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Historia de la Iglesia (34)
#1
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadbent

Landgraf Felipe, de Hessen, fue una noble excepción de entre los gobernantes de ese tiempo. Él solo desafió todas las consecuencias de negarse a firmar u obedecer el mandato del Emperador Carlos V, decretado en Espira, el cual ordenaba solemnemente a todos los gobernantes y funcionarios en el Imperio “que todas y cada una de las personas que fueran bautizadas nuevamente o que rebautizaran, hombre o mujer, con edad de razonar, deberían ser juzgadas y llevadas de la vida natural a la muerte por medio de la hoguera, la espada o algo así por el estilo según las circunstancias individuales, sin previa inquisición del juez espiritual”. Además, que cualquiera que dejara de llevar a sus hijos para ser bautizados debería someterse a la misma ley, y nadie debería recibir, ocultar o dejar de entregar a cualquiera que tratara de escapar de estas regulaciones.

El Elector de Sajonia, persuadido por los teólogos de Wittenberg, obligó a Landgraf Felipe a que desterrara o encarcelara a algunos de los bautistas, pero no pudo obligarlo a hacer más que esto. Felipe aun pudo jactarse de que nunca ejecutó a uno solo de ellos. Él afirmaba que cuando había diferencias de opinión, los que estaban errados debían ser convertidos por medio de la instrucción y no por la fuerza. Él decía que veía mejores vidas entre aquellos a quienes llamaban “fanáticos” que entre los luteranos, y que él no podía convencer su conciencia para que le permitiera castigar o ejecutar a alguien por su fe, cuando no había ninguna otra razón válida para hacerlo.

En el palatinado había muchos hermanos en los distritos de Heidelberg, Alzey y Kreuznach. En un solo año (1529) fueron ejecutados 350 hermanos. Algunas persecuciones excesivamente crueles en Alzey provocaron la protesta de un valiente pastor evangélico, Johann Odenbach. Dicha protesta revela el buen carácter de este hombre, la cual estuvo dirigida a los “jueces a cargo de los pobres prisioneros en Alzey a quienes la gente llama anabaptistas”: “Ustedes, como personas incultas, ignorantes y pobres, deberían clamar diligentemente y con la mayor seriedad al verdadero Juez, y orar por su ayuda divina, sabiduría y gracia. De esa manera no llegarían a manchar sus manos con sangre inocente, aun cuando Su Majestad Imperial y todos los príncipes del mundo les han ordenado juzgar así. Estos pobres prisioneros, con su bautismo, no han pecado tan seriamente contra Dios como para que él condene sus almas por eso, ni tampoco han actuado tan criminalmente contra el gobierno ni contra la humanidad como para perder sus vidas. Por cuanto el bautismo verdadero o el segundo bautismo no tiene en sí tal poder como para salvar a un hombre o condenarlo.Tenemos que permitir que el bautismo sea sólo un símbolo por medio del cual damos a entender que somos cristianos, muertos al mundo, enemigos del diablo, quebrantados, gente crucificada, que no buscamos las bendiciones temporales sino las eternas; luchamos incesantemente contra la carne, el pecado y el diablo, y vivimos una vida cristiana. No muchos de ustedes, jueces, sabrían qué decir acerca del bautismo falso o verdadero si se tratara de estar atados e interrogados bajo tortura. ¿Tendrían ustedes que ser matados por eso? ¡No! Yo no digo esto para apoyar el segundo bautismo, el cual debe ser eliminado por las Sagradas Escrituras y no por las manos del verdugo. Por lo tanto, estimados amigos, no usurpen lo que pertenece a la Majestad Divina, no sea que la ira de Dios los agobie más que a los sodomitas y a todos los malhechores en la tierra. Ustedes han tenido en prisión a muchos ladrones, asesinos y escorias a quienes han tratado con más piedad que a estas pobres criaturas que ni han robado ni asesinado, que no son ni incendiarios ni traidores, ni tampoco han cometido ningún pecado vergonzoso, sino que más bien están en contra de todas estas cosas, y con una intención sencilla y sincera, por medio de un pequeño error, han sido bautizados nuevamente para la honra de Dios y no para hacerle daño a nadie. ¿Cómo es posible que en su corazón o en sus conciencias quepa decir que por esto ellos deben ser decapitados o que serán condenados? Si ustedes trataran a ellos como lo deben hacer los jueces cristianos, y si supieran cómo instruirlos con la ayuda del Evangelio, no habría necesidad de un verdugo; sin duda de esta manera la verdad prevalecería y el encarcelamiento sería un castigo suficiente. Sus sacerdotes tienen que actuar de la misma manera, llevándolos en sus hombros como ovejas erradas al redil de Cristo, demostrándoles así que su oficio es mostrarles misericordia y amor fraternal, consolarlos, sostenerlos y restituirlos con dulce doctrina evangélica. No se dejen engañar condenando a estas personas a muerte. Ustedes deberían estar aterrorizados en este asunto, y deberían sudar sangre de agonía porque no saben dónde está el error. Ustedes no deben sólo hacer caso omiso cuando estas pobres criaturas dicen: “Deseamos una mejor instrucción de las Sagradas Escrituras y estamos dispuestos a obedecer si se nos muestra un mejor camino sobre la base del Evangelio”. ¡Piensen en su vergüenza eterna por culpa de semejante error! ¡Piensen en el desprecio y la furia del hombre común cuando esta pobre gente es asesinada brutalmente! De ellos se dirá: “¡Vean con qué gran paciencia, amor y devoción han muerto estas personas piadosas, cuán noblemente han luchado contra el mundo!” ¡Oh, que nosotros podamos ser tan inocentes ante Dios como ellos! En realidad, ellos no han sido vencidos, sino que han sufrido atrocidades. Ellos son los santos mártires de Dios. Todos dirán que no fue para deshacerse del error de los pobres anabaptistas que ustedes dictaron una sentencia tan sangrienta, sino para destruir por la fuerza el santo Evangelio y la pura verdad de Dios.”
El resultado de esta protesta fue que aquellos jueces se negaron a emitir juicios en asuntos de fe.

