28-06-2016, 05:14 PM
Cuando Mateo 18 no se aplica o se aplica mal
Mateo 18. Es un capítulo en donde el Señor nos habla de mirarnos a nosotros mismos, aun antes de mirar a los demás y nos dirige a la reconciliación con el hermano que nos ha lastimado, pecando contra nosotros.
¡Cuántas veces se calla, por orgullo, incredulidad o miedo! ¡Cuántas veces se calla, por tener un concepto tan equivocado de lealtad! No es leal amigo quién lo solapa y no le estorba en su pecado, ni tampoco el que permisivamente le permite el abuso; sino aquel que con espíritu reconciliatorio y exhortativo, busca la edificación, paz, y cuidado de la relación. Y por no aclarar oportunamente el problema, la intimidad en la amistad se extingue y sólo queda un forzado saludo vacío, “educado”, en el mejor de los casos indiferentes y en el peor, hipócrita.
¡Qué falta de sabiduría! Sufrir el agravio de mi hermano, no implica callarlo, sino buscar reconciliarme sinceramente con él en mi corazón, para mutua edificación.
¡Cuántos malos entendidos se hubiesen aclarado con un espíritu de reconciliación, amor y perdón!
Preferir el silencio a costa de los gritos en el alma, del desconcierto por la permisividad del pecado, no sólo alimentó el orgullo del ofensor, sino incluso el orgullo del omisor y propició dar lugar al enemigo (Efesiso 4:26, 27) en el resentimiento, frustración y enojo. Manifestado en la murmuración, que daña no sólo la relación, sino a la iglesia en su conjunto.
He visto con mucha tristeza, como amigos se separan por no aplicar con el debido cuidado, las enseñanzas de nuestro único Maestro divino y en su omisión, nos volvemos cómplices de su deterioro espiritual.
Por falta de sabiduría y discernimiento, aclarar el asunto indebidamente, aleja a los mejores amigos y en el corazón de los miembros, da paso a la división, pues aunque se asiste al mismo lugar, no hay verdadera comunión.
Por no aplicar, Mateo 18, puede haber mucho conocimiento bíblico, pero el amor de I Corintios 13, brilla por su ausencia, convirtiéndonos en nada, pues la evidencia del verdadero discípulo de Jesús, está en amar como Cristo nos amó (Juan 13:33, 34), pero sin amor ¿Qué queda? Sólo enemistad, furia contenida que escapa por nada.
Por callar, puede la autoridad dada en la iglesia pasar de ser una apegada con amor mostrada en servicio y liderazgo espiritual, a enquistar poder a la más pura usanza del mundo, donde en su lugar, se ejerce dominio (Mateo 20:25), propiciando que se enseñoree, usurpando el lugar del único Señor de nuestras almas.
Si le creyéramos más al divino Maestro, si hiciéramos como él nos dijo. No pasarían tantos como han pasado en la iglesia, que sin amor, por envidia o por falta de sabiduría, alejados del espíritu de Mateo 18, murmuran, difaman, suponen y distorsionan la verdad, dejando en el recuerdo desagradables momentos en un lugar en donde debiendo haber reconciliación, aceptación y amor, es la amargura y confusión quienes tomaron su lugar.
La permisividad es el cemento con que se apilan los ladrillos del abuso, que forman paredes que dividen y encumbran posturas que cubren la visibilidad para ver al que es el dueño de la iglesia, lo que significa y sus objetivos.
Y cuando medito en estas cosas, me pregunto ¿no le habrá pasado lo mismo a Diótrefes que quiso tener siempre el primer lugar entre los miembros de su iglesia (3 Jn 1:9,10)? ¿No hubo nadie que lo amase lo suficiente como para exhortarlo, recordarle que el Espíritu del Señor nos enseña que debemos poner a los demás como superiores a nosotros mismos (Fil. 2:3)? ¿No hubo quien lo disciplinase para aminorar el daño que causó? ¿Cómo es que lo dejaron envanecerse tanto que ni siquiera a los mismísimos apóstoles del Señor recibía y corría de la iglesia a los que los recibían?
Mateo 18, no es una receta de cocina que deba seguirse sin el acompañamiento y dirección del Espíritu Santo, con humildad, habiendo analizado uno mismo en su intención delante de Dios. Considerándonos a nosotros mismos, no sea que también seamos tentados.
