01-06-2017, 11:54 PM
¿Qué debemos hacer para ser salvos?
¿Debemos orar mucho, ayunar e ir al templo? ¿Es necesario hacer obras de caridad? ¿Es imprescindible ganar muchas almas para Cristo o dar testimonio? ¿Hay que guardar el sábado, o el domingo, o abstenerse de comer ciertas cosas? ¿Debemos tener pensamientos, ambiciones e intenciones puras? Algunas de estas cosas pueden ser de ayuda en nuestra vida cristiana, pero ninguna de ellas, ni siquiera todas juntas, nos servirán como medio de salvación. La Biblia dice: "Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios... El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él" (Jn. 1:12; 3:36).
Se cuenta que un padre tenía un hijo único a quien esperaba heredarle todos sus bienes y quien iba a cuidarlo al llegar a la ancianidad. Pero un día el hijo fue brutalmente golpeado por un malvado, azotado, pateado y finalmente fue muerto. El padre, al enterarse, se puso a pensar en lo que iba a hacer para cobrarle la cuenta a ese criminal, que sin ninguna razón le había dado muerte a su único hijo. Finalmente se dijo: "Le haré lo mismo que le hizo a mi hijo. Le aplicaré la ley: ‘Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie’ (Ex. 21:24). Me vengaré de él".
Si lo hubiera hecho, habría aplicado la Ley. Pero luego, tras reflexionar dijo: "No, no haré así, porque no quiero que me lleven a la cárcel. Seguiré los canales legales y lo llevaré a la corte para que le condenen a cadena perpetua".
Si lo hubiera hecho, habría aplicado la justicia. Pero concluyó diciendo: "No, ni la ley ni la justicia, porque nada gano con hacerlo. Le convidaré a mi casa y le serviré una cena". ¡Esto se llama gracia!
¿Quién podría ser salvo si Dios nos hubiera aplicado su justicia? ¿Si Dios exigiera que se cumpliera su ley? Pero... ¿Quién podrá justificar su negligencia ante Él, siendo que nos ofrece la salvación por pura gracia? Finalmente, nos ofrece una "Cena", un verdadero banquete eterno en su gloria.
Antes de hacer causa común con alguna iglesia, debemos asegurarnos que se trata de una iglesia que realmente proclama la salvación por la gracia, o si recurre a las obras para complementar la salvación o la gracia.
Recuerde: Somos salvos por gracia, seguimos siendo salvos por gracia y seremos salvos por gracia. Antes de estrechar filas con otros grupos, denominaciones o lo que fuera, averigüe bien si todos aceptan, predican y enseñan la gracia Divina como medio de salvación. Es decir, la gracia de parte de Dios; y de parte del pecador su fe depositada en Jesucristo como único Salvador. La gracia Divina no requiere obras para la salvación. La salvación no es: Gracia + Obras = A salvo
La gracia salvadora no la dispensa ninguna iglesia en particular, ni ningún tipo de preceptos, mandamientos o ritos, sino Dios mismo. Si se invocan las obras como medio de salvación, la salvación resulta imposible, porque la Biblia dice: "Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá; y la ley no es de fe, sino que dice: El que hiciere estas cosas vivirá por ellas" (Gá. 3:11,12).
La ley nos habla de las obras. Estas obras no justifican a nadie, jamás podrán hacerlo. ¿Sabe por qué? Porque la ley dice: "Por tanto, guardaréis mis estatutos y mis ordenanzas, los cuales haciendo el hombre, vivirá en ellos. Yo Jehová" (Lv.18:5). Pero sucede que nadie pudo, ni podrá jamás cumplir la ley en todas sus demandas.
Cuando un intérprete de la ley vino a Jesús con esta pregunta, "Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?". La respuesta de Jesús no se hizo esperar. "Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás" (Lc. 10:25b-28).
Fue a raíz de la respuesta de Jesús que este buen caballero le preguntó, quién era su prójimo. Él, como todos los hombres, tenía su círculo de personas que estimaba de manera especial. Nosotros al igual, también tenemos nuestros preferidos. Fue entonces cuando Jesús presentó el cuadro del "Buen Samaritano". El Samaritano, quien es una representación de sí mismo y dio su ayuda total, desinteresada y salvadora.
