11-11-2013, 03:15 PM
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadbent
La decadencia espiritual de las iglesias, su desviación del modelo del Nuevo Testamento, el consecuente incremento de la mundanería dentro de ellas, el sometimiento al sistema humano y la tolerancia del pecado, no sólo incitaron esfuerzos para reformarlas o establecer iglesias reformadas (como las ya vistas en los movimientos donatistas y montanistas), sino que, además, provocaron que algunos de los que buscaban la santidad y la comunión con Dios se apartaran de todo contacto con los hombres.
Por una parte, las circunstancias imperantes en el mundo, devastado por los bárbaros, y por otra parte, en la Iglesia, desviada de lo que debía ser su testimonio en el mundo, dejó a estos buscadores sin esperanza de encontrar comunión con Dios en la vida diaria ni con los cristianos en las iglesias. De modo que se retiraban a lugares desérticos y vivían como anacoretas, para así, estando libres de las distracciones y tentaciones de la vida común, pretender llegar a alcanzar, por medio de la contemplación, la visión y el conocimiento de Dios que ansiaban sus almas.
Influenciados por las enseñanzas prevalecientes acerca de que la materia era mala, ellos optaron por un estilo de vida extremadamente sencillo y prácticas ascéticas para vencer los obstáculos que, según su criterio, el cuerpo presenta a la vida espiritual. En el cuarto siglo, en Egipto, Antonio el ermitaño se convirtió en un personaje célebre por su vida solitaria, y muchos, incitados a igualar su piedad, se establecieron cerca de él, e imitaron su estilo de vida.
Fue así como sus seguidores lo convencieron para que formulara un reglamento o norma de vida para ellos. Los ermitaños se incrementaron en número, y algunos impusieron sobre sus propias vidas tremendas severidades. Simeón Estilita fue uno de los que ganó fama por vivir muchos años en lo alto de una columna.
Rápidamente tuvo lugar un desarrollo mayor, y Pacomio, en el sudeste de Egipto, a principios del cuarto siglo fundó un monasterio donde aquellos que se retiraban del mundo ya no vivían más solos, sino como parte de una comunidad.
Este tipo de comunidades se propagó tanto en las iglesias occidentales como en las orientales, y llegó a ser una parte importante en la vida de los pueblos.
Aproximadamente a principios del sexto siglo, Benito de Nursia, en Italia, le dio un gran impulso a este movimiento, y su norma de vida para los grupos monásticos prevaleció por encima de todas las demás.
Él no ocupaba a los monjes tan exclusivamente con austeridades personales, sino que orientó sus actividades hacia la realización de ceremonias religiosas y el servicio a los hombres, prestando especial atención a la agricultura. Los monasterios de la orden benedictina fueron unos de los principales medios mediante los cuales se difundió el cristianismo entre las naciones teutónicas a lo largo de los siglos séptimo y octavo.
También desde Irlanda, desde la isla de Iona, y a través de Escocia, los monasterios y los asentamientos columbanos prepararon y enviaron a misioneros fieles hacia el norte y centro de Europa.
Puesto que los Papas de Roma poco a poco llegaron a dominar la Iglesia y a dedicarse a la intriga y a la lucha por el poder temporal, el sistema monástico atrajo a muchos de los que eran espirituales y anhelaban seguir a Dios en santidad. Sin embargo, un monasterio se diferenciaba grandemente de una iglesia neotestamentaria, tanto así que las almas, que se vieron obligadas a huir de la Iglesia Romana y su mundanería, no encontraron en el monasterio lo que una iglesia verdadera hubiera provisto. Estas almas fueron sometidas a las normas de una institución en vez de permitir que el Espíritu Santo obrara en ellas libremente. Las diversas órdenes monásticas que surgieron tomaron una misma línea de desarrollo. Comenzaban con la pobreza y la más severa abnegación, pero se hacían ricas y poderosas, relajaban su disciplina, y se volvían indulgentes y mundanas. Entonces una reacción provocaba que algunos comenzaran una nueva orden de auto-humillación absoluta, la cual más adelante seguía el mismo ciclo de las anteriores. Entre este tipo de reformistas encontramos a Bernardo de Cluny, a principios del siglo X, y Stephen Harding de Citeaux en el siglo XI.
