02-06-2008, 09:29 PM
El holocausto: Expresaba total dedicación a Dios. El nombre mismo de este sacrificio nos indica su característica distintiva: La palabra holocausto proviene del término hebreo "holah", que significa "lo que asciende". El sacrificio era consumido totalmente por el fuego en el altar, de modo que también se lo identificaba como "la ofrenda del todo quemada" Mientras que en otros sacrificios una parte se quemaba y otra parte era comida por los sacerdotes, o hasta por los adoradores mismos, en el holocausto todo se quemaba y subía a Dios en llama y humo. De ese modo se le enseñaba al israelita que para el culto verdadero era indispensable una entrega total. El holocausto, entonces, era todo para Dios, ascendiendo a Dios en olor suave, dándole satisfacción y placer, pues prefiguraba el sacrificio de Cristo.
Las ofrendas, de animales de rebaño o, para el caso de personas de bajos recursos, de aves, debían corresponder rigurosamente al nivel de posibilidades del adorador. Se le exigía más al que tenía más, pero si alguien no tenía los medios suficientes, según Lv.12:8 podía ofrecer un par de tórtolas o dos palominos (pichones de paloma), tal como lo hicieron María y José en la presentación del niño Jesús en el templo de Jerusalén. (Lc.2:22-24) De ese modo nadie quedaba excluido en razón de su condición de pobreza.
Los animales o aves debían estar ceremonialmente limpios, ya que aquello que el hombre no podía tocar, tampoco debía ser ofrecido como sacrificio a Dios. Además debían ser "sin defecto" pues nadie podía agradar a Dios si no ofrecía lo mejor. "Maldito el que engaña, el que teniendo machos en su rebaño, promete, y sacrifica a Jehová lo dañado" (Mal.1:14).
Las leyes de los sacrificios disponían que el israelita debía traer la ofrenda en forma personal. Esto nos recuerda que nadie puede adorar a Dios por nosotros. Esa acción ideal de culto era realizada en público "en la puerta del tabernáculo de reunión", es decir, en el atrio, cerca del altar de bronce. Presentado de esa forma, el sacrificio indicaba el deseo del adorador de acercarse a Dios y de ser aceptado por Él.
Pero el holocausto particularmente nos presenta en figura la completa devoción, aceptable y perfecta, de nuestro bendito Salvador, así como su rendición absoluta a Dios, no sólo en su vida sino también en su muerte, tal como lo expresan las Escrituras en He.9:14 : "...se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios." y en Ef.5:2 : "... se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante" Todo era para Dios, y por nosotros en cuanto al logro de hacernos aceptos delante de Él.
El adorador debía colocar su mano sobre la cabeza del animal ofrecido en holocausto. De ese modo quedaba perfectamente identificado con su ofrenda y aceptado en ella. Desde aquel momento se transfería al sacrificio todo lo que el adorador debía a Dios. La demanda de Dios ya no caía sobre el israelita sino sobre la ofrenda con la que se identificaba.
Cuan precioso es para el creyente asirse de todo esto. En Cristo, su propia identidad como pecador ha sido borrada, deja de ser contado como hijo de Adán delante de Dios. Todo lo que es en sí mismo es borrado definitivamente, y de allí en adelante queda identificado con Cristo para siempre. Está delante de Dios "en Cristo", aceptado en su Representante.
Cuanto entendemos esta sublime verdad, las dudas y los nubarrones huyen del alma como la oscuridad desaparece cuando asoma el sol. Todos tenemos tiempos de desaliento y miedo. Sentimos nuestra debilidad y pasamos por circunstancias difíciles, por las cuales aprendemos lecciones saludables y necesarias. Confesamos que somos infieles, que no amamos a Dios de todo nuestro corazón, de toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas (Deut.6:5), pero todo esto no altera en nada lo que Dios ha hecho por nosotros, el lugar donde nos puso, y nuestra aceptación delante de Él en su Hijo amado. "Para alabanza de la gloria de Su gracia, en la cual nos hizo aceptos en el Amado." (Ef.1:6)
Aunque nuestra condición humana puede ser variable, nuestra posición ante Dios es inalterable, inmutable.
Esta es la lección del holocausto. El israelita venía, consciente de su propia indignidad, para ofrecer una víctima en su lugar. Ésta era inmolada delante del Señor, su vida quitada en vez de la del pecador. Luego era desollada y dividida. Todas sus partes eran expuestas a la luz, comprobando que era perfecta exterior e interiormente. Después era levantada sobre el altar, y desde el enrejado de bronce donde estaba puesta, todo subía en olor grato (o un olor de descanso) a Jehová, y así el israelita era aceptado en función del mérito de la ofrenda.
¡Qué precioso! Todo nos habla del Señor Jesucristo, "el Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo" (Ap.13:8) Así ya lo consideraba anticipadamente el Padre, que "venido el cumplimiento del tiempo" envió a Su Hijo a consumar la obra de nuestra redención en el altar de la cruz.
Y es nuestro mayor gozo que el Padre haya estimado en todo su alcance las excelencias de su Hijo Amado. "Salió fuego del altar y consumió el holocausto y las grosuras sobre el altar." (Lv.9:24
Toda la ofrenda fue consumida, Jehová recibió todo. Cuán cierto resultó esto en Jesús, nuestro bendito Salvador. Sus pensamientos, sus energías, sus afectos y sus caminos fueron consagrados totalmente a Dios. Todo lo que hizo glorificó a Dios. Puso a Jehová siempre delante de sí, e hizo siempre lo que agradaba a su Padre. (Jn.8:29)
¡Ojalá que los hombres que hablan o cantan livianamente de "estar enteramente consagrados a Dios" o de "tener todo sobre el altar" vieran aquí lo que esto realmente significa.
El Padre mismo dio suficiente testimonio de su completa complacencia en su Hijo amado. (Mt.3:16-17; 17:5; y otros)
Además, todo lo que Él era, y todo lo que es, lo es por nosotros. Es el Representante de todos sus redimidos, que son vistos en Él, adornados con su hermosura, "ACEPTOS EN EL AMADO" (Ef.1:6) "aceptos" no en nuestra fidelidad, tampoco en nuestro amor sino EN EL AMADO. Aceptos según la medida de la delicia que el Padre tiene en Él. Ésta es la inalienable posición de los santos de Dios. No hay ninguna "vida elevada" como ésta. Es la más alta y la mejor, y es la posición de todos los que creen en el Señor Jesucristo como Salvador personal.
"Mas por Él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios (hecho para nosotros) sabiduría, justificación, santificación y redención." (1ª Co.1:30)
La oblación de presente, o de harina: (Lv.2:1-16 y 6:14:18) era una ofrenda que se presentaba en forma de tortas, que podían ser horneadas, fritas o hervidas. Se elaboraban con "flor de harina" es decir la harina cernida más fina, y por lo tanto, de mayor calidad.
La harina, que obviamente proviene de la molienda de granos, es un producto substancial de la tierra, y suple la necesidad alimenticia del hombre. Aquí podemos apreciar un emblema de la humanidad perfecta del Señor Jesucristo.
Su vida terrenal fue como flor de harina, perfecta en su blancura y sin aspereza alguna. No había en Él ni el menor vestigio de la naturaleza caída del hombre. No tenía nada que requiriese ser corregido, dominado o refrenado. Su delicia era hacer siempre la voluntad del Padre. Sólo Él pudo afirmar, sin desmentirlo con su proceder: "...aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón..." (Mt.11:29). La suavidad de su carácter fue igual de notoria tanto cuando fue un niñito descansando en los brazos de su madre, como en el momento en que como hombre lo rodearon sus enemigos en el pretorio.
Aunque la flor de harina tenía que ser cocida en tortas, sus cualidades permanecían inalterables. El Señor Jesús, puesto a prueba en todo por Dios, y tentado por el diablo y por los hombres que le tendieron trampas en procura de hacerlo tropezar, siempre se mantuvo firme, sin claudicación alguna. Tuvo que soportar el ardiente horno de la ira de Dios, "...hecho por nosotros maldición..." (Gá.3:13) Pero en medio de todo su sufrimiento, Él permaneció puro e inmutable. Flor de harina aún.
Sobre la harina se derramaba aceite (Lv.2:1) El aceite es símbolo del Espíritu Santo (ver Jn.1:32; 2ª Co.121-22; 1ª Jn.2:27).
