04-07-2014, 04:33 PM
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadben
Capítulo 13
Los movimientos
metodistas y misioneros
(1638–1820)
La infidelidad y la indiferencia por los asuntos de religión y moral prevalecían en Inglaterra en el siglo XVIII hasta tal punto, y de tales consecuencias, que llamaban la atención de todos aquellos que observaran con cuidado. Con relación a la clase alta de la sociedad, estaba de moda el ser irreligioso e inmoral, mientras que las clases humildes estaban sumergidas en la más grande ignorancia y pecado.
Los miembros del clero, salvo pocas excepciones, no tenían mejores cualidades que la gente. La literatura que circulaba era atea e impura; la borrachera no se consideraba una deshonra; la violencia y el crimen eran una plaga. El esfuerzo por reprimir el crimen y preservar la propiedad por medio de castigos crueles aumentaron la osadía de la gente; el estado de las prisiones era pésimo; la opresión de los pobres y los desamparados era sin compasión. Aún quedaba una fuerte contracorriente de religión y fe, pero se hallaba oculta debido a la tolerancia popular que existía con relación al pecado, además de la burla de todo lo bueno. Los grupos de creyentes eran pocos en comparación con la mayoría de la población, y una cierta apatía se había apoderado de ellos lo cual mostraba que existía la necesidad de un avivamiento.
Fue en estas circunstancias que tuvo lugar un avivamiento espiritual de alcance y resultados extraordinarios. Gales se encontraba en un estado tan oscuro como Inglaterra y, además, sufría la desventaja de que muchos de los miembros de su clero eran ingleses que estaban fuera de contacto con la gente tanto en sentimientos como en idioma. Sin embargo, había algunos clérigos galeses de la Iglesia oficial que fueron excepciones dignas de destacar. Guillermo Wroth, párroco de Llanvaches, de repente convertido, tuvo tal mensaje de vida que la gente sedienta de la Palabra de Dios acudía en masa a escuchar, de manera que su iglesia no la podía contener. Predicaba al aire libre e incluso fuera de su propia parroquia, y cuando fue castigado con la pérdida de su posición por tales actos, fundó una iglesia de creyentes independientes en Llanvachery, en 1638.
Bajo su influencia Walter Cradock, expulsado de su sacerdocio en Cardiff, comenzó a viajar por todas partes y a predicar el Evangelio a las multitudes que ansiaban escucharlo, y se unió a las iglesias congregacionalistas. Rees Pritchard fue otro que tenía el mensaje de salvación, alrededor de quien se congregaban tan grandes grupos para escucharlo que también tenía que predicar al aire libre. Por esta razón, Rees fue citado ante la Corte Eclesiástica, pero se hizo uso de cierta influencia para que le permitieran continuar sus predicaciones y aún permanecer en la Iglesia Anglicana.
Otro clérigo, Griffith Jones, también galés, a principios del siglo XVIII, preparó a su país para la mayor obra que estaba por venir. Mientras predicaba y enseñaba en su parroquia se dio cuenta de la gran desventaja que el pueblo sufría al no poder leer la Biblia por sí mismos. De modo que con la ayuda de amigos contrató a profesores para que viajaran de un sitio a otro a fin de fundar escuelas provisionales. Posteriormente, la carencia de profesores aptos lo llevó a inaugurar una escuela de entrenamiento donde sólo fueron aceptadas las personas que tuvieran principios religiosos, en su gran mayoría disidentes. Personas de todas las edades asistieron a sus escuelas, a pesar de la oposición del clero, contentas de contar con una oportunidad que nunca antes tuvieron, y se llevó a cabo una gran reforma en el carácter y la conducta de la nación.
A la muerte de Griffith Jones, veinte años después de haber comenzado sus escuelas, ya había aproximadamente 3.500 de estas funcionando, y la tercera parte de la población de Gales había pasado por ellas. Por este mismo tiempo, a un joven, Howel Harris, se le negó la ordenación por motivo de que ya había comenzado a predicar antes de recibirla. No obstante, no se dejó intimidar y, siendo aún miembro de la Iglesia oficial, continuó sus predicaciones fuera de ella al aire libre, en casas particulares y en otros lugares disponibles. El Evangelio fue eficaz; una gran cantidad de personas se convirtió al Señor, muchas vidas fueron transformadas, y se establecieron cultos familiares en hogares que anteriormente eran impíos. Otros obreros se unieron a Harris, tanto del clero como del laicado, y a fin de animar a los influenciados por la Palabra de Dios, se fundaron sociedades de personas religiosas.
