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Historia de la Iglesia (19)
#1
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadbent

Capítulo 5

Los valdenses y los albigenses
(1100–1230; 70–1700; 1160–1318; 1100–1500)
.
Los hermanos de Bosnia y otros países de los Balcanes, al abrirse paso a través de Italia, se internaron en el sur de Francia, encontrando allí en todas partes a aquellos que compartían su fe. La enseñanza que ellos trajeron consigo fue bien recibida. El clero romano los llamó búlgaros, cátaros, patarinos y otros nombres.
Además, siguiendo la ya centenaria costumbre en Asia Menor y en los países de los Balcanes, el clero afirmó que eran maniqueos. Además de los círculos a los que estos pertenecían, también se formaron otros dentro de la Iglesia de Roma1 como resultado de movimientos espirituales que se desarrollaron de manera que arrastraron tras sí a multitudes de personas. Estas personas, nominalmente parte de la Iglesia Romana, abandonaran los servicios religiosos a que habían estado acostumbradas para agruparse alrededor de aquellos que les leían y explicaban la Palabra de Dios. Destacado entre aquellos maestros fue Pierre de Brueys, predicador diligente y capaz que durante veinte años, hasta que fue quemado en San Gil (1126), afrontando valientemente todo tipo de peligros, viajó a través de Delfinado, Provenza, Languedoc y Gascuña para sacar a las multitudes de las supersticiones en las que habían sido instruidas y llevarlas a las enseñanzas de las Escrituras.
Pierre de Brueys demostró a partir de las Escrituras que nadie debía ser bautizado hasta alcanzar el completo uso de su razón; que es inútil construir capillas, pues Dios acepta la adoración sincera dondequiera que sea ofrecida; que los crucifijos no deben ser venerados, sino que más bien deben verse con horror, pues representan el instrumento en el que sufrió nuestro Señor; que el pan y el vino no son transformados en el cuerpo y la sangre de Cristo, sino que son símbolos conmemorativos de su muerte; y que las oraciones y las buenas obras de los vivos no pueden beneficiar a los muertos.

A Pierre de Brueys se unió Henri, un monje de Cluny en las órdenes de los diáconos, cuyo aspecto impresionante, voz potente y gran don para la oratoria hacían inevitable que se le prestara atención. Su constante denuncia de los evidentes males que abundaban, sus convincentes exposiciones de las Escrituras, y su entusiasmo y devoción, hicieron que muchísimas personas llegaran al arrepentimiento y a la fe.
Entre ellos se encontraban pecadores bien conocidos que se convirtieron al Señor y transformaron sus vidas. Los sacerdotes que trataban de oponerse quedaban aterrorizados ante el poder de la predicación de Henri y al ver las multitudes que le seguían.

Sin dejarse intimidar por la muerte violenta de su admirado hermano mayor y colega, Henri continuó su testimonio hasta que Bernardo de Claraval, en aquel momento el hombre más poderoso en Europa, fue llamado a oponérsele, pues era el único que podría hacerlo exitosamente. Bernardo encontró a las iglesias desiertas y a la gente totalmente apartada del clero.

Aunque Henri fue obligado a huir de su poderoso adversario, toda la autoridad y la oratoria de Bernardo solamente pudieron ponerle una restricción temporal al movimiento que ya no dependía de ningún individuo, sino que se había convertido en un movimiento espiritual que afectaba a toda la población.

Henri fue capaz de eludir la captura por un largo período de tiempo, pudiendo así continuar su obra intrépida, pero, cayendo finalmente en manos del clero, fue encarcelado y murió en prisión o fue ejecutado en Toulouse.