Usted puede ser el peor pecador. Alguien que ha ofendido mucho a Dios con su manera de vivir, pero Dios tiene para usted perdón completo por pura gracia. Luego, al ser salvo, es muy probable que desee hacer algo en favor de aquel que le salvó. Muy bien, puede hacer todo el bien que quiera, pero no para salvarse, sino porque es salvo. No hay salvación por obras. Todas las religiones enseñan las buenas obras, pero ninguna ofrece completo perdón de pecados y la vida eterna.
Ni sacramentos, prender velas, hacer caridad, caminar de rodillas, ayunar, vivir para otros entregándoles todo, privarse de todas las comodidades o gastar poco para uno mismo, nada de eso nos salvará. El único Salvador es el Señor Jesucristo. Fuera de Él, sólo hay perdición y condenación eterna. Es probable que muchas de las cosas mencionadas sean buenas, pero todo tendrá que ser como resultado de la salvación, nunca como medio para salvarse. Jesús dijo: "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí" (Jn. 14:6). "Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos" (Jn. 10:9).
Nadie puede ser salvo, a menos que busque salvación en la persona de Cristo Jesús. Tenga presente lo siguiente: Jesús es el único Salvador para todos los pecadores. Algunos piensan que Jesús es el Salvador de los cristianos, Alá de los musulmanes, Buda de los budistas, el Vaticano y María de los católicos y Confucio del confucionismo. Decía la tan afamada "madre Teresa": "El hindú debe tratar de ser mejor hindú, de este modo será salvo"... "El budista debe tratar de ser mejor budista..." y así sucesivamente.
Si lo que nos dicen religiosos tan encumbrados como esa "madre" es cierto, entonces Jesús dijo muchas mentiras al reclamar que nadie será salvo fuera de Él. El Señor aseguró que es el único Camino. Insistió en que es la Verdad, en que es la Puerta. Declaró que nadie jamás será salvo sino por Él. ¡Jesús no rechaza a nadie! "Y al que a mí viene, no le echo fuera" (Jn. 6:37b).
Cuando Zaqueo vino a Él, fue declarado: "Hijo de Abraham" (Lc. 19:9b). El malhechor en la cruz imploró perdón y recibió esta respuesta: "De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc. 23:43b). Saulo el perseguidor le preguntó: "¿Quién eres, Señor?". Y la respuesta fue: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues" (Hch. 9:5). Todos sabemos lo que sucedió después, ya que no sólo fue salvo, sino que fue llamado a ser apóstol de Cristo. El carcelero de Filipos oyó acerca de Jesús, y cuando creyó en Él, "... Se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios" (Hch. 16:34b).
¡Pero hubo uno que lo conoció y fue al infierno! Judas Iscariote, quien sabía que la salvación sólo se obtenía por medio de Cristo y cuando le llegó la hora decisiva no acudió al único Salvador, sino que fue a los religiosos. ¿Sabe cuál fue el resultado después de encontrarse con esos religiosos? "Salió, y fue y se ahorcó" (Mt. 27:5b). Hasta le fecha ningún pecador, que ha acudido a hombre, mujer, religión o institución, en busca de salvación, se ha salvado. No todos se ahorcaron, pero sí llegaron al mismo destino eterno de Judas.
Hasta la fecha, Buda no ha salvado a nadie, Alá tampoco ni Confucio, la iglesia de Roma, las oraciones, los ayunos, el llanto o las peregrinaciones religiosas. Las ceremonias, liturgias o sacramentos a nadie salvaron. Nada de esto provee salvación. Judas Iscariote es un claro ejemplo. De él se dice: "Pon sobre él al impío, y Satanás esté a su diestra. Cuando fuere juzgado, salga culpable; y su oración sea para pecado. Sean sus días pocos; tome otro su oficio. Sean sus hijos huérfanos, y su mujer viuda... Su posteridad sea destruida; en la segunda generación sea borrado su nombre" (Sal. 109:6-9,13).