Como era de esperar, esto estimuló la oposición; las turbas desenfrenadas, dirigidas por las autoridades civiles y el clero, sometieron a los predicadores a todo tipo de degradación y abuso.
Uno de los más dotados entre los predicadores fue Daniel Rowlands, también clérigo, que fue expulsado de su sacerdocio por predicar fuera de los límites de su propia parroquia. A Llangeitho, donde él predicaba, acostumbraban a venir miles de personas que viajaban desde todas las partes del Principado para escucharlo. Había en su ministerio un poder que a aquellos que lo escuchaban les resultaba imposible describir.
Este movimiento en Gales pronto entró en contacto con uno similar en Inglaterra. Todo el carácter del pueblo galés fue transformado. Y este cambio no fue transitorio, porque Gales, en lugar de ser como era anteriormente —una nación irreligiosa y muerta espiritualmente— ahora había adquirido fama por la obra amplia y la profundidad de su vida espiritual.
Un grupo de estudiantes en Oxford comenzó a reunirse en 1729 con el propósito de ayudarse los unos a los otros a alcanzar su objetivo común: ser salvos y vivir para la gloria de Dios. Sus costumbres pronto trajeron sobre sí el ridículo de sus compañeros de estudio y de algunos de los funcionarios de los colegios, ya que ellos, en su estilo de vida, se diferenciaban completamente de la mayoría de los estudiantes. Ellos vivían conforme a una regla ascética y muy meticulosa, visitaban a los presos y los enfermos y ayudaban a los pobres. Fueron llamados “el Club Santo” o “el Club Piadoso”, “los entusiastas” o “los metodistas”. Entre sus fundadores estaban Juan y Carlos Wesley, y a ellos pronto se les unió Jorge Whitefield.
La madre de los Wesley fue de tal carácter y capacidad tan poco común que evidentemente la extraordinaria vocación e influencia de sus hijos fue, en gran parte, el resultado de su ejemplo y su temprana instrucción. Su esposo era un clérigo; ellos tenían una familia numerosa y un grupo considerable de domésticos. Ella fue muy cuidadosa en la crianza de cada uno de sus hijos. Además, durante las frecuentes ausencias de su esposo por motivo de su ministerio, sentía la necesidad de reunir a todos los de su casa a una hora determinada para leer las Escrituras, hablar y orar con ellos. Los sirvientes que presenciaban estas reuniones contaban acerca de ellas y otras personas pedían que se les permitiera entrar, de modo que en ocasiones hasta doscientas personas trataban de entrar allí y algunos tenían que marcharse por la falta de espacio. A su esposo le llegaron quejas que ella estaba desempeñando un papel indecoroso como mujer. Al contestarle, cuando él le escribió a ella sobre el tema, ella le dijo: “Soy mujer, pero también soy la ama de casa de una gran familia; y (…) en tu ausencia, no puedo hacer otra cosa que ocuparme de cada alma que tú dejas bajo mi cuidado, como un talento encomendado a mí con la mayor confianza, de parte del gran Señor de todas las familias, tanto del cielo como de la tierra (…) No entiendo por qué alguien deba perjudicarte sólo porque tu esposa se esfuerza por atraer a las personas a la iglesia, por impedirles, mediante la lectura y otras persuasiones, que profanen el día del Señor. Por mi parte, no tomo en cuenta ninguna censura en este asunto. Hace tiempo ya me despedí del mundo y sólo deseara no haberles dado nunca razón alguna para hablar contra mí. En lo concerniente a que parece extraño, reconozco que así es. Como también lo parece cualquier cosa que sea seria o que de alguna manera pueda extender la gloria de Dios o la salvación de las almas (…) Sin embargo, existe algo por lo cual me siento muy disconforme, y es precisamente por la presencia de estas personas durante las oraciones de la familia. No me refiero a que tenga vergüenza sólo por la cantidad de personas que están presentes. Puesto que aquellos que tienen el honor de hablar al sumo y santo Dios no deben avergonzarse de hablar ante todo el mundo. Me refiero a que soy mujer. Dudo que sea correcto que yo como mujer presente las oraciones del pueblo de Dios. El domingo pasado estuve a punto de despedirlos antes de las oraciones, pero ellos me rogaron de todo corazón que les permitiera quedarse. Yo no me atreví a negárselo-“.