Zwinglio llevó a cabo su vasta obra de reforma principalmente en la Suiza alemana. Él llegó a ejercer una autoridad predominante en la ciudad y en el cantón de Zurich. En 1523, él introdujo el sistema de Iglesia del estado en Zurich, y el Gran Consejo recibió la responsabilidad de tomar decisiones en los casos en que se afectara la Iglesia y la doctrina. Este poder fue inmediatamente dirigido contra los hermanos. Un creyente llamado Müller, llevado ante el Consejo, dijo: “No opriman mi conciencia, por cuanto la fe es un don gratuito de la misericordia de Dios y no debe ser interferida por nadie. El misterio de Dios yace oculto y es como un tesoro en el campo que nadie puede encontrar a menos que el Espíritu del Señor se lo muestre. Por tanto, les suplico a ustedes, siervos de Dios, déjenme libre mi fe.” Esto no se permitió. La nueva Iglesia del estado aceptó el principio de la antigua Iglesia que consideraba correcto actuar en contra de los “herejes” por medio del encarcelamiento e incluso la muerte.

Zwinglio había tenido relaciones estrechas con los hermanos cuando era más joven. Él había considerado seriamente el asunto del bautismo y había declarado que no había ninguna Escritura que apoyara el bautismo de infantes. Sin embargo, al desarrollar el movimiento de reforma, de acuerdo a los principios de una Iglesia del estado, y dependiente del poder civil para hacer cumplir sus decisiones, él no podía sino apartarse de los hermanos. Los hermanos fueron numerosos y activos en Zurich. Tres de ellos fueron los más destacados, y entre estos uno que anteriormente había sido íntimo amigo de Zwinglio. Se trataba de Conrado Grebel, hijo de un miembro del Consejo de Zurich. Conrado se había distinguido tanto en la universidad de París como en la de Viena, y cuando regresó a Zurich se unió allí a la congregación de creyentes. El otro fue Félix Manz, un eminente estudiante del hebreo, cuya madre también era una cristiana ferviente y ofrecía su casa para celebrar allí las reuniones. El tercero había sido un monje que, siendo afectado por la Reforma, salió de la Iglesia de Roma. A él le dieron el nombre de “Blaurock”, es decir “chaqueta azul”, y a menudo lo llamaban “Jorge el fuerte” a causa de su estatura y energía. Estos tres fueron incansables, viajando, visitando hogares, predicando y exhortando. Una gran cantidad de personas aceptaron el Evangelio y fueron bautizadas, y se congregaron como iglesias.

