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Historia de la Iglesia (20)
#1
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadbent

Los hermanos en los valles jamás perdieron el conocimiento y la conciencia de su origen e historia ininterrumpida allí. Cuando, desde el siglo XIV en adelante, los valles fueron invadidos y la gente tuvo que negociar con los gobernantes vecinos, ellos siempre hicieron hincapié en esto. A los príncipes de Savoy, que se relacionaron con ellos por más tiempo, pudieron siempre defender la uniformidad de su fe sin temor a contradecirse, de padre a hijo, desde tiempo inmemorables, incluso desde la misma época de los apóstoles
A Francisco I de Francia, en 1544, ellos le dijeron: “Esta confesión es la que hemos recibido de nuestros antepasados, incluso de generación en generación, según sus predecesores en todo tiempo y época la han enseñado y dado”. Unos años más tarde, al Príncipe de Savoy le dijeron: “Considere, su Alteza, que esta religión en la cual vivimos no es simplemente nuestra religión del presente o una religión descubierta por primera vez hace sólo unos pocos años, como nuestros enemigos falsamente pretenden hacer creer, sino que esta es la religión de nuestros padres y de nuestros abuelos, sí, de nuestros antepasados y de nuestros predecesores aun más lejanos en el tiempo. Es la religión de los santos y de los mártires, de los confesores y de los apóstoles.”

Cuando los valdenses entraron en contacto con los reformistas en el siglo XVI, dijeron: “En repetidas veces nuestros antepasados nos han contado que nosotros hemos existido desde la época de los apóstoles. Sin embargo, coincidimos con ustedes en todos los asuntos y, creyendo como ustedes desde los mismos días de los apóstoles, siempre hemos sido constantes con relación a la fe.”

Al regreso de los valdenses a sus valles, el líder de los reformistas, Henri Arnoldo, en 1689, dijo: “Hasta sus adversarios dan fe de que su religión es tan primitiva, como su nombre es venerable”. Luego cita a Reinerio el Inquisidor que, en su informe al Papa sobre el tema de la fe de los valdenses, admite: “Ellos han existido desde tiempo inmemorable”. “No sería difícil”, continua Arnoldo, “demostrar que este pobre grupo de los fieles se encontraba en los valles de Piedmont desde hace más de cuatro siglos antes de la aparición de personajes extraordinarios como Martín Lutero y Calvino y las luces subsiguientes de la Reforma. Tampoco su iglesia ha sido alguna vez reformada de donde surge el título de evangélica.

Los valdenses en realidad son descendientes de aquellos refugiados de Italia, que, después que el apóstol Pablo había predicado allí el Evangelio, dejaron su patria amada, como la mujer a la cual se hace mención en el libro de Apocalipsis, y huyeron a estas montañas lejanas donde hasta el día de hoy han trasmitido el Evangelio de generación en generación con la misma pureza y simplicidad como fue predicado por el apóstol Pablo.”

Pedro Valdo, de Lyón, un próspero comerciante y banquero, fue estimulado a ver su necesidad de salvación a causa de la muerte repentina de uno de los invitados a una fiesta que él había dado.
A partir de ese momento se interesó tanto por las Escrituras que empleó a algunas personas para que le tradujeran pasajes de las mismas al dialecto romance (1160). Él había quedado conmovido por la historia de San Alejo, de quien se contaba que había vendido todo lo que tenía y había ido en peregrinación a la Tierra Santa.
Un teólogo dirigió a Valdo a las palabras del Señor en Mateo 19.21: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme”. Por lo tanto, Valdo cedió sus bienes raíces a su esposa, vendió el resto y lo distribuyó entre los pobres (1173).

Pedro Valdo se dedicó por un tiempo al estudio de las Escrituras y luego (1180) se entregó a los viajes y a la predicación, tomando como guía las palabras del Señor: “Designó el Señor también a otros setenta, a quienes envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir. Y les decía: La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos; por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies. Id; he aquí yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado; y a nadie saludéis por el camino” (Lucas 10.1–4).

Sus compañeros le acompañaron, y viajando y predicando de esta manera, ellos llegaron a conocerse como los “pobres de Lyón”. Su solicitud de reconocimiento ante el tercer Concilio de Letrán (1179), bajo el Papa Alejandro III, ya había sido rechazada con desdén.

Entonces fueron expulsados de Lyón y excomulgados (1184) mediante un edicto imperial. Fueron dispersados por los países vecinos, y su predicación demostró ser muy eficaz, de manera que los “pobres de Lyón” se convirtió en uno de los muchos nombres atribuidos a aquellos que seguían a Cristo y su enseñanza.