Después de su ordenación, y aún en busca de la salvación de sus almas, Juan Wesley, su hermano Carlos y dos más zarparon rumbo a Georgia. Ya encontrándose a bordo, conocieron a un grupo de moravos, y Juan Wesley describe la profunda impresión que se llevó por la mansedumbre, la paz y la valentía que estos hombres demostraban bajo cualquier circunstancia.
Su estancia en Georgia, a pesar de su práctica de abnegación severa y una obra concienzuda, fue un fracaso, y pronto regresó a Inglaterra en un estado de miseria espiritual. Fue por ello que exclamó: “¡Fui a América a convertir a los indios; pero, ¿quién me convertirá a mí?” Al llegar a Londres (1738) de nuevo, Juan se encontró con los moravos, y en “un día muy memorable”, conoció a Peter Boehler, recién llegado de Alemania. Con él mantuvo una larga conversación y por medio de él, según dice Juan, “de la mano del gran Dios fui (…) convencido claramente de mi incredulidad; de la falta de esa única fe por la cual somos salvos”. ¿Debía él dejar la predicación?, le preguntó a Boehler. “No”, le contestó este, “predica la fe hasta que la poseas; y luego, debido a que la posees, predicarás la fe”. De manera que Wesley les ofrecía a todos la salvación por medio de la fe únicamente, pero aun así no pudo comprender que la salvación podía ser inmediata. Al escudriñar los Hechos de los Apóstoles en busca de si había o no casos similares registrados allí, él descubrió, para su asombro, que casi todos se convirtieron de esta manera. Luego se refugió en el pensamiento de que semejantes cosas podían pasar en los primeros días del cristianismo, pero que los tiempos habían cambiado. No obstante, fue sacado de ahí por medio del testimonio de muchos acerca de cómo fueron salvados inmediatamente cuando creyeron. De modo que, finalmente, por medio de la fe, él aceptó a Cristo como su Salvador.
Su hermano Carlos y otros se enojaron con él por decir que él, quien había hecho tanto, nunca había sido salvo hasta ahora, pero poco después relata: “Mi hermano tuvo una conversación larga y privada con Peter Boehler. Y ahora le agradó a Dios abrir sus ojos de manera que él vio claramente cuál era la naturaleza de la única y verdadera fe viva por la cual somos salvos por medio de la gracia.”
Se fundó así una sociedad, la cual constaba de pequeños grupos de miembros que debían reunirse semanalmente para confesar sus faltas los unos a los otros y para la oración. Como Juan Wesley predicaba con fervor en muchas de las iglesias londinenses “la salvación gratuita por medio de la fe en la sangre de Cristo” se le informó de manera oficial en un lugar tras otro que aquella era la última vez que se le permitiría predicar allí.
Luego visitó el asentamiento moravo en Herrnhut y también al Conde Zinzendorf, en donde fue muy animado en los diálogos que sostuvo con quienes se encontró. Luego regresó a Inglaterra y una vez más comenzó a predicar y compartir con sus hermanos en la fe. Al viajar a Bristol, Juan Wesley se reunió nuevamente con su viejo amigo Jorge Whitefield.
Whitefield nació en el Bell Inn, Gloucester. Algún tiempo después, su madre quedó viuda y se vio tan empobrecida que el sueño de su hijo más joven de convertirse en un clérigo sólo pudo realizarse con dificultad por medio de la ayuda de unos amigos que le consiguieron un puesto como servidor en la universidad de Pembroke. Así pudo estudiar. Allí experimentó una gran angustia espiritual como buscador de la salvación. Se unió al “Santo Club” y mediante el ayuno y otras formas de intentar hacer morir los deseos de la carne, se debilitó en extremo. Fue entonces cuando se hizo estudiante de las Escrituras y así declara: “Logré un mayor conocimiento verdadero a partir de la lectura del Libro de Dios en un mes, que lo que jamás podría haber adquirido de todos los escritos de los hombres”.