Dios nos ayude.
Mateo 18. Es un capítulo en donde el Señor nos habla de mirarnos a nosotros mismos, aun antes de mirar a los demás y nos dirige a la reconciliación con el hermano que nos ha lastimado, pecando contra nosotros.
¡Cuántas veces se calla, por orgullo, incredulidad o miedo! ¡Cuántas veces se calla, por tener un concepto tan equivocado de lealtad! No es leal amigo quién lo solapa y no le estorba en su pecado, ni tampoco el que permisivamente le permite el abuso; sino aquel que con espíritu reconciliatorio y exhortativo, busca la edificación, paz, y cuidado de la relación. Y por no aclarar oportunamente el problema, la intimidad en la amistad se extingue y sólo queda un forzado saludo vacío, “educado”, en el mejor de los casos indiferentes y en el peor, hipócrita.
¡Qué falta de sabiduría! Sufrir el agravio de mi hermano, no implica callarlo, sino buscar reconciliarme sinceramente con él en mi corazón, para mutua edificación.
¡Cuántos malos entendidos se hubiesen aclarado con un espíritu de reconciliación, amor y perdón!
Preferir el silencio a costa de los gritos en el alma, del desconcierto por la permisividad del pecado, no sólo alimentó el orgullo del ofensor, sino incluso el orgullo del omisor y propició dar lugar al enemigo (Efesiso 4:26, 27) en el resentimiento, frustración y enojo. Manifestado en la murmuración, que daña no sólo la relación, sino a la iglesia en su conjunto.
He visto con mucha tristeza, como amigos se separan por no aplicar con el debido cuidado, las enseñanzas de nuestro único Maestro divino y en su omisión, nos volvemos cómplices de su deterioro espiritual.
Por falta de sabiduría y discernimiento, aclarar el asunto indebidamente, aleja a los mejores amigos y en el corazón de los miembros, da paso a la división, pues aunque se asiste al mismo lugar, no hay verdadera comunión.
Por no aplicar, Mateo 18, puede haber mucho conocimiento bíblico, pero el amor de I Corintios 13, brilla por su ausencia, convirtiéndonos en nada, pues la evidencia del verdadero discípulo de Jesús, está en amar como Cristo nos amó (Juan 13:33, 34), pero sin amor ¿Qué queda? Sólo enemistad, furia contenida que escapa por nada.
Por callar, puede la autoridad dada en la iglesia pasar de ser una apegada con amor mostrada en servicio y liderazgo espiritual, a enquistar poder a la más pura usanza del mundo, donde en su lugar, se ejerce dominio (Mateo 20:25), propiciando que se enseñoree, usurpando el lugar del único Señor de nuestras almas.
Si le creyéramos más al divino Maestro, si hiciéramos como él nos dijo. No pasarían tantos como han pasado en la iglesia, que sin amor, por envidia o por falta de sabiduría, alejados del espíritu de Mateo 18, murmuran, difaman, suponen y distorsionan la verdad, dejando en el recuerdo desagradables momentos en un lugar en donde debiendo haber reconciliación, aceptación y amor, es la amargura y confusión quienes tomaron su lugar.
La permisividad es el cemento con que se apilan los ladrillos del abuso, que forman paredes que dividen y encumbran posturas que cubren la visibilidad para ver al que es el dueño de la iglesia, lo que significa y sus objetivos.
Y cuando medito en estas cosas, me pregunto ¿no le habrá pasado lo mismo a Diótrefes que quiso tener siempre el primer lugar entre los miembros de su iglesia (3 Jn 1:9,10)? ¿No hubo nadie que lo amase lo suficiente como para exhortarlo, recordarle que el Espíritu del Señor nos enseña que debemos poner a los demás como superiores a nosotros mismos (Fil. 2:3)? ¿No hubo quien lo disciplinase para aminorar el daño que causó? ¿Cómo es que lo dejaron envanecerse tanto que ni siquiera a los mismísimos apóstoles del Señor recibía y corría de la iglesia a los que los recibían?
Mateo 18, no es una receta de cocina que deba seguirse sin el acompañamiento y dirección del Espíritu Santo, con humildad, habiendo analizado uno mismo en su intención delante de Dios. Considerándonos a nosotros mismos, no sea que también seamos tentados.
Dios nos ayude.