El Señor Jesús fue ungido "con el Espíritu Santo y con poder" (Hch. 10:38), y todo lo hizo en el poder del Espíritu Santo. Vivió y anduvo por el Espíritu eterno, y mediante Él "se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios" (He.9:14)
Además, sobre la harina se ponía incienso. (Lev.2:1) Este compuesto aromático es figura de pureza y fragancia. Particularmente expresa la dignidad y la reverencia asociadas con las oraciones y las alabanzas que se elevan a Dios (Ver Apoc.5:8 y 8:3-4)
Cuanto más se exponía el incienso al fuego, tanto más exhalaba su fragancia. Así fue con el Señor Jesús. Sus privaciones y aflicciones, y especialmente sus padecimientos en la cruz, derramaron la fragancia de su carácter, y manifestaron su gloria moral. Su grato perfume llegó hasta la misma presencia de Dios, aún en la agonía de Getsemaní: "Padre, si quieres, pasa de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc.22:42) "Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra" (Lc.22:44) Poco después, en la cruz, oró así: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc.23:34) Sus oraciones fueron como grato incienso elevado junto con la ofrenda de sí mismo al Padre.
Flor de harina: Su humanidad perfecta. Aceite: El Espíritu Santo. Incienso: La fragancia de sus oraciones glorificando a Dios aún en medio del fuego del juicio.
Empero, esta ofrenda no podía contener levadura: "Ninguna ofrenda que ofreciereis a Jehová será con levadura..." (Lv.2:11) En las Escrituras, la levadura es símbolo de maldad y corrupción. En el Señor Jesús no hubo principio alguno de maldad, porque "...nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca" (Is.53:9) y su carne no conoció corrupción: "Mas aquel a quien Dios levantó, no vio corrupción" (Hch.13:37)
Además, la ofrenda tampoco podía contener miel: "...ni de ninguna miel se ha de quemar ofrenda para Jehová" (Lv.2:11) Mientras que la levadura es un símbolo de la maldad y corrupción de la naturaleza humana, la miel asociada a ella potencia sus efectos. La miel es símbolo de dulzura, pero la dulzura asociada al pecado provoca serias consecuencias: "Los labios de la mujer extraña destilan miel... Mas su fin es amargo como el ajenjo..." (Pr.5:3-4) "A los faltos de cordura dice: las aguas hurtadas son dulces y el pan comido en oculto es sabroso. Y no saben que allí están los muertos... (Pr.9:17-18)
Pero aún en la esfera de los santos ¡Cuánto de lo que es considerado como "amor", a la hora de la prueba resulta ser miel adulterada! No es más que una dulzura natural que al ser contrariada se convierte en agria propensión.
Una amistad basada en esta clase de amor, rápidamente decae y termina.
Sin embargo, el amor del Señor Jesucristo es genuino, inalterable y puro. Es el amor que hace todo a favor del amado, aún cuando en su beneficio deba corregirlo, reprenderlo o inferirle alguna herida fiel "Fieles son las heridas que causa el que ama..." (Pr.27:6).
En pocas palabras, es el amor verdadero que nunca deja de ser (Ver 1ª Co.13), y por lo tanto no necesita asociarse artificialmente con componentes "endulzantes".
Pero había un ingrediente que nunca debía faltar: "Y sazonarás con sal toda ofrenda que presentes..." (Lv.2:13) Desde la antigüedad, la sal se empleó para sazonar y conservar los alimentos. Por consiguiente, es una sustancia que tiene la cualidad de preservar de la corrupción.
"...y no harás que falte jamás de tu ofrenda la sal del pacto de tu Dios..." Como todo lo que hemos considerado, la sal tenía un significado simbólico. En Col. 4:6 leemos: "Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno" Notemos que esta fue una cualidad distintiva en el Señor Jesucristo. La sal del pacto nunca estuvo ausente en sus tratos con el hombre. Juan lo describe como "lleno de gracia y de verdad" (Jn1:14) Aún cuando muchas veces se vio en la necesidad de reprender, censurar y corregir, nunca salió de sus labios ni una sola palabra corrompida. "Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes." (Ef.4:29)
El Sacrificio de Paz: El rasgo distintivo de esta ofrenda es que expresaba comunión.
Consistía en ofrecer un animal (bovino, vacuno o caprino) sobre cuya cabeza, antes de sacrificarlo, el adorador colocaba sus manos. Entonces se degollaba el animal, y su sangre era rociaba sobre el altar. La grosura (sebo) le pertenecía a Dios, y por lo tanto no podía ser comida. Tampoco la sangre podía ser empleada como alimento. "Estatuto perpetuo será por vuestras edades, dondequiera que habitéis, que ninguna grosura ni ninguna sangre comeréis" (Lv.3:17) "Porque cualquiera que comiere grosura de animal, del cual se ofrece a Jehová ofrenda encendida, la persona que lo comiere será cortada de entre su pueblo" "Cualquiera persona que comiere de alguna sangre, la tal persona será cortada de entre su pueblo" (Lv.7:25 y 27)
La razón por la cual no podía usarse sangre como alimento era ésta: "Porque la vida de la carne en la sangre está" (Lv.17:11) y porque era el medio ordenado de expiación.
La grosura es figura de abundancia, y la abundancia es de Dios. David lo expresó así: "Oh Jehová Dios nuestro, toda esta abundancia que hemos preparado para edificar casa a tu santo Nombre, de tu mano es, y todo es tuyo". (1º Cr.21:16)
Los sacerdotes recibían porciones de la ofrenda, señaladas en las Escrituras como "el pecho mecido" y "la espaldilla elevada". (Lv. 7:34). Lo primero era sostenido horizontalmente y mecido hacia el altar, y desde el altar hacia atrás, para mostrar que esa parte había sido ofrecida a Dios, pero que Él la regresaba enseguida al sacerdote.
El resto de la ofrenda de paz, por cierto la parte principal, se comía en una gozosa fiesta sacrificial en la que participaban el ofrendante, su familia y sus amigos. Observamos entonces que aquel sacrificio concluía como una expresión de gozo, paz y gratitud, como así también comunión y amistad.
Así no nos resulta difícil establecer la comparación con la experiencia espiritual cristiana. Cristo, el cordero de Dios, ha sido dado como alimento para el alma, y al participar de Él tenemos comunión con Dios y unos con otros. Comer de la misma mesa, compartir la misma porción es la figura expresiva de comunión, y esa comunión sólo es fruto de la obra consumada por Cristo en la cruz.
Cuando Cristo fue examinado y probado por los hondos sufrimientos de la cruz, fue hallado perfecto, tanto por dentro como por fuera. No así nosotros. Sin embargo, andamos con Dios en la luz, no porque no hayamos pecado, sino porque la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado. (1ª Jn.1:7). Nuestra vida descansa en la esfera de la redención, nuestra paz queda asegurada eternamente por la sangre de Su cruz. La eficacia de aquel sacrificio de paz permanece delante de Dios para siempre, y a nuestro favor. Dios queda eternamente satisfecho con Cristo, y nosotros también. Eso es la verdadera comunión.
La expiación del pecado: "Expiar" significa, básicamente, quitar el pecado por medio de un sacrificio establecido por Dios.
Esta ofrenda trasmitía un mensaje de gracia, ya que hablaba de la provisión por medio de la cual un pecador podía ser perdonado y conducido a la comunión con Dios.
No obstante, era un mensaje solemne, en razón de que declaraba que la expiación sólo podía ser hecha por el sacrificio de una vida. Enfatizaba la verdad de que: "sin derramamiento de sangre no se hace remisión" (He.9:22)
La ley ordenaba diversos tipos de sacrificios por el pecado, que eran ofrecidos, según el caso, en forma individual o por todo el pueblo. Cuando los sacrificios eran individuales se establecía una distinción entre ofensores de acuerdo con la posición y grado de responsabilidad de cada uno. Por ejemplo, un sumo sacerdote debía inmolar un becerro sin defecto, mientras que un gobernante debía ofrecer un macho cabrío, y alguien del pueblo un cordero o un cabrito.
Esas diferencias también se evidenciaban en el ritual de las ofrendas expiatorias. En todos los casos el ofensor presentaba su sacrificio, confesaba su pecado, y colocaba sus manos sobre la cabeza del animal que ofrecía. Mediante esa imposición de manos el ofrendante se identificaba con el sacrificio, y simbólicamente transfería su culpa a la víctima que sacrificaba. Después de matar al animal, una parte de la sangre era rociada sobre la base del altar de bronce. También se rociaba una parte en el tabernáculo delante del velo, y otra sobre los cuernos del altar del incienso o sobre los cuernos del altar de bronce, o bien se llevaba al Lugar Santísimo y se rociaba sobre el propiciatorio.
Estos métodos de rociamiento de sangre hacían distinción entre las diferentes clases de ofensores, Cuando un Sumo Sacerdote pecaba, o si lo hacía toda la congregación, la sangre debía ser rociada en el Lugar Santísimo, donde él ministraba. Cuando pecaba un gobernante o un simple ciudadano, la sangre del sacrificio era rociada sobre los cuernos del altar en el atrio exterior del tabernáculo, donde el gobernante y el pueblo solían adorar. Una vez al año, en el gran día de la expiación, la sangre de la ofrenda por el pecado, que se ofrecía por toda la nación, era llevada dentro del velo y se rociaba sobre el propiciatorio para hacer expiación por los pecados de toda la nación.