Fue en el monasterio cisterciense de Citeaux que Bernardo, luego abad de Claraval, pasó algunos de sus años mozos. Él llegó a ejercer una influencia que estuvo por encima de la ejercida por reyes y Papas, pero su recuerdo más grato y duradero perdura en algunos de los himnos que escribió.
Muchas mujeres también buscaron refugio del mundo en los conventos para mujeres que surgieron en aquel entonces. Estas casas religiosas, tanto para hombres como mujeres, fueron santuarios para los débiles durante los tiempos oscuros y turbulentos. Se convirtieron en centros donde el aprendizaje fue preservado, a pesar del barbarismo predominante, y lugares donde se copiaban, traducían y leían las Escrituras.
Sin embargo, estos conventos a su vez fueron tierra fértil para la ociosidad y la opresión, y las órdenes religiosas llegaron a convertirse en instrumentos activos en manos del Papa para la persecución de todos los que se esforzaban por restaurar las iglesias de Dios sobre la base de su fundamento original.
La transformación gradual de las iglesias del Nuevo Testamento de su modelo original a organizaciones tan diferentes que casi no se podía notar ninguna relación entre ellas, parecía que continuaría hasta que todo se hubiera perdido. El esfuerzo por salvar a las iglesias de la desunión y la herejía por medio del sistema clerical y episcopal no sólo fracasó, sino que trajo consigo grandes males. La esperanza de que las iglesias perseguidas obtuvieran algún provecho mediante la unión con el estado terminó en desilusión. El monaquismo resultó incapaz de ser un sustituto para las iglesias como refugio del mundo y se convirtió, más bien, en una institución mundana.
No obstante, siempre hubo algo que sobrevivió a través de todos estos tiempos; algo capaz de obrar una restauración. La presencia de las Escrituras en el mundo proveyó los medios que el Espíritu Santo pudo emplear en el corazón de los hombres con un poder capaz de vencer el error y volverlos a la verdad divina.
Nunca dejaron de existir congregaciones e iglesias verdaderas que se apegaban a las Escrituras como su guía de fe y doctrina, como la norma tanto para la conducta individual como para el orden de la iglesia. Estas congregaciones, aunque ocultas y despreciadas, ejercieron una influencia que no se quedó sin dar frutos. La actividad misionera no cesó durante estos tiempos convulsos, sino que se llevó a cabo con entusiasmo y devoción.
En realidad, hasta el siglo XI cuando las Cruzadas absorbieron el entusiasmo de las naciones católicas, hubo un testimonio constante que poco a poco sometió a los conquistadores bárbaros y llevó el conocimiento de Cristo a las tierras lejanas de las cuales ellos procedían.
Los misioneros nestorianos llegaron tan lejos como a China y a Siberia, y establecieron iglesias desde Samarcanda hasta Ceilán. Los griegos de Constantinopla atravesaron Bulgaria y penetraron en las profundidades de Rusia, mientras que las naciones paganas del centro y norte de Europa fueron alcanzadas por misioneros tanto de las Iglesias Británicas como Romanas. En el África del Norte y en Asia occidental eran más los que profesaban el cristianismo en aquel tiempo que en la actualidad.
Sin embargo, los errores que prevalecían en las iglesias que profesaban el cristianismo se vieron reflejados en su obra misionera. Ya no existía la manera sencilla de predicar a Cristo y fundar iglesias como en los tiempos de la iglesia primitiva, sino que junto con una medida de la verdad también había una insistencia en cumplir todos los preceptos legales y rituales.
De modo que cuando los reyes llegaban a confesar el cristianismo, el principio de la unión de la Iglesia y el estado conducía a la conversión externa y forzosa de multitudes de ciudadanos a la nueva religión del estado.
En lugar de que las iglesias fueran fundadas en las distintas ciudades y territorios, independientes de cualquier organización central, y cada una en una relación directa con el Señor como en los días apostólicos, todas eran subordinadas a una de las grandes organizaciones cuyo centro se encontraba en Roma, Constantinopla, o en cualquier otro lugar.
