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Historia de la Iglesia (53)
#1
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadben

Dos hermanos, Roberto y Santiago Haldane, pertenecientes a una familia escocesa influyente y adinerada, se convirtieron al Señor y llegaron a ser estudiantes diligentes de las Escrituras.
El más joven, Santiago, relata cómo, después de su matrimonio: "Cuando viví por primera vez en mi propia casa, yo comencé a dirigir los cultos familiares los sábados por la noche. Yo no estaba dispuesto a tenerlos más frecuentemente, para no exponerme al ridículo de parte de mis conocidos. Finalmente, una convicción del deber me obligó a comenzar a tenerlos cada mañana, pero por un tiempo reuní a mi familia en un cuarto trasero de la casa, por si entraba alguno. Poco a poco llegué a superar ese temor al hombre, y como deseaba instruir a quienes vivían en mi casa, comencé a exponer las Escrituras. Me di cuenta de que esto resultaba agradable y edificante para mí, y ha sido un método fundamental mediante el cual el Señor me preparó para hablar en público (…) En secreto comencé a desear que se me permitiera predicar el Evangelio, lo cual consideré como el empleo más importante y honorable que se pudiera tener. Comencé a pedirle a Dios que me enviara a su viña y que me capacitara para la obra. Este deseo siguió incrementándose, aunque no tenía la más remota esperanza de que se me concediera. A veces en las oraciones mi corazón incrédulo sugería que no podría ser. Yo no tenía ninguna idea de ir por los caminos y vallados para hablarles a los pecadores acerca del Salvador. Sin embargo, abrigaba una lejana esperanza de que el Señor me dirigiera."

Poco después de esto, él y algunos otros se interesaron por las reuniones para predicar el Evangelio en un marginado pueblo minero y, como no siempre era posible conseguir a un ministro ordenado, algunas veces predicador, Santiago Haldane ocupó su lugar y predicó su primer sermón acerca del Evangelio. Esto fue en 1797, y lo incitó a emprender, junto con otros, la predicación ambulante del Evangelio, que en los años siguientes lo llevó por toda Escocia, y más allá.

Los predicadores viajaban en un carruaje y estaban bien provistos de tratados que ellos mismos escribían, imprimían y distribuían. Ellos hablaban en las iglesias cuando se les permitía, en escuelas y en otras instalaciones, pero principalmente al aire libre. Cientos, y a veces miles, de personas se congregaban para escucharlos. Hubo gran poder en su testimonio, y muchísimas personas se convertían al Señor. En ese tiempo las necesidades espirituales del país eran enormes, pero la idea de que los laicos ayudaran en la obra fue resentida por muchos; aunque, por otra parte, la novedad de todo esto a menudo atraía a los oyentes, quienes entonces eran afectados por el fervor y la sinceridad de los oradores.

El Sínodo de la Iglesia oficial de Escocia, reunido en Aberdeen, aprobó varios decretos contra “los maestros vagabundos y las escuelas dominicales, contra la irreligión y la anarquía”. A los predicadores sin licencia y los maestros de las escuelas dominicales sin autorización les fue prohibido continuar su trabajo. El Sínodo General de los Anti-burgueses condenó las sociedades misioneras y les advirtió a sus miembros que no “asistieran ni le dieran consentimiento a las predicaciones públicas de alguien que no pertenezca a nuestra comunión”, y excomulgó a aquellos que hicieron caso omiso a ese decreto, incluyendo a uno de sus ministros más dotados.

Los Camerones actuaron de la misma manera, y el Sínodo de Ayuda acordó “que ningún ministro debía dar su púlpito, o permitir que fuese dado, a ninguna persona que no hubiese asistido a un curso regular de filosofía y teología en alguna de las universidades de la nación, o que no hubiese obtenido, de manera correcta, una licencia para predicar el Evangelio”.

