15-11-2013, 05:14 PM
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadbent
También se rechazó la enseñanza de que sólo se puede adorar a Dios en los tres idiomas (latín, griego y hebreo), y se afirmó que “no hay lengua en que la oración no pudiera ofrecerse”. En aquel entonces los representantes del Papa no se encontraban en una posición que les permitiera protestar.
El sentimiento general de los francos, en sus guerras contra los sajones paganos así como en sus misiones entre ellos, no favorecía la idolatría.
Luis, el tercer hijo de Carlomagno, que en ese tiempo era rey de Aquitania, sucedió a su padre como emperador (813 d. de J.C.). Luis era un admirador de un español llamado Claudio, un estudiante diligente de las Escrituras, que se había hecho famoso por sus Comentarios sobre la Biblia.
Tan pronto se convirtió en emperador, Luis nombró a Claudio Obispo de Turín. El nuevo Obispo, haciendo uso de su conocimiento y amor por las Escrituras, aprovechó de inmediato las circunstancias favorables creadas por el Concilio de Frankfurt y fue más allá de sus decretos al ordenar que se quitaran todas las imágenes de las iglesias de Turín, las cuales él llamó ídolos, sin excluir las cruces.
Tantos aprobaron lo que él hacía que no se podía hacer resistencia eficaz alguna en Turín.
Claudio también enseñó públicamente que el oficio apostólico de Pedro cesó cuando cesó su vida, que “el poder de las llaves” pasó a toda la estructura episcopal, y que el Obispo de Roma tenía poder apostólico solamente mientras llevara una vida apostólica.
Naturalmente, también hubo muchos que se opusieron a esto. Entre ellos destacó el abad de un monasterio cerca de Nîmes, aunque él mismo reconocía que la mayoría de los prelados transalpinos estaban de acuerdo con el Obispo de Turín.
Sucesos de mayor envergadura, pero también relacionados con el asunto de las imágenes, tuvieron sus orígenes en Arabia. En el año 571 d. de J.C. nació Mahoma en la Meca, y ya para su muerte en el año 632 d. de J.C. la religión del Islam, de la cual él era su fundador y profeta, se había propagado por la mayor parte de Arabia. El Islam, o “sumisión a la voluntad de Dios”, tenía como su credo: “No hay más Dios que Alá, y Mahoma es su profeta”. El Islam repudiaba totalmente la adoración a imágenes o pinturas de cualquier tipo. Su libro, el Corán, contiene muchas referencias confusas a personas y sucesos mencionados en la Biblia. Personajes como Abraham el amigo de Dios, Moisés la ley de Dios, Jesús el Espíritu de Dios, son venerados, pero en el libro todos son superados por Mahoma, el profeta de Dios.
Esta religión se propagó despiadadamente por medio de la espada, y tal fue el vigor implacable del nuevo entusiasmo que en menos de cien años después de la muerte de Mahoma, el dominio y la religión de sus seguidores se extendía desde la India hasta España. La única opción dada por los musulmanes, de convertirse al Islam o morir, propició que continuamente se reforzaran sus ejércitos, aunque cantidades incalculables de creyentes prefirieron morir antes que negar a Cristo.
Especialmente en África del Norte, donde las iglesias eran tan numerosas y había tantas tradiciones y registros de personas que mantuvieron firme su fe hasta la muerte, durante la persecución llevada a cabo por el Imperio Romano pagano, una gran parte de la población fue exterminada. El Islam resultó ser un castigo sobre la idolatría, ya fuera pagana o cristiana.
El movimiento iconoclasta le había proporcionado una tregua a los hermanos perseguidos en Asia Menor. Pero cuando los partidarios de las imágenes, bajo el dominio de la emperatriz Teodora, triunfaron (842 d. de J.C.), se determinó exterminar a los “herejes” que, además de haber preservado la adoración espiritual y el sacerdocio de todos los creyentes, habían proclamado tan poderosa y constantemente que las imágenes, pinturas, y reliquias carecían de valor.
Para enfrentar los tiempos difíciles que se avecinaban, los creyentes se prepararon con la ayuda de hombres capaces, como fue el caso de Sembat, nacido a finales del siglo VIII en el seno de una familia armenia noble, y que fue tan destacado en su ministerio que incluso mucho después de su muerte los católicos hablaban de él como el fundador de los paulicianos.
Otro líder fue Sergio (Sarkis, en el idioma armenio). “Durante treinta y cuatro años” (800–834), dijo, “he viajado de este a oeste y de norte a sur, predicando el Evangelio de Cristo hasta que mis piernas se cansaron”. Sergio tuvo una fuerte convicción de su llamado al ministerio, y con gran autoridad reconciliaba divisiones, y unía e instruía a los cristianos. Con todo, él podía apelar a los que le conocían y preguntarles, con una conciencia limpia, si alguna vez se había aprovechado de alguien o si había actuado de manera despótica y autoritaria.