Lo que sucedió a gran escala también se aplica a nivel individual. La manera perjudicial de operar de este sistema también se manifiesta dondequiera que los pecadores, en lugar de ser guiados a Cristo y provistos de las Escrituras como su guía, son obligados a formar parte de alguna denominación extranjera o se les enseña a recurrir a alguna misión para recibir de ella dirección y provisiones. De esta manera, se obstaculiza el desarrollo de los dones del Espíritu Santo entre ellos, y se retarda la propagación del Evangelio entre sus compatriotas.
No obstante, una forma más pura de la obra misionera que la procedente de Roma fue la que se propagó desde Irlanda a través de Escocia y hasta el centro y norte de Europa. Irlanda recibió el Evangelio por primera vez en el tercer o cuarto siglo, por medio de comerciantes y soldados, y ya para el sexto siglo se había convertido en un país cristianizado y había desarrollado una actividad misionera tal que sus misiones se encontraban trabajando desde las orillas del Mar del Norte y el Mar Báltico hasta las del Lago de Constancia.
Los monjes provenientes de Irlanda, buscando apartarse del mundo, se establecieron en algunas de las islas entre Irlanda y Escocia.
Iona, llamada la “Isla de los Santos”, donde Columba se estableció, fue un punto desde el cual las misiones entraron en Escocia, y los monjes escoceses e irlandeses predicaron en Inglaterra y entre los paganos en el Continente. Su método consistía en visitar a un país y, donde les parecía conveniente, fundaban una villa misionera. En el centro de ésta construían una capilla sencilla, de madera, alrededor de la cual se agrupaban las aulas y cabañas para los monjes, quienes eran los constructores, predicadores y maestros. Fuera de este círculo, según fuera necesario, se construían viviendas para los estudiantes y sus familias que poco a poco se iban acercando a los monjes.
Esta colonia en su conjunto era cercada por una muralla, pero a menudo la colonia se extendía más allá de su muralla original. Bajo el liderazgo de un abad, los monjes, en grupos de doce, salían a establecer nuevos campos misioneros. Los que se quedaban enseñaban en la escuela, y en cuanto aprendían lo suficiente del idioma de las personas entre quienes estaban, traducían y escribían partes de la Biblia, así como himnos que les enseñaban a los alumnos.
Ellos tenían la libertad de casarse o quedarse solteros; muchos se quedaban solteros para de esa manera tener una mayor libertad para la obra.
Cuando las personas se convertían, los misioneros escogían de entre ellas a pequeños grupos de jóvenes con cierta capacidad, y los entrenaban especialmente en alguna labor artesanal y en el aprendizaje de idiomas. Les enseñaban la Biblia y cómo explicarla a los demás para que fueran capaces de obrar entre su propia gente.
Ellos demoraban en administrar el bautismo hasta que los que profesaban la fe hubieran recibido cierta instrucción y hubieran dado suficiente prueba o testimonio de su firmeza. A su vez, los misioneros evitaban atacar las religiones de las personas, considerando más provechoso predicarles la verdad que hacerles ver sus errores. Ellos aceptaban las Sagradas Escrituras como la fuente de fe y vida, y predicaban la justificación por fe.
Tampoco tomaban parte en la política ni le solicitaban ayuda al estado.
Toda esta obra, en su origen y progreso, aunque había desarrollado algunos rasgos ajenos a las enseñanzas del Nuevo Testamento y al ejemplo apostólico, era independiente de Roma y en algunos aspectos importantes se diferenciaba del sistema Católico Romano en general.
En el año 596, Agustín, con cuarenta monjes benedictinos enviados por el Papa Gregorio I, desembarcaron en Kent y comenzaron la obra misionera entre los paganos en Inglaterra, la cual llegó a dar abundantes frutos.
Las dos formas de actividad misionera existentes en el país, la antigua forma británica y la más reciente romana, pronto entraron en conflicto. El Papa nombró a Agustín Arzobispo de Canterbury, dándole supremacía sobre todos los Obispos británicos que ya existían en Inglaterra.
Un elemento nacionalista acentuó la lucha entre las dos misiones; los británicos, los celtas y los galeses se opusieron a los anglosajones.