De acuerdo con la costumbre empedernida de atribuirle algún nombre sectario a cualquiera que se esforzara por regresar a la enseñanza de las Escrituras, durante este período muchos fueron llamados petrobrusianos o henricianos, nombres que ellos mismos nunca admitieron.
Bernardo de Claraval se quejó amargamente por el hecho de que ellos rehusaban tomar el nombre de alguien como su fundador. Bernardo dijo: “Pregúnteles el nombre del autor de su secta y ellos no la atribuirán a nadie. ¿Qué herejía existe que de entre los hombres no haya tenido su propio padre hereje? Los maniqueos tuvieron a Mani como su príncipe y preceptor, los sabelianos a Sabelio, los arrianos a Arrio, los eunomianos a Eunomio, los nestorianos a Nestorio. Igualmente todas las otras plagas de esta calaña han tenido cada una su propio hombre, como sus respectivos fundadores, de quienes han derivado tanto su origen como su nombre. Sin embargo, ¿por qué apelativo o título se podría llamar a estos herejes? En realidad por ninguno, debido a que su "herejía" no proviene de hombres, ni tampoco la han recibido a través de hombres.”

Bernardo de Claraval finalmente llega a la conclusión de que ellos habían recibido su herejía de los demonios. El nombre albigenses no aparece hasta después del Concilio celebrado en Lombers cerca de Albi a mediados del siglo XII. Las personas llevadas a juicio allí hicieron una confesión de fe que no se diferenció mucho de la que un católico romano hubiera hecho; pero como ellos objetaron, por razones de conciencia, prestar juramento en confirmación de lo que habían dicho, fueron condenados.
El hecho de que ellos hayan hecho esta confesión, que también incluía una declaración que reconocía el bautismo de infantes, demuestra que no todos los afectados por los movimientos religiosos de la época diferían en el mismo grado de las enseñanzas de la Iglesia dominante.

En una época de semejante desorden espiritual, echaron raíces toda clase de ideas extrañas y extravagantes, y tanto el error como la verdad encontraron tierra fértil.
Pareciera que algunas personas que fueron interrogadas y castigadas eran místicas, y aunque muchos que fueron acusados de ser maniqueos no tenían relación alguna con ellos. Sí se encontraron casos de personas que abrazaban la doctrina maniquea; estos fácilmente fueron confundidos con otros que eran inocentes de tal enseñanza.

Entre la gente, los hermanos fueron generalmente llamados “los buenos”. Existe un testimonio general de que su estilo de vida sirvió de modelo para todos, y especialmente que su sencillez y piedad contrastaban con los excesos del clero.

En San Félix de Caraman, cerca de Toulouse, en 1167, se celebró una conferencia de maestros de estas iglesias en la cual un anciano de Constantinopla desempeñó un papel importante. Él trajo buenas noticias del progreso de las iglesias en su propio distrito y también en Rumania, Bulgaria y Dalmacia.
En 1201, la visita de otro líder de Albania motivó un avivamiento extenso en el sur de Francia.

Algunos entre los hermanos se dedicaron completamente a viajar y ministrar la Palabra de Dios, y fueron llamados “los perfectos”. Y, conforme a las palabras del Señor en Mateo 19.21, no poseían nada, no tenían hogar, y literalmente vivían según ese mandamiento. Sin embargo, ellos reconocían que no todos son llamados a seguir ese camino, y que la mayoría de los creyentes, aunque reconociendo que ellos mismos y todo lo que tenían pertenecía a Cristo, debían servirle sin alejarse de sus familias y sin dejar sus empleos normales.

En Languedoc y Provenza en el sur de Francia existía una civilización que se adelantaba a la de otros países. Las pretensiones de la Iglesia Romana de gobernar habían encontrado allí oposición y rechazo en sentido general. Las congregaciones de creyentes que se reunían aparte de la Iglesia Católica eran numerosas e iban en aumento.
A menudo se les llama albigenses, pero este nombre nunca fue usado por ellos ni para referirse a ellos hasta en un período posterior. Ellos mantenían una relación íntima con los hermanos —ya fueran llamados valdenses, los “pobres de Lyón”, bogomilos o de otra manera— de los países vecinos donde las iglesias se propagaron entre los diferentes pueblos.

