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Estudios sobre la Primera Epístola a los Corintios (5)
#1
La edificación del cuerpo de Cristo requiere medios espirituales

“Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual...” (1ª P.2:5)

Es de suma importancia tener presente que la iglesia de Cristo está siendo edificada como casa espiritual, y como tal, la edificación exige medios espirituales. Esto excluye cualquier posibilidad de utilizar recursos de índole natural. Más adelante nos detendremos en este último aspecto.
Consideremos, ahora, que los creyentes que componemos esta casa espiritual, somos considerados como piedras vivas, y la edificación de la obra avanza en dos sentidos: a) crecimiento espiritual de los creyentes y b) crecimiento de los creyentes en número. Cuando una persona recibe el Evangelio, arrepintiéndose y creyendo por fe en el Señor Jesucristo para perdón y salvación, es hecho participante de la naturaleza divina (1ª P.1:4) y añadido a la Iglesia, mediante el bautismo por el Espíritu Santo. “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un Cuerpo...” (1ª Co.12:13) Seguidamente, el creyente debe crecer constantemente en su vida espiritual, reflejando ese desarrollo en su vida práctica.
Pero, además, cada cristiano, que integra la iglesia como casa espiritual, está llamado a sobreedificar, y según cómo lo haga, su obra permanecerá y obtendrá recompensa, o bien será quemada, sufriendo pérdida. (De la recompensa, no de la salvación)
En relación con la edificación del Cuerpo de Cristo, la iglesia, examinemos el orden establecido en las Escrituras: Según Efesios 4, Dios constituyó apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo (Vs.11-12)

Aquí debemos destacar que la responsabilidad de poner el fundamento de la iglesia fue reservada exclusivamente a los apóstoles y profetas. “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Ef.2:19-20)

El fundamento, completamente inconmovible, es el Señor Jesucristo, pero el “poner el fundamento” se vincula, primero, con la revelación de las Sagradas Escrituras que recibieron los apóstoles y profetas, estableciendo definitivamente las bases doctrinales de la iglesia, y luego, con la predicación del Evangelio. Pablo les escribe a los gálatas: “Mas os hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí, no es según hombre; pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo.” (Gá.1:11-12)

Ya concluida la revelación de las Escrituras, en el tiempo apostólico, “lo que está escrito” no admite agregados ni modificaciones (1ª Co.4:6) “Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto...” (1ª Co.3:11) Entonces, es nuestra responsabilidad escudriñar las Escrituras para poder hablar y conducirnos de acuerdo con la sana doctrina (Tit.2:1) desechando todo lo que es ajeno a ella.

Recordemos que la primera expresión de la iglesia de Dios, la iglesia local en Jerusalén, crecía perseverando en la doctrina de los apóstoles y en las prácticas concernientes a ella.

De acuerdo con el pasaje que citamos antes, Dios constituyó, además de los apóstoles y profetas, que establecieron el fundamento de la iglesia de Cristo, "evangelistas, pastores y maestros". Estos son obreros con oficios específicos, y dotados de dones espirituales, que trabajan con un propósito común: perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo.

Notemos especialmente que estos siervos son constituidos por Dios mismo y, por lo tanto, la asignación de sus funciones como guías espirituales es de exclusiva e indelegable competencia divina.
Los evangelistas han sido dotados por el Espíritu Santo con la capacidad espiritual de realizar obra de evangelización. El vocablo evangelista proviene del griego "euangelistés". (Eu=bien angelos=mensajero) es decir: mensajero de lo bueno.
Los evangelistas están capacitados para presentar con claridad el mensaje del Evangelio, pero pueden hacerlo independientemente de las condiciones imperantes, adaptándose ellos mismos a la situación particular de sus oyentes (Ver 1ª Co.9:19-23) y compartir sus condiciones de vida sin hacer acepción de personas.

Tuve oportunidad de conocer a un esforzado hermano que, viajando en bicicleta, visitaba a numerosas familias aborígenes dispersas en una inhóspita región de la estepa patagónica. Su propósito era evangelizar a los inconversos y animar a los creyentes que residían allí. Las extensas distancias impedían que los cristianos pudieran reunirse regularmente, de modo que era esencial que recibieran apoyo espiritual en sus propios hogares. Para ello, aquel siervo de Dios debía pernoctar en precarias viviendas de pobrísima condición y, a menudo, plagadas de insectos. No obstante, cumplía su ministerio soportando gozosamente todas las condiciones adversas. "Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio". (2ª Tim.4:5)
Para algún crítico descuidado, aquel obrero no era más que un "aventurero". Sin embargo, más allá de las opiniones ajenas, él había comprendido cabalmente lo que era hacer "obra de evangelista".
Un evangelista no es aquel que meramente posee habilidades naturales, o adquiridas, para la oratoria o la actuación teatral con las cuales entretener a la gente en un "show". El evangelista es un obrero constituido por Dios, sin otras pretensiones que predicar el verdadero Evangelio y cooperar en la edificación de la Iglesia del Señor, para Su gloria.

Para la edificación del cuerpo de Cristo Dios constituyó también “pastores y maestros”. Los pastores son hombres que el Espíritu Santo pone para la conducción de la iglesia local.