La Iglesia de Roma insistió en que su estructura de gobierno de la iglesia debía ser la única permitida en el país; sin embargo, la orden británica continuó su resistencia hasta que en el siglo XIII sus restantes elementos fueron absorbidos por el movimiento de Lolardo.
En el Continente, la obra arraigada y difundida de los misioneros irlandeses y escoceses fue atacada por el sistema romano bajo el liderazgo activo del benedictino inglés Bonifacio, cuya política consistió en obligar a los misioneros británicos a someterse a Roma, al menos externamente, o de lo contrario destruirlos.
Él obtuvo ayuda del estado bajo la dirección de Roma para la imposición de su diseño. Bonifacio fue asesinado por los frisios en el año 755. El sistema que él instauró poco a poco destruyó las misiones existentes desde tiempo atrás, pero la influencia de éstas le dio una nueva fuerza a muchos de los movimientos de reforma que surgieron después.
Una armonía de los cuatro Evangelios llamada Heliand (i.e. “El Salvador”), compuesta aproximadamente en el año 830 o antes, una épica aliterada en el antiguo idioma Sajón, fue, sin duda, escrita en los círculos de la misión británica en el Continente. La misma contiene la narrativa del Evangelio presentada de manera que interesara a las personas para quienes fue escrita. Resulta notable el hecho de que está libre de cualquier adoración a la Virgen o a los santos, así como de la mayoría de los rasgos característicos de la Iglesia Romana en aquel período.
En el cuarto siglo apareció un reformista y se llevó a cabo una obra de reforma que afectó a amplios círculos en España, extendiéndose hacia Lusitania (Portugal) y hasta Aquitania en Francia, haciéndose sentir también en Roma.
Prisciliano era un español rico y de muy buena posición, culto y elocuente, de talentos extraordinarios. Al igual que muchos de su clase, para Prisciliano resultaba imposible creer en las antiguas religiones paganas, aunque tampoco se sentía atraído por el cristianismo, y prefería la literatura clásica a las Escrituras. Él había buscado refugio para su alma en las filosofías dominantes de aquel período, tales como el neoplatonismo y el maniqueísmo.
Prisciliano se convirtió a Cristo, fue bautizado, y comenzó una nueva vida de devoción a Dios y separación del mundo. Fue así como se convirtió en un estudiante entusiasta y en un hombre amante de las Escrituras, y llevó una vida ascética como complemento para lograr (según supuso) una total unión con Cristo al hacer de su cuerpo un lugar más apto para la morada del Espíritu Santo. Aunque era un laico, predicaba y enseñaba diligentemente.
Pronto se organizaron y tuvieron lugar convenciones y reuniones con miras a convertir la religión en una realidad que afectara el carácter. Gran cantidad de personas, especialmente de la clase culta, fueron atraídas por el movimiento. Prisciliano fue nombrado Obispo de Ávila, pero no tardó mucho en encontrarse con la hostilidad de una parte del clero español.
El Obispo Hidacio, Metropolitano de Lusitania, dirigió la oposición, y en un Sínodo que tuvo lugar en Zaragoza en el año 380, lo acusó de herejía maniqueo y gnóstico. Las medidas que tomaron no fueron exitosas hasta que las necesidades políticas llevaron al Emperador Máximo, quien había asesinado a Graciano y usurpado su lugar, a solicitar la ayuda del clero español. Y luego, en un Sínodo que tuvo lugar en Burdeos (Bordeaux) en el año 384, el Obispo Itaco, un hombre de mala reputación, se unió al ataque, acusando a Prisciliano y los suyos, a quienes llamaban “priscilianistas”, de brujería e inmoralidad. Los acusados fueron llevados a Tréveris, fueron condenados por la iglesia y entregados a las autoridades civiles para su ejecución (385). Los eminentes Obispos, Martín de Tours y Ambrosio de Milán, protestaron en vano; Prisciliano y otros seis fueron decapitados. Entre ellos se encontraba una distinguida dama, Eucrocia, viuda de un conocido poeta y orador.
Este fue el primer caso de una ejecución de cristianos por sentencia de la iglesia católica, ejemplo que sería reiterado más adelante con una frecuencia atroz.
(Continuará) .
