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Historia de la Iglesia (60)
#1
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadben

Capítulo 16
Groves, Müller, Chapman
(1825–1902)

A principios del siglo XIX varias personas estaban convencidas tanto de la importancia como de la posibilidad de volver a las enseñanzas de la Escritura, no sólo en lo relacionado a la salvación personal y la conducta, sino también en lo concerniente al orden y al testimonio de las iglesias. Fue por ello que se hizo un serio intento por poner en práctica tales convicciones.

Antonio Norris Groves, un dentista que vivía en Plymouth, Inglaterra se encontraba de visita en Dublín, Irlanda, en 1827. Esto debido a unos estudios en el Colegio Trinidad. En una conversación con Juan Gifford Bellett, abogado y natural de Dublín, con quien estaba relacionado en el estudio de la Biblia, Groves comentó que a él le parecía, a partir del análisis de las Escrituras, que los creyentes que se reunían como discípulos de Cristo podían libremente partir el pan juntos como su Señor les había exhortado, y que, si ellos se guiaran por la práctica de los apóstoles, se reunirían cada día del Señor para de ese modo recordar la muerte del Señor y obedecer su mandamiento de despedida. No pasó mucho tiempo para que ellos encontraran un grupo de creyentes en Dublín que se reunía de esta manera.

Uno de los primeros miembros de este grupo fue Eduardo Cronin. Al principio era Católico Romano, pero luego se unió a los independientes. Al darse cuenta de la unidad esencial que debe existir entre el pueblo de Dios, adoptó la costumbre de tomar la Cena del Señor de vez en cuando con distintos cuerpos de las iglesias no conformistas. Al establecerse en Dublín, se percató de que le exigían convertirse definitivamente en miembro de uno de estos cuerpos, de lo contrario no se le permitiría más partir el pan con ninguno de ellos. Al ver que esto era una contradicción de la propia unidad que él procuraba reconocer, Cronin se negó a someterse, después de lo cual fue denunciado públicamente desde el púlpito de uno de estos grupos.

Contra esto se elevó una protesta encabezada por uno de los miembros de la Sociedad Bíblica y con el tiempo él y Cronin comenzaron a reunirse en su casa para la oración y la partición del pan. Posteriormente se les sumaron otros creyentes, y trasladaron las reuniones a la casa de Cronin. Pero, poco después (1829), al incrementarse el grupo, Francis Hutchinson, que era uno de ellos, les prestó un local amplio en su casa en la Plaza Fitzwilliam.

Otro grupo similar fue fundado casi al mismo tiempo, también en Dublín. Aproximadamente en el año 1825, Juan Vesey Parnell (conocido después como Lord Congleton) y dos amigos, al estar preocupados por el hecho de que su hermandad los unos con los otros durante la semana se veía aminorada debido a su separación los domingos para participar con sus distintas denominaciones, trataron de encontrar algún circulo en el cual sus diferencias de criterio sobre temas eclesiásticos ya no les impidiera expresar su unidad como hijos de Dios.

Al fracasar en su intento de encontrar algún grupo como el que buscaban, y estando conscientes de que no necesitaban de ningún edificio consagrado ni ningún ministro ordenado, comenzaron a reunirse y a partir el pan en una de sus propias casas.

Poco después, uno de sus miembros se encontró el domingo con un miembro del círculo en que se encontraba Bellett, a quien él consideraba un cristiano. Durante la breve conversación que sostuvieron, ambos se sorprendieron por el hecho de que, aunque eran uno en Cristo, cada cual andaba por diferente camino. Esto a la larga llevó a la unión de estos dos grupos. Groves había partido hacia Inglaterra, pero Ballet y los que estaban con él habían sido unidos por un clérigo joven, Juan Nelson Darby.

Estos pronto comenzaron a reunirse con el grupo en la casa de Francis Hutchinson. Celebraban sus reuniones en horarios que no interferían con los servicios en las iglesias o en las capillas de los disidentes, de modo que todo el que quisiera pudiera asistir a ellos. Debido al incremento en la cantidad de sus miembros, resultaba inconveniente celebrar las reuniones en una casa particular, de manera que se decidió rentar un gran salón de subastas en la calle Aungier, donde a partir de ese momento se celebraron las reuniones.