Por otra parte, podemos distinguir que se consideraban diversos grados de culpa; no eran lo mismo los pecados de ignorancia o imprudencia que los pecados graves, como asesinato, adulterio, ciertos actos de inmoralidad, blasfemia u otras abominaciones, para los cuales no había expiación posible, mereciendo el inculpado la pena de muerte.
Precisamente esa limitación exhibía la necesidad de un sacrificio mejor, una ofrenda más eficaz, un verdadero Salvador por quien pudiera ser posible la expiación de todos los pecados, de modo tal que aún el primero de los pecadores pudiera obtener perdón por la fe en Él.
Y esa necesidad fue suplida completamente por el sacrificio perfecto del Señor Jesucristo. La Escritura declara que "Ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados, pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios." (He.10:12) "Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados" (v.14)
Como cristianos nos hemos acercado "a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel." (He.12:24) La sangre de Abel clamaba por venganza, la sangre de Cristo anuncia perdón y reconciliación, ya que ahora estamos justificados en su sangre (Ro.5:9) y hemos sido elegidos por Dios para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo (1ª P. 1:2)
Dios no hace acepción de personas. "Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron están destituidos de la gloria de Dios".(Ro.3:22-23) Sin embargo, un pecador obtiene el perdón sencillamente cuando se arrepiente de sus pecados y cree con fe en el Señor Jesucristo, porque Su sangre nos limpia de todo pecado (1ª Jn.1:7)
El perdón de Dios es completo, instantáneo y permanente. Y nadie debe suponer que es presunción creer lo que Dios dice en Su Palabra: "El que en Él cree, no es condenado (Jn.3:18)
La expiación de la culpa: Ya consideramos antes que "expiar" significa quitar el pecado por medio de un sacrificio establecido por Dios. Sin embargo, advertimos que la justicia divina no sólo trataba con la cuestión de los pecados de cada individuo, sino también con los efectos o perjuicios que esos pecados podían ocasionar a otras personas.
Si bien el pecado, casi en general, podía ser quitado por medio de un sacrificio expiatorio, cuando se daba el caso de acciones pecaminosas que afectaban los derechos de terceros era necesario ofrecer un sacrificio distinto, destinado a la expiación de la culpa. Este sacrificio consistía en ofrecer un carnero sin defecto, y a diferencia de la ofrenda por el pecado, no se establecía distingo alguno entre personas de distinto grado o condición.
La ley expresaba al respecto: "Di a los hijos de Israel: El hombre o la mujer que cometiere alguno de todos los pecados con que los hombres prevarican contra Jehová y delinquen, aquella persona confesará el pecado que cometió, y compensará enteramente el daño, y añadirá sobre ello la quinta parte, y lo dará a aquel contra quien pecó. Y si aquel hombre no tuviere pariente al cual sea resarcido el daño, se dará la indemnización del agravio a Jehová, entregándola al sacerdote, además del carnero de las expiaciones con el cual hará expiaciones por él." (Nm.5:6-8)
Entonces, la ley exigía la confesión del pecado, la compensación por lo dañado más el 20% de ese valor, y la obligación de ofrecer un sacrificio.
Tal sacrificio, como los otros que consideramos, expresaba en figura la gracia de Dios a favor del pecador, pero básicamente sobresalía en él la noción de satisfacción o restitución.
Sin embargo, observamos una vez más que tal sacrificio era insuficiente para expiar toda clase de culpa: ..."pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe. (Ex.21:23-25)
Para estas demandas de la ley no había sacrificio ni restitución posible. Sólo correspondía la aplicación de la pena exigida, y finalmente el único resultado que se obtenía era que tanto el que había causado el daño como el que lo había recibido -así el ofensor como el ofendido- quedaban dañados igualmente de por vida.
¿Cómo sería posible entonces que un pecador quedara a salvo, si de ningún modo podía cumplir con las demandas de la ley de Dios?
¡Qué bendita noticia: El Señor Jesús llevó a cabo un Sacrificio eficaz y perfecto para expiar toda nuestra culpa! "Mas Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre Él, y por su llaga fuimos nosotros curados (Is.53:5)
"...Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante." (Ef.5:2)
¡Qué maravilloso aquel momento cuando por la fe vimos al Cordero de Dios, y entendimos que todos nuestros pecados nos fueron perdonados!. "...os dio vida juntamente con Él, perdonándoos todos los pecados." (Col.2:13)
Y a partir del día en que creímos, cuántas veces aún nuestra alma debió valerse del Señor Jesús como la "expiación de la culpa". Una y otra vez nos hemos descarriado del lado del Señor, incluso quizás en forma deliberada,. ¿Dónde estaríamos si no fuera por la permanente eficacia de la gran expiación de la culpa? ¡Alabado sea el Señor, porque su ofrenda jamás perderá su virtud! Dios ya no nos mira como culpables porque cuando Dios nos perdona, lo hace completamente. No quita sólo una parte del pecado para acusarnos del resto. La culpa de nuestras transgresiones ha sido quitada, y la deuda contraída con su justicia ya fue saldada, "Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados." (He.10:14)
Recordemos que una de las condiciones que se debían cumplir al ofrecer el sacrificio de expiación de la culpa era la compensación por los daños causados a otros.
Es posible que nuestra perspectiva sobre este tema se circunscriba sólo a los aspectos de índole material, pero si examinamos más minuciosamente las Escrituras, descubrimos que las demandas divinas superan por mucho el terreno de los asuntos materiales, abarcando también otras esferas donde las deudas contraídas son realmente difíciles de resarcir, cuando no imposibles.
Examinemos las siguientes situaciones a modo de ejemplo:
¿Cómo podría compensar su deuda un esposo que un día, frente a Dios, prometió amar a su esposa "hasta que la muerte los separe", para luego abandonarla, quebrantando deliberadamente aquella promesa?
¿Cómo restituiría un padre alcohólico los años de angustia y miseria que su esposa e hijos debieron soportar por causa de su vicio?
¿Cómo podría un hijo compensar a sus padres por las heridas que él les provocó a causa de sus rebeldías y su vida disipada?
¿Cómo podría reparar un padre, o quizá una madre, los enormes daños causados a sus hijos por maltratos, ausencias o abandono?
¿Cómo reintegraremos la deuda de gratitud, reconocimiento y respeto contraída con aquellos siervos a quienes Dios puso como nuestros guías? Dedicaron tiempo, esfuerzo y hasta sus bienes en nuestro beneficio, y debíamos honrarlos (Ro.13:7 Gá.6:6), pero quizás todo lo que hicimos fue criticarlos amargamente y cuestionar su ministerio, tal como lo hicieron María y Aarón con Moisés. (Nm.12) Claro, pensamos que como ellos servían al Señor, tenían la "obligación" de ser perfectos, de no equivocarse nunca, de saberlo todo, y de "sacrificarse" para satisfacer todas nuestras necesidades y caprichos. ¿Con qué les pagamos? Ingratitud, celo enfermizo, enojo, ira, malas actitudes y hasta maledicencia (murmuración, habladurías, chismes y calumnias) son la moneda corriente que muchos siervos del Señor se ven obligados a recibir, en vez de la estima y respeto señalados por Dios. Y lo peor es que de ese modo aquella deuda sólo se acrecienta más. ¿Podrá ser saldada?
Basten estos simples ejemplos para ayudarnos a reconocer que se pueden tener grandes deudas para las cuales quizás no hay restitución posible... al menos por parte del hombre.
Y es aquí donde debemos considerar otra vez el insondable valor del sacrificio expiatorio del Señor Jesucristo. Él no sólo se ofreció como el sacrificio definitivamente eficaz por el pecado que nos condenaba, sino también por la culpa de aquellas acciones desviadas que afectaron a otros.
El Señor dijo: "Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; porque Él es benigno para con los ingratos y malos." (Lc.6:36)
¡Qué Maravillosa es la gracia de Dios alcanzando a todos! Recompensa grande para unos, y benignidad para con los otros, sin por eso consentir su pecado.
El hijo de Dios, aún cuando se sienta defraudado por los demás, no clamará por venganza, pues: "...mi causa está delante de Jehová, y mi recompensa con mi Dios" (Is.49:4)
Y el mismísimo culpable, contrito acudiendo al Señor, recibe su misericordia: "...es quitada tu culpa, y limpio tu pecado" (Is.6:7),
"Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante." (Ef.5:32)
¡Gracias a Dios por su don inefable! (2ª Co.9:15)
LA FUENTE (Ex.30:17-21; 38:8; 40:30-32)
La fuente era el segundo elemento ubicado en el atrio del Tabernáculo. Estaba entre el altar del holocausto y el Lugar Santo.