Un inquisidor, David de Augsburgo, dijo: “La secta de los ‘pobres de Lyón’ y otras similares se hacen cada vez más peligrosas mientras más se visten con la apariencia de piedad (…) su estilo de vida es, según su apariencia externa, humilde y modesto, pero el orgullo habita en sus corazones”. Ellos dicen que hay piadosos entre ellos, “pero no ven”, continua David, “que nosotros tenemos muchos más y mejores hombres que ellos, y que no se visten de simple apariencia, mientras que entre los herejes todo es maldad cubierta de hipocresía”. Una antigua crónica habla sobre cómo en una fecha tan temprana como el año 1177 “los discípulos de Pedro Valdo fueron de Lyón a Alemania y comenzaron a predicar en Frankfurt y en Nuremberg, pero como el Concilio en Nuremberg fue advertido de que debían capturarlos y quemarlos, estos huyeron hacia Bohemia”.

Las relaciones de Pedro Valdo con los valdenses eran tan estrechas que muchos aseguran que él fue su fundador, aunque otros derivan el nombre de los valles alpinos, Vallenses, lugar donde muchos de aquellos creyentes vivieron. Es cierto que Valdo fue muy estimado entre ellos, pero no es posible que él haya sido su fundador, porque ellos fundaron su fe y práctica en las Escrituras y fueron seguidores de aquellos que desde las épocas más primitivas habían hecho lo mismo.
Para el mundo el hecho de atribuirles el nombre de un hombre destacado entre ellos fue sólo cuestión de seguir la costumbre normal de sus adversarios, a quienes no les gustaba admitir su derecho a llamarse “cristianos” o “hermanos”, como ellos mismos se llamaban entre sí.

Pedro Valdo continuó sus viajes y con el tiempo llegó a Bohemia donde, después de haber trabajado y sembrado mucha semilla durante muchos años, murió (1217).
El fruto de su esfuerzo fue visto en la cosecha espiritual que se dio en aquel país en la época de Juan Hus, e incluso más adelante.
La aparición de Pedro Valdo y su grupo de predicadores le dio un impulso extraordinario a las actividades misioneras de los valdenses, que hasta ese momento habían estado un tanto aislados en sus valles remotos, pero ahora iban a todas partes predicando la Palabra de Dios.
Dentro de la Iglesia Católica Romana había muchas almas que sufrían bajo la mundanería predominante y deseaban un avivamiento espiritual, sin salir de tal sistema para unirse a las iglesias de creyentes que, fuera de la Iglesia Católica Romana, se esforzaban por actuar sobre los principios de las Escrituras.
En el mismo año (1209) en que el Papa Inocencio III inauguró la cruzada contra el sur de Francia, Francisco de Asís escuchó, en una mañana de invierno, en la misa, las palabras de Jesús que aparecen en el capítulo 10 del libro de Mateo. En ese capítulo Jesús les da instrucciones a los doce apóstoles y los envía a predicar. Francisco, de 27 años de edad, vio en esto la manera de llevar a cabo la reforma que él tanto había deseado. Se sintió llamado a predicar en la más extrema pobreza y humildad. De allí surgió la orden de los frailes franciscanos, la cual se propagó rápidamente por todo el mundo.

Francisco fue un gran predicador, y su sinceridad, devoción y naturaleza alegre atrajeron a multitudes a escucharlo. En 1210, viajó a Roma, acompañado de un pequeño grupo de sus más antiguos seguidores, y obtuvo del Papa una aprobación verbal, un tanto renuente, de su “Reglamento”, y la autorización para predicar.
El número de personas que quería unirse a él incrementó tan rápidamente que para suplir las necesidades de aquellos que deseaban cumplir con el Reglamento y, además, continuar en sus actividades de costumbre, fue necesario formar la “tercera orden”, los terciarios.

Estos continuaron en sus ocupaciones seculares a la vez que se sometían a un reglamento de vida prescrito. El modelo para dicho reglamento se encuentra mayormente en las instrucciones del Señor Jesús a sus apóstoles.
Ellos se comprometieron a devolver las ganancias mal habidas, reconciliarse con sus enemigos, vivir en paz con todos, llevar una vida de oración y obras de caridad, (…) no hacer juramentos, no usar las armas, no usar un lenguaje profano y practicar reverencia para con los muertos. El espíritu de Francisco de Asís ardía con un deseo de convertir a los paganos, a los musulmanes, así como a sus propios coterráneos italianos, y en dos ocasiones sufrió casi hasta la muerte en su intento de alcanzar y predicar a los “infieles” en Palestina y Marruecos.

En 1219 se celebró el Segundo Cabildo General de la orden, y muchos frailes fueron enviados a todos los países, desde Alemania hasta el norte de África, y posteriormente a Inglaterra también. Cinco de los frailes que fueron a Marruecos sufrieron martirio. Pronto la orden creció más allá del poder de Francisco para controlarla.
Fue quedando bajo la autoridad organizativa de hombres de diferentes ideales, y, para su gran tristeza, el Reglamento de Pobreza fue modificado.
Después de su muerte (1226) la división, que había comenzado en fechas más tempranas, entre los frailes estrictos y los laxos, se hizo más aguda. Los más estrictos o Spirituali fueron perseguidos; cuatro de ellos fueron quemados en Marsella (1318), y en el mismo año el Papa declaró como herejía la enseñanza de que Cristo y sus apóstoles no poseían nada.