Había gran gozo en el hecho de que se percibía la presencia y las bendiciones del Señor. Cronin escribió sobre este tiempo: “¡Ay, las benditas temporadas con mi alma, que también conocieron Juan Parnell, Guillermo Stokes y otros, cuando apartábamos los muebles y poníamos la mesa simple con su pan y vino en las noches de los sábados, temporadas de gozo para no olvidarlas jamás, porque sin duda nos sonreía el Maestro y contábamos con su aprobación en el comienzo de un movimiento como lo fue aquel!”

De vez en cuando ellos se enteraban de que grupos de creyentes se estaban reuniendo en otras partes de las islas británicas y en otros sitios, sin saberlo entre sí, creyentes en cuyos corazones y conciencias se había grabado que el pueblo de Dios debía regresar a una obediencia literal a su Palabra, convirtiéndola en su guía en tanto que la comprendieran. Hubo también muchos individuos que, tan pronto se enteraron de que otros estaban llevando a cabo lo que ellos hasta entonces tan solamente habían deseado, se asociaron con ellos.

Antonio Norris Groves, cuyas palabras en Dublín habían resultado tan fructíferas, aún siendo muy joven, había prosperado grandemente en su profesión. Él tenía un matrimonio feliz, tenía tres hijos pequeños, una casa confortable en Exeter y un círculo agradable de amigos y parientes. Antes de su conversión en su adolescencia, él creía que ser misionero era el camino ideal para el cristiano, de manera que cuando se convirtió se consagró al Señor con aquella visión en mente. Sin embargo, su joven esposa, quien se convirtió casi al mismo tiempo y a quien él estaba unido devotamente, se opuso a todo lo que tuviera que ver con la idea de convertirse en misioneros, a pesar de que ella estaba de acuerdo con él en el deseo de servir al Señor. (...)

Groves se abstuvo de decirle algo más a su esposa acerca de su interés insaciable por la obra misionera al ver que ella estaba en contra. No obstante, ella tuvo sus propias experiencias, avivadas al entrar en contacto con los pobres y sufrientes por medio de sus contribuciones, por lo que después de algunos años y de manera independiente ella llegó a la misma conclusión a que su esposo había llegado años atrás.

Ahora a ambos les parecía que lo más correcto sería que él fuese ordenado y que ambos pudieran viajar al extranjero con la ayuda de la Sociedad misionera de la iglesia. Fue precisamente pensando en esto que él visitó de vez en cuando el Colegio Trinidad en Dublín, y en una de estas ocasiones tuvo una conversación con su amigo Bellett que lo llevó a un encuentro con otros para la partición del pan.

En una visita posterior, al darse cuenta a partir de la lectura de la Escritura de la libertad que el Espíritu Santo da para el ministerio de la Palabra de Dios, él entendió que no era necesario que él fuese ordenado por la Iglesia Anglicana, y al hablar con Bellett sobre esto le dijo: “No tengo duda de que este es el propósito de Dios para nosotros —debemos reunirnos en toda sencillez como discípulos, sin esperar algún púlpito o ministerio, mas confiando que el Señor nos edificará a todos al ministrar, como a él le agradó y le pareció bien, lo que salga de nosotros mismos”.
Bellett relata: “En el mismo instante en que él dijo aquellas palabras, tuve la seguridad de que mi alma había recibido la idea correcta; recuerdo aquel momento como si fuera ayer y puedo señalarle el lugar. Aquel fue el día del nacimiento de mi mente…” Aún deseando viajar al extranjero bajo la “Sociedad de iglesias misioneras”, Groves fue a Londres para hacer los arreglos pertinentes a fin de viajar como laico, pero al enterarse de que no se le permitiría celebrar la Cena del Señor, incluso al no haber ningún ministro ordenado disponible, él retiró su solicitud.