La Biblia dice que la multitud de salvos que Juan vio era tan numerosa que nadie podía contar: "Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos; y clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero" (Ap. 7:9,10).
La salvación pertenece a nuestro Dios y al Señor Jesucristo. Todos los demás salvadores, sean personas o instituciones, son falsos y no han salvado nunca ni a un solo pecador. Si desprecia la salvación que ofrece Dios en la persona de su Hijo Jesucristo, no será salvo. Irá al mismo lugar que Judas Iscariote, quien creía que los religiosos de sus días podían ayudarle. Sin embargo, su decepción fue tal que terminó ahorcándose al no poder soportar el rechazo de quienes le habían ofrecido amistad y hermandad, cuando lo alquilaron para que traicionara al Salvador. No se puede traicionar al Salvador y al mismo tiempo tenerlo por Salvador.
Es tal la degeneración doctrinal hoy, que si alguien insiste en que la salvación es únicamente por medio del arrepentimiento y la fe en Cristo, se lo mira como "ese que cree que sólo él tiene la verdad y que todos los demás, sin importar sus doctrinas, están equivocados".
¿Debemos abrirnos más e incluir en la familia de Dios a aquellos que no piensan como nosotros? Si somos cerrados, lo somos porque esto es exactamente lo que el Señor exige. Nadie le ayudó a salvarnos: Ni María ni los santos, ni la Ley Mosaica o religión alguna. Dios le dice a los salvos por medio de Pablo: "Y vosotros estáis completos en él" (Col. 2:10). Cuando se comenta que "debemos abrirnos más", lo que hay detrás de esto es que debemos incluir paganismo y superstición en nuestras convicciones cristianas, que debemos hacer que todos se sientan cómodos con nosotros.
Si desea ser salvo, tiene que aceptar el plan de Dios, de lo contrario nunca será salvo. Su plan es la gracia Divina. El Señor Jesucristo ya hizo la obra necesaria para la salvación en el Calvario y proveyó por medio de ella el perdón completo de nuestros pecados. El castigo por nuestros pecados sólo podía ser expiado por una víctima perfecta, libre de todo pecado e inocente.
Quien debe cambiar no es Dios, sino el pecador. Dios ya dijo la última palabra y Él es inmutable, nunca cambiará. Si no acepta la salvación de acuerdo con sus condiciones, nunca será salvo. La salvación tampoco es mitad gracia y mitad obras. O se salva totalmente por gracia o será juzgado y condenado por la eternidad. Es cierto que la gran mayoría de pecadores rechazan la gracia. Asimismo son muchos los religiosos y religiosas que insisten en las obras. Puede estar completamente seguro que ninguno de ellos es salvo. Tanto el maestro como el alumno que recibe la enseñanza de las obras como méritos para la salvación, reciben su graduación para el mismo infierno.
Dios no acepta menos que absoluta, total ausencia de pecado, por eso puso nuestros pecados sobre su Hijo inocente y sin pecado, porque era el único que podía expiarlos: "Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos" (He. 7:25,26).
Cuando el pecador, no trata de alcanzar a Dios por medio de "hacer esto o aquello, ni dar tanto y cuanto o comer esto o aquello", sino que deposita toda su confianza en Cristo, quien hizo todo por él, está recurriendo a la gracia, se halla en el camino correcto, en el único que conduce a salvación. Si un pecador pretende salvarse por medio de buenas obras, nunca sabrá cuándo ha hecho las obras suficientes para salvarse. La Biblia no dice que hay que hacer obras para salvarse . El pecador debe recibir la salvación, no ganarla.
Cuando el pecador confía en sus obras, está confiando en sí mismo. Pero cuando se desprende de las obras y recibe a Jesucristo, lo hace porque deposita su fe en la obra de Cristo. Ningún pecador sabría jamás cuán malo es, si Dios no le revela su verdadera condición: "Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga..." (Is. 1:6).
¿En qué o en quién ha confiado usted? "Así ha dicho Jehová: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová" (Jer. 17:5).