Luego de haber aprendido y experimentado la justificación por medio de la fe, Whitefield sintió deseos de predicar, y tan pronto fue ordenado comenzó a hacerlo con un efecto tan sorprendente que se comentó que en su primer sermón "enloqueció" a quince personas.
Desde el comienzo de su ministerio, su talento como predicador fue tan extraordinario que multitudes se apiñaban para escucharlo. Un sermón que predicó en Bristol, “Sobre la naturaleza y la necesidad de nuestra regeneración o nuevo nacimiento en Cristo Jesús”, fue el comienzo de un gran avivamiento que siguió en Gloucester, Bristol y Londres. Luego, durante un corto período de tiempo estuvo en Georgia donde fundó un orfanato.
A su regreso a Inglaterra, Whitefield se dio cuenta de que su costumbre de ir de casa en casa, donde era invitado a exponer las Escrituras, había encolerizado tanto al clero que casi todos los púlpitos le fueron negados. Algunos de sus amigos le habían sugerido que ya que había ido a América a predicarles a los indios podría también ir a predicarles a los mineros incultos y abandonados de Kingswood, cerca de Bristol. Esta fue su respuesta: “Al darme cuenta de que los púlpitos me son negados y que los pobres mineros están a punto de perecer por la falta de conocimiento, me dirigí a ellos y les prediqué, sobre una loma, a más de doscientas personas. Bendito sea Dios, que se ha roto el hielo y que el campo ha sido tomado (…) Pensé quizá que estaba imitando el servicio de mi Creador, quien tuvo un monte como púlpito y los cielos como su auditorio, y quien, además, cuando el Evangelio fue rechazado por los judíos, envió a sus siervos por los caminos y por los vallados.”
La próxima vez que predicó se congregaron diez mil personas; su extraordinaria voz llegó a todos ellos mientras les hablaba durante una hora. Él cuenta como “la primera señal que reveló el peso de la convicción en ellos por lo que escuchaban fue ver los surcos blancos hechos por las lágrimas que rodaban abundantemente por sus ennegrecidas mejillas después que salían de las minas de carbón. Cientos y cientos de ellos pronto llegaron a estar bajo una fuerte convicción que, como quedó demostrado, concluyó felizmente en una conversión completa y cabal.”
Fue a partir de este momento que Whitefield mandó a buscar a Juan Wesley para que viniera a ayudarlo en la obra. Wesley, quien era un religioso devoto, dice acerca de esto: “Llegué a Bristol por la tarde y me encontré allí con el señor Whitefield. Me fue difícil resignarme al principio a esta extraña manera de predicar en los campos, de lo cual él me dio un ejemplo el domingo, luego de haberme mantenido toda mi vida (hasta hace muy poco) tan firme en cada punto con relación a la decencia y el orden como para creer que la salvación de las almas era casi un pecado si no se llevaba a cabo en una iglesia.
Por la noche (después que se marchó el señor Whitefield) comencé a exponer el Sermón del Monte de nuestro Señor (un precedente muy notable de la predicación al aire libre, aunque supongo que en aquel tiempo también hubo iglesias) a una pequeña sociedad que se reunía una o dos veces a la semana en la calle Nicholas. A las cuatro de la tarde, me dispuse a ser contado como vil y proclamé en las calles las buenas nuevas de salvación, hablando desde una elevación en el terreno colindante a la ciudad y dirigiéndome a casi tres mil personas.”
De esta manera se rompieron las barreras y la predicación libre del Evangelio se difundió por todo el país.
La predicación estuvo acompañada de tal poder del Espíritu Santo que nada pudo resistirla. En ocasiones, las multitudes que se congregaron para escuchar ascendieron a decenas de miles de personas. No sólo se convirtieron al Señor los estratos más bajos de la sociedad en las cárceles repugnantes y los barrios marginados, sino que cuando la Condesa de Huntingdon se entregó con su influencia a la obra, la aristocracia fue alcanzada y muchos de sus miembros se convirtieron en discípulos de Cristo.
Juan Wesley se vio obligado a reconocer que el Espíritu Santo había enviado aún a numerosos laicos a predicar el Evangelio, algunos de ellos, como Juan Nelson, incultos, pero con una experiencia y un poder espiritual que los capacitaba para ser testigos eficaces y poderosos de Cristo.