Estos interdictos fueron violados por muchos y en realidad a menudo sirvieron para incrementar el interés de escuchar las Escrituras predicadas y explicadas por hombres que realmente creían en ellas. A modo de justificarse a sí mismo y a sus colegas, Santiago Haldane dijo: “Nosotros no (…) pretendemos decir que todo seguidor de Jesús deba dejar su profesión, por medio de la cual provee para su familia, para convertirse en un predicador público. Es un deber cristiano indispensable que todo hombre provea para su familia. Sin embargo, consideramos que cada cristiano tiene la obligación, dondequiera que tenga la oportunidad, de advertir a los pecadores que huyan de la ira venidera, y de señalar a Jesús como el camino, la verdad y la vida. Si un hombre declara estas verdades importantes a dos personas, o a doscientas, él es, en nuestra opinión, un predicador del Evangelio o alguien que declara las buenas nuevas de salvación, lo cual es el significado exacto de la palabra predicar (…)
Nosotros consideramos el mal estado de la religión un llamado suficiente para que fuéramos por los caminos y los vallados y nos esforzáramos por traer a los pecadores a la esperanza que se pone delante de ellos en el Evangelio”.
Los predicadores pusieron un gran énfasis en la justificación por medio de la fe en la muerte y resurrección de Cristo, sin las obras. Al visitar tantos lugares, encontraban una gran decadencia religiosa adondequiera que iban, pero al mismo tiempo se daban cuenta de que existía un gran deseo de escuchar la Palabra de Dios. Diariamente se reunieron de tres mil a cuatro mil personas en lugares tan al norte como Orkney, donde los predicadores predicaron en la feria en Kirkwall, y en el día del Señor unas 6.000 personas se reunieron para escuchar.
Un oyente, que después de ser invitado a asistir a una reunión asistió sólo por la curiosidad debido a la invitación insistente que recibió, describe así sus impresiones: “El capitán Haldane llegó a caballo al lugar donde la gente se encontraba reunida para escucharlo. Desmontó y dejó su caballo a cargo de otro caballero que estaba cerca. Él era joven en aquel tiempo, menor de treinta años de edad, y llevaba un gabán azul, trenzado al frente, como se usaba en aquella época. También llevaba afeite, y su cabello estaba sujetado atrás, como era costumbre para los caballeros. Nunca podré olvidar las impresiones que quedaron grabadas en mi corazón cuando él, en un tono claro y varonil, comenzó a dirigirse a la multitud despreocupada que se había congregado para escucharlo. Sus poderosos llamados a la conciencia, dichos de una manera sencilla, fueron tan aterradores que no pude pegar un ojo y ni siquiera me retiré a descansar aquella noche. La impresión producida por lo que escuché no se borró nunca de mi mente, aunque no abracé por completo el Evangelio durante años después, sin embargo nunca volví a recaer en mi estado anterior de descuido e indiferencia ante las cosas eternas”.

Esta obra de conversión, y el avivamiento de muchos que ya eran cristianos, despertaron interrogantes en cuanto al curso a tomar para seguir las enseñanzas de la Escritura. Los hermanos Haldane así como cierta cantidad de aquellos con quienes trabajaban llegaron a sentirse oprimidos por su unión con personas evidentemente incrédulas con las cuales se encontraban en la Iglesia oficial, de manera que se separaron de ella y comenzaron a reunirse sólo con aquellos que daban evidencia de ser hijos de Dios.

Fundaron una iglesia en Edimburgo que comenzó con unos 300 miembros y creció muy rápidamente. Una de sus primeras acciones fue ordenar a Santiago Haldane como pastor. Roberto Haldane proveyó grandes lugares de reunión, o “tabernáculos”, no sólo en Edimburgo, sino también en otros centros donde las iglesias se reunían. Al seguir el principio de que el Nuevo Testamento contiene la enseñanza y el ejemplo que los discípulos del Señor deben cumplir hoy, estas iglesias comenzaron a celebrar la Cena del Señor cada primer día de la semana. También dejaron de recolectar ofrendas de las congregaciones generales, y a cambio los miembros de la iglesia aportaban cada uno lo que pudieran.

Esto sucedió paulatinamente. Roberto Haldane escribió: ”Al principio comencé a practicar la Cena del Señor mensualmente. Luego me convencí de que según los principios que yo sostenía, debía cumplirla semanalmente (…) con unos pocos individuos (…) que se juntaron, así fundando una iglesia. Y ahora estoy convencido de que cualquier grupo o cantidad de cristianos, donde no haya una iglesia de Cristo, puede actuar como nosotros lo hicimos (…) Al inicio pensé que las iglesias no deben mantener comunión con el mundo, excepto en lo que se refiere a recibir su dinero. Ahora me avergüenzo cuando pienso en semejante excepción.”

