10-07-2008, 07:44 PM
Capítulo 2
1) El testimonio de Dios demanda medios espirituales.
Pablo escribe, en el vs.1, que al ir a predicarles a los corintios no fue con “excelencia de palabras”. Por supuesto que con esto el apóstol no hacía referencia a la innegable excelencia de la Palabra de Dios, sino al hecho de que no había procurado impresionar a sus oyentes con mera retórica, al estilo de los filósofos griegos que eran admirados por su erudición y elocuencia.
Hoy, cuando numerosos círculos cristianos tienden a desvirtuar el cometido evangelístico, imitando cada vez más las estrategias del mundo para atraer concurrencia a sus espectáculos de todo tipo, convendría considerar cuáles son realmente los medios de Dios para extender Su Testimonio, “Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (2ª Co.10:4)
A la vez, la Escritura declara en 1ª Pedro 2:9: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de Aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.”
Así podemos comprender que por encima de nuestra condición privilegiada como pueblo de Dios, la comisión divina demanda anunciar las virtudes del Señor Jesucristo. Vale decir, que el énfasis del mensaje no debe estar puesto en los atributos de los mensajeros sino en las virtudes del Salvador.
Juan el Bautista expresó apropiadamente esta verdad: “Es necesario que Él crezca, pero que yo mengüe (Jn.3:30)
En cierta ocasión, un siervo de Dios, que era un reconocido médico, fue invitado a predicar en una congregación. Cuando el hermano que presidía la reunión lo presentó como el “Dr. Fulano de Tal” el médico aclaró: --Soy Doctor en mi consultorio, pero en la iglesia soy simplemente un hermano más. De ese modo este fiel mensajero consideró que ni su título profesional, ni su reputación, le otorgaban mayor autoridad al momento de predicar el Evangelio. Decidió atenuar sus méritos humanos, y dirigió la atención del auditorio hacia la excelencia de Cristo, anunciando Sus virtudes.
No quisiera que lo anterior se preste a malas interpretaciones. No se trata de desacreditar a quienes poseen títulos académicos. Por el contrario, agradecemos a Dios por aquellos hermanos que se destacan por su competencia en distintas esferas profesionales, y sirven al Señor.
Empero, la idoneidad profesional no necesariamente tiene que ver con la aptitud espiritual de un siervo de Dios. El hecho de que alguien sea un prestigioso ingeniero, médico, o contador, por ejemplo, no lo convierte automáticamente en un predicador idóneo, o maestro, o pastor.
Comprobamos a menudo que a ciertos libros de orientación cristiana se los pretende acreditar más por la notoriedad de sus autores en el ámbito secular, que por el contenido del texto mismo.
La aptitud en el ministerio de un siervo de Dios no se relaciona con sus títulos sino con su dependencia del Señor y con los dones que el Espíritu Santo le ha otorgado.
Tal aptitud no requiere publicidad. Los resultados de utilizar medios espirituales hablarán por sí, y la gloria será para el Señor.
“Así será mi Palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que Yo quiero, y será prosperada en aquello para la que la envié.” (Is.55:11
La esencia del mensaje, ya considerada en el capítulo anterior, se reitera en lo que Pablo declara aquí: “Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado” (Vs.2)
Pero, también, el apóstol manifiesta su actitud ante el serio compromiso de entregar aquel excelso mensaje: “Estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temblor y temor” (Vs.3)
Frente a la magnitud de la obra que enfrentaba, Pablo reconoció su debilidad. Frente a la solemnidad del mensaje, procedió con temor y temblor. Así, su ministerio fue bendecido, y la Palabra sembrada dio abundante fruto para la gloria del Señor.
2) La sabiduría de Dios se adquiere por medios espirituales
El vs.5, declara que la fe del creyente no está fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. La sabiduría de este mundo se sustenta en el esfuerzo intelectual del hombre, pero el acceso a la sabiduría de Dios sólo se alcanza por la puerta de la fe, tanto en lo referido a asuntos espirituales como a los relacionados con la Creación material.
“Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la Palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.” (He.11:3)
La fe, entonces, nos lleva a alcanzar la genuina sabiduría, considerando que en Cristo “están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.” (Col.2:3)
La sabiduría del mundo, con sus absurdas teorías, es “de este siglo”, tan frágil y perecedera como el hombre mismo. La de Dios es eterna e inmutable, y sólo el creyente, mediante las Sagradas Escrituras y por la operación del Espíritu Santo, está en condiciones de alcanzarla.
El hombre “natural”, es decir, aquel que vive lejos de Dios, engañosamente satisfecho con su naturaleza pecadora heredada de Adán, no percibe, ni puede entender, las cosas que son del Espíritu Santo. Empero el hombre espiritual, el que posee la naturaleza de Dios por el nuevo nacimiento espiritual, y vive en consonancia con esa naturaleza divina, posee las facultades necesarias para discernir todas las cosas (Vs.15)
“Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo.” (1ª Co.1:16)
(Continuará)
1) El testimonio de Dios demanda medios espirituales.