Aunque la Escritura describe otros componentes del tabernáculo con minuciosos detalles, advertimos que guarda silencio sobre las características de la fuente. Sabemos que fue hecha de bronce, con una base del mismo material, que la sostenía, pero no se nos dice nada acerca de su forma o tamaño.
No obstante, hay un detalle interesante sobre el origen del metal empleado: El bronce provenía de los espejos de las mujeres de Israel que prestaban servicio a la entrada del tabernáculo. (Ex.38:8) ¿Qué cometido cumple un espejo? Un espejo corriente refleja nítidamente la imagen de la persona que se pone frente a él. Le muestra su belleza o sus defectos, sin alterarlos. Si hay suciedad, la pone en evidencia, aunque no la quita.
La belleza de una mujer es su marca de distinción, así que lógicamente cada mujer aprecia mucho su espejo, pues le revela a ella su aspecto. Pero para las mujeres de Israel no fue penoso, por amor al Señor, desprenderse de sus preciados espejos de bronce para que con ellos se hiciera la fuente para el tabernáculo. En ese sentido, representaba un fruto precioso de gracia, y una actitud de renunciación a sus propios intereses digna de imitar.
La fuente estaba llena de agua. Los sacerdotes debían lavarse en ella las manos y los pies antes de entrar en el Lugar Santo para adorar, y cuando salían al altar para servir. La negligencia en cumplir ese precepto les acarreaba la muerte.
En la fuente no se oficiaba ningún rito ceremonial -no se derramaba sangre- y sin embargo, la adoración y el servicio eran imposibles sin el uso de la fuente. Era obligatorio que los sacerdotes se mantuvieran limpios para servir aceptablemente a Dios.
Anteriormente vimos en el altar y en los sacrificios que se ofrecían, la obra de Cristo hecha a nuestro favor, y nuestra aceptación delante de Dios según la eficacia y valor de esa obra. Sobre un verdadero creyente, por su posición "en Cristo", no pesa ninguna condenación (Ro.8:1) pues ha sido limpiado para siempre en virtud del sacrificio en la cruz ofrecido una sola vez, No hay repetición de ese acto, no hay una nueva aplicación de la sangre, como algunos sostienen. Al creyente se lo considera como totalmente limpio y santificado en Cristo, una vez para siempre.
Pero en la fuente encontramos una nueva y significativa enseñanza. Nos habla de una obra hecha en nosotros por la Palabra y el Espíritu de Dios. "...y todo aquel que lleva fruto lo limpiará, para que lleve más fruto. Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado." (Jn.15:2b-3)
Cada creyente necesita continuamente de esa limpieza en la fuente, y no puede prescindir de ella.
Aquí debemos considerar que en el orden del sacerdocio se establecían distintos lavamientos:
1. LIMPIEZA COMPLETA (Una sola vez para siempre)
Los sacerdotes, en el día de su consagración debieron acercarse a la puerta del tabernáculo, donde Moisés los lavó completamente con agua. “Y llevarás a Aarón y a sus hijos a la puerta del tabernáculo de reunión, y los lavarás con agua.” (Ex.29:4) Entonces Moisés hizo acercarse a Aarón y a sus hijos, y los lavó con agua.” (Lv.8:6) Este era el primer acto de la consagración. No podían ser ataviados con vestiduras santas, ni ungidos, ni entrar en el lugar santo para adorar a Dios, hasta que hubiesen sido lavados. Notemos que el acto del lavamiento fue llevado a cabo por otra persona, en este caso Moisés, sin ninguna intervención de los sacerdotes mismos. Por otra parte ese lavamiento completo fue efectuado por única vez, de modo que nunca más se repitió en los mismos sacerdotes. Esto, en figura, guarda relación con “el lavamiento de la regeneración”, citado en Tito 3:5 “Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo”
Este es un asunto vital. Ninguna persona que no haya recibido el lavamiento de la regeneración, es decir que no haya experimentado por la fe en Cristo un renacimiento espiritual, puede adorar verdaderamente a Dios. El Señor Jesucristo declaró: “Os es necesario nacer de nuevo” (Jn.3:7), fuera de eso nadie puede tener genuina comunión con Dios. El hombre en su estado natural no puede percibir ni entender las cosas de Dios. Tampoco puede hacer algo para agradarle. Mientras no haya nacido de lo alto no puede pertenecer a la familia de Dios, ni adorar, ni servir. No puede cruzar el umbral del Lugar Santo hasta que Dios, por el acto soberano de Su gracia, lo declare “todo limpio” con el corazón purificado de mala conciencia, y lavado el cuerpo con agua pura. (He.10:22)
Quizás este sea un buen momento para considerar si este lavamiento total se ha efectuado en el alma de cada uno de los que leen estos párrafos. ¿Ha habido algún momento de tu vida en que comprendiste que fuiste despojado de las vestiduras de tu propia justicia? Has experimentado, como Josué el sumo sacerdote, lo que es ser desvestido de los trapos viles del pecado, para ser vestido por Dios de ropas de gala? (ver Zac.3:1-4)
Si acaso confías en una religión, sea cual fuere, o en tus propios recursos u obras, debes saber que aparte del nuevo nacimiento no tendrás cabida en el lugar santo de la presencia de Dios.
2. LIMPIEZA DE PIES Y MANOS (Todas las veces que fuera necesario)
Recordemos que la fuente estaba colocada entre el altar y la puerta del tabernáculo, y que los sacerdotes debían lavarse en ella las manos y los pies. Empero, era muy fácil que a pesar de la limpieza lograda se volvieran a ensuciar.
Las manos, trabajando continuamente en el servicio a Dios en el altar, y los pies, siempre andando en la arena del desierto, necesitaban ser lavados constantemente. Para tal fin a los sacerdotes les fue dada el agua de la fuente, que es una figura de la Palabra de Dios, y a ninguno le estaba permitido ministrar al Señor sin esa limpieza previa, so pena de muerte.
Encontramos aquí una verdad muy solemne, porque nos habla de la condición necesaria para quienes adoran y sirven al Dios vivo. Un sacerdote, a pesar de su investidura como tal, podía quedar inhabilitado para ejercer las funciones que le eran propias, por causa de suciedad o impureza. Del mismo modo, un creyente carece de aptitud para el servicio o adoración si vive descuidando la Palabra de Dios y tolerando el pecado que lo contamina, aún asumiendo que no pierde su posición como hijo de Dios.
El derecho de entrada del sacerdote era la sangre del sacrificio, pero la condición necesaria para hacer uso de ese derecho era que sus manos y sus pies hubiesen sido lavados con el agua de la fuente. Esto nos ilustra sobre el derecho y la condición requerida para disfrutar de la comunión íntima con Dios. Debe haber un andar en la luz, y una limpieza continua de nuestras obras y caminos ¿De qué modo? Por la Palabra de Dios, si pretendemos andar con Él.
La Palabra de Dios es el medio por el cual el Señor conserva limpio a su pueblo. “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu Palabra” (Salmo 119:9)
Descuidarla es frustrar los propósitos del Señor respecto de nuestra santificación y purificación como pueblo de Dios.
Siendo también la Palabra como un espejo, debemos prestarle suma atención, “Porque si alguno es oidor de la Palabra pero no hacedor de ella. Éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era.” (Stg. 1:23-24)
A diferencia de un espejo ordinario, la Palabra no sólo nos muestra nuestra condición, sino que posibilita también nuestra limpieza. ¿Recordamos a esta altura de dónde provino el bronce de la fuente?
En el capítulo 13 de Juan encontramos al Señor como siervo dispuesto, lavando los pies de sus discípulos, y es oportuno destacar lo que le dijo a Pedro: “Si no te lavare, no tendrás parte conmigo” Pedro y los demás discípulos, más que observar un ritual, debían entender una verdad espiritual: La limpieza era necesaria si pretendían complacer al Señor y obtener su recompensa.
David declaró: “Jehová me ha premiado conforme a mi justicia; Conforme a la limpieza de mis manos me ha recompensado. Porque yo he guardado los caminos de Jehová, y no me aparté impíamente de mi Dios. Pues todos sus decretos estuvieron delante de mí, y no me he apartado de sus estatutos. Fui recto para con Él, y me he guardado de mi maldad; por lo cual me ha recompensado Jehová conforme a mi justicia; Conforme a la limpieza de mis manos delante de su vista” (2º S. 22:21-25)
El lavamiento de la regeneración nos aseguró la salvación, por la justicia de Dios satisfecha con el sacrificio del Señor Jesucristo en la cruz; pero la limpieza constante en la fuente de la Palabra, nos asegura la recompensa por las obras justas, es decir, hechas con manos limpias. “He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra” (Ap.22:12)
Al considerar la fuente del tabernáculo como figura de la Palabra de Dios comprendemos también por qué no se nos han revelado sus dimensiones o capacidad. David, una vez más, supo expresarlo en el Salmo 138:2 “... Alabaré tu Nombre por tu misericordia y tu fidelidad; Porque has engrandecido tu Nombre, y tu Palabra sobre todas las cosas.”
