2) El mandato que les dio
“Por tanto, id” (vs.19) Observamos que este imperativo “id” sigue inmediatamente después de la afirmación de su autoridad total en los cielos y en la tierra. Así, pues, el anuncio de la autoridad universal de Cristo fue un preliminar esencial de la gran comisión.
Nosotros vamos en obediencia al “id” imperativo, porque nosotros mismos nos hallamos bajo autoridad, y vamos a “todas las naciones” porque están también bajo la autoridad de Cristo. La comisión ya no se reduce a ir en pos de las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt.10:6), sino a hacer discípulos entre “todos los gentiles” (esto es lo que significa la palabra “naciones”). Así, en la providencia de Dios, termina el más judío, el más particular, de los cuatro libros del Evangelio. El Evangelio según San Mateo comienza con la llegada de unos gentiles extranjeros que vienen a adorar al Cristo infante; y concluye con una orden a los creyentes para que vayan a ganar almas en el mundo de los gentiles.
TRES ETAPAS DISTINTAS
En tanto que vamos, tenemos instrucciones precisas que cumplir. Cristo usó tres verbos: “hacer discípulos”, “bautizar”, y “enseñar”. Algunos eruditos interpretan esto como una sola orden de “id y haced discípulos”; y bautizar y enseñar lo consideran como una explicación de la manera de hacer discípulos. Yo prefiero tomar los tres verbos por separado como descripción de tres partes, tres etapas distintas, de la única y sola comisión de Cristo: “id”.
a) Hemos de hacer discípulos.
La versión “The New English Bible” consigna acertadamente: “haced discípulos míos a todas las naciones”. La adición del posesivo “míos” tiene un sentido muy importante, por cuanto no podemos hacer discípulos en abstracto, ya que no puede haber discípulos sin un maestro personal que entra en contacto personal con ellos. De manera que “hacer discípulos a todas las naciones” equivale a ganar discípulos para Jesucristo de entre todas las naciones de la tierra. Cómo hemos de llevar a cabo esta tarea es lo que nos enseña en las otras versiones de la gran comisión que nos dan los demás escritores del Evangelio. Hemos de cumplir esta orden predicando el Evangelio. Porque al predicar el Evangelio predicamos a Cristo, y los hombres se convierten a Él y se hacen sus discípulos. Nunca podremos cambiar o echar en olvido esta verdad elemental que evangelizar es predicar a Cristo y hacer discípulos para Cristo.
Haríamos bien en no perder de vista las solemnes condiciones del discipulado que Cristo mismo estableció como Maestro. A menos que tomemos nuestra cruz y renunciemos a todo lo que tenemos (poniendo a Cristo delante de nuestros familiares, ambiciones y posesiones) no podremos ser sus discípulos, según sus propias palabras.
b) Hemos de bautizar
Los convertidos, (los que creyeron por fe en el Señor Jesucristo y renacieron a una vida nueva en Él) y, en consecuencia, han sido hechos también Sus discípulos, deben ser bautizados “en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. La implicación teológica de este mandamiento es muy vasta. Significa que ser discípulo de Cristo es tener relación con el Padre y con el Espíritu Santo también. Quiere decir que aunque el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son personas distintas, poseen un Nombre común en el cual los discípulos deben ser bautizados. El bautismo cristiano no es solamente "en" el Nombre, sino que en un sentido es “dentro” del Nombre de la Trinidad, porque significa, simbólicamente, la unión con Dios, que se ha revelado a sí mismo en su triple “Nombre” como Padre, Hijo y Espíritu Santo.
El bautismo es esencialmente un acto público. La gente puede hacerse cristiana secretamente, pero debe ser bautizada públicamente. En definitiva, el bautismo es la confesión pública y el reconocimiento público de aquellos que dicen ser discípulos de Cristo, por el cual son admitidos a la iglesia visible. Al ir del discipulado al bautismo, Jesús nos lleva de lo privado a lo público, de lo personal a lo corporativo, de la conversión a la membresía de iglesia.
c) Hemos de enseñar
El propósito de Cristo no se ha completado después de hacer discípulos y de ser bautizados. Los convertidos deben ser enseñados. Después de la conversión sigue toda una vida de aprendizaje y de obediencia, hasta que los discípulos son hechos conforme a la imagen de su Señor.