En Zurich hubo a menudo bautismos públicos, y los creyentes se reunían regularmente para la Cena del Señor, a la cual ellos llamaban el partimiento del pan. Ellos se referían a sí mismos como la asamblea de los verdaderos hijos de Dios, y se mantenían apartados del mundo, lo cual para ellos incluía tanto las Iglesias Reformadas como la Iglesia Católico Romana. El Consejo prohibió todas estas cosas, y se ordenó una discusión pública, pero como el Consejo tenía poder para decidir el resultado, sencillamente todo terminó con una orden según la cual todos los que aún no habían bautizado a sus hijos deberían hacerlo en un plazo de ocho días, y que los bautismos llevados a cabo por los hermanos estaban prohibidos bajo sanciones severas.

Sin embargo, Grebel, Manz y Blaurock sencillamente incrementaron sus actividades, y la gente se acercó a ellos por centenares para escuchar la Palabra de Dios y bautizarse. Si bien Grebel y Manz fueron moderados y persuasivos en su manera de actuar, Blaurock se manifestó con un entusiasmo incontrolable y en ocasiones entraba en las otras iglesias e interrumpía el servicio con su propia predicación.
La gente se volvió devota de él, pero el conflicto con las autoridades se agudizó rápidamente, y muchos de los hermanos fueron castigados severamente. Blaurock no vaciló en decirle al propio Zwinglio: “Tú, mi estimado Zwinglio, constantemente te has enfrentado a los papistas con la afirmación de que lo que no tiene fundamento en la Palabra de Dios carece de valor, y ahora dices que hay muchas cosas que no están en la Palabra de Dios y sin embargo se hacen en comunión con Dios. ¿Dónde está ahora la palabra poderosa con la cual has desmentido al Obispo Faber y a todos los monjes?”

Finalmente, los tres predicadores y otros quince, incluyendo a seis mujeres, fueron condenados a prisión, con pan, agua y paja, para que murieran y se pudrieran en la cárcel. También se decretó (1526) que cualquier persona que bautizara o fuera bautizada debería ser castigada con la muerte por ahogamiento. Los prisioneros escaparon de varias formas, gracias a que ellos tenían muchos simpatizantes, pero la persecución se tornó despiadada, y los cantones de Berna y St. Gallen, entre otros, se unieron a Zurich en un esfuerzo por exterminar las iglesias. En el cantón de Berna fueron ejecutadas treinta y cuatro personas, y los perseguidores siguieron a algunos de los que huyeron a Biel, donde había una asamblea numerosa de hermanos. Las reuniones, que tenían lugar secretamente por la noche en los bosques, fueron descubiertas y dispersadas, y hubo que buscar nuevos lugares de reunión.

Durante este tiempo Grebel murió de la peste (1526), Blaurock fue capturado y condenado a ser desnudado y golpeado por todo el pueblo “para que se desangrara,” y desterrado. Manz fue también capturado y ahogado. Todo esto no detuvo la propagación de las iglesias, las cuales continuaron incrementándose, sino que provocó la huida, hacia la vecina provincia austriaca de Tirol, de aquellos cuya predicación y testimonio rápidamente establecieron iglesias allí. Entre estos estaba “Jorge el fuerte” quien viajó por todo el Tirol desafiando todos los peligros, y una gran cantidad de personas fueron ganadas por medio de su predicación, especialmente dentro de Klausen y en sus alrededores, donde los creyentes llegaron a ser muy numerosos y activos en difundir la Palabra de Dios en otros lugares. Después de muchas fugas, Blaurock y un compañero, Hansen Langegger, fueron capturados y quemados en Klausen (1529).