(Continuará)
¿Debemos orar mucho, ayunar e ir al templo? ¿Es necesario hacer obras de caridad? ¿Es imprescindible ganar muchas almas para Cristo o dar testimonio? ¿Hay que guardar el sábado, o el domingo, o abstenerse de comer ciertas cosas? ¿Debemos tener pensamientos, ambiciones e intenciones puras? Algunas de estas cosas pueden ser de ayuda en nuestra vida cristiana, pero ninguna de ellas, ni siquiera todas juntas, nos servirán como medio de salvación. La Biblia dice: "Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios... El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él" (Jn. 1:12; 3:36).
Se cuenta que un padre tenía un hijo único a quien esperaba heredarle todos sus bienes y quien iba a cuidarlo al llegar a la ancianidad. Pero un día el hijo fue brutalmente golpeado por un malvado, azotado, pateado y finalmente fue muerto. El padre, al enterarse, se puso a pensar en lo que iba a hacer para cobrarle la cuenta a ese criminal, que sin ninguna razón le había dado muerte a su único hijo. Finalmente se dijo: "Le haré lo mismo que le hizo a mi hijo. Le aplicaré la ley: ‘Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie’ (Ex. 21:24). Me vengaré de él".
Si lo hubiera hecho, habría aplicado la Ley. Pero luego, tras reflexionar dijo: "No, no haré así, porque no quiero que me lleven a la cárcel. Seguiré los canales legales y lo llevaré a la corte para que le condenen a cadena perpetua".
Si lo hubiera hecho, habría aplicado la justicia. Pero concluyó diciendo: "No, ni la ley ni la justicia, porque nada gano con hacerlo. Le convidaré a mi casa y le serviré una cena". ¡Esto se llama gracia!
¿Quién podría ser salvo si Dios nos hubiera aplicado su justicia? ¿Si Dios exigiera que se cumpliera su ley? Pero... ¿Quién podrá justificar su negligencia ante Él, siendo que nos ofrece la salvación por pura gracia? Finalmente, nos ofrece una "Cena", un verdadero banquete eterno en su gloria.
Antes de hacer causa común con alguna iglesia, debemos asegurarnos que se trata de una iglesia que realmente proclama la salvación por la gracia, o si recurre a las obras para complementar la salvación o la gracia.
Recuerde: Somos salvos por gracia, seguimos siendo salvos por gracia y seremos salvos por gracia. Antes de estrechar filas con otros grupos, denominaciones o lo que fuera, averigüe bien si todos aceptan, predican y enseñan la gracia Divina como medio de salvación. Es decir, la gracia de parte de Dios; y de parte del pecador su fe depositada en Jesucristo como único Salvador. La gracia Divina no requiere obras para la salvación. La salvación no es: Gracia + Obras = A salvo
La gracia salvadora no la dispensa ninguna iglesia en particular, ni ningún tipo de preceptos, mandamientos o ritos, sino Dios mismo. Si se invocan las obras como medio de salvación, la salvación resulta imposible, porque la Biblia dice: "Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá; y la ley no es de fe, sino que dice: El que hiciere estas cosas vivirá por ellas" (Gá. 3:11,12).
La ley nos habla de las obras. Estas obras no justifican a nadie, jamás podrán hacerlo. ¿Sabe por qué? Porque la ley dice: "Por tanto, guardaréis mis estatutos y mis ordenanzas, los cuales haciendo el hombre, vivirá en ellos. Yo Jehová" (Lv.18:5). Pero sucede que nadie pudo, ni podrá jamás cumplir la ley en todas sus demandas.
Cuando un intérprete de la ley vino a Jesús con esta pregunta, "Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?". La respuesta de Jesús no se hizo esperar. "Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás" (Lc. 10:25b-28).
Fue a raíz de la respuesta de Jesús que este buen caballero le preguntó, quién era su prójimo. Él, como todos los hombres, tenía su círculo de personas que estimaba de manera especial. Nosotros al igual, también tenemos nuestros preferidos. Fue entonces cuando Jesús presentó el cuadro del "Buen Samaritano". El Samaritano, quien es una representación de sí mismo y dio su ayuda total, desinteresada y salvadora.