¡La grandeza de la Palabra de Dios es insondable y supera cualquier dimensión humana!
“El Dios eterno es Jehová... y su entendimiento no hay quien lo alcance” (Is.40:28)
Las ofrendas, de animales de rebaño o, para el caso de personas de bajos recursos, de aves, debían corresponder rigurosamente al nivel de posibilidades del adorador. Se le exigía más al que tenía más, pero si alguien no tenía los medios suficientes, según Lv.12:8 podía ofrecer un par de tórtolas o dos palominos (pichones de paloma), tal como lo hicieron María y José en la presentación del niño Jesús en el templo de Jerusalén. (Lc.2:22-24) De ese modo nadie quedaba excluido en razón de su condición de pobreza.
Los animales o aves debían estar ceremonialmente limpios, ya que aquello que el hombre no podía tocar, tampoco debía ser ofrecido como sacrificio a Dios. Además debían ser "sin defecto" pues nadie podía agradar a Dios si no ofrecía lo mejor. "Maldito el que engaña, el que teniendo machos en su rebaño, promete, y sacrifica a Jehová lo dañado" (Mal.1:14).
Las leyes de los sacrificios disponían que el israelita debía traer la ofrenda en forma personal. Esto nos recuerda que nadie puede adorar a Dios por nosotros. Esa acción ideal de culto era realizada en público "en la puerta del tabernáculo de reunión", es decir, en el atrio, cerca del altar de bronce. Presentado de esa forma, el sacrificio indicaba el deseo del adorador de acercarse a Dios y de ser aceptado por Él.
Pero el holocausto particularmente nos presenta en figura la completa devoción, aceptable y perfecta, de nuestro bendito Salvador, así como su rendición absoluta a Dios, no sólo en su vida sino también en su muerte, tal como lo expresan las Escrituras en He.9:14 : "...se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios." y en Ef.5:2 : "... se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante" Todo era para Dios, y por nosotros en cuanto al logro de hacernos aceptos delante de Él.
El adorador debía colocar su mano sobre la cabeza del animal ofrecido en holocausto. De ese modo quedaba perfectamente identificado con su ofrenda y aceptado en ella. Desde aquel momento se transfería al sacrificio todo lo que el adorador debía a Dios. La demanda de Dios ya no caía sobre el israelita sino sobre la ofrenda con la que se identificaba.
Cuan precioso es para el creyente asirse de todo esto. En Cristo, su propia identidad como pecador ha sido borrada, deja de ser contado como hijo de Adán delante de Dios. Todo lo que es en sí mismo es borrado definitivamente, y de allí en adelante queda identificado con Cristo para siempre. Está delante de Dios "en Cristo", aceptado en su Representante.
Cuanto entendemos esta sublime verdad, las dudas y los nubarrones huyen del alma como la oscuridad desaparece cuando asoma el sol. Todos tenemos tiempos de desaliento y miedo. Sentimos nuestra debilidad y pasamos por circunstancias difíciles, por las cuales aprendemos lecciones saludables y necesarias. Confesamos que somos infieles, que no amamos a Dios de todo nuestro corazón, de toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas (Deut.6:5), pero todo esto no altera en nada lo que Dios ha hecho por nosotros, el lugar donde nos puso, y nuestra aceptación delante de Él en su Hijo amado. "Para alabanza de la gloria de Su gracia, en la cual nos hizo aceptos en el Amado." (Ef.1:6)
Aunque nuestra condición humana puede ser variable, nuestra posición ante Dios es inalterable, inmutable.
Esta es la lección del holocausto. El israelita venía, consciente de su propia indignidad, para ofrecer una víctima en su lugar. Ésta era inmolada delante del Señor, su vida quitada en vez de la del pecador. Luego era desollada y dividida. Todas sus partes eran expuestas a la luz, comprobando que era perfecta exterior e interiormente. Después era levantada sobre el altar, y desde el enrejado de bronce donde estaba puesta, todo subía en olor grato (o un olor de descanso) a Jehová, y así el israelita era aceptado en función del mérito de la ofrenda.
¡Qué precioso! Todo nos habla del Señor Jesucristo, "el Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo" (Ap.13:8) Así ya lo consideraba anticipadamente el Padre, que "venido el cumplimiento del tiempo" envió a Su Hijo a consumar la obra de nuestra redención en el altar de la cruz.
Y es nuestro mayor gozo que el Padre haya estimado en todo su alcance las excelencias de su Hijo Amado. "Salió fuego del altar y consumió el holocausto y las grosuras sobre el altar." (Lv.9:24
Toda la ofrenda fue consumida, Jehová recibió todo. Cuán cierto resultó esto en Jesús, nuestro bendito Salvador. Sus pensamientos, sus energías, sus afectos y sus caminos fueron consagrados totalmente a Dios. Todo lo que hizo glorificó a Dios. Puso a Jehová siempre delante de sí, e hizo siempre lo que agradaba a su Padre. (Jn.8:29)
¡Ojalá que los hombres que hablan o cantan livianamente de "estar enteramente consagrados a Dios" o de "tener todo sobre el altar" vieran aquí lo que esto realmente significa.
El Padre mismo dio suficiente testimonio de su completa complacencia en su Hijo amado. (Mt.3:16-17; 17:5; y otros)
Además, todo lo que Él era, y todo lo que es, lo es por nosotros. Es el Representante de todos sus redimidos, que son vistos en Él, adornados con su hermosura, "ACEPTOS EN EL AMADO" (Ef.1:6) "aceptos" no en nuestra fidelidad, tampoco en nuestro amor sino EN EL AMADO. Aceptos según la medida de la delicia que el Padre tiene en Él. Ésta es la inalienable posición de los santos de Dios. No hay ninguna "vida elevada" como ésta. Es la más alta y la mejor, y es la posición de todos los que creen en el Señor Jesucristo como Salvador personal.
"Mas por Él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios (hecho para nosotros) sabiduría, justificación, santificación y redención." (1ª Co.1:30)
La oblación de presente, o de harina: (Lv.2:1-16 y 6:14:18) era una ofrenda que se presentaba en forma de tortas, que podían ser horneadas, fritas o hervidas. Se elaboraban con "flor de harina" es decir la harina cernida más fina, y por lo tanto, de mayor calidad.
La harina, que obviamente proviene de la molienda de granos, es un producto substancial de la tierra, y suple la necesidad alimenticia del hombre. Aquí podemos apreciar un emblema de la humanidad perfecta del Señor Jesucristo.
Su vida terrenal fue como flor de harina, perfecta en su blancura y sin aspereza alguna. No había en Él ni el menor vestigio de la naturaleza caída del hombre. No tenía nada que requiriese ser corregido, dominado o refrenado. Su delicia era hacer siempre la voluntad del Padre. Sólo Él pudo afirmar, sin desmentirlo con su proceder: "...aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón..." (Mt.11:29). La suavidad de su carácter fue igual de notoria tanto cuando fue un niñito descansando en los brazos de su madre, como en el momento en que como hombre lo rodearon sus enemigos en el pretorio.
Aunque la flor de harina tenía que ser cocida en tortas, sus cualidades permanecían inalterables. El Señor Jesús, puesto a prueba en todo por Dios, y tentado por el diablo y por los hombres que le tendieron trampas en procura de hacerlo tropezar, siempre se mantuvo firme, sin claudicación alguna. Tuvo que soportar el ardiente horno de la ira de Dios, "...hecho por nosotros maldición..." (Gá.3:13) Pero en medio de todo su sufrimiento, Él permaneció puro e inmutable. Flor de harina aún.
Sobre la harina se derramaba aceite (Lv.2:1) El aceite es símbolo del Espíritu Santo (ver Jn.1:32; 2ª Co.121-22; 1ª Jn.2:27).
El Señor Jesús fue ungido "con el Espíritu Santo y con poder" (Hch. 10:38), y todo lo hizo en el poder del Espíritu Santo. Vivió y anduvo por el Espíritu eterno, y mediante Él "se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios" (He.9:14)
Además, sobre la harina se ponía incienso. (Lev.2:1) Este compuesto aromático es figura de pureza y fragancia. Particularmente expresa la dignidad y la reverencia asociadas con las oraciones y las alabanzas que se elevan a Dios (Ver Apoc.5:8 y 8:3-4)
Cuanto más se exponía el incienso al fuego, tanto más exhalaba su fragancia. Así fue con el Señor Jesús. Sus privaciones y aflicciones, y especialmente sus padecimientos en la cruz, derramaron la fragancia de su carácter, y manifestaron su gloria moral. Su grato perfume llegó hasta la misma presencia de Dios, aún en la agonía de Getsemaní: "Padre, si quieres, pasa de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc.22:42) "Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra" (Lc.22:44) Poco después, en la cruz, oró así: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc.23:34) Sus oraciones fueron como grato incienso elevado junto con la ofrenda de sí mismo al Padre.
