13-09-2010, 03:33 PM
Por A. W. Tozer (fragmento)
Durante siglos, la iglesia se mantuvo firme contra toda forma de entretenimiento mundano, denunciando lo que éste era – un dispositivo para perder el tiempo, un refugio contra la voz perturbadora de la conciencia, un esquema para desviar la atención de la responsabilidad moral –
Pero últimamente ella parece haber decidido que si no puede conquistar al dios del Entretenimiento, puede unir fuerzas con él y hacer uso también del poder que él usa.
La cristiandad está tan enredada con el mundo que millones nunca imaginarán cuán radicalmente han perdido el modelo del Nuevo Testamento. El compromiso está por todas partes. El mundo está lo bastante encubierto como para pasar la inspección de hombres ciegos que posan como creyentes.
La cristiandad evangélica está ahora trágicamente por debajo de la norma del Nuevo Testamento. La mundanalidad es una parte aceptada de nuestro estilo de vida. Nuestro entorno religioso es social en lugar de espiritual. Hemos perdido el arte de la adoración. No estamos produciendo santos; nuestros modelos son los exitosos hombres de negocios, los atletas famosos y las personalidades teatrales.
Nosotros continuamos nuestras actividades religiosas con los métodos de la publicidad moderna. Nuestros locales se han convertido en teatros. Nuestra literatura es poco profunda y nuestro himnario linda en el sacrilegio. Y escasamente alguien parece notarlo.
Mucho de lo que acontece en la cristiandad del Nuevo Testamento es poco más que verdad objetiva endulzada con canción y sazonada por la entretención religiosa.
Cristo llama a los hombres a tomar una cruz; nosotros los llamamos a divertirse en Su nombre.
Él los llama a abandonar el mundo; nosotros les aseguramos que si ellos aceptan a Jesús el mundo será su refugio.
Él los llama a sufrir; nosotros los llamamos a disfrutar todas las comodidades burguesas que brinda la civilización moderna.
Él los llama a la autonegación y la muerte; nosotros los llamamos a extenderse como árboles o a volverse estrellas en el lastimoso firmamento religioso.
Él los llama a la santidad; nosotros los llamamos a una felicidad barata y chillona que habría sido rechazada con desdén por el menor de los filósofos estoicos.
Un nuevo Decálogo ha sido adoptado por los neocristianos de hoy, la primera palabra del cual dice: «No discreparás»; y también una nueva serie de bienaventuranzas que empieza: «Felices aquellos que toleran todo, porque ellos no se harán responsables de nada».
Es ahora cosa aceptada hablar sobre las diferencias religiosas en público con la comprensión de que nadie intentará convertir a otro o señalará errores en sus creencias. Imaginen a Moisés aceptando tomar parte en un panel de discusión con Israel sobre el becerro de oro; o a Elías comprometido en un caballeroso diálogo con los profetas de Baal. O intenten imaginarse a nuestro Señor Jesucristo buscando reunirse con los fariseos para zanjar las diferencias.
La bendición de Dios es prometida al pacificador, pero el negociador religioso vigila mejor sus pasos. La oscuridad y luz nunca pueden ser reunidas por el hablar. Algunas cosas no son negociables.
Cien personas religiosas tejidas en una unidad por una organización cuidadosa no constituyen una iglesia más que once hombres muertos hacen un equipo de fútbol. El primer requisito es la Vida (Zoé), siempre.
Durante siglos, la iglesia se mantuvo firme contra toda forma de entretenimiento mundano, denunciando lo que éste era – un dispositivo para perder el tiempo, un refugio contra la voz perturbadora de la conciencia, un esquema para desviar la atención de la responsabilidad moral –
Pero últimamente ella parece haber decidido que si no puede conquistar al dios del Entretenimiento, puede unir fuerzas con él y hacer uso también del poder que él usa.
La cristiandad está tan enredada con el mundo que millones nunca imaginarán cuán radicalmente han perdido el modelo del Nuevo Testamento. El compromiso está por todas partes. El mundo está lo bastante encubierto como para pasar la inspección de hombres ciegos que posan como creyentes.
La cristiandad evangélica está ahora trágicamente por debajo de la norma del Nuevo Testamento. La mundanalidad es una parte aceptada de nuestro estilo de vida. Nuestro entorno religioso es social en lugar de espiritual. Hemos perdido el arte de la adoración. No estamos produciendo santos; nuestros modelos son los exitosos hombres de negocios, los atletas famosos y las personalidades teatrales.
Nosotros continuamos nuestras actividades religiosas con los métodos de la publicidad moderna. Nuestros locales se han convertido en teatros. Nuestra literatura es poco profunda y nuestro himnario linda en el sacrilegio. Y escasamente alguien parece notarlo.
Mucho de lo que acontece en la cristiandad del Nuevo Testamento es poco más que verdad objetiva endulzada con canción y sazonada por la entretención religiosa.
Cristo llama a los hombres a tomar una cruz; nosotros los llamamos a divertirse en Su nombre.
Él los llama a abandonar el mundo; nosotros les aseguramos que si ellos aceptan a Jesús el mundo será su refugio.
Él los llama a sufrir; nosotros los llamamos a disfrutar todas las comodidades burguesas que brinda la civilización moderna.
Él los llama a la autonegación y la muerte; nosotros los llamamos a extenderse como árboles o a volverse estrellas en el lastimoso firmamento religioso.
Él los llama a la santidad; nosotros los llamamos a una felicidad barata y chillona que habría sido rechazada con desdén por el menor de los filósofos estoicos.
Un nuevo Decálogo ha sido adoptado por los neocristianos de hoy, la primera palabra del cual dice: «No discreparás»; y también una nueva serie de bienaventuranzas que empieza: «Felices aquellos que toleran todo, porque ellos no se harán responsables de nada».
Es ahora cosa aceptada hablar sobre las diferencias religiosas en público con la comprensión de que nadie intentará convertir a otro o señalará errores en sus creencias. Imaginen a Moisés aceptando tomar parte en un panel de discusión con Israel sobre el becerro de oro; o a Elías comprometido en un caballeroso diálogo con los profetas de Baal. O intenten imaginarse a nuestro Señor Jesucristo buscando reunirse con los fariseos para zanjar las diferencias.
La bendición de Dios es prometida al pacificador, pero el negociador religioso vigila mejor sus pasos. La oscuridad y luz nunca pueden ser reunidas por el hablar. Algunas cosas no son negociables.
Cien personas religiosas tejidas en una unidad por una organización cuidadosa no constituyen una iglesia más que once hombres muertos hacen un equipo de fútbol. El primer requisito es la Vida (Zoé), siempre.