Aunque Sergio trabajaba como carpintero, visitó casi cada parte de las tierras altas del centro de Asia Menor. Su conversión se produjo como resultado de haber sido persuadido a leer las Escrituras. Cierta mujer creyente le preguntó por qué no leía los Evangelios divinos. Él le explicó que sólo los sacerdotes podían hacerlo, y no el laicado. Ella le respondió que Dios no hacía distinción de personas, sino que deseaba que todos fueran salvos y vinieran al conocimiento de la verdad, y que, por lo tanto, este era un truco de los sacerdotes para privar a las personas de su parte en los Evangelios. Fue así como él leyó, creyó, y por mucho tiempo testificó muy eficazmente de Cristo. Sus epístolas circularon ampliamente y fueron muy estimadas. Sus actividades sólo se vieron truncadas por su muerte cuando sus perseguidores lo cortaron en dos con un hacha.
Sergio fue uno de los más distinguidos de una serie de hombres cuyo carácter santo y servicio devoto grabaron sus nombres en la memoria de un pueblo heroico. Baanes, Constantino, Simeón, Genesios, José, Zacarías y Sergio son nombres que sobrevivieron los estragos de las persecuciones que siguieron. Tan imbuidos estaban estos hermanos del espíritu del libro de los Hechos y las epístolas, tan deseosos de continuar inalteradamente las tradiciones del Nuevo Testamento, y especialmente de preservar en sus propios países el recuerdo de que allí los apóstoles habían obrado y habían fundado las primeras iglesias, que constantemente adoptaban los nombres de los hombres y de las iglesias de las Escrituras inspiradas. De ese modo, Constantino fue llamado Silvano; Simeón, Tito; Genesios, Timoteo; José, Epafrodito.
Muy diferentes fueron los nombres que les pusieron sus adversarios, quienes llamaron a Zacarías el “pastor mercenario”, y a Baanes “el inmundo”. Los “verdaderos cristianos”, como se llamaban a sí mismos para distinguirse de los “romanos”, también les pusieron nombres conmemorativos a las iglesias donde centraban sus actividades. Así Kibossa, lugar donde Constantino y Simeón trabajaron, se convirtió en su Macedonia; la aldea de Mananalis, alrededor de la cual Genesios trabajó, fue su Acaya; mientras otras iglesias tomaron el nombre de Filipos, Colosas y así por el estilo. Estos hombres trabajaron durante 200 años, desde la mitad del siglo VII hasta la mitad del siglo VIX. Fue en su tiempo, y posiblemente por uno de ellos, que se escribió el libro "La llave de la verdad", el cual ofrece una imagen vívida de ellos.
Las persecuciones llevadas a cabo bajo las órdenes de la emperatriz Teodora al final de este período, y las posteriores guerras, dispersaron las iglesias y muchos de los creyentes cruzaron el mar hacia los Balcanes.
Las iglesias experimentaron períodos de problemas internos, además de ataques externos. En la época de Genesios las divisiones provocaron semejante disturbio que este fue citado a Constantinopla para dar cuenta ante las autoridades.
El bien dispuesto emperador, León el Isaúrico, no criticó sus doctrinas, ni tampoco el patriarca Germano. Genesios fue enviado de regreso con cartas que ordenaban la protección para los “paulicianos”. Pero el gobierno no ayudó a las iglesias permanentemente. Su represión forzosa de la adoración de imágenes no logró aflojar el agarre de estas sobre la población.
Probablemente dicha represión se originó, más bien, por razones de conveniencia política. Así fue como León el Armenio, aunque era un iconoclasta, a fin de complacer a la Iglesia Griega permitió que se llevara a cabo un ataque contra los “paulicianos”, debilitando y enajenando así a los que eran su verdadera fuerza.
Nuevamente, bajo las órdenes de la emperatriz Teodora, se inició la matanza, decapitación, quema y ahogamiento de creyentes de manera sistemática. Esta situación se mantuvo por muchos años, pero fracasó en su intento de debilitar la firmeza de los creyentes.
Se decía que entre los años 842 y 867 el celo malvado de Teodora y sus inquisidores había dado muerte a unas 100.000 personas. Esta época fue descrita por Gregorio Magistros que, 200 años más tarde, estuvo a cargo de la persecución de personas similares en el mismo distrito
Gregorio escribió: “Antes de nosotros muchos generales y magistrados los han entregado a la espada y, sin piedad, no perdonaron ni a hombres ni a niños, lo cual ha sido muy correcto. Además, nuestros patriarcas han marcado y quemado sus frentes con la imagen de un zorro (…)
(Continuará)
Por Edmund Hamer Broadbent
También se rechazó la enseñanza de que sólo se puede adorar a Dios en los tres idiomas (latín, griego y hebreo), y se afirmó que “no hay lengua en que la oración no pudiera ofrecerse”. En aquel entonces los representantes del Papa no se encontraban en una posición que les permitiera protestar.