Estas nuevas órdenes de frailes, los dominicos y los franciscanos, al igual que las otras órdenes monásticas más antiguas, surgieron a partir de un deseo sincero por liberarse de los intolerables males predominantes en la Iglesia y en el mundo, y por la búsqueda de Dios por parte de las almas.
Mientras que las órdenes monásticas más antiguas se dedicaban principalmente a la salvación personal y a la santificación, las posteriores órdenes de frailes se dedicaron más a ayudar a hombres y mujeres a su alrededor en sus necesidades y miserias.
Ambas instituciones, las órdenes monásticas y las predicadoras, ejercieron por un tiempo una influencia generalizada para bien.
Sin embargo, estando fundadas sobre las ideas de los hombres, ambas degeneraron rápidamente, y se convirtieron en instrumentos del mal, agentes activos que se oponían a aquellos que buscaban un avivamiento mediante el cumplimiento y la divulgación de las Escrituras.

Las historias de los monjes y de los frailes muestran que si un movimiento espiritual se mantiene dentro de los límites de la Iglesia Católica Romana o de cualquier sistema similar, está condenado al fracaso, e inevitablemente tiene que rebajarse al nivel de aquello a que originalmente buscaba reformar.
Dicho movimiento adquiere una exención de la persecución a costa de su vida. Tanto Francisco de Asís como Pedro Valdo fueron poseídos por la misma enseñanza del Señor, y se entregaron a él con la mayor devoción.
En cada caso el ejemplo brindado y la enseñanza dada se adueñaron de los corazones de grandes multitudes y afectaron todo su estilo de vida.
La semejanza se convirtió en contraste cuando uno fue aceptado y el otro rechazado por la religión organizada de Roma. La relación íntima con el Señor posiblemente siguió siendo la misma, pero el desenvolvimiento de ambas vidas se diferenció sobremanera. Los franciscanos, siendo absorbidos por el sistema romano, contribuyeron a atar hombres a dicho sistema, mientras que Valdo y su grupo de predicadores dirigieron a multitudes de almas a las Escrituras, de donde aprendieron a sacar por sí mismas suministros frescos e inagotables de las fuentes de salvación.

En 1163, un Concilio de la Iglesia Romana en Tours, convocado por el Papa Alejandro III, prohibió cualquier contacto con los valdenses debido a que ellos enseñaban “una herejía condenable surgida en el territorio de Toulouse mucho tiempo atrás”. A finales del siglo XII había una iglesia valdense de muchos miembros en Metz que contaba con traducciones de la Biblia.

La iglesia en Colonia existía mucho antes de 1150 cuando varios de sus miembros fueron ejecutados, y de quienes su juez dijo: “Ellos fueron a su muerte no sólo con paciencia, sino además con entusiasmo”.

En España en 1192, el Rey Alfonso de Aragón decretó un edicto contra ellos y declaró que al hacerlo estaba actuando conforme al ejemplo de sus predecesores.

Los valdenses ya eran numerosos en Francia, Italia, Austria y en muchos otros países. En la diócesis de Passau, en 1260, se encontró que había valdenses en cuarenta y dos parroquias. Un sacerdote de Passau escribió en aquel entonces: “En Lombardía, Provenza, y en otras partes los herejes tenían más escuelas que los teólogos, y mucho más oyentes. Ellos discutían sus temas abiertamente y convocaban a la gente a participar en las reuniones solemnes en los mercados o al aire libre. Nadie se atrevía a impedírselos a causa del poder y la cantidad de sus admiradores”.

En Estrasburgo en 1212, los dominicos ya habían arrestado a 500 personas que pertenecían a las iglesias de los valdenses. Provenían de todas las clases sociales —nobles, sacerdotes, ricos y pobres, hombres y mujeres.
Los prisioneros declararon que había muchos como ellos en Suiza, Italia, Alemania, Bohemia, etc. Ochenta de ellos, incluyendo a 12 sacerdotes y 23 mujeres, fueron lanzados a las llamas. Su líder y anciano, llamado Juan, declaró cuando estaba a punto de morir: “Somos pecadores, pero nuestra fe no es la responsable de ello, ni tampoco somos culpables de la blasfemia de la cual se nos acusa sin razón; sin embargo, esperamos el perdón de nuestros pecados, y eso sin la ayuda de los hombres, ni tampoco por medio de los méritos de nuestras propias obras”. Las propiedades de los ejecutados fueron repartidas entre la Iglesia y la autoridad civil, la cual puso su poder a disposición de la Iglesia.

(Continuará)
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