Por Edmund Hamer Broadbent
La decadencia espiritual de las iglesias, su desviación del modelo del Nuevo Testamento, el consecuente incremento de la mundanería dentro de ellas, el sometimiento al sistema humano y la tolerancia del pecado, no sólo incitaron esfuerzos para reformarlas o establecer iglesias reformadas (como las ya vistas en los movimientos donatistas y montanistas), sino que, además, provocaron que algunos de los que buscaban la santidad y la comunión con Dios se apartaran de todo contacto con los hombres.
Por una parte, las circunstancias imperantes en el mundo, devastado por los bárbaros, y por otra parte, en la Iglesia, desviada de lo que debía ser su testimonio en el mundo, dejó a estos buscadores sin esperanza de encontrar comunión con Dios en la vida diaria ni con los cristianos en las iglesias. De modo que se retiraban a lugares desérticos y vivían como anacoretas, para así, estando libres de las distracciones y tentaciones de la vida común, pretender llegar a alcanzar, por medio de la contemplación, la visión y el conocimiento de Dios que ansiaban sus almas.
Influenciados por las enseñanzas prevalecientes acerca de que la materia era mala, ellos optaron por un estilo de vida extremadamente sencillo y prácticas ascéticas para vencer los obstáculos que, según su criterio, el cuerpo presenta a la vida espiritual. En el cuarto siglo, en Egipto, Antonio el ermitaño se convirtió en un personaje célebre por su vida solitaria, y muchos, incitados a igualar su piedad, se establecieron cerca de él, e imitaron su estilo de vida.
Fue así como sus seguidores lo convencieron para que formulara un reglamento o norma de vida para ellos. Los ermitaños se incrementaron en número, y algunos impusieron sobre sus propias vidas tremendas severidades. Simeón Estilita fue uno de los que ganó fama por vivir muchos años en lo alto de una columna.
Rápidamente tuvo lugar un desarrollo mayor, y Pacomio, en el sudeste de Egipto, a principios del cuarto siglo fundó un monasterio donde aquellos que se retiraban del mundo ya no vivían más solos, sino como parte de una comunidad.
Este tipo de comunidades se propagó tanto en las iglesias occidentales como en las orientales, y llegó a ser una parte importante en la vida de los pueblos.
Aproximadamente a principios del sexto siglo, Benito de Nursia, en Italia, le dio un gran impulso a este movimiento, y su norma de vida para los grupos monásticos prevaleció por encima de todas las demás.
Él no ocupaba a los monjes tan exclusivamente con austeridades personales, sino que orientó sus actividades hacia la realización de ceremonias religiosas y el servicio a los hombres, prestando especial atención a la agricultura. Los monasterios de la orden benedictina fueron unos de los principales medios mediante los cuales se difundió el cristianismo entre las naciones teutónicas a lo largo de los siglos séptimo y octavo.
También desde Irlanda, desde la isla de Iona, y a través de Escocia, los monasterios y los asentamientos columbanos prepararon y enviaron a misioneros fieles hacia el norte y centro de Europa.
Puesto que los Papas de Roma poco a poco llegaron a dominar la Iglesia y a dedicarse a la intriga y a la lucha por el poder temporal, el sistema monástico atrajo a muchos de los que eran espirituales y anhelaban seguir a Dios en santidad. Sin embargo, un monasterio se diferenciaba grandemente de una iglesia neotestamentaria, tanto así que las almas, que se vieron obligadas a huir de la Iglesia Romana y su mundanería, no encontraron en el monasterio lo que una iglesia verdadera hubiera provisto. Estas almas fueron sometidas a las normas de una institución en vez de permitir que el Espíritu Santo obrara en ellas libremente. Las diversas órdenes monásticas que surgieron tomaron una misma línea de desarrollo. Comenzaban con la pobreza y la más severa abnegación, pero se hacían ricas y poderosas, relajaban su disciplina, y se volvían indulgentes y mundanas. Entonces una reacción provocaba que algunos comenzaran una nueva orden de auto-humillación absoluta, la cual más adelante seguía el mismo ciclo de las anteriores. Entre este tipo de reformistas encontramos a Bernardo de Cluny, a principios del siglo X, y Stephen Harding de Citeaux en el siglo XI.