Flor de harina: Su humanidad perfecta. Aceite: El Espíritu Santo. Incienso: La fragancia de sus oraciones glorificando a Dios aún en medio del fuego del juicio.
Empero, esta ofrenda no podía contener levadura: "Ninguna ofrenda que ofreciereis a Jehová será con levadura..." (Lv.2:11) En las Escrituras, la levadura es símbolo de maldad y corrupción. En el Señor Jesús no hubo principio alguno de maldad, porque "...nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca" (Is.53:9) y su carne no conoció corrupción: "Mas aquel a quien Dios levantó, no vio corrupción" (Hch.13:37)
Además, la ofrenda tampoco podía contener miel: "...ni de ninguna miel se ha de quemar ofrenda para Jehová" (Lv.2:11) Mientras que la levadura es un símbolo de la maldad y corrupción de la naturaleza humana, la miel asociada a ella potencia sus efectos. La miel es símbolo de dulzura, pero la dulzura asociada al pecado provoca serias consecuencias: "Los labios de la mujer extraña destilan miel... Mas su fin es amargo como el ajenjo..." (Pr.5:3-4) "A los faltos de cordura dice: las aguas hurtadas son dulces y el pan comido en oculto es sabroso. Y no saben que allí están los muertos... (Pr.9:17-18)
Pero aún en la esfera de los santos ¡Cuánto de lo que es considerado como "amor", a la hora de la prueba resulta ser miel adulterada! No es más que una dulzura natural que al ser contrariada se convierte en agria propensión.
Una amistad basada en esta clase de amor, rápidamente decae y termina.
Sin embargo, el amor del Señor Jesucristo es genuino, inalterable y puro. Es el amor que hace todo a favor del amado, aún cuando en su beneficio deba corregirlo, reprenderlo o inferirle alguna herida fiel "Fieles son las heridas que causa el que ama..." (Pr.27:6).
En pocas palabras, es el amor verdadero que nunca deja de ser (Ver 1ª Co.13), y por lo tanto no necesita asociarse artificialmente con componentes "endulzantes".
Pero había un ingrediente que nunca debía faltar: "Y sazonarás con sal toda ofrenda que presentes..." (Lv.2:13) Desde la antigüedad, la sal se empleó para sazonar y conservar los alimentos. Por consiguiente, es una sustancia que tiene la cualidad de preservar de la corrupción.
"...y no harás que falte jamás de tu ofrenda la sal del pacto de tu Dios..." Como todo lo que hemos considerado, la sal tenía un significado simbólico. En Col. 4:6 leemos: "Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno" Notemos que esta fue una cualidad distintiva en el Señor Jesucristo. La sal del pacto nunca estuvo ausente en sus tratos con el hombre. Juan lo describe como "lleno de gracia y de verdad" (Jn1:14) Aún cuando muchas veces se vio en la necesidad de reprender, censurar y corregir, nunca salió de sus labios ni una sola palabra corrompida. "Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes." (Ef.4:29)
El Sacrificio de Paz: El rasgo distintivo de esta ofrenda es que expresaba comunión.
Consistía en ofrecer un animal (bovino, vacuno o caprino) sobre cuya cabeza, antes de sacrificarlo, el adorador colocaba sus manos. Entonces se degollaba el animal, y su sangre era rociaba sobre el altar. La grosura (sebo) le pertenecía a Dios, y por lo tanto no podía ser comida. Tampoco la sangre podía ser empleada como alimento. "Estatuto perpetuo será por vuestras edades, dondequiera que habitéis, que ninguna grosura ni ninguna sangre comeréis" (Lv.3:17) "Porque cualquiera que comiere grosura de animal, del cual se ofrece a Jehová ofrenda encendida, la persona que lo comiere será cortada de entre su pueblo" "Cualquiera persona que comiere de alguna sangre, la tal persona será cortada de entre su pueblo" (Lv.7:25 y 27)
La razón por la cual no podía usarse sangre como alimento era ésta: "Porque la vida de la carne en la sangre está" (Lv.17:11) y porque era el medio ordenado de expiación.
La grosura es figura de abundancia, y la abundancia es de Dios. David lo expresó así: "Oh Jehová Dios nuestro, toda esta abundancia que hemos preparado para edificar casa a tu santo Nombre, de tu mano es, y todo es tuyo". (1º Cr.21:16)
Los sacerdotes recibían porciones de la ofrenda, señaladas en las Escrituras como "el pecho mecido" y "la espaldilla elevada". (Lv. 7:34). Lo primero era sostenido horizontalmente y mecido hacia el altar, y desde el altar hacia atrás, para mostrar que esa parte había sido ofrecida a Dios, pero que Él la regresaba enseguida al sacerdote.
El resto de la ofrenda de paz, por cierto la parte principal, se comía en una gozosa fiesta sacrificial en la que participaban el ofrendante, su familia y sus amigos. Observamos entonces que aquel sacrificio concluía como una expresión de gozo, paz y gratitud, como así también comunión y amistad.
Así no nos resulta difícil establecer la comparación con la experiencia espiritual cristiana. Cristo, el cordero de Dios, ha sido dado como alimento para el alma, y al participar de Él tenemos comunión con Dios y unos con otros. Comer de la misma mesa, compartir la misma porción es la figura expresiva de comunión, y esa comunión sólo es fruto de la obra consumada por Cristo en la cruz.
Cuando Cristo fue examinado y probado por los hondos sufrimientos de la cruz, fue hallado perfecto, tanto por dentro como por fuera. No así nosotros. Sin embargo, andamos con Dios en la luz, no porque no hayamos pecado, sino porque la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado. (1ª Jn.1:7). Nuestra vida descansa en la esfera de la redención, nuestra paz queda asegurada eternamente por la sangre de Su cruz. La eficacia de aquel sacrificio de paz permanece delante de Dios para siempre, y a nuestro favor. Dios queda eternamente satisfecho con Cristo, y nosotros también. Eso es la verdadera comunión.
La expiación del pecado: "Expiar" significa, básicamente, quitar el pecado por medio de un sacrificio establecido por Dios.
Esta ofrenda trasmitía un mensaje de gracia, ya que hablaba de la provisión por medio de la cual un pecador podía ser perdonado y conducido a la comunión con Dios.
No obstante, era un mensaje solemne, en razón de que declaraba que la expiación sólo podía ser hecha por el sacrificio de una vida. Enfatizaba la verdad de que: "sin derramamiento de sangre no se hace remisión" (He.9:22)
La ley ordenaba diversos tipos de sacrificios por el pecado, que eran ofrecidos, según el caso, en forma individual o por todo el pueblo. Cuando los sacrificios eran individuales se establecía una distinción entre ofensores de acuerdo con la posición y grado de responsabilidad de cada uno. Por ejemplo, un sumo sacerdote debía inmolar un becerro sin defecto, mientras que un gobernante debía ofrecer un macho cabrío, y alguien del pueblo un cordero o un cabrito.
Esas diferencias también se evidenciaban en el ritual de las ofrendas expiatorias. En todos los casos el ofensor presentaba su sacrificio, confesaba su pecado, y colocaba sus manos sobre la cabeza del animal que ofrecía. Mediante esa imposición de manos el ofrendante se identificaba con el sacrificio, y simbólicamente transfería su culpa a la víctima que sacrificaba. Después de matar al animal, una parte de la sangre era rociada sobre la base del altar de bronce. También se rociaba una parte en el tabernáculo delante del velo, y otra sobre los cuernos del altar del incienso o sobre los cuernos del altar de bronce, o bien se llevaba al Lugar Santísimo y se rociaba sobre el propiciatorio.
Estos métodos de rociamiento de sangre hacían distinción entre las diferentes clases de ofensores, Cuando un Sumo Sacerdote pecaba, o si lo hacía toda la congregación, la sangre debía ser rociada en el Lugar Santísimo, donde él ministraba. Cuando pecaba un gobernante o un simple ciudadano, la sangre del sacrificio era rociada sobre los cuernos del altar en el atrio exterior del tabernáculo, donde el gobernante y el pueblo solían adorar. Una vez al año, en el gran día de la expiación, la sangre de la ofrenda por el pecado, que se ofrecía por toda la nación, era llevada dentro del velo y se rociaba sobre el propiciatorio para hacer expiación por los pecados de toda la nación.
Por otra parte, podemos distinguir que se consideraban diversos grados de culpa; no eran lo mismo los pecados de ignorancia o imprudencia que los pecados graves, como asesinato, adulterio, ciertos actos de inmoralidad, blasfemia u otras abominaciones, para los cuales no había expiación posible, mereciendo el inculpado la pena de muerte.