Poco a poco llegaron a comprender que el Espíritu Santo, si no es obstaculizado por las ideas humanas, proveerá una variedad de ministros y ministerios. Y a medida que se acostumbraron poco a poco a su manera de obrar libremente por medio de quien él quisiera, experimentaron mucho gozo y poder.

Durante algunos años Santiago Haldane tuvo dudas en cuanto al bautismo de infantes, pero desechó sus dudas, en parte porque sentía que al darle importancia a esto podría conducir a una disminución de su utilidad. Sin embargo, llegó el día en que la conciencia lo obligó a rehusar bautizar a los infantes. Luego, él mismo se sometió al bautismo, como también lo hicieron su hermano y otros cuyo estudio de las Escrituras los llevó a la misma conclusión. Cuando decidieron dar este paso, ellos no vieron ninguna razón para separarse de sus hermanos. Ellos creían y enseñaban que los creyentes debían practicar la tolerancia los unos con los otros en los asuntos en que diferían y deseaban que su bautismo no condujera a la división de su círculo feliz. No obstante, a pesar de sus esfuerzos por mantener la unidad, tuvo lugar la división entre ellos. La mayor parte se mantuvo unida, algunos de ellos bautizados, otros no, pero todos estaban de acuerdo en cuanto al principio de la tolerancia los unos con los otros en tales temas. Algunos fundaron una congregación sobre los mismos principios anteriores, pero rechazaron el bautismo por inmersión y practicaron el bautismo de infantes. Otra parte de ellos regresó a la Iglesia oficial y aun otros se unieron a otras denominaciones.

Esta división fue motivo de tristeza, y las dificultades que surgieron se acentuaron por el hecho de que muchos de los lugares de reunión le pertenecían a Roberto Haldane; en tanto que los esfuerzos por preparar a jóvenes en escuelas bíblicas como evangelistas y pastores resultó ser difícil y una causa de desaliento. La iglesia que quedó después que tantos se separaron, aunque afligida a causa de la disminución en la cantidad de sus miembros, continuó su testimonio, en lo cual siguió siendo bendecida.

Roberto Haldane, en medio de sus varias actividades, desde hacía mucho tiempo había sentido un deseo de dar a conocer la Palabra de Dios más allá de las fronteras de su país, y en 1816 él y su esposa cruzaron al continente europeo. Allí no conocían a nadie y no tenían ningún plan concebido; ni siquiera sabían si su visita tardaría sólo unas pocas semanas o si se prolongaría.

En París conocieron a algunas personas que propiciaron su viaje a Berna y Ginebra. Ya estaban a punto de dejar nuevamente esta última ciudad, al no ver ninguna posibilidad allí, cuando lo que pareció ser un encuentro de coincidencia con un joven estudiante de teología hizo que se quedaran dos años. Este estudiante quedó tan profundamente impresionado por la conversación que tuvieron, que al día siguiente regresó y trajo consigo a otro estudiante. Ambos demostraron estar en la más absoluta oscuridad, sin esperanza de salvación ni conocimiento de las Escrituras, las cuales nunca habían estudiado, ya que sus estudios habían sido dirigidos más bien hacia los escritos de los filósofos paganos. Al darse cuenta de su ignorancia de la Escritura y del camino de la salvación, ellos desearon mucho ser instruidos y esto fue lo que convenció a Roberto Haldane a quedarse.

La quema en la hoguera de Servet no había impedido la persistencia de algunas de las doctrinas que él enseñaba, y los profesores de teología así como los ministros de la iglesia de Ginebra habían caído bajo la influencia de las doctrinas de Socino y Arrio, con consecuencias mortales para la vida espiritual.