(Continuará)
Por Edmund Hamer Broadben
Capítulo 13
Los movimientos
metodistas y misioneros
(1638–1820)
La infidelidad y la indiferencia por los asuntos de religión y moral prevalecían en Inglaterra en el siglo XVIII hasta tal punto, y de tales consecuencias, que llamaban la atención de todos aquellos que observaran con cuidado. Con relación a la clase alta de la sociedad, estaba de moda el ser irreligioso e inmoral, mientras que las clases humildes estaban sumergidas en la más grande ignorancia y pecado.
Los miembros del clero, salvo pocas excepciones, no tenían mejores cualidades que la gente. La literatura que circulaba era atea e impura; la borrachera no se consideraba una deshonra; la violencia y el crimen eran una plaga. El esfuerzo por reprimir el crimen y preservar la propiedad por medio de castigos crueles aumentaron la osadía de la gente; el estado de las prisiones era pésimo; la opresión de los pobres y los desamparados era sin compasión. Aún quedaba una fuerte contracorriente de religión y fe, pero se hallaba oculta debido a la tolerancia popular que existía con relación al pecado, además de la burla de todo lo bueno. Los grupos de creyentes eran pocos en comparación con la mayoría de la población, y una cierta apatía se había apoderado de ellos lo cual mostraba que existía la necesidad de un avivamiento.
Fue en estas circunstancias que tuvo lugar un avivamiento espiritual de alcance y resultados extraordinarios. Gales se encontraba en un estado tan oscuro como Inglaterra y, además, sufría la desventaja de que muchos de los miembros de su clero eran ingleses que estaban fuera de contacto con la gente tanto en sentimientos como en idioma. Sin embargo, había algunos clérigos galeses de la Iglesia oficial que fueron excepciones dignas de destacar. Guillermo Wroth, párroco de Llanvaches, de repente convertido, tuvo tal mensaje de vida que la gente sedienta de la Palabra de Dios acudía en masa a escuchar, de manera que su iglesia no la podía contener. Predicaba al aire libre e incluso fuera de su propia parroquia, y cuando fue castigado con la pérdida de su posición por tales actos, fundó una iglesia de creyentes independientes en Llanvachery, en 1638.
Bajo su influencia Walter Cradock, expulsado de su sacerdocio en Cardiff, comenzó a viajar por todas partes y a predicar el Evangelio a las multitudes que ansiaban escucharlo, y se unió a las iglesias congregacionalistas. Rees Pritchard fue otro que tenía el mensaje de salvación, alrededor de quien se congregaban tan grandes grupos para escucharlo que también tenía que predicar al aire libre. Por esta razón, Rees fue citado ante la Corte Eclesiástica, pero se hizo uso de cierta influencia para que le permitieran continuar sus predicaciones y aún permanecer en la Iglesia Anglicana.
Otro clérigo, Griffith Jones, también galés, a principios del siglo XVIII, preparó a su país para la mayor obra que estaba por venir. Mientras predicaba y enseñaba en su parroquia se dio cuenta de la gran desventaja que el pueblo sufría al no poder leer la Biblia por sí mismos. De modo que con la ayuda de amigos contrató a profesores para que viajaran de un sitio a otro a fin de fundar escuelas provisionales. Posteriormente, la carencia de profesores aptos lo llevó a inaugurar una escuela de entrenamiento donde sólo fueron aceptadas las personas que tuvieran principios religiosos, en su gran mayoría disidentes. Personas de todas las edades asistieron a sus escuelas, a pesar de la oposición del clero, contentas de contar con una oportunidad que nunca antes tuvieron, y se llevó a cabo una gran reforma en el carácter y la conducta de la nación.
A la muerte de Griffith Jones, veinte años después de haber comenzado sus escuelas, ya había aproximadamente 3.500 de estas funcionando, y la tercera parte de la población de Gales había pasado por ellas. Por este mismo tiempo, a un joven, Howel Harris, se le negó la ordenación por motivo de que ya había comenzado a predicar antes de recibirla. No obstante, no se dejó intimidar y, siendo aún miembro de la Iglesia oficial, continuó sus predicaciones fuera de ella al aire libre, en casas particulares y en otros lugares disponibles. El Evangelio fue eficaz; una gran cantidad de personas se convirtió al Señor, muchas vidas fueron transformadas, y se establecieron cultos familiares en hogares que anteriormente eran impíos. Otros obreros se unieron a Harris, tanto del clero como del laicado, y a fin de animar a los influenciados por la Palabra de Dios, se fundaron sociedades de personas religiosas.