Precisamente esa limitación exhibía la necesidad de un sacrificio mejor, una ofrenda más eficaz, un verdadero Salvador por quien pudiera ser posible la expiación de todos los pecados, de modo tal que aún el primero de los pecadores pudiera obtener perdón por la fe en Él.
Y esa necesidad fue suplida completamente por el sacrificio perfecto del Señor Jesucristo. La Escritura declara que "Ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados, pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios." (He.10:12) "Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados" (v.14)
Como cristianos nos hemos acercado "a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel." (He.12:24) La sangre de Abel clamaba por venganza, la sangre de Cristo anuncia perdón y reconciliación, ya que ahora estamos justificados en su sangre (Ro.5:9) y hemos sido elegidos por Dios para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo (1ª P. 1:2)
Dios no hace acepción de personas. "Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron están destituidos de la gloria de Dios".(Ro.3:22-23) Sin embargo, un pecador obtiene el perdón sencillamente cuando se arrepiente de sus pecados y cree con fe en el Señor Jesucristo, porque Su sangre nos limpia de todo pecado (1ª Jn.1:7)
El perdón de Dios es completo, instantáneo y permanente. Y nadie debe suponer que es presunción creer lo que Dios dice en Su Palabra: "El que en Él cree, no es condenado (Jn.3:18)
La expiación de la culpa: Ya consideramos antes que "expiar" significa quitar el pecado por medio de un sacrificio establecido por Dios. Sin embargo, advertimos que la justicia divina no sólo trataba con la cuestión de los pecados de cada individuo, sino también con los efectos o perjuicios que esos pecados podían ocasionar a otras personas.
Si bien el pecado, casi en general, podía ser quitado por medio de un sacrificio expiatorio, cuando se daba el caso de acciones pecaminosas que afectaban los derechos de terceros era necesario ofrecer un sacrificio distinto, destinado a la expiación de la culpa. Este sacrificio consistía en ofrecer un carnero sin defecto, y a diferencia de la ofrenda por el pecado, no se establecía distingo alguno entre personas de distinto grado o condición.
La ley expresaba al respecto: "Di a los hijos de Israel: El hombre o la mujer que cometiere alguno de todos los pecados con que los hombres prevarican contra Jehová y delinquen, aquella persona confesará el pecado que cometió, y compensará enteramente el daño, y añadirá sobre ello la quinta parte, y lo dará a aquel contra quien pecó. Y si aquel hombre no tuviere pariente al cual sea resarcido el daño, se dará la indemnización del agravio a Jehová, entregándola al sacerdote, además del carnero de las expiaciones con el cual hará expiaciones por él." (Nm.5:6-8)
Entonces, la ley exigía la confesión del pecado, la compensación por lo dañado más el 20% de ese valor, y la obligación de ofrecer un sacrificio.
Tal sacrificio, como los otros que consideramos, expresaba en figura la gracia de Dios a favor del pecador, pero básicamente sobresalía en él la noción de satisfacción o restitución.
Sin embargo, observamos una vez más que tal sacrificio era insuficiente para expiar toda clase de culpa: ..."pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe. (Ex.21:23-25)
Para estas demandas de la ley no había sacrificio ni restitución posible. Sólo correspondía la aplicación de la pena exigida, y finalmente el único resultado que se obtenía era que tanto el que había causado el daño como el que lo había recibido -así el ofensor como el ofendido- quedaban dañados igualmente de por vida.
¿Cómo sería posible entonces que un pecador quedara a salvo, si de ningún modo podía cumplir con las demandas de la ley de Dios?
¡Qué bendita noticia: El Señor Jesús llevó a cabo un Sacrificio eficaz y perfecto para expiar toda nuestra culpa! "Mas Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre Él, y por su llaga fuimos nosotros curados (Is.53:5)
"...Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante." (Ef.5:2)
¡Qué maravilloso aquel momento cuando por la fe vimos al Cordero de Dios, y entendimos que todos nuestros pecados nos fueron perdonados!. "...os dio vida juntamente con Él, perdonándoos todos los pecados." (Col.2:13)
Y a partir del día en que creímos, cuántas veces aún nuestra alma debió valerse del Señor Jesús como la "expiación de la culpa". Una y otra vez nos hemos descarriado del lado del Señor, incluso quizás en forma deliberada,. ¿Dónde estaríamos si no fuera por la permanente eficacia de la gran expiación de la culpa? ¡Alabado sea el Señor, porque su ofrenda jamás perderá su virtud! Dios ya no nos mira como culpables porque cuando Dios nos perdona, lo hace completamente. No quita sólo una parte del pecado para acusarnos del resto. La culpa de nuestras transgresiones ha sido quitada, y la deuda contraída con su justicia ya fue saldada, "Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados." (He.10:14)
Recordemos que una de las condiciones que se debían cumplir al ofrecer el sacrificio de expiación de la culpa era la compensación por los daños causados a otros.
Es posible que nuestra perspectiva sobre este tema se circunscriba sólo a los aspectos de índole material, pero si examinamos más minuciosamente las Escrituras, descubrimos que las demandas divinas superan por mucho el terreno de los asuntos materiales, abarcando también otras esferas donde las deudas contraídas son realmente difíciles de resarcir, cuando no imposibles.
Examinemos las siguientes situaciones a modo de ejemplo:
¿Cómo podría compensar su deuda un esposo que un día, frente a Dios, prometió amar a su esposa "hasta que la muerte los separe", para luego abandonarla, quebrantando deliberadamente aquella promesa?
¿Cómo restituiría un padre alcohólico los años de angustia y miseria que su esposa e hijos debieron soportar por causa de su vicio?
¿Cómo podría un hijo compensar a sus padres por las heridas que él les provocó a causa de sus rebeldías y su vida disipada?
¿Cómo podría reparar un padre, o quizá una madre, los enormes daños causados a sus hijos por maltratos, ausencias o abandono?
¿Cómo reintegraremos la deuda de gratitud, reconocimiento y respeto contraída con aquellos siervos a quienes Dios puso como nuestros guías? Dedicaron tiempo, esfuerzo y hasta sus bienes en nuestro beneficio, y debíamos honrarlos (Ro.13:7 Gá.6:6), pero quizás todo lo que hicimos fue criticarlos amargamente y cuestionar su ministerio, tal como lo hicieron María y Aarón con Moisés. (Nm.12) Claro, pensamos que como ellos servían al Señor, tenían la "obligación" de ser perfectos, de no equivocarse nunca, de saberlo todo, y de "sacrificarse" para satisfacer todas nuestras necesidades y caprichos. ¿Con qué les pagamos? Ingratitud, celo enfermizo, enojo, ira, malas actitudes y hasta maledicencia (murmuración, habladurías, chismes y calumnias) son la moneda corriente que muchos siervos del Señor se ven obligados a recibir, en vez de la estima y respeto señalados por Dios. Y lo peor es que de ese modo aquella deuda sólo se acrecienta más. ¿Podrá ser saldada?
Basten estos simples ejemplos para ayudarnos a reconocer que se pueden tener grandes deudas para las cuales quizás no hay restitución posible... al menos por parte del hombre.
Y es aquí donde debemos considerar otra vez el insondable valor del sacrificio expiatorio del Señor Jesucristo. Él no sólo se ofreció como el sacrificio definitivamente eficaz por el pecado que nos condenaba, sino también por la culpa de aquellas acciones desviadas que afectaron a otros.
El Señor dijo: "Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; porque Él es benigno para con los ingratos y malos." (Lc.6:36)
¡Qué Maravillosa es la gracia de Dios alcanzando a todos! Recompensa grande para unos, y benignidad para con los otros, sin por eso consentir su pecado.
El hijo de Dios, aún cuando se sienta defraudado por los demás, no clamará por venganza, pues: "...mi causa está delante de Jehová, y mi recompensa con mi Dios" (Is.49:4)
Y el mismísimo culpable, contrito acudiendo al Señor, recibe su misericordia: "...es quitada tu culpa, y limpio tu pecado" (Is.6:7),
"Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante." (Ef.5:32)
¡Gracias a Dios por su don inefable! (2ª Co.9:15)
LA FUENTE (Ex.30:17-21; 38:8; 40:30-32)
La fuente era el segundo elemento ubicado en el atrio del Tabernáculo. Estaba entre el altar del holocausto y el Lugar Santo.
Aunque la Escritura describe otros componentes del tabernáculo con minuciosos detalles, advertimos que guarda silencio sobre las características de la fuente. Sabemos que fue hecha de bronce, con una base del mismo material, que la sostenía, pero no se nos dice nada acerca de su forma o tamaño.