Usted puede ser el peor pecador. Alguien que ha ofendido mucho a Dios con su manera de vivir, pero Dios tiene para usted perdón completo por pura gracia. Luego, al ser salvo, es muy probable que desee hacer algo en favor de aquel que le salvó. Muy bien, puede hacer todo el bien que quiera, pero no para salvarse, sino porque es salvo. No hay salvación por obras. Todas las religiones enseñan las buenas obras, pero ninguna ofrece completo perdón de pecados y la vida eterna.
Ni sacramentos, prender velas, hacer caridad, caminar de rodillas, ayunar, vivir para otros entregándoles todo, privarse de todas las comodidades o gastar poco para uno mismo, nada de eso nos salvará. El único Salvador es el Señor Jesucristo. Fuera de Él, sólo hay perdición y condenación eterna. Es probable que muchas de las cosas mencionadas sean buenas, pero todo tendrá que ser como resultado de la salvación, nunca como medio para salvarse. Jesús dijo: "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí" (Jn. 14:6). "Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos" (Jn. 10:9).
Nadie puede ser salvo, a menos que busque salvación en la persona de Cristo Jesús. Tenga presente lo siguiente: Jesús es el único Salvador para todos los pecadores. Algunos piensan que Jesús es el Salvador de los cristianos, Alá de los musulmanes, Buda de los budistas, el Vaticano y María de los católicos y Confucio del confucionismo. Decía la tan afamada "madre Teresa": "El hindú debe tratar de ser mejor hindú, de este modo será salvo"... "El budista debe tratar de ser mejor budista..." y así sucesivamente.
Si lo que nos dicen religiosos tan encumbrados como esa "madre" es cierto, entonces Jesús dijo muchas mentiras al reclamar que nadie será salvo fuera de Él. El Señor aseguró que es el único Camino. Insistió en que es la Verdad, en que es la Puerta. Declaró que nadie jamás será salvo sino por Él. ¡Jesús no rechaza a nadie! "Y al que a mí viene, no le echo fuera" (Jn. 6:37b).
Cuando Zaqueo vino a Él, fue declarado: "Hijo de Abraham" (Lc. 19:9b). El malhechor en la cruz imploró perdón y recibió esta respuesta: "De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc. 23:43b). Saulo el perseguidor le preguntó: "¿Quién eres, Señor?". Y la respuesta fue: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues" (Hch. 9:5). Todos sabemos lo que sucedió después, ya que no sólo fue salvo, sino que fue llamado a ser apóstol de Cristo. El carcelero de Filipos oyó acerca de Jesús, y cuando creyó en Él, "... Se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios" (Hch. 16:34b).
¡Pero hubo uno que lo conoció y fue al infierno! Judas Iscariote, quien sabía que la salvación sólo se obtenía por medio de Cristo y cuando le llegó la hora decisiva no acudió al único Salvador, sino que fue a los religiosos. ¿Sabe cuál fue el resultado después de encontrarse con esos religiosos? "Salió, y fue y se ahorcó" (Mt. 27:5b). Hasta le fecha ningún pecador, que ha acudido a hombre, mujer, religión o institución, en busca de salvación, se ha salvado. No todos se ahorcaron, pero sí llegaron al mismo destino eterno de Judas.
Hasta la fecha, Buda no ha salvado a nadie, Alá tampoco ni Confucio, la iglesia de Roma, las oraciones, los ayunos, el llanto o las peregrinaciones religiosas. Las ceremonias, liturgias o sacramentos a nadie salvaron. Nada de esto provee salvación. Judas Iscariote es un claro ejemplo. De él se dice: "Pon sobre él al impío, y Satanás esté a su diestra. Cuando fuere juzgado, salga culpable; y su oración sea para pecado. Sean sus días pocos; tome otro su oficio. Sean sus hijos huérfanos, y su mujer viuda... Su posteridad sea destruida; en la segunda generación sea borrado su nombre" (Sal. 109:6-9,13).