Fue en el monasterio cisterciense de Citeaux que Bernardo, luego abad de Claraval, pasó algunos de sus años mozos. Él llegó a ejercer una influencia que estuvo por encima de la ejercida por reyes y Papas, pero su recuerdo más grato y duradero perdura en algunos de los himnos que escribió.
Muchas mujeres también buscaron refugio del mundo en los conventos para mujeres que surgieron en aquel entonces. Estas casas religiosas, tanto para hombres como mujeres, fueron santuarios para los débiles durante los tiempos oscuros y turbulentos. Se convirtieron en centros donde el aprendizaje fue preservado, a pesar del barbarismo predominante, y lugares donde se copiaban, traducían y leían las Escrituras.
Sin embargo, estos conventos a su vez fueron tierra fértil para la ociosidad y la opresión, y las órdenes religiosas llegaron a convertirse en instrumentos activos en manos del Papa para la persecución de todos los que se esforzaban por restaurar las iglesias de Dios sobre la base de su fundamento original.
La transformación gradual de las iglesias del Nuevo Testamento de su modelo original a organizaciones tan diferentes que casi no se podía notar ninguna relación entre ellas, parecía que continuaría hasta que todo se hubiera perdido. El esfuerzo por salvar a las iglesias de la desunión y la herejía por medio del sistema clerical y episcopal no sólo fracasó, sino que trajo consigo grandes males. La esperanza de que las iglesias perseguidas obtuvieran algún provecho mediante la unión con el estado terminó en desilusión. El monaquismo resultó incapaz de ser un sustituto para las iglesias como refugio del mundo y se convirtió, más bien, en una institución mundana.
No obstante, siempre hubo algo que sobrevivió a través de todos estos tiempos; algo capaz de obrar una restauración. La presencia de las Escrituras en el mundo proveyó los medios que el Espíritu Santo pudo emplear en el corazón de los hombres con un poder capaz de vencer el error y volverlos a la verdad divina.
Nunca dejaron de existir congregaciones e iglesias verdaderas que se apegaban a las Escrituras como su guía de fe y doctrina, como la norma tanto para la conducta individual como para el orden de la iglesia. Estas congregaciones, aunque ocultas y despreciadas, ejercieron una influencia que no se quedó sin dar frutos. La actividad misionera no cesó durante estos tiempos convulsos, sino que se llevó a cabo con entusiasmo y devoción.
En realidad, hasta el siglo XI cuando las Cruzadas absorbieron el entusiasmo de las naciones católicas, hubo un testimonio constante que poco a poco sometió a los conquistadores bárbaros y llevó el conocimiento de Cristo a las tierras lejanas de las cuales ellos procedían.
Los misioneros nestorianos llegaron tan lejos como a China y a Siberia, y establecieron iglesias desde Samarcanda hasta Ceilán. Los griegos de Constantinopla atravesaron Bulgaria y penetraron en las profundidades de Rusia, mientras que las naciones paganas del centro y norte de Europa fueron alcanzadas por misioneros tanto de las Iglesias Británicas como Romanas. En el África del Norte y en Asia occidental eran más los que profesaban el cristianismo en aquel tiempo que en la actualidad.
Sin embargo, los errores que prevalecían en las iglesias que profesaban el cristianismo se vieron reflejados en su obra misionera. Ya no existía la manera sencilla de predicar a Cristo y fundar iglesias como en los tiempos de la iglesia primitiva, sino que junto con una medida de la verdad también había una insistencia en cumplir todos los preceptos legales y rituales.
De modo que cuando los reyes llegaban a confesar el cristianismo, el principio de la unión de la Iglesia y el estado conducía a la conversión externa y forzosa de multitudes de ciudadanos a la nueva religión del estado.
En lugar de que las iglesias fueran fundadas en las distintas ciudades y territorios, independientes de cualquier organización central, y cada una en una relación directa con el Señor como en los días apostólicos, todas eran subordinadas a una de las grandes organizaciones cuyo centro se encontraba en Roma, Constantinopla, o en cualquier otro lugar.