El sentimiento general de los francos, en sus guerras contra los sajones paganos así como en sus misiones entre ellos, no favorecía la idolatría.
Luis, el tercer hijo de Carlomagno, que en ese tiempo era rey de Aquitania, sucedió a su padre como emperador (813 d. de J.C.). Luis era un admirador de un español llamado Claudio, un estudiante diligente de las Escrituras, que se había hecho famoso por sus Comentarios sobre la Biblia.
Tan pronto se convirtió en emperador, Luis nombró a Claudio Obispo de Turín. El nuevo Obispo, haciendo uso de su conocimiento y amor por las Escrituras, aprovechó de inmediato las circunstancias favorables creadas por el Concilio de Frankfurt y fue más allá de sus decretos al ordenar que se quitaran todas las imágenes de las iglesias de Turín, las cuales él llamó ídolos, sin excluir las cruces.
Tantos aprobaron lo que él hacía que no se podía hacer resistencia eficaz alguna en Turín.
Claudio también enseñó públicamente que el oficio apostólico de Pedro cesó cuando cesó su vida, que “el poder de las llaves” pasó a toda la estructura episcopal, y que el Obispo de Roma tenía poder apostólico solamente mientras llevara una vida apostólica.
Naturalmente, también hubo muchos que se opusieron a esto. Entre ellos destacó el abad de un monasterio cerca de Nîmes, aunque él mismo reconocía que la mayoría de los prelados transalpinos estaban de acuerdo con el Obispo de Turín.
Sucesos de mayor envergadura, pero también relacionados con el asunto de las imágenes, tuvieron sus orígenes en Arabia. En el año 571 d. de J.C. nació Mahoma en la Meca, y ya para su muerte en el año 632 d. de J.C. la religión del Islam, de la cual él era su fundador y profeta, se había propagado por la mayor parte de Arabia. El Islam, o “sumisión a la voluntad de Dios”, tenía como su credo: “No hay más Dios que Alá, y Mahoma es su profeta”. El Islam repudiaba totalmente la adoración a imágenes o pinturas de cualquier tipo. Su libro, el Corán, contiene muchas referencias confusas a personas y sucesos mencionados en la Biblia. Personajes como Abraham el amigo de Dios, Moisés la ley de Dios, Jesús el Espíritu de Dios, son venerados, pero en el libro todos son superados por Mahoma, el profeta de Dios.
Esta religión se propagó despiadadamente por medio de la espada, y tal fue el vigor implacable del nuevo entusiasmo que en menos de cien años después de la muerte de Mahoma, el dominio y la religión de sus seguidores se extendía desde la India hasta España. La única opción dada por los musulmanes, de convertirse al Islam o morir, propició que continuamente se reforzaran sus ejércitos, aunque cantidades incalculables de creyentes prefirieron morir antes que negar a Cristo.
Especialmente en África del Norte, donde las iglesias eran tan numerosas y había tantas tradiciones y registros de personas que mantuvieron firme su fe hasta la muerte, durante la persecución llevada a cabo por el Imperio Romano pagano, una gran parte de la población fue exterminada. El Islam resultó ser un castigo sobre la idolatría, ya fuera pagana o cristiana.
El movimiento iconoclasta le había proporcionado una tregua a los hermanos perseguidos en Asia Menor. Pero cuando los partidarios de las imágenes, bajo el dominio de la emperatriz Teodora, triunfaron (842 d. de J.C.), se determinó exterminar a los “herejes” que, además de haber preservado la adoración espiritual y el sacerdocio de todos los creyentes, habían proclamado tan poderosa y constantemente que las imágenes, pinturas, y reliquias carecían de valor.
Para enfrentar los tiempos difíciles que se avecinaban, los creyentes se prepararon con la ayuda de hombres capaces, como fue el caso de Sembat, nacido a finales del siglo VIII en el seno de una familia armenia noble, y que fue tan destacado en su ministerio que incluso mucho después de su muerte los católicos hablaban de él como el fundador de los paulicianos.
Otro líder fue Sergio (Sarkis, en el idioma armenio). “Durante treinta y cuatro años” (800–834), dijo, “he viajado de este a oeste y de norte a sur, predicando el Evangelio de Cristo hasta que mis piernas se cansaron”. Sergio tuvo una fuerte convicción de su llamado al ministerio, y con gran autoridad reconciliaba divisiones, y unía e instruía a los cristianos. Con todo, él podía apelar a los que le conocían y preguntarles, con una conciencia limpia, si alguna vez se había aprovechado de alguien o si había actuado de manera despótica y autoritaria.