La Biblia dice que la multitud de salvos que Juan vio era tan numerosa que nadie podía contar: "Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos; y clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero" (Ap. 7:9,10).
La salvación pertenece a nuestro Dios y al Señor Jesucristo. Todos los demás salvadores, sean personas o instituciones, son falsos y no han salvado nunca ni a un solo pecador. Si desprecia la salvación que ofrece Dios en la persona de su Hijo Jesucristo, no será salvo. Irá al mismo lugar que Judas Iscariote, quien creía que los religiosos de sus días podían ayudarle. Sin embargo, su decepción fue tal que terminó ahorcándose al no poder soportar el rechazo de quienes le habían ofrecido amistad y hermandad, cuando lo alquilaron para que traicionara al Salvador. No se puede traicionar al Salvador y al mismo tiempo tenerlo por Salvador.
Es tal la degeneración doctrinal hoy, que si alguien insiste en que la salvación es únicamente por medio del arrepentimiento y la fe en Cristo, se lo mira como "ese que cree que sólo él tiene la verdad y que todos los demás, sin importar sus doctrinas, están equivocados".
¿Debemos abrirnos más e incluir en la familia de Dios a aquellos que no piensan como nosotros? Si somos cerrados, lo somos porque esto es exactamente lo que el Señor exige. Nadie le ayudó a salvarnos: Ni María ni los santos, ni la Ley Mosaica o religión alguna. Dios le dice a los salvos por medio de Pablo: "Y vosotros estáis completos en él" (Col. 2:10). Cuando se comenta que "debemos abrirnos más", lo que hay detrás de esto es que debemos incluir paganismo y superstición en nuestras convicciones cristianas, que debemos hacer que todos se sientan cómodos con nosotros.
Si desea ser salvo, tiene que aceptar el plan de Dios, de lo contrario nunca será salvo. Su plan es la gracia Divina. El Señor Jesucristo ya hizo la obra necesaria para la salvación en el Calvario y proveyó por medio de ella el perdón completo de nuestros pecados. El castigo por nuestros pecados sólo podía ser expiado por una víctima perfecta, libre de todo pecado e inocente.
Quien debe cambiar no es Dios, sino el pecador. Dios ya dijo la última palabra y Él es inmutable, nunca cambiará. Si no acepta la salvación de acuerdo con sus condiciones, nunca será salvo. La salvación tampoco es mitad gracia y mitad obras. O se salva totalmente por gracia o será juzgado y condenado por la eternidad. Es cierto que la gran mayoría de pecadores rechazan la gracia. Asimismo son muchos los religiosos y religiosas que insisten en las obras. Puede estar completamente seguro que ninguno de ellos es salvo. Tanto el maestro como el alumno que recibe la enseñanza de las obras como méritos para la salvación, reciben su graduación para el mismo infierno.
Dios no acepta menos que absoluta, total ausencia de pecado, por eso puso nuestros pecados sobre su Hijo inocente y sin pecado, porque era el único que podía expiarlos: "Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos" (He. 7:25,26).
Cuando el pecador, no trata de alcanzar a Dios por medio de "hacer esto o aquello, ni dar tanto y cuanto o comer esto o aquello", sino que deposita toda su confianza en Cristo, quien hizo todo por él, está recurriendo a la gracia, se halla en el camino correcto, en el único que conduce a salvación. Si un pecador pretende salvarse por medio de buenas obras, nunca sabrá cuándo ha hecho las obras suficientes para salvarse. La Biblia no dice que hay que hacer obras para salvarse . El pecador debe recibir la salvación, no ganarla.
Cuando el pecador confía en sus obras, está confiando en sí mismo. Pero cuando se desprende de las obras y recibe a Jesucristo, lo hace porque deposita su fe en la obra de Cristo. Ningún pecador sabría jamás cuán malo es, si Dios no le revela su verdadera condición: "Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga..." (Is. 1:6).
¿En qué o en quién ha confiado usted? "Así ha dicho Jehová: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová" (Jer. 17:5).
(Continuará)