Lo que sucedió a gran escala también se aplica a nivel individual. La manera perjudicial de operar de este sistema también se manifiesta dondequiera que los pecadores, en lugar de ser guiados a Cristo y provistos de las Escrituras como su guía, son obligados a formar parte de alguna denominación extranjera o se les enseña a recurrir a alguna misión para recibir de ella dirección y provisiones. De esta manera, se obstaculiza el desarrollo de los dones del Espíritu Santo entre ellos, y se retarda la propagación del Evangelio entre sus compatriotas.
No obstante, una forma más pura de la obra misionera que la procedente de Roma fue la que se propagó desde Irlanda a través de Escocia y hasta el centro y norte de Europa. Irlanda recibió el Evangelio por primera vez en el tercer o cuarto siglo, por medio de comerciantes y soldados, y ya para el sexto siglo se había convertido en un país cristianizado y había desarrollado una actividad misionera tal que sus misiones se encontraban trabajando desde las orillas del Mar del Norte y el Mar Báltico hasta las del Lago de Constancia.
Los monjes provenientes de Irlanda, buscando apartarse del mundo, se establecieron en algunas de las islas entre Irlanda y Escocia.
Iona, llamada la “Isla de los Santos”, donde Columba se estableció, fue un punto desde el cual las misiones entraron en Escocia, y los monjes escoceses e irlandeses predicaron en Inglaterra y entre los paganos en el Continente. Su método consistía en visitar a un país y, donde les parecía conveniente, fundaban una villa misionera. En el centro de ésta construían una capilla sencilla, de madera, alrededor de la cual se agrupaban las aulas y cabañas para los monjes, quienes eran los constructores, predicadores y maestros. Fuera de este círculo, según fuera necesario, se construían viviendas para los estudiantes y sus familias que poco a poco se iban acercando a los monjes.
Esta colonia en su conjunto era cercada por una muralla, pero a menudo la colonia se extendía más allá de su muralla original. Bajo el liderazgo de un abad, los monjes, en grupos de doce, salían a establecer nuevos campos misioneros. Los que se quedaban enseñaban en la escuela, y en cuanto aprendían lo suficiente del idioma de las personas entre quienes estaban, traducían y escribían partes de la Biblia, así como himnos que les enseñaban a los alumnos.
Ellos tenían la libertad de casarse o quedarse solteros; muchos se quedaban solteros para de esa manera tener una mayor libertad para la obra.
Cuando las personas se convertían, los misioneros escogían de entre ellas a pequeños grupos de jóvenes con cierta capacidad, y los entrenaban especialmente en alguna labor artesanal y en el aprendizaje de idiomas. Les enseñaban la Biblia y cómo explicarla a los demás para que fueran capaces de obrar entre su propia gente.
Ellos demoraban en administrar el bautismo hasta que los que profesaban la fe hubieran recibido cierta instrucción y hubieran dado suficiente prueba o testimonio de su firmeza. A su vez, los misioneros evitaban atacar las religiones de las personas, considerando más provechoso predicarles la verdad que hacerles ver sus errores. Ellos aceptaban las Sagradas Escrituras como la fuente de fe y vida, y predicaban la justificación por fe.
Tampoco tomaban parte en la política ni le solicitaban ayuda al estado.
Toda esta obra, en su origen y progreso, aunque había desarrollado algunos rasgos ajenos a las enseñanzas del Nuevo Testamento y al ejemplo apostólico, era independiente de Roma y en algunos aspectos importantes se diferenciaba del sistema Católico Romano en general.
En el año 596, Agustín, con cuarenta monjes benedictinos enviados por el Papa Gregorio I, desembarcaron en Kent y comenzaron la obra misionera entre los paganos en Inglaterra, la cual llegó a dar abundantes frutos.
Las dos formas de actividad misionera existentes en el país, la antigua forma británica y la más reciente romana, pronto entraron en conflicto. El Papa nombró a Agustín Arzobispo de Canterbury, dándole supremacía sobre todos los Obispos británicos que ya existían en Inglaterra.
Un elemento nacionalista acentuó la lucha entre las dos misiones; los británicos, los celtas y los galeses se opusieron a los anglosajones.