En el mismo año Michael Kirschner, que había mantenido un buen testimonio para el Señor en Innsbruck, fue quemado públicamente en ese pueblo. El servicio arriesgado de Blaurock fue continuado por Jakob Huter, entre otros.
En el año que Blaurock fue quemado, Huter se encontraba reunido para compartir el partimiento del pan, cuando fue sorprendido por soldados. Catorce hermanos y hermanas fueron arrestados, pero el resto escapó, y Huter estaba entre ellos. Exponiéndose a un constante peligro, él viajó de un lugar a otro reconciliando diferencias, alentando a los sufridos y predicando la Palabra de Dios. La persecución se hizo tan severa que muchos huyeron a Moravia donde, por un tiempo, tuvieron libertad. Pero las fronteras fueron vigiladas celosamente para evitar que alguien se escapara, y se llegó a un acuerdo con el gobierno veneciano, al otro lado, para evitar que los hombres y mujeres perseguidos escaparan en esa dirección.

El Evangelio se difundió por toda Austria y fueron fundadas numerosas iglesias que, después de un largo y heroico sufrimiento, fueron dispersadas y exterminadas por la persecución.
En Tirol y en Görz fueron quemadas, decapitadas o ahogadas unas mil personas. En Salzburgo, una reunión en la casa de un pastor fue tomada por sorpresa y una gran cantidad de hermanos fue ejecutada. Una joven de dieciséis años inspiró tanta lástima, por su juventud y belleza, que todos los presentes suplicaron por su vida, pero como no se retractó, el verdugo la cargó en sus brazos y la llevó a un bebedero para caballos, donde la mantuvo bajo el agua hasta que murió, y luego lanzó el cuerpo sin vida a las llamas.

Ambrosio Spittelmeyer, de Linz, luego de un activo y fructífero testimonio, fue martirizado en Nuremberg.
La iglesia en Linz tuvo un fiel supervisor en Wolfgang Brandhuber quien, junto con setenta miembros de la asamblea, fue ejecutado (1528). No obstante, de lugar en lugar, los testigos del Señor surgieron por medio de la predicación de Jesucristo y este crucificado, y ellos siguieron en sus pisadas de la manera más literal.
Tropas de soldados fueron enviadas a todos estos países para capturar y matar, sin necesidad de juicio, a todos los llamados “herejes”.
Aunque ellos eran llamados anabaptistas, no fue la forma de bautismo que ellos practicaban lo que les dio valentía para sufrir como sufrieron. Ellos eran conscientes de su comunión directa con su Redentor; ningún hombre ni forma religiosa se interponía entre sus almas y Él.

Junto con aquellos a quienes llamaban los místicos, ellos descubrieron que al permanecer en Cristo, y Él en ellos, ellos compartían la victoria de Cristo sobre el mundo. Esta comunión con Él les permitió comprender su comunión con aquellos que la compartían con ellos, e hizo posible la comunión de los santos en sus iglesias.
Estas iglesias tenían diferentes orígenes, diferentes historias, y se diferenciaban según el carácter de las personas en ellas; pero todas eran semejantes en su deseo de aferrarse al modelo del cristianismo primitivo que se encuentra en el Nuevo Testamento.

Por lo tanto, ellos rechazaron el bautismo de infantes, lo cual no pudieron hacer los reformistas, y rechazaron también toda ayuda mundana, sin la cual a las grandes Iglesias profesantes les parecía imposible mantenerse. Estas cosas eran sólo partes de un conjunto que consistía en aceptar las Escrituras, la voluntad de Dios suficiente y revelada, como su guía, y depositar su confianza en Él para que les capacitara para obedecerlas. Al tomar este sendero ellos se vieron sujetos a tentaciones únicas, y cada vez que se rindieron a los deseos carnales, al deseo de alcanzar logros políticos, o a la codicia, su caída fue enorme; no obstante, la gran mayoría pudo dar un buen testimonio de la fidelidad de Dios. Su propia descripción de la iglesia cristiana es: “la asamblea de todos los creyentes, que son reunidos por el Espíritu Santo, apartados del mundo por medio de la pura enseñanza de Cristo, unidos por el amor divino, trayéndole al Señor, de corazón, ofrendas espirituales.
Quien fuese hecho parte de esta iglesia”, según ellos planteaban, “y se convierta en un miembro de la familia de Dios, tiene que vivir en Dios y andar con Él. Quien esté fuera de esta iglesia está fuera de Cristo”.

(Continuará)
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Historia de la Iglesia (34) - por Heriberto - 06-06-2014, 12:14 AM

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