Roberto Haldane se hospedó en la Casa Maurice, donde dos habitaciones grandes podían convertirse en una. Allí conducía lecturas regulares de la Biblia a las cuales, a pesar de que sus profesores se lo prohibieron, asistían de veinte a treinta estudiantes, quienes se sentaban alrededor de una gran mesa, con Biblias en varios idiomas, mientras Haldane, hablando por medio de un intérprete, explicaba las Escrituras y contestaba las preguntas. Haldane repasó la Epístola a los Romanos, explicando su enseñanza en detalle y comparándola con otros pasajes. Esto resultó nuevo para sus oyentes y se sintieron atraídos por su conocimiento de la Escritura y su total fe en ella.

Estas lecturas resultaron ser un medio que trajo bendiciones espirituales a los estudiantes. Muchos de ellos demostraron ser hombres devotos y capaces, y se convirtieron en personas distinguidas e influyentes en amplios círculos. De manera que el fruto de aquellos estudios y de aquel compañerismo fue de largo alcance y de un valor incalculable. Entre ellos se destacaron César Malán, el compositor de himnos y Merle D’ Aubigné, el historiador, y posteriormente, Adolfo Monod, Félix Neff, y otros, quienes llevaron lo que habían aprendido allí al mundo franco parlante e incluso más allá.
Todo esto no tuvo lugar sin que surgiera oposición, y aunque resultó imposible callar a Roberto Haldane, aquellos ministros y estudiantes que aceptaron y actuaron según lo que habían aprendido de las Escrituras por medio de él, tuvieron que sufrir las consecuencias. Algunos de ellos fueron privados de sus cargos, otros fueron expulsados de la Iglesia y algunos hasta fueron obligados a abandonar el país.

Roberto Haldane abandonó a Ginebra sin haber progresado más allá de las doctrinas del Evangelio y sin haber enseñado aquellas que tratan de la iglesia. Aunque algunos sabían que él había sido bautizado, él no habló de ello. Posiblemente su experiencia en Escocia lo había desanimado
a hacerlo. Él viajó a Francia —donde los pastores eran educados para la Iglesia Protestante— para hacer una obra en Montauban similar a la que él había llevado a cabo en Ginebra.

Uno de los ministros jóvenes en Ginebra que tuvo que sufrir por seguir la verdad fue César Malán. que fue uno de un grupo de diez creyentes que, en este tiempo, tomó la Cena del Señor por primera vez fuera de la Iglesia oficial. Otro de estos, Gaussen, describe la reunión y menciona los nombres de Pyt, Mejanel, Gonthier y Guers como personas que estaban presentes también. “Esta nos recordó”, dice, “otra Cena que en 1536, otro discípulo de Jesús, M. Jean Guerin, compartió con algunas almas piadosas, reunidas en el jardín de Étienne Dadaz, en Pré I’Evêque, la cual fue la primera comunión de los protestantes de Ginebra.”

La iglesia ya fundada se reunió después, entre otros lugares, en una calle cerca de la Catedral, La Pélisserie, y el testimonio del Evangelio que salió de allí fue el medio para la conversión y la reunión de muchos.

Guers, Pyt, Gonthier y otros celebraron reuniones también en el mismo lugar donde Froment anteriormente había dirigido la escuela que fue el inicio de la Reforma en Ginebra. Otro estudiante, du Vivier, al predicar en el oratorio de Carouge, proclamó la divinidad del Señor, la corrupción de la naturaleza humana y la obra expiatoria. Esto se declaró escandaloso, y para evitar cualquier desorden posterior de este tipo se promulgó que ningún estudiante debería predicar a menos que su sermón hubiera sido previamente aprobado por tres profesores de teología.

Bibliografía:
A History of the Free Churches of England, Herbert S. Skeats.
John Wesley’s Journal.
George Whitefield: A Light Rising in Obscurity, J. R. Andrews.
The Poetical Works of John and Charles Wesley. Reimpreso a partir de
los originales, con las últimas correcciones de los autores; junto a las
poesías de Carlos Wesley que nunca fueron publicadas anteriormente;
compiladas y arregladas por G. Osborne, D.D.
The Life of William Carey: Shoemaker and Missionary, George Smith,
C.I.E., LL.D.
Lives of Robert and James Haldane, by Alexander Haldane.
Letters to Mr. Ewing Respecting the Tabernacle at Glasgow, etc., Robert
Haldane, Edinburgh, 1809.
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