Como era de esperar, esto estimuló la oposición; las turbas desenfrenadas, dirigidas por las autoridades civiles y el clero, sometieron a los predicadores a todo tipo de degradación y abuso.
Uno de los más dotados entre los predicadores fue Daniel Rowlands, también clérigo, que fue expulsado de su sacerdocio por predicar fuera de los límites de su propia parroquia. A Llangeitho, donde él predicaba, acostumbraban a venir miles de personas que viajaban desde todas las partes del Principado para escucharlo. Había en su ministerio un poder que a aquellos que lo escuchaban les resultaba imposible describir.
Este movimiento en Gales pronto entró en contacto con uno similar en Inglaterra. Todo el carácter del pueblo galés fue transformado. Y este cambio no fue transitorio, porque Gales, en lugar de ser como era anteriormente —una nación irreligiosa y muerta espiritualmente— ahora había adquirido fama por la obra amplia y la profundidad de su vida espiritual.
Un grupo de estudiantes en Oxford comenzó a reunirse en 1729 con el propósito de ayudarse los unos a los otros a alcanzar su objetivo común: ser salvos y vivir para la gloria de Dios. Sus costumbres pronto trajeron sobre sí el ridículo de sus compañeros de estudio y de algunos de los funcionarios de los colegios, ya que ellos, en su estilo de vida, se diferenciaban completamente de la mayoría de los estudiantes. Ellos vivían conforme a una regla ascética y muy meticulosa, visitaban a los presos y los enfermos y ayudaban a los pobres. Fueron llamados “el Club Santo” o “el Club Piadoso”, “los entusiastas” o “los metodistas”. Entre sus fundadores estaban Juan y Carlos Wesley, y a ellos pronto se les unió Jorge Whitefield.
La madre de los Wesley fue de tal carácter y capacidad tan poco común que evidentemente la extraordinaria vocación e influencia de sus hijos fue, en gran parte, el resultado de su ejemplo y su temprana instrucción. Su esposo era un clérigo; ellos tenían una familia numerosa y un grupo considerable de domésticos. Ella fue muy cuidadosa en la crianza de cada uno de sus hijos. Además, durante las frecuentes ausencias de su esposo por motivo de su ministerio, sentía la necesidad de reunir a todos los de su casa a una hora determinada para leer las Escrituras, hablar y orar con ellos. Los sirvientes que presenciaban estas reuniones contaban acerca de ellas y otras personas pedían que se les permitiera entrar, de modo que en ocasiones hasta doscientas personas trataban de entrar allí y algunos tenían que marcharse por la falta de espacio. A su esposo le llegaron quejas que ella estaba desempeñando un papel indecoroso como mujer. Al contestarle, cuando él le escribió a ella sobre el tema, ella le dijo: “Soy mujer, pero también soy la ama de casa de una gran familia; y (…) en tu ausencia, no puedo hacer otra cosa que ocuparme de cada alma que tú dejas bajo mi cuidado, como un talento encomendado a mí con la mayor confianza, de parte del gran Señor de todas las familias, tanto del cielo como de la tierra (…) No entiendo por qué alguien deba perjudicarte sólo porque tu esposa se esfuerza por atraer a las personas a la iglesia, por impedirles, mediante la lectura y otras persuasiones, que profanen el día del Señor. Por mi parte, no tomo en cuenta ninguna censura en este asunto. Hace tiempo ya me despedí del mundo y sólo deseara no haberles dado nunca razón alguna para hablar contra mí. En lo concerniente a que parece extraño, reconozco que así es. Como también lo parece cualquier cosa que sea seria o que de alguna manera pueda extender la gloria de Dios o la salvación de las almas (…) Sin embargo, existe algo por lo cual me siento muy disconforme, y es precisamente por la presencia de estas personas durante las oraciones de la familia. No me refiero a que tenga vergüenza sólo por la cantidad de personas que están presentes. Puesto que aquellos que tienen el honor de hablar al sumo y santo Dios no deben avergonzarse de hablar ante todo el mundo. Me refiero a que soy mujer. Dudo que sea correcto que yo como mujer presente las oraciones del pueblo de Dios. El domingo pasado estuve a punto de despedirlos antes de las oraciones, pero ellos me rogaron de todo corazón que les permitiera quedarse. Yo no me atreví a negárselo-“.