El Papa Inocencio III le exigió al Conde de Toulouse, Raimundo VI, que gobernaba en Provenza, y a otros gobernantes y prelados en el sur de Francia, desterrar a los herejes. Esto hubiera significado la ruina del país. Por un tiempo Raimundo desacató la orden hasta donde pudo, pero pronto se vio involucrado en una pelea inútil con el Papa, que en 1209 declaró una cruzada contra él y su gente. Las indulgencias, como las que se habían concedido a los que participaron en las cruzadas que fueron a Palestina, arriesgando sus vidas para rescatar de los saracenos musulmanes los lugares sagrados, ahora eran ofrecidas a todos los que tomaran parte en la obra, aun más fácil, de destruir las provincias más fructíferas de Francia.
Esto, y las expectativas de lograr botines y licencias de todo tipo, atrajeron a cientos de miles de hombres.

Bajo la dirección de altos dignatarios clericales y dirigidos por Simón de Montfort, líder militar de gran capacidad, hombre de ambición sin límites y de una crueldad despiadada, fue arrasada la región más hermosa y cultivada de Europa en aquella época. Durante veinte años esta región se convirtió en el escenario de una maldad y crueldad espantosas, y fue reducida a la desolación.
Cuando al poblado de Béziers se le ordenó que se rindiera, los habitantes católicos se unieron a la negativa de los disidentes a pesar de haber sido advertidos de que, si el lugar era tomado, no quedaría alma con vida.
El poblado fue tomado, y de las decenas de miles que se habían refugiado allí, ninguno fue perdonado.

Luego de la toma de otro lugar, La Minerva, fueron encontrados alrededor de 140 creyentes. Las mujeres estaban en una casa y los hombres en otra; todos estaban orando mientras esperaban la hora de su muerte.
Simón de Montfort había ordenado preparar una gran hoguera, y
les mandó que se convirtieran a la fe católica o que de lo contrario subieran a aquella hoguera. Ellos respondieron que no reconocían a ninguna autoridad sacerdotal o papal, sino solamente la de Cristo y su Palabra. Entonces se encendió el fuego y los confesores, sin vacilar, entraron en las llamas.
Fue cerca de este lugar, en la localidad de Carbona, que fue establecida la Inquisición (1210) bajo la dirección de Domingo, fundador de la orden de los dominicos.

Cuando en el Concilio de Toulouse (1229), la Inquisición se convirtió en una institución permanente, la Biblia, con la sola excepción del Salterio en Latín, fue prohibida para el laicado.
Se decretó que no podrían tener ninguna porción de la Biblia traducida a sus propios idiomas. Fue así como la Inquisición terminó lo que la cruzada había dejado inconcluso.
Muchos de los hermanos huyeron hacia los países balcánicos; otros fueron dispersos por las tierras vecinas. La civilización de Provenza desapareció y las provincias independientes del sur fueron anexadas a la corona francesa.

En los valles alpinos de Piedmont existieron durante siglos congregaciones de creyentes que se llamaban a sí mismos hermanos, y que más tarde llegaron a conocerse ampliamente como valdenses o vaudois, aunque ellos no aceptaban el nombre.

Ellos trazaban su origen en aquellas regiones hasta los tiempos apostólicos. Al igual que muchos de los llamados cátaros, paulicianos y otras iglesias, estas no eran iglesias “reformadas”, pues nunca se habían degenerado del modelo del Nuevo Testamento como lo había hecho la Iglesia Romana, Griega y otras, sino que habían mantenido siempre, aunque en grados variables, la tradición apostólica.

Desde la época de Constantino había existido una sucesión de aquellos que predicaban el Evangelio y fundaban iglesias sin dejarse influenciar por las relaciones existentes entre la Iglesia y el estado.

