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La responsabilidad del creyente ante la autoridad humana.
#1
La responsabilidad del creyente ante la autoridad humana.

Por: Arnaldo Burgos

 
Debido a los recientes cambios culturales, morales y legales que se han dado en Puerto Rico (Al igual que en nuestros países. -Nota del editor-), he podido observar la incertidumbre presente en muchos creyentes acerca de cuál debe ser la manera apropiada de actuar en base a dichos cambios, y acerca de cuál debe ser la relación de los mismos con aquellos gobiernos o autoridades que auspician dichos cambios, en clara desobediencia a lo que Dios ha establecido.
 
Por lo general he podido ver dos extremos asomar la cara en este tipo de situación:
1) aquellos que auspician el desligarse de dichos gobiernos o promocionan la desobediencia civil de una manera masiva,
2) aquellos que sacrifican sus convicciones y las moldean de acuerdo a lo que un gobierno cuya agenda está claramente en contra de la Palabra de Dios diga. Sin embargo, muy pocas veces he podido escuchar a creyentes preguntarse sobre que dice Dios respecto al tema de cuál debe ser nuestra relación con aquellos gobiernos que están sobre nosotros. Es por eso que he decidido brevemente tocar ese tema, como medio de crear consciencia acerca de cuáles son nuestras responsabilidades como cristianos con aquellos que ejercen autoridad (no espiritual) sobre nosotros.

Nos vamos a enfocar en el aspecto del creyente (como individuo) en relación con aquellos que gobiernan sobre ellos.

Para sorpresa de nadie, la Biblia no guarda silencio en referencia a dicho tema, sino que claramente expresa nuestra responsabilidad con aquellos que ejercen autoridad gubernamental sobre nosotros. Tanto el apóstol Pablo como el apóstol Pedro instan en sus cartas a que los cristianos se sujeten a las autoridades establecidas según Dios manda (Romanos 13:1-7; Tito 3:1; 1 Pedro 2:13-14).

Notemos que en ninguna parte dice que los creyentes se sometan a las autoridades si las mismas dirigen al pueblo según lo que Dios había establecido. No. El mandato a sujetarse a las autoridades establecidas no depende de que si las mismas son buenas o no, sino que es obligatorio según lo que Dios ha establecido. Esto es aún más sorprendente considerando que tanto Pablo como Pedro vivían bajo un gobierno extremadamente antagonista a la fe cristiana y que constantemente estaba persiguiendo y condenando a los cristianos a muerte, simplemente porque la fe de los mismos iba en contra de lo que el gobierno establecía (de hecho, fue este mismo gobierno el que eventualmente le costaría la vida a ambos).
Sin embargo, tanto Pedro como Pablo estaban claros que obedecer a Dios no dependía de las circunstancias en que se encontraran. Y tú me preguntaras: “¿pero porqué como creyentes vamos a obedecer leyes de un gobierno antagonista a Dios? ¿No sería mejor dirigirnos nosotros mismos según lo que Dios ha establecido e ignorar los gobiernos que nos rodean?” Existen múltiples razones por las cuales este tipo de pensar no es el más apropiado en el creyente, pero por cuestión de ser breves, he aquí cinco razones por las cuales los creyentes deben sujetarse a los gobiernos que ejercen autoridad sobre ellos:

1. Dios lo manda en su Palabra. La primera razón por la cual debemos sujetarnos a las autoridades establecidas es a la misma vez la más simple; nos sujetamos a las autoridades establecidas porque Dios nos manda a hacerlo. Debido a que Dios es dueño y Señor de nuestras vidas, nuestra obediencia a Dios no es negociable o dependiente de la situación en la que nos encontremos. Si Dios manda algo, es nuestra responsabilidad obedecerlo.
 
2. Cada gobierno que existe hoy en día, existe porque Dios lo ha puesto allí. Como creyentes siempre debemos recordar que la soberanía de Dios no simplemente cubre aquellos temas relacionados con la salvación del creyente, sino que cubre cada aspecto de lo que ocurre en este mundo, incluyendo las naciones y sus gobernantes.
El apóstol Pablo en su epístola a los Romanos nos dice que nos sujetemos a las autoridades humanas “porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas” (Romanos 13:1). Esto no solo aplica a gobiernos que se dirigen de acuerdo a lo que Dios ha establecido, sino a todos los gobiernos a través de la historia de la creación (Daniel 2:21). El Faraón de Egipto (que esclavizó y persiguió al pueblo de Israel) pudo haber sido uno de los hombres más poderosos del mundo en su época, pero la Biblia es clara que fue Dios quien lo puso en ese lugar (Romanos 9:17). Cuando Pilato (prefecto en aquel entonces de la provincia romana de Judea) quiso alardear de que él tenía la autoridad para soltar a Jesús o crucificarle (Juan 19:10), Jesús le hizo claro a Pilato (un no creyente) que la autoridad que ejercía en esos momentos existía porque porque Dios se la había dado (Juan 19:11). Cuando un creyente se sujeta a los gobiernos establecidos sobre sí mismo, se está sujetando al orden que Dios ha establecido y mostrando su obediencia a Él.
 
