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Orgullo 1a. parte
#1
Orgullo

Hay quienes confunden soberbia con orgullo y aunque las dos tienen un mismo origen en el egoísmo, no es lo mismo, son muy parecidas y normalmente quien padece una, padece la otra.

La soberbia define un corazón endurecido que piensa que está por encima de todo y de todos; mientras que el orgullo ciega el entendimiento al creer que todo se trata de quién lo padece.

Si alguien piensa que no es así o si está orgulloso de su humildad es porque tal vez no conozca sus manifestaciones o si las ha experimentado, las niega orgullosamente.

Es un mal muy común propio de la naturaleza caída de Adán en nosotros y en la escritura se ven muchas situaciones que así la manifiestan y de acuerdo a esto podemos nombrar; un ejemplo sería la manifestación de orgullo de méritos:

Jueces 7:1 Levantándose, pues, de mañana Jerobaal, el cual es Gedeón, y todo el pueblo que estaba con él, acamparon junto a la fuente de Harod; y tenía el campamento de los madianitas al norte, más allá del collado de More, en el valle.
2 Y Jehová dijo a Gedeón: El pueblo que está contigo es mucho para que yo entregue a los madianitas en su mano, no sea que se alabe Israel contra mí, diciendo: Mi mano me ha salvado
.

El corazón del hombre es muy malvado y malagradecido, muchos desconocen que de Dios es la victoria y Él la da a quién quiere. En cualquier empresa de nuestra vida, en cualquier aspecto de nuestra vida, es Dios quién nos da las capacidades y aun con ellas, nuestro triunfo depende exclusivamente de Dios. Podemos notar fácilmente como hay personas que nacen con extraordinarios talentos en el arte, las ciencias o el deporte y en el pensamiento humanista, éstas nunca son atribuidas a Dios, sino a sí mismas, y como si el talento hubiese sido algo que se obtuvo por algún tipo de mérito, el envanecimiento es la característica que resulta de ello; cuando en realidad nunca se detiene a analizar el origen de su procedencia, nunca hay la pregunta “¿De dónde viene este talento?”, sencillamente se disfruta, se explota y se envanece con él. El orgullo puede ocultarse en la apariencia de humildad, pero sus manifestaciones son evidentes en los hechos.

Dios es el que inclina la balanza en el éxito de las cosas que nos proponemos realizar a nuestro favor o es quien está en nuestra contra; un ejemplo muy notorio en la escritura es la del rey David que aun siendo muy joven, venció a un león y a un oso él “sólo” (nótense las comillas), pero en realidad fue Dios en cada ocasión quién le dio la victoria sobre sus enemigos.

1 Samuel 17:37 Añadió David: Jehová, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, él también me librará de la mano de este filisteo. Y dijo Saúl a David: Ve, y Jehová esté contigo.

David no reconoce ningún mérito en su triunfo para sí mismo, todo el éxito se lo atribuye a Dios y fue muy famosa la victoria cuando enfrentaba al gigante Goliat; un soldado entrenado para la batalla, de gran estatura y fuerza, pues no pudo con un jovenzuelo mucho más débil que él. ¿Por qué? No fue la destreza de David en el uso de la honda, ni su valor, ni su fuerza, sino que fue Dios, como en las otras ocasiones anteriores, quién le otorgó la victoria.

Aquí hay un versículo de la narración de la victoria de Dios ganada por David que muestra mucho de lo que había en su corazón:

1 Samuel 17:40 Y tomó su cayado en su mano, y escogió cinco piedras lisas del arroyo, y las puso en el saco pastoril, en el zurrón que traía, y tomó su honda en su mano, y se fue hacia el filisteo.

David tomó cinco piedras y sólo usó una. Esto describe que aunque David no sabía de cuantas pedradas Dios le daría la victoria contra el Gigante, el confió en Dios para obtener la victoria y por ello le sobraron 4. Mostró humildad ante Dios, dependencia en Dios y total confianza en Dios.

Cuando emprendemos algo, debemos tener la humildad de reconocer que de Dios es la victoria y aunque tengamos las capacidades que tengamos, será Dios quién decida la cantidad de energía que vamos a requerir y en esto mismo podemos mostrar nuestra total dependencia de Dios y por supuesto, la confianza que tenemos en Él.

El orgullo puede cegar el entendimiento y hacernos pensar que la victoria es de quien la busca, la preparación académica, la fuerza, el coraje de enfrentar los retos y estos son conceptos humanistas, pero la realidad es qué es Dios quien la concede a quien soberanamente quiere según Sus inescrutables propósitos y prueba de ello es que los resultados pueden darse después de muchísimo intentos; esto constituye la prueba más clara que es Dios quién tiene el control.

El orgullo es un engañador de nuestras almas, que nubla la razón de no reconocer al único que merece la gloria de “nuestros” éxitos, el orgullo nace del egoísmo y la vana gloria… es como un globo que está inflado pero solo de aire que no le sirve para nada, más que para robarle la gloria a Dios, ese es el pecado del que muy lamentablemente caen muchos y que muestra el perfil de quién es el enemigo de Dios (Satanás).