Después de su ordenación, y aún en busca de la salvación de sus almas, Juan Wesley, su hermano Carlos y dos más zarparon rumbo a Georgia. Ya encontrándose a bordo, conocieron a un grupo de moravos, y Juan Wesley describe la profunda impresión que se llevó por la mansedumbre, la paz y la valentía que estos hombres demostraban bajo cualquier circunstancia.
Su estancia en Georgia, a pesar de su práctica de abnegación severa y una obra concienzuda, fue un fracaso, y pronto regresó a Inglaterra en un estado de miseria espiritual. Fue por ello que exclamó: “¡Fui a América a convertir a los indios; pero, ¿quién me convertirá a mí?” Al llegar a Londres (1738) de nuevo, Juan se encontró con los moravos, y en “un día muy memorable”, conoció a Peter Boehler, recién llegado de Alemania. Con él mantuvo una larga conversación y por medio de él, según dice Juan, “de la mano del gran Dios fui (…) convencido claramente de mi incredulidad; de la falta de esa única fe por la cual somos salvos”. ¿Debía él dejar la predicación?, le preguntó a Boehler. “No”, le contestó este, “predica la fe hasta que la poseas; y luego, debido a que la posees, predicarás la fe”. De manera que Wesley les ofrecía a todos la salvación por medio de la fe únicamente, pero aun así no pudo comprender que la salvación podía ser inmediata. Al escudriñar los Hechos de los Apóstoles en busca de si había o no casos similares registrados allí, él descubrió, para su asombro, que casi todos se convirtieron de esta manera. Luego se refugió en el pensamiento de que semejantes cosas podían pasar en los primeros días del cristianismo, pero que los tiempos habían cambiado. No obstante, fue sacado de ahí por medio del testimonio de muchos acerca de cómo fueron salvados inmediatamente cuando creyeron. De modo que, finalmente, por medio de la fe, él aceptó a Cristo como su Salvador.
Su hermano Carlos y otros se enojaron con él por decir que él, quien había hecho tanto, nunca había sido salvo hasta ahora, pero poco después relata: “Mi hermano tuvo una conversación larga y privada con Peter Boehler. Y ahora le agradó a Dios abrir sus ojos de manera que él vio claramente cuál era la naturaleza de la única y verdadera fe viva por la cual somos salvos por medio de la gracia.”
Se fundó así una sociedad, la cual constaba de pequeños grupos de miembros que debían reunirse semanalmente para confesar sus faltas los unos a los otros y para la oración. Como Juan Wesley predicaba con fervor en muchas de las iglesias londinenses “la salvación gratuita por medio de la fe en la sangre de Cristo” se le informó de manera oficial en un lugar tras otro que aquella era la última vez que se le permitiría predicar allí.
Luego visitó el asentamiento moravo en Herrnhut y también al Conde Zinzendorf, en donde fue muy animado en los diálogos que sostuvo con quienes se encontró. Luego regresó a Inglaterra y una vez más comenzó a predicar y compartir con sus hermanos en la fe. Al viajar a Bristol, Juan Wesley se reunió nuevamente con su viejo amigo Jorge Whitefield.
Whitefield nació en el Bell Inn, Gloucester. Algún tiempo después, su madre quedó viuda y se vio tan empobrecida que el sueño de su hijo más joven de convertirse en un clérigo sólo pudo realizarse con dificultad por medio de la ayuda de unos amigos que le consiguieron un puesto como servidor en la universidad de Pembroke. Así pudo estudiar. Allí experimentó una gran angustia espiritual como buscador de la salvación. Se unió al “Santo Club” y mediante el ayuno y otras formas de intentar hacer morir los deseos de la carne, se debilitó en extremo. Fue entonces cuando se hizo estudiante de las Escrituras y así declara: “Logré un mayor conocimiento verdadero a partir de la lectura del Libro de Dios en un mes, que lo que jamás podría haber adquirido de todos los escritos de los hombres”.