Anteriormente consideramos que los corintios habían caído en el error de fomentar el partidismo en función de sus preferencias por sus ministros. Debido a esa actitud Pablo debió reprenderlos enseñándoles que ellos, los ministros, no eran más que servidores y colaboradores en la labranza de Dios. Pero, en muy poco tiempo los corintios cometieron otro error más grave aún: Se consideraron tan autosuficientes que pensaron que podían prescindir de sus guías espirituales, y Pablo debe escribirles: ”Ya estáis saciados, ya estáis ricos, sin nosotros reináis. ¡Y ojalá reinaseis, para que nosotros reinásemos también juntamente con vosotros.” (1ª Co. 3:8) Más tarde llegaron hasta el extremo de cuestionar el ministerio del apóstol Pablo, afirmando: “...Las cartas son duras y fuertes; mas la presencia corporal débil, y la palabra menospreciable.” (2ª Co.10:10)

Si la iglesia en Corinto experimentaba problemas, éste era uno de los peores. Los creyentes que desdeñan el ministerio de quienes Dios constituyó como sus pastores, corren el riesgo de quedar a la deriva y a merced de los lobos rapaces. Los pastores no ejercen señorío sobre la grey, pero son quienes la cuidan. (1ª P. 5:2-3)

Recordemos una vez más el principio espiritual: Los pastores son varones capacitados espiritualmente y constituidos para ese oficio por el Espíritu Santo. La iglesia puede contar con miembros de brillante inteligencia y con condiciones de liderazgo, así como de profesionales bien entrenados en teología, psicología o cualquier otra disciplina, pero todas esas habilidades, naturales o adquiridas, no habilitan a ninguno como pastor en la iglesia del Señor, como algunos suelen suponer. Debemos comprender que la edificación de la casa espiritual requiere obreros dotados de capacidad espiritual, más allá de las habilidades naturales que posean. Pablo escribió: “...nuestra competencia proviene de Dios, el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra sino del espíritu” (2ª Co.3:5-6)
Entonces, es responsabilidad de la iglesia reconocerlos y tenerlos en mucha estima: “Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan; y que los tengáis en mucha estima y amor por causa de su obra. Tened paz entre vosotros.” (1ª Tes.5:12-13)

Hemos considerado que para la edificación del Cuerpo de Cristo, Dios constituyó ministros con diferentes dones espirituales y funciones específicas: Los “Apóstoles” y “profetas”, que pusieron el fundamento doctrinal de la iglesia del Señor; los “evangelistas”, que predican –gratuitamente- el auténtico Evangelio, en cualquier lugar y circunstancias, aún en medio de condiciones hostiles; y los “pastores y maestros”, que son conductores de la grey, la cuidan, y le enseñan el consejo de Dios.

Un objetivo básico de quienes desempeñan estas funciones es: “perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Ef.4:12)
De ese modo, la iglesia local misma, sujeta al orden establecido por Dios, resulta ser la verdadera escuela de capacitación y perfeccionamiento de los edificadores del cuerpo de Cristo.

Las Escrituras nos instruyen sobre el modo apropiado de comunicar la enseñanza de Dios: “Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros” (2ª Ti.2:2) Aquí notamos algunos detalles dignos de ser imitados: 1) Pablo impartía la enseñanza “ante muchos testigos”, una práctica adecuada para evitar que ningún falso maestro introdujera encubiertamente doctrinas diferentes. 2) Quienes recibieran la enseñanza, preparándose a su vez para enseñar también a otros, debían ser “hombres fieles”, capaces de conservar la pureza de la doctrina que aprendían, como fue el caso de Epafras, calificado por Pablo como “fiel ministro de Cristo”, quien enseñó “la palabra verdadera del Evangelio” a los colosenses, (Col.1:7)
Así, los creyentes –los salvados por medio de la fe en el Señor Jesucristo- contamos con todos los medios espirituales necesarios para sobreedificar debidamente, de modo tal que la obra de cada uno, luego de ser sometida a prueba en el Tribunal de Cristo, pueda permanecer y recibir su justa recompensa.
Por lo contrario, los obreros fraudulentos, aunque se disfrazan de ministros de justicia, (Ver 2ª Co.11:13-15) carecen de los dones del Espíritu Santo y de Sus poderosos medios espirituales. En cambio, intentan imitarlos con perversos ardides para seducir a quienes ingenuamente prestan atención a sus necias charlatanerías. Así, tales hipócritas no hacen más que ridiculizar el Evangelio e impulsar la destrucción de la Obra de Dios, pero su fin “será conforme a sus obras” porque “Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1ª Co.3:17)
Ya finalizando el capítulo 3 que hemos analizado, encontramos un oportuno consejo: “Así que ninguno se gloríe en los hombres, porque todo es vuestro: sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios” (Vs.21-23)

Los dones y la notoriedad de un siervo de Dios no deben promover su propia jactancia, pero tampoco la de los hermanos a quienes ministra. Una congregación no es superior a otra en razón de la trascendencia de sus ministros. Algunos hermanos en Corinto manifestaban sus preferencias por Pablo, Apolos o Cefas, estableciendo indebidas distinciones que sólo provocaban celos, contiendas y divisiones. Los creyentes necesitaban comprender que no era cuestión de suscitar rivalidades entre los ministros de las distintas congregaciones locales, sino de comprender que éstos, como siervos de un mismo Dios, eran patrimonio de la iglesia en su totalidad, y que el crédito de su labor le correspondía sólo a Dios, “Así que ninguno se gloríe en los hombres”

La frase:”Todo es vuestro” resalta los notables privilegios que gozamos los hijos de Dios. Sabido es que las cuestiones relacionadas, por ejemplo, con la vida, la muerte, el presente y el futuro, agobian al hombre sin Cristo. Pero el creyente las ha superado definitivamente: “Antes en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir… nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús, Señor nuestro.” (Ro.8:37-39)

(Continuará)
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