christianity, Dean Milman.
The Ancient Vallenses and Albigenses, G. S. Faber.
—Facts and Documents Illustrative of the History, Doctrine and Rites of
the Ancient Albigenses and Waldenses, S. R. Maitland.
Die Reformation and die älteren Reformparteien, Dr. Ludwig Keller.
Los valdenses y los albigenses

(Fin del Capítulo 5)
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