Aunque Sergio trabajaba como carpintero, visitó casi cada parte de las tierras altas del centro de Asia Menor. Su conversión se produjo como resultado de haber sido persuadido a leer las Escrituras. Cierta mujer creyente le preguntó por qué no leía los Evangelios divinos. Él le explicó que sólo los sacerdotes podían hacerlo, y no el laicado. Ella le respondió que Dios no hacía distinción de personas, sino que deseaba que todos fueran salvos y vinieran al conocimiento de la verdad, y que, por lo tanto, este era un truco de los sacerdotes para privar a las personas de su parte en los Evangelios. Fue así como él leyó, creyó, y por mucho tiempo testificó muy eficazmente de Cristo. Sus epístolas circularon ampliamente y fueron muy estimadas. Sus actividades sólo se vieron truncadas por su muerte cuando sus perseguidores lo cortaron en dos con un hacha.
Sergio fue uno de los más distinguidos de una serie de hombres cuyo carácter santo y servicio devoto grabaron sus nombres en la memoria de un pueblo heroico. Baanes, Constantino, Simeón, Genesios, José, Zacarías y Sergio son nombres que sobrevivieron los estragos de las persecuciones que siguieron. Tan imbuidos estaban estos hermanos del espíritu del libro de los Hechos y las epístolas, tan deseosos de continuar inalteradamente las tradiciones del Nuevo Testamento, y especialmente de preservar en sus propios países el recuerdo de que allí los apóstoles habían obrado y habían fundado las primeras iglesias, que constantemente adoptaban los nombres de los hombres y de las iglesias de las Escrituras inspiradas. De ese modo, Constantino fue llamado Silvano; Simeón, Tito; Genesios, Timoteo; José, Epafrodito.
Muy diferentes fueron los nombres que les pusieron sus adversarios, quienes llamaron a Zacarías el “pastor mercenario”, y a Baanes “el inmundo”. Los “verdaderos cristianos”, como se llamaban a sí mismos para distinguirse de los “romanos”, también les pusieron nombres conmemorativos a las iglesias donde centraban sus actividades. Así Kibossa, lugar donde Constantino y Simeón trabajaron, se convirtió en su Macedonia; la aldea de Mananalis, alrededor de la cual Genesios trabajó, fue su Acaya; mientras otras iglesias tomaron el nombre de Filipos, Colosas y así por el estilo. Estos hombres trabajaron durante 200 años, desde la mitad del siglo VII hasta la mitad del siglo VIX. Fue en su tiempo, y posiblemente por uno de ellos, que se escribió el libro "La llave de la verdad", el cual ofrece una imagen vívida de ellos.
Las persecuciones llevadas a cabo bajo las órdenes de la emperatriz Teodora al final de este período, y las posteriores guerras, dispersaron las iglesias y muchos de los creyentes cruzaron el mar hacia los Balcanes.
Las iglesias experimentaron períodos de problemas internos, además de ataques externos. En la época de Genesios las divisiones provocaron semejante disturbio que este fue citado a Constantinopla para dar cuenta ante las autoridades.
El bien dispuesto emperador, León el Isaúrico, no criticó sus doctrinas, ni tampoco el patriarca Germano. Genesios fue enviado de regreso con cartas que ordenaban la protección para los “paulicianos”. Pero el gobierno no ayudó a las iglesias permanentemente. Su represión forzosa de la adoración de imágenes no logró aflojar el agarre de estas sobre la población.
Probablemente dicha represión se originó, más bien, por razones de conveniencia política. Así fue como León el Armenio, aunque era un iconoclasta, a fin de complacer a la Iglesia Griega permitió que se llevara a cabo un ataque contra los “paulicianos”, debilitando y enajenando así a los que eran su verdadera fuerza.
Nuevamente, bajo las órdenes de la emperatriz Teodora, se inició la matanza, decapitación, quema y ahogamiento de creyentes de manera sistemática. Esta situación se mantuvo por muchos años, pero fracasó en su intento de debilitar la firmeza de los creyentes.
Se decía que entre los años 842 y 867 el celo malvado de Teodora y sus inquisidores había dado muerte a unas 100.000 personas. Esta época fue descrita por Gregorio Magistros que, 200 años más tarde, estuvo a cargo de la persecución de personas similares en el mismo distrito
Gregorio escribió: “Antes de nosotros muchos generales y magistrados los han entregado a la espada y, sin piedad, no perdonaron ni a hombres ni a niños, lo cual ha sido muy correcto. Además, nuestros patriarcas han marcado y quemado sus frentes con la imagen de un zorro (…)
(Continuará)