TODAS LAS COSAS
Aún más, la sustancia de la enseñanza que hay que dar a los discípulos es la que Cristo mismo impartió: “todas las cosas que os he mandado”. Es importante notar qué hemos de enseñar a los convertidos. No se trata de lo que ellos quieran escuchar ni de lo que nosotros queramos decir, sino de lo que Cristo mismo ha enseñado. Esto es lo que tienen que “guardar”, es decir, lo que tienen que creer y obedecer. ¿Dónde hallaremos toda la enseñanza del Señor Jesucristo? La enseñanza correcta no es “en los discursos suyos que nos han conservado los libros del Evangelio”, sino “en toda la Biblia”. Bien entendida, la enseñanza de Jesucristo incluye el Antiguo Testamento (porque Él mismo puso su sello de aprobación sobre su verdad y autoridad), los libros del Evangelio (en los cuales tenemos registradas sus propias palabras) y el resto del Nuevo Testamento (que contiene la enseñanza de los apóstoles a quienes Cristo continuó enseñando para completar Su revelación)
De manera que tenemos una orden de Cristo mismo para instruir a los convertidos con enseñanza bíblica . Y es muy importante que desde el principio entiendan que la enseñanza de la Biblia es la enseñanza de Cristo. Los convertidos han sido hechos discípulos de Cristo; han sido bautizados en Cristo, y han de ser enseñados en todo aquello que Cristo ha revelado. Deben aprender a someter sus mentes a todo, no sólo a algunos puntos de lo que Cristo afirma en su Palabra, si queremos que su conversión alcance también a su inteligencia. Los discípulos de Jesús no pueden escoger lo que más les guste de sus enseñanzas, tomando de aquí y de allí y desechando lo que les desagrade. No se hallan el libertad de discrepar, como tampoco la tienen para desobedecer al Señor Jesucristo, porque Él es su Maestro y Señor, y se encuentran bajo Su autoridad y Su instrucción: “Me llamáis Maestro y Señor” –les dijo- “Y decís bien porque los soy” (Jn. 13:13) Esto coloca sobre el evangelista la solemne responsabilidad de ser él mismo un buen discípulo, porque ¿cómo podrá enseñar a los convertidos todo lo que Cristo ha mandado, si él mismo no se somete humildemente a ello?
Tal es el concepto que del evangelismo tiene nuestro Señor resucitado. Un concepto considerablemente más equilibrado y total que nuestra manera actual de evangelizar. Jesús no envió a los suyos solamente a hacer discípulos, esto era únicamente la primera etapa de la gran comisión. Quedaban todavía dos aspectos más, bautizar y enseñar. Por lo tanto, el evangelista que quiera ser fiel a su vocación, debe tener siempre presente primero, conversiones a Cristo; segundo, en el contexto que consideramos, membresía de los convertidos en una iglesia local; y, tercero, su instrucción en toda la enseñanza de Cristo.
(Continuará)
“Por tanto, id” (vs.19) Observamos que este imperativo “id” sigue inmediatamente después de la afirmación de su autoridad total en los cielos y en la tierra. Así, pues, el anuncio de la autoridad universal de Cristo fue un preliminar esencial de la gran comisión.
Nosotros vamos en obediencia al “id” imperativo, porque nosotros mismos nos hallamos bajo autoridad, y vamos a “todas las naciones” porque están también bajo la autoridad de Cristo. La comisión ya no se reduce a ir en pos de las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt.10:6), sino a hacer discípulos entre “todos los gentiles” (esto es lo que significa la palabra “naciones”). Así, en la providencia de Dios, termina el más judío, el más particular, de los cuatro libros del Evangelio. El Evangelio según San Mateo comienza con la llegada de unos gentiles extranjeros que vienen a adorar al Cristo infante; y concluye con una orden a los creyentes para que vayan a ganar almas en el mundo de los gentiles.
TRES ETAPAS DISTINTAS
En tanto que vamos, tenemos instrucciones precisas que cumplir. Cristo usó tres verbos: “hacer discípulos”, “bautizar”, y “enseñar”. Algunos eruditos interpretan esto como una sola orden de “id y haced discípulos”; y bautizar y enseñar lo consideran como una explicación de la manera de hacer discípulos. Yo prefiero tomar los tres verbos por separado como descripción de tres partes, tres etapas distintas, de la única y sola comisión de Cristo: “id”.
a) Hemos de hacer discípulos.
La versión “The New English Bible” consigna acertadamente: “haced discípulos míos a todas las naciones”. La adición del posesivo “míos” tiene un sentido muy importante, por cuanto no podemos hacer discípulos en abstracto, ya que no puede haber discípulos sin un maestro personal que entra en contacto personal con ellos. De manera que “hacer discípulos a todas las naciones” equivale a ganar discípulos para Jesucristo de entre todas las naciones de la tierra. Cómo hemos de llevar a cabo esta tarea es lo que nos enseña en las otras versiones de la gran comisión que nos dan los demás escritores del Evangelio. Hemos de cumplir esta orden predicando el Evangelio. Porque al predicar el Evangelio predicamos a Cristo, y los hombres se convierten a Él y se hacen sus discípulos. Nunca podremos cambiar o echar en olvido esta verdad elemental que evangelizar es predicar a Cristo y hacer discípulos para Cristo.