Pablo escribe, en el vs.1, que al ir a predicarles a los corintios no fue con “excelencia de palabras”. Por supuesto que con esto el apóstol no hacía referencia a la innegable excelencia de la Palabra de Dios, sino al hecho de que no había procurado impresionar a sus oyentes con mera retórica, al estilo de los filósofos griegos que eran admirados por su erudición y elocuencia.
Hoy, cuando numerosos círculos cristianos tienden a desvirtuar el cometido evangelístico, imitando cada vez más las estrategias del mundo para atraer concurrencia a sus espectáculos de todo tipo, convendría considerar cuáles son realmente los medios de Dios para extender Su Testimonio, “Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (2ª Co.10:4)
A la vez, la Escritura declara en 1ª Pedro 2:9: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de Aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.”
Así podemos comprender que por encima de nuestra condición privilegiada como pueblo de Dios, la comisión divina demanda anunciar las virtudes del Señor Jesucristo. Vale decir, que el énfasis del mensaje no debe estar puesto en los atributos de los mensajeros sino en las virtudes del Salvador.
Juan el Bautista expresó apropiadamente esta verdad: “Es necesario que Él crezca, pero que yo mengüe (Jn.3:30)
En cierta ocasión, un siervo de Dios, que era un reconocido médico, fue invitado a predicar en una congregación. Cuando el hermano que presidía la reunión lo presentó como el “Dr. Fulano de Tal” el médico aclaró: --Soy Doctor en mi consultorio, pero en la iglesia soy simplemente un hermano más. De ese modo este fiel mensajero consideró que ni su título profesional, ni su reputación, le otorgaban mayor autoridad al momento de predicar el Evangelio. Decidió atenuar sus méritos humanos, y dirigió la atención del auditorio hacia la excelencia de Cristo, anunciando Sus virtudes.
No quisiera que lo anterior se preste a malas interpretaciones. No se trata de desacreditar a quienes poseen títulos académicos. Por el contrario, agradecemos a Dios por aquellos hermanos que se destacan por su competencia en distintas esferas profesionales, y sirven al Señor.
Empero, la idoneidad profesional no necesariamente tiene que ver con la aptitud espiritual de un siervo de Dios. El hecho de que alguien sea un prestigioso ingeniero, médico, o contador, por ejemplo, no lo convierte automáticamente en un predicador idóneo, o maestro, o pastor.
Comprobamos a menudo que a ciertos libros de orientación cristiana se los pretende acreditar más por la notoriedad de sus autores en el ámbito secular, que por el contenido del texto mismo.
La aptitud en el ministerio de un siervo de Dios no se relaciona con sus títulos sino con su dependencia del Señor y con los dones que el Espíritu Santo le ha otorgado.
Tal aptitud no requiere publicidad. Los resultados de utilizar medios espirituales hablarán por sí, y la gloria será para el Señor.
“Así será mi Palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que Yo quiero, y será prosperada en aquello para la que la envié.” (Is.55:11
La esencia del mensaje, ya considerada en el capítulo anterior, se reitera en lo que Pablo declara aquí: “Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado” (Vs.2)
Pero, también, el apóstol manifiesta su actitud ante el serio compromiso de entregar aquel excelso mensaje: “Estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temblor y temor” (Vs.3)
Frente a la magnitud de la obra que enfrentaba, Pablo reconoció su debilidad. Frente a la solemnidad del mensaje, procedió con temor y temblor. Así, su ministerio fue bendecido, y la Palabra sembrada dio abundante fruto para la gloria del Señor.
2) La sabiduría de Dios se adquiere por medios espirituales
El vs.5, declara que la fe del creyente no está fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. La sabiduría de este mundo se sustenta en el esfuerzo intelectual del hombre, pero el acceso a la sabiduría de Dios sólo se alcanza por la puerta de la fe, tanto en lo referido a asuntos espirituales como a los relacionados con la Creación material.
“Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la Palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.” (He.11:3)
La fe, entonces, nos lleva a alcanzar la genuina sabiduría, considerando que en Cristo “están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.” (Col.2:3)
La sabiduría del mundo, con sus absurdas teorías, es “de este siglo”, tan frágil y perecedera como el hombre mismo. La de Dios es eterna e inmutable, y sólo el creyente, mediante las Sagradas Escrituras y por la operación del Espíritu Santo, está en condiciones de alcanzarla.
El hombre “natural”, es decir, aquel que vive lejos de Dios, engañosamente satisfecho con su naturaleza pecadora heredada de Adán, no percibe, ni puede entender, las cosas que son del Espíritu Santo. Empero el hombre espiritual, el que posee la naturaleza de Dios por el nuevo nacimiento espiritual, y vive en consonancia con esa naturaleza divina, posee las facultades necesarias para discernir todas las cosas (Vs.15)
“Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo.” (1ª Co.1:16)
(Continuará)