David, supo muy bien esto y nunca dejó de reconocer esta verdad y siendo autor de la mayoría de los salmos, su alabanza fue siempre para Dios, David fue un hombre de corazón humilde ante Dios, la antítesis del corazón orgulloso.

Cuando uno lee la historia de Saúl, encontramos un orgullo muy retorcido, pues cuando Dios lo puso como rey y habiendo sido ungido por Samuel, al momento de ser presentado al pueblo como tal, dice la escritura que se escondió en el bagaje, es decir, entre las cosas que el pueblo trajo ante la convocatoria de Samuel para presentarles a su rey, éste se escondió porque no se sentía digno del puesto y parecería humildad, cuando en realidad se trató de un orgullo de pensar que Dios no podría usarlo y que Dios se equivocó con él y no debía ser rey.

Hay muchos que no creen que Dios puede usarlos o se sienten tan desprovistos de dones o talentos que esto en sí mismo muestra en quién tienen puestos sus ojos, si fuese en Dios y lo conocieran, sabrían que Dios puede sacar fortaleza de un bebé recién nacido, de un bebé que toma leche materna y si no me creen pregúntele a las madres que nunca pueden explicarse de donde les salió las fuerzas para sacar a delante a sus hijos, cuando se ven solas ante el abandono de su pareja quién les juró amor eterno o sencillamente murió. Gloria a Dios ¿No?

Para hacerlo más palpable, veamos lo que hizo Saúl cuando no obedeció las instrucciones de Jehová que le habían sido dadas por medio de Samuel, al vencer a los amalecitas de no dejar a ninguno vivo y dejó vivo no solo a los rebaños, sino al mismo rey anatema.

1Samuel 15:12 Madrugó luego Samuel para ir a encontrar a Saúl por la mañana; y fue dado aviso a Samuel, diciendo: Saúl ha venido a Carmel, y he aquí se levantó un monumento, y dio la vuelta, y pasó adelante y descendió a Gilgal.

¿Dónde quedó ese hombre tímido y de falsa humildad que no se sentía con la capacidad de reinar sobre el pueblo de Dios y que el día de su coronación se ocultó en el bagaje, pues era muy “tímido”? Aquí muestra el real rostro de su corazón, pues hasta se ha levantado un monumento que muestra a quién le atribuye la victoria de la campaña militar, aquí se muestra a quién honra verdaderamente. No es a Dios y por más que intenta simular, no es posible creerle. Miremos su reacción cuando Samuel lo confronta con su pecado y la consecuencia del mismo en su vida.

1 Samuel 15:24 Entonces Saúl dijo a Samuel: Yo he pecado; pues he quebrantado el mandamiento de Jehová y tus palabras, porque temí al pueblo y consentí a la voz de ellos. Perdona, pues, ahora mi pecado, 25 y vuelve conmigo para que adore a Jehová.
26 Y Samuel respondió a Saúl: No volveré contigo; porque desechaste la palabra de Jehová, y Jehová te ha desechado para que no seas rey sobre Israel
.

A sus espaldas, estaba el monumento que se había levantado para sí mismo y minimizando su pecado, sin muestras de arrepentimiento, lo único que le importa es recibir reconocimiento del pueblo de la victoria y para ello necesitaba que Samuel lo acompañase a “adorar” a Jehová, aumentando así mayormente su falta de humildad para reconocer que Dios fue quien le dio la victoria, reconociendo su pecado, el temor y respeto que Dios merece.

Dice la escritura que Dios le envío un demonio que lo atormentase, pues debía humillarlo para hacerle ver su real condición, pero en lugar de ello, endureció aún más su corazón y surge otra más de las manifestaciones de orgullo.

La envidia.

Saúl envidiaba muchísimo a David por lo que Dios había hecho por su conducto. En cada empresa que Saúl lo enviaba, David salía victorioso porque Dios se la otorgaba. Como David mató al Gigante, las endechas a David fueron superiores que las de Saúl, pues mientras le atribuían la muerte de mil enemigos a Saúl, para David eran diez miles y esto por supuesto que un corazón orgulloso jamás podrá tolerarlo y veía con celos como al pueblo que buscó agradar antes que a Dios para seguir inflando su ego tipo globo, cuando no acabó con los animales del anatema, reconocían en David a alguien digno de respeto y honor.

¿No es interesante que quién buscó agradar al pueblo y no a Dios, no recibe el reconocimiento que anhela? Precisamente quién honra a Dios, recibe la honra del pueblo.

En múltiples ocasiones Saúl intentó matar a David, pues la envidia era un ácido que lo atormentaba sobremanera, pero David, nunca dejó de reconocer quién era el ungido que Dios había puesto sobre su pueblo y aunque tuvo ocasión de matarlo, no lo hizo, sino que esperó en Dios su tiempo. Esto es la humildad que resplandece ante el orgullo insensato de creerse que se tienen mejores ideas que las de Dios.

Continuará...
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