Esto explica la gran cantidad de grupos cristianos, bien fundados en las Escrituras y libres de la idolatría y de otros males imperantes en la Iglesia dominante y nominal de aquel tiempo, que fueron hallados en los montes del Tauro y en los valles alpinos. Estos últimos, en el tranquilo aislamiento de sus montañas, no habían sido afectados por el desarrollo de la Iglesia Romana.

Ellos consideraban que las Escrituras, tanto en lo referente a doctrina como al orden de la iglesia, eran la autoridad para su tiempo y que no se encontraban obsoletas debido al cambio de circunstancias.
De ellos se dijo que todo su modo de pensar y actuar era un esfuerzo por mantener firme el carácter del cristianismo original.
Una prueba de que ellos no eran “reformistas” es su relativa tolerancia de la Iglesia Católica Romana, mientras que el reformista casi inevitablemente acentúa la maldad de aquello de lo cual se ha separado, a fin de justificar sus actos.

En su trato con sus contemporáneos que se separaron de la Iglesia de Roma, así como más adelante en sus negociaciones con los reformistas de la Reforma, este reconocimiento de lo que era bueno en la Iglesia que los persiguió aparece repetidamente.
El inquisidor Reinerio, quien murió en 1259, ha dejado constancia de esto: "En lo que se refiere a las sectas de los antiguos herejes, obsérvese que han existido más de setenta, de las cuales todas, excepto las sectas de los maniqueos, los arrianos, los runcarianos y los leonistas que han infectado a Alemania, con el favor de Dios han sido destruidas. Entre todas estas sectas, que aún existen o han existido anteriormente, no existe ninguna más nociva para la Iglesia que la de los leonistas, y esto se debe a tres razones fundamentales. La primera: Esta ha sido la de mayor continuación, pues muchos dicen que ha perdurado desde la época de Silvestre, y otros dicen que ha perdurado desde el tiempo de los apóstoles. La segunda: Es la más diseminada, ya que apenas hay un país en que esta secta no existe. Y la tercera: Mientras todas las otras sectas, por medio de la gravedad de sus blasfemias contra Dios, infunden terror a los oyentes, esta de los leonistas tiene una gran apariencia de piedad en vista de que ellos viven de manera piadosa ante los hombres y creen en todas las cosas con relación a Dios, junto con todos los artículos contenidos en el credo; sólo que ellos blasfeman contra la Iglesia Romana y el clero, sentimiento que la gran multitud del laicado esta más que dispuesta a compartir."
Pilichdorf, un escritor posterior, y además, un enemigo acérrimo de las sectas, escribió que las personas que afirmaban haber existido desde la época del Papa Silvestre eran los valdenses.

Algunos han sugerido que Claudio, Obispo de Turín, fue el fundador de los valdenses en las montañas de Piedmont. Él y ellos tenían mucho en común, y deben haberse fortalecido y animado los unos a los otros, pero los hermanos llamados valdenses eran de origen más antiguo.
Marco Aurelio Rorenco, prior de San Roque en Turín, recibió la orden en 1630 de escribir un informe de la historia y las opiniones de los valdenses. Él escribió que los valdenses eran demasiado antiguos como para dar una certeza absoluta a la fecha exacta de su origen, pero que, en todo caso, ni siquiera en los siglos IX y X eran una secta nueva. Y agregó, además, que en el siglo IX, muy lejos de ser una secta nueva, eran más bien considerados una raza de fomentadores y promotores de opiniones que los precedieron. Más adelante, Marco Aurelio escribió que Claudio de Turín debía ser incluido entre aquellos fomentadores y promotores, en el sentido de que negaba la debida reverencia a la santa cruz, rechazaba la veneración e invocación de los santos y, además, era un destructor principal de las imágenes.
En su comentario sobre la Epístola a los Gálatas, Claudio enseña claramente la justificación por medio de la fe, y señala el error de la Iglesia al desviarse de esa verdad.

(Continuará)
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