No obstante, hay un detalle interesante sobre el origen del metal empleado: El bronce provenía de los espejos de las mujeres de Israel que prestaban servicio a la entrada del tabernáculo. (Ex.38:8) ¿Qué cometido cumple un espejo? Un espejo corriente refleja nítidamente la imagen de la persona que se pone frente a él. Le muestra su belleza o sus defectos, sin alterarlos. Si hay suciedad, la pone en evidencia, aunque no la quita.
La belleza de una mujer es su marca de distinción, así que lógicamente cada mujer aprecia mucho su espejo, pues le revela a ella su aspecto. Pero para las mujeres de Israel no fue penoso, por amor al Señor, desprenderse de sus preciados espejos de bronce para que con ellos se hiciera la fuente para el tabernáculo. En ese sentido, representaba un fruto precioso de gracia, y una actitud de renunciación a sus propios intereses digna de imitar.
La fuente estaba llena de agua. Los sacerdotes debían lavarse en ella las manos y los pies antes de entrar en el Lugar Santo para adorar, y cuando salían al altar para servir. La negligencia en cumplir ese precepto les acarreaba la muerte.
En la fuente no se oficiaba ningún rito ceremonial -no se derramaba sangre- y sin embargo, la adoración y el servicio eran imposibles sin el uso de la fuente. Era obligatorio que los sacerdotes se mantuvieran limpios para servir aceptablemente a Dios.
Anteriormente vimos en el altar y en los sacrificios que se ofrecían, la obra de Cristo hecha a nuestro favor, y nuestra aceptación delante de Dios según la eficacia y valor de esa obra. Sobre un verdadero creyente, por su posición "en Cristo", no pesa ninguna condenación (Ro.8:1) pues ha sido limpiado para siempre en virtud del sacrificio en la cruz ofrecido una sola vez, No hay repetición de ese acto, no hay una nueva aplicación de la sangre, como algunos sostienen. Al creyente se lo considera como totalmente limpio y santificado en Cristo, una vez para siempre.
Pero en la fuente encontramos una nueva y significativa enseñanza. Nos habla de una obra hecha en nosotros por la Palabra y el Espíritu de Dios. "...y todo aquel que lleva fruto lo limpiará, para que lleve más fruto. Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado." (Jn.15:2b-3)
Cada creyente necesita continuamente de esa limpieza en la fuente, y no puede prescindir de ella.
Aquí debemos considerar que en el orden del sacerdocio se establecían distintos lavamientos:
1. LIMPIEZA COMPLETA (Una sola vez para siempre)
Los sacerdotes, en el día de su consagración debieron acercarse a la puerta del tabernáculo, donde Moisés los lavó completamente con agua. “Y llevarás a Aarón y a sus hijos a la puerta del tabernáculo de reunión, y los lavarás con agua.” (Ex.29:4) Entonces Moisés hizo acercarse a Aarón y a sus hijos, y los lavó con agua.” (Lv.8:6) Este era el primer acto de la consagración. No podían ser ataviados con vestiduras santas, ni ungidos, ni entrar en el lugar santo para adorar a Dios, hasta que hubiesen sido lavados. Notemos que el acto del lavamiento fue llevado a cabo por otra persona, en este caso Moisés, sin ninguna intervención de los sacerdotes mismos. Por otra parte ese lavamiento completo fue efectuado por única vez, de modo que nunca más se repitió en los mismos sacerdotes. Esto, en figura, guarda relación con “el lavamiento de la regeneración”, citado en Tito 3:5 “Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo”
Este es un asunto vital. Ninguna persona que no haya recibido el lavamiento de la regeneración, es decir que no haya experimentado por la fe en Cristo un renacimiento espiritual, puede adorar verdaderamente a Dios. El Señor Jesucristo declaró: “Os es necesario nacer de nuevo” (Jn.3:7), fuera de eso nadie puede tener genuina comunión con Dios. El hombre en su estado natural no puede percibir ni entender las cosas de Dios. Tampoco puede hacer algo para agradarle. Mientras no haya nacido de lo alto no puede pertenecer a la familia de Dios, ni adorar, ni servir. No puede cruzar el umbral del Lugar Santo hasta que Dios, por el acto soberano de Su gracia, lo declare “todo limpio” con el corazón purificado de mala conciencia, y lavado el cuerpo con agua pura. (He.10:22)
Quizás este sea un buen momento para considerar si este lavamiento total se ha efectuado en el alma de cada uno de los que leen estos párrafos. ¿Ha habido algún momento de tu vida en que comprendiste que fuiste despojado de las vestiduras de tu propia justicia? Has experimentado, como Josué el sumo sacerdote, lo que es ser desvestido de los trapos viles del pecado, para ser vestido por Dios de ropas de gala? (ver Zac.3:1-4)
Si acaso confías en una religión, sea cual fuere, o en tus propios recursos u obras, debes saber que aparte del nuevo nacimiento no tendrás cabida en el lugar santo de la presencia de Dios.
2. LIMPIEZA DE PIES Y MANOS (Todas las veces que fuera necesario)
Recordemos que la fuente estaba colocada entre el altar y la puerta del tabernáculo, y que los sacerdotes debían lavarse en ella las manos y los pies. Empero, era muy fácil que a pesar de la limpieza lograda se volvieran a ensuciar.
Las manos, trabajando continuamente en el servicio a Dios en el altar, y los pies, siempre andando en la arena del desierto, necesitaban ser lavados constantemente. Para tal fin a los sacerdotes les fue dada el agua de la fuente, que es una figura de la Palabra de Dios, y a ninguno le estaba permitido ministrar al Señor sin esa limpieza previa, so pena de muerte.
Encontramos aquí una verdad muy solemne, porque nos habla de la condición necesaria para quienes adoran y sirven al Dios vivo. Un sacerdote, a pesar de su investidura como tal, podía quedar inhabilitado para ejercer las funciones que le eran propias, por causa de suciedad o impureza. Del mismo modo, un creyente carece de aptitud para el servicio o adoración si vive descuidando la Palabra de Dios y tolerando el pecado que lo contamina, aún asumiendo que no pierde su posición como hijo de Dios.
El derecho de entrada del sacerdote era la sangre del sacrificio, pero la condición necesaria para hacer uso de ese derecho era que sus manos y sus pies hubiesen sido lavados con el agua de la fuente. Esto nos ilustra sobre el derecho y la condición requerida para disfrutar de la comunión íntima con Dios. Debe haber un andar en la luz, y una limpieza continua de nuestras obras y caminos ¿De qué modo? Por la Palabra de Dios, si pretendemos andar con Él.
La Palabra de Dios es el medio por el cual el Señor conserva limpio a su pueblo. “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu Palabra” (Salmo 119:9)
Descuidarla es frustrar los propósitos del Señor respecto de nuestra santificación y purificación como pueblo de Dios.
Siendo también la Palabra como un espejo, debemos prestarle suma atención, “Porque si alguno es oidor de la Palabra pero no hacedor de ella. Éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era.” (Stg. 1:23-24)
A diferencia de un espejo ordinario, la Palabra no sólo nos muestra nuestra condición, sino que posibilita también nuestra limpieza. ¿Recordamos a esta altura de dónde provino el bronce de la fuente?
En el capítulo 13 de Juan encontramos al Señor como siervo dispuesto, lavando los pies de sus discípulos, y es oportuno destacar lo que le dijo a Pedro: “Si no te lavare, no tendrás parte conmigo” Pedro y los demás discípulos, más que observar un ritual, debían entender una verdad espiritual: La limpieza era necesaria si pretendían complacer al Señor y obtener su recompensa.
David declaró: “Jehová me ha premiado conforme a mi justicia; Conforme a la limpieza de mis manos me ha recompensado. Porque yo he guardado los caminos de Jehová, y no me aparté impíamente de mi Dios. Pues todos sus decretos estuvieron delante de mí, y no me he apartado de sus estatutos. Fui recto para con Él, y me he guardado de mi maldad; por lo cual me ha recompensado Jehová conforme a mi justicia; Conforme a la limpieza de mis manos delante de su vista” (2º S. 22:21-25)
El lavamiento de la regeneración nos aseguró la salvación, por la justicia de Dios satisfecha con el sacrificio del Señor Jesucristo en la cruz; pero la limpieza constante en la fuente de la Palabra, nos asegura la recompensa por las obras justas, es decir, hechas con manos limpias. “He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra” (Ap.22:12)
Al considerar la fuente del tabernáculo como figura de la Palabra de Dios comprendemos también por qué no se nos han revelado sus dimensiones o capacidad. David, una vez más, supo expresarlo en el Salmo 138:2 “... Alabaré tu Nombre por tu misericordia y tu fidelidad; Porque has engrandecido tu Nombre, y tu Palabra sobre todas las cosas.”
¡La grandeza de la Palabra de Dios es insondable y supera cualquier dimensión humana!
“El Dios eterno es Jehová... y su entendimiento no hay quien lo alcance” (Is.40:28)