3. Dios establece los gobiernos sobre su pueblo con un propósito. La Biblia es clara de que todo lo que Dios hace es con un propósito, y establecer aquellos gobiernos que rigen sobre su pueblo no es la excepción. Desde mantener el orden en la vida diaria del creyente y hacer leyes para castigar a los malhechores y opresores (Romanos 13:3-17), o con el propósito de derramar bendición o juicio sobre su pueblo a causa de la desobediencia del mismo, Dios establece gobernantes en este mundo para cumplir el plan que él ha establecido para con el mismo y para anunciar su nombre y poder por toda la tierra (Romanos 9:17). Cuando nos sujetamos a aquellos que Dios ha puesto como gobernantes sobre nosotros (a pesar de no conocer el propósito de Dios con los mismos), estamos confiando en Dios y descansando en que final todo lo que suceda (bueno o malo), obrara para nuestro bien.

4. La Iglesia no es una teocracia física. Una teocracia es una nación, físicamente establecida, que se dirige de acuerdo a las leyes y mandatos que Dios ha establecido. Esto lo podemos ver claramente en el Antiguo Testamento con la nación física de Israel, que se dirigía de acuerdo a lo que Dios había establecido en su palabra y todas sus funciones gubernamentales dependían de la misma. Sin embargo, la iglesia no es Israel en este aspecto. No hay ningún lugar físico o grupo étnico que podamos llamar “iglesia”, sino que la misma es una nación santa compuesta espiritualmente por todos aquellos que han puesto su fe y confianza en la persona de Jesucristo. Debido a que Dios trata con la iglesia de una manera no nacional, cada creyente alrededor del mundo está sujeto a diferentes autoridades o gobiernos, y está llamado a sujetarse a los mismos.

5. Cuando nos sujetamos a las autoridades establecidas, nos ponemos en una posición correcta para dar testimonio con aquellos que nos rodean. Al cristiano sujetarse a las leyes y autoridades establecidas, el mismo da testimonio para aquellos que le rodean del cambio que Dios ha hecho en sus vidas. Un cristiano rebelde, que siempre está rompiendo la ley o quejándose de la misma, está profesando públicamente que no solo no confía en los propósitos de Dios con la misma, sino que no le interesa ser obediente a Dios a través de la misma.
 
Quizás tú me dirás: “¿esto significa que tengo que obedecer a los gobiernos incondicionalmente, aun cuando los mismos me obligan a actuar de alguna manera que le desagrada a Dios?” Y la respuesta a esto es un claramente no. La única excepción a nuestra sujeción a los gobiernos o leyes establecidas es cuando las mismas directamente atentan en contra de lo que Dios ha establecido y en contra de nuestra obediencia a Dios. Vamos a poner un ejemplo. Como creyente estoy llamado a sujetarme a las leyes y autoridades establecidas, pero si hoy se pasa una ley que me prohíbe adorar a Dios o llevar su evangelio, entonces mi obediencia a Dios suplanta mi obediencia a la ley humana en esos momentos, pues es más importante obedecer a Dios que al hombre.
Esto no significa que a causa de eso voy a desobedecer en todo lo demás, o que voy a vivir en rebelión abierta a las autoridades establecidas, pero en asuntos específicos que atenten en contra de lo que Dios ha establecido, la prioridad en nuestra obediencia es con Dios, no con los hombres.

La Biblia, por supuesto, está repleta de ejemplos de esta índole y nos muestra el patrón de acción que debemos tomar como creyentes en este tipo de situación. Aun bajo la cautividad babilónica (una nación pagana claramente en contra de lo que Dios había establecido), no vemos a Daniel, Ananías, Misael y Azarías en el libro de Daniel planeando una rebelión o huyendo de Babilonia. No. Los mismos vivían sus vidas diarias normalmente en sujeción a la ley establecida, siempre y cuando la misma no violara aquello que Dios había ordenado.
Pero tan pronto se procuró el edicto de que tenían que adorar a la estatua de Nabucodonosor y caer en idolatría (violentando entonces los mandamientos de Dios), los amigos de Daniel estuvieron claros y no doblaron rodillas, aun cuando sus acciones desobedecían lo que el gobierno había establecido y amenazaban con hacerles perder su vida (Daniel 3).
Ellos no incitaron una rebelión, se frustraron o se intimidaron; simplemente se mantuvieron firmes en su convicción de que la obediencia a Dios venia primero, sin importar lo que la misma les podía costar.
Ellos estaban claros en sus prioridades y tenían su mirada en lo que verdaderamente importaba. Lo mismo sucedió con Daniel cuando se declaró un edicto de que no podía orar a Dios públicamente (Daniel 6); el simplemente fue a su hogar, abrió las ventanas y oro. El entendía lo que eso implicaba, pero sabía que la obediencia a Dios venia primero.

Y el Nuevo Testamento claramente no es la excepción. Cuando Jesús fue probado por las autoridades religiosas acerca de que si tenían que pagar el impuesto que había establecido el gobierno Romano, Jesús no se opuso al mismo, sino que insto a sus seguidores a “dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” (Lucas 20:25). Sin embargo, cuando las autoridades religiosas ordenaron a Pedro y a Juan a que se quedaran callados y no predicaran a Cristo, los mismos se reusaron, haciendo claro que no era licito obedecer a los hombres antes que Dios (Hechos 4:18-19; Hechos 5:27-29).

La tensión entre la obediencia a Dios y a las leyes que el hombre ha establecido es una que como creyentes siempre vamos a experimentar mientras estemos en este mundo. Es nuestra responsabilidad como cristianos no evadirla o tomar una perspectiva extrema al respecto, sino orar por aquellos que ejercen autoridad sobre nosotros (1 Timoteo 2:1-3) y discernir cuando se debe llevar a cabo cada una de ellas según lo que Dios ha establecido en su Palabra.

Arnaldo J. Burgos Santiago (Puerto Rico)
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