Luego de haber aprendido y experimentado la justificación por medio de la fe, Whitefield sintió deseos de predicar, y tan pronto fue ordenado comenzó a hacerlo con un efecto tan sorprendente que se comentó que en su primer sermón "enloqueció" a quince personas.
Desde el comienzo de su ministerio, su talento como predicador fue tan extraordinario que multitudes se apiñaban para escucharlo. Un sermón que predicó en Bristol, “Sobre la naturaleza y la necesidad de nuestra regeneración o nuevo nacimiento en Cristo Jesús”, fue el comienzo de un gran avivamiento que siguió en Gloucester, Bristol y Londres. Luego, durante un corto período de tiempo estuvo en Georgia donde fundó un orfanato.
A su regreso a Inglaterra, Whitefield se dio cuenta de que su costumbre de ir de casa en casa, donde era invitado a exponer las Escrituras, había encolerizado tanto al clero que casi todos los púlpitos le fueron negados. Algunos de sus amigos le habían sugerido que ya que había ido a América a predicarles a los indios podría también ir a predicarles a los mineros incultos y abandonados de Kingswood, cerca de Bristol. Esta fue su respuesta: “Al darme cuenta de que los púlpitos me son negados y que los pobres mineros están a punto de perecer por la falta de conocimiento, me dirigí a ellos y les prediqué, sobre una loma, a más de doscientas personas. Bendito sea Dios, que se ha roto el hielo y que el campo ha sido tomado (…) Pensé quizá que estaba imitando el servicio de mi Creador, quien tuvo un monte como púlpito y los cielos como su auditorio, y quien, además, cuando el Evangelio fue rechazado por los judíos, envió a sus siervos por los caminos y por los vallados.”
La próxima vez que predicó se congregaron diez mil personas; su extraordinaria voz llegó a todos ellos mientras les hablaba durante una hora. Él cuenta como “la primera señal que reveló el peso de la convicción en ellos por lo que escuchaban fue ver los surcos blancos hechos por las lágrimas que rodaban abundantemente por sus ennegrecidas mejillas después que salían de las minas de carbón. Cientos y cientos de ellos pronto llegaron a estar bajo una fuerte convicción que, como quedó demostrado, concluyó felizmente en una conversión completa y cabal.”
Fue a partir de este momento que Whitefield mandó a buscar a Juan Wesley para que viniera a ayudarlo en la obra. Wesley, quien era un religioso devoto, dice acerca de esto: “Llegué a Bristol por la tarde y me encontré allí con el señor Whitefield. Me fue difícil resignarme al principio a esta extraña manera de predicar en los campos, de lo cual él me dio un ejemplo el domingo, luego de haberme mantenido toda mi vida (hasta hace muy poco) tan firme en cada punto con relación a la decencia y el orden como para creer que la salvación de las almas era casi un pecado si no se llevaba a cabo en una iglesia.
Por la noche (después que se marchó el señor Whitefield) comencé a exponer el Sermón del Monte de nuestro Señor (un precedente muy notable de la predicación al aire libre, aunque supongo que en aquel tiempo también hubo iglesias) a una pequeña sociedad que se reunía una o dos veces a la semana en la calle Nicholas. A las cuatro de la tarde, me dispuse a ser contado como vil y proclamé en las calles las buenas nuevas de salvación, hablando desde una elevación en el terreno colindante a la ciudad y dirigiéndome a casi tres mil personas.”
De esta manera se rompieron las barreras y la predicación libre del Evangelio se difundió por todo el país.
La predicación estuvo acompañada de tal poder del Espíritu Santo que nada pudo resistirla. En ocasiones, las multitudes que se congregaron para escuchar ascendieron a decenas de miles de personas. No sólo se convirtieron al Señor los estratos más bajos de la sociedad en las cárceles repugnantes y los barrios marginados, sino que cuando la Condesa de Huntingdon se entregó con su influencia a la obra, la aristocracia fue alcanzada y muchos de sus miembros se convirtieron en discípulos de Cristo.
Juan Wesley se vio obligado a reconocer que el Espíritu Santo había enviado aún a numerosos laicos a predicar el Evangelio, algunos de ellos, como Juan Nelson, incultos, pero con una experiencia y un poder espiritual que los capacitaba para ser testigos eficaces y poderosos de Cristo.
(Continuará)