Haríamos bien en no perder de vista las solemnes condiciones del discipulado que Cristo mismo estableció como Maestro. A menos que tomemos nuestra cruz y renunciemos a todo lo que tenemos (poniendo a Cristo delante de nuestros familiares, ambiciones y posesiones) no podremos ser sus discípulos, según sus propias palabras.
b) Hemos de bautizar
Los convertidos, (los que creyeron por fe en el Señor Jesucristo y renacieron a una vida nueva en Él) y, en consecuencia, han sido hechos también Sus discípulos, deben ser bautizados “en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. La implicación teológica de este mandamiento es muy vasta. Significa que ser discípulo de Cristo es tener relación con el Padre y con el Espíritu Santo también. Quiere decir que aunque el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son personas distintas, poseen un Nombre común en el cual los discípulos deben ser bautizados. El bautismo cristiano no es solamente "en" el Nombre, sino que en un sentido es “dentro” del Nombre de la Trinidad, porque significa, simbólicamente, la unión con Dios, que se ha revelado a sí mismo en su triple “Nombre” como Padre, Hijo y Espíritu Santo.
El bautismo es esencialmente un acto público. La gente puede hacerse cristiana secretamente, pero debe ser bautizada públicamente. En definitiva, el bautismo es la confesión pública y el reconocimiento público de aquellos que dicen ser discípulos de Cristo, por el cual son admitidos a la iglesia visible. Al ir del discipulado al bautismo, Jesús nos lleva de lo privado a lo público, de lo personal a lo corporativo, de la conversión a la membresía de iglesia.
c) Hemos de enseñar
El propósito de Cristo no se ha completado después de hacer discípulos y de ser bautizados. Los convertidos deben ser enseñados. Después de la conversión sigue toda una vida de aprendizaje y de obediencia, hasta que los discípulos son hechos conforme a la imagen de su Señor.
TODAS LAS COSAS
Aún más, la sustancia de la enseñanza que hay que dar a los discípulos es la que Cristo mismo impartió: “todas las cosas que os he mandado”. Es importante notar qué hemos de enseñar a los convertidos. No se trata de lo que ellos quieran escuchar ni de lo que nosotros queramos decir, sino de lo que Cristo mismo ha enseñado. Esto es lo que tienen que “guardar”, es decir, lo que tienen que creer y obedecer. ¿Dónde hallaremos toda la enseñanza del Señor Jesucristo? La enseñanza correcta no es “en los discursos suyos que nos han conservado los libros del Evangelio”, sino “en toda la Biblia”. Bien entendida, la enseñanza de Jesucristo incluye el Antiguo Testamento (porque Él mismo puso su sello de aprobación sobre su verdad y autoridad), los libros del Evangelio (en los cuales tenemos registradas sus propias palabras) y el resto del Nuevo Testamento (que contiene la enseñanza de los apóstoles a quienes Cristo continuó enseñando para completar Su revelación)
De manera que tenemos una orden de Cristo mismo para instruir a los convertidos con enseñanza bíblica . Y es muy importante que desde el principio entiendan que la enseñanza de la Biblia es la enseñanza de Cristo. Los convertidos han sido hechos discípulos de Cristo; han sido bautizados en Cristo, y han de ser enseñados en todo aquello que Cristo ha revelado. Deben aprender a someter sus mentes a todo, no sólo a algunos puntos de lo que Cristo afirma en su Palabra, si queremos que su conversión alcance también a su inteligencia. Los discípulos de Jesús no pueden escoger lo que más les guste de sus enseñanzas, tomando de aquí y de allí y desechando lo que les desagrade. No se hallan el libertad de discrepar, como tampoco la tienen para desobedecer al Señor Jesucristo, porque Él es su Maestro y Señor, y se encuentran bajo Su autoridad y Su instrucción: “Me llamáis Maestro y Señor” –les dijo- “Y decís bien porque los soy” (Jn. 13:13) Esto coloca sobre el evangelista la solemne responsabilidad de ser él mismo un buen discípulo, porque ¿cómo podrá enseñar a los convertidos todo lo que Cristo ha mandado, si él mismo no se somete humildemente a ello?
Tal es el concepto que del evangelismo tiene nuestro Señor resucitado. Un concepto considerablemente más equilibrado y total que nuestra manera actual de evangelizar. Jesús no envió a los suyos solamente a hacer discípulos, esto era únicamente la primera etapa de la gran comisión. Quedaban todavía dos aspectos más, bautizar y enseñar. Por lo tanto, el evangelista que quiera ser fiel a su vocación, debe tener siempre presente primero, conversiones a Cristo; segundo, en el contexto que consideramos, membresía de los convertidos en una iglesia local; y, tercero, su instrucción en toda la enseñanza de Cristo.
(Continuará)