La Iglesia de Roma insistió en que su estructura de gobierno de la iglesia debía ser la única permitida en el país; sin embargo, la orden británica continuó su resistencia hasta que en el siglo XIII sus restantes elementos fueron absorbidos por el movimiento de Lolardo.
En el Continente, la obra arraigada y difundida de los misioneros irlandeses y escoceses fue atacada por el sistema romano bajo el liderazgo activo del benedictino inglés Bonifacio, cuya política consistió en obligar a los misioneros británicos a someterse a Roma, al menos externamente, o de lo contrario destruirlos.
Él obtuvo ayuda del estado bajo la dirección de Roma para la imposición de su diseño. Bonifacio fue asesinado por los frisios en el año 755. El sistema que él instauró poco a poco destruyó las misiones existentes desde tiempo atrás, pero la influencia de éstas le dio una nueva fuerza a muchos de los movimientos de reforma que surgieron después.
Una armonía de los cuatro Evangelios llamada Heliand (i.e. “El Salvador”), compuesta aproximadamente en el año 830 o antes, una épica aliterada en el antiguo idioma Sajón, fue, sin duda, escrita en los círculos de la misión británica en el Continente. La misma contiene la narrativa del Evangelio presentada de manera que interesara a las personas para quienes fue escrita. Resulta notable el hecho de que está libre de cualquier adoración a la Virgen o a los santos, así como de la mayoría de los rasgos característicos de la Iglesia Romana en aquel período.
En el cuarto siglo apareció un reformista y se llevó a cabo una obra de reforma que afectó a amplios círculos en España, extendiéndose hacia Lusitania (Portugal) y hasta Aquitania en Francia, haciéndose sentir también en Roma.
Prisciliano era un español rico y de muy buena posición, culto y elocuente, de talentos extraordinarios. Al igual que muchos de su clase, para Prisciliano resultaba imposible creer en las antiguas religiones paganas, aunque tampoco se sentía atraído por el cristianismo, y prefería la literatura clásica a las Escrituras. Él había buscado refugio para su alma en las filosofías dominantes de aquel período, tales como el neoplatonismo y el maniqueísmo.
Prisciliano se convirtió a Cristo, fue bautizado, y comenzó una nueva vida de devoción a Dios y separación del mundo. Fue así como se convirtió en un estudiante entusiasta y en un hombre amante de las Escrituras, y llevó una vida ascética como complemento para lograr (según supuso) una total unión con Cristo al hacer de su cuerpo un lugar más apto para la morada del Espíritu Santo. Aunque era un laico, predicaba y enseñaba diligentemente.
Pronto se organizaron y tuvieron lugar convenciones y reuniones con miras a convertir la religión en una realidad que afectara el carácter. Gran cantidad de personas, especialmente de la clase culta, fueron atraídas por el movimiento. Prisciliano fue nombrado Obispo de Ávila, pero no tardó mucho en encontrarse con la hostilidad de una parte del clero español.
El Obispo Hidacio, Metropolitano de Lusitania, dirigió la oposición, y en un Sínodo que tuvo lugar en Zaragoza en el año 380, lo acusó de herejía maniqueo y gnóstico. Las medidas que tomaron no fueron exitosas hasta que las necesidades políticas llevaron al Emperador Máximo, quien había asesinado a Graciano y usurpado su lugar, a solicitar la ayuda del clero español. Y luego, en un Sínodo que tuvo lugar en Burdeos (Bordeaux) en el año 384, el Obispo Itaco, un hombre de mala reputación, se unió al ataque, acusando a Prisciliano y los suyos, a quienes llamaban “priscilianistas”, de brujería e inmoralidad. Los acusados fueron llevados a Tréveris, fueron condenados por la iglesia y entregados a las autoridades civiles para su ejecución (385). Los eminentes Obispos, Martín de Tours y Ambrosio de Milán, protestaron en vano; Prisciliano y otros seis fueron decapitados. Entre ellos se encontraba una distinguida dama, Eucrocia, viuda de un conocido poeta y orador.
Este fue el primer caso de una ejecución de cristianos por sentencia de la iglesia católica, ejemplo que sería reiterado más adelante con una frecuencia atroz.
(Continuará) .