Él había sido bautizado en Exeter, pero cuando se le dijo: “Por supuesto, tienes que ser bautista ahora que estás bautizado”, él contestó: “No, yo deseo seguir en todas aquellas cosas en que ellos sigan a Cristo, pero no deseo, por el simple hecho de unirme a un grupo, aislarme de los demás”.

En 1829, Groves y su esposa, con sus dos hijos de nueve y diez años y Kitto, el tutor de los niños (luego famoso erudito de la Biblia), así como otros más, viajaron a través de San Petersburgo y Tiflis hacia Bagdad. Mientras sus vagones atravesaban el sur de Rusia, ellos se encontraron con algunos de los creyentes menonitas. Al viajar a través de la región montañosa de Transcaucásea, vieron a lo lejos, en la cima imponente de una de las innumerables montañas, la ciudad de Shusha, una ciudad bien construida. Luego escalaron la pendiente abrupta para llegar a una gran casa, a una de las primeras que llegaron, en los límites de la ciudad. Allí les abrieron la puerta y fueron recibidos por los misioneros de la Sociedad Misionera de Basilea, por Pfander y el Conde Zaremba, quienes llevaron a cabo una obra importante en aquellos lugares hasta que fueron expulsados del país.

Pfander acompañó al grupo hasta Bagdad y se quedó con ellos allí por un tiempo. Su experiencia y conocimiento de idiomas les permitió a ellos comenzar a trabajar más pronto de lo que hubiera sido posible sin él. Las necesidades del viaje fueron suplidas de diferentes formas y Groves escribe al respecto: “Siento que soy feliz al no tener que apoyar ningún sistema, al moverme lo mismo entre cristianos profesos que entre mahometanos. A los primeros, una persona en mi situación puede
decirles en verdad: “No deseo llevarlos a ninguna iglesia, sino a la simple verdad de la Palabra de Dios”; y a los demás: “Nos gustaría que leyeran el Nuevo Testamento para que aprendan a discernir la verdad de Dios, no por medio de lo que ven en las iglesias a su alrededor, sino por medio de la misma Palabra de Dios”.

Se estableció así el pequeño grupo en Bagdad y comenzaron el estudio del idioma, mientras que el tratamiento de los enfermos les dio acceso a muchos, y se inauguró una escuela que prosperó desde el principio. Los armenios resultaron ser accesibles, y se abrieron algunas puertas entre algunos de los judíos y sirios. Los musulmanes eran a menudo hostiles, pero fue posible conversar con algunos.
“Los dos grandes objetivos de la iglesia en los últimos tiempos”, escribió Groves, “son, en mi opinión, la publicación del testimonio de Jesús en todos los países y el llamado a las ovejas de Cristo que puedan estar encarceladas en todos los sistemas babilónicos que existen en el mundo”.

El segundo año de su estancia allí comenzó con mucho por que alentarse, pero los rumores de la guerra y la peste eran cada vez más amenazantes, y cuando la peste realmente llegó a la ciudad la cuestión de irse o quedarse se tornó urgente. Muchos se estaban marchando, pero al pensar en la obra prometedora ya comenzada, y en la escuela, teniendo en cuenta, además, que un grupo de colaboradores procedentes de Inglaterra ya había llegado a Alepo, ellos decidieron quedarse.

La peste comenzó a propagarse, las multitudes de personas que pudieron escapar lo hicieron, pero el avance y asedio de un ejército impidió la retirada de muchos. El agua escaseó y los ladrones se aprovecharon de una autoridad débil para saquear.
La peste se propagó rápidamente, y aunque la mitad de la población se había ido, entre los 40.000 habitantes que se quedaron la mortalidad pronto llegó a los 2.000 fallecidos diarios.
Luego el caudal del río aumentó, y después de varios días de angustia, guardando la esperanza de que el río pudiera contenerse, el agua se comenzó a meter en la ciudad. Las murallas fueron socavadas por el agua y cayeron. Una gran inundación destruyó miles de casas. La gente afligida por la peste se encontraba apiñada en áreas reducidas; los alimentos se agotaron. En un mes habían perecido 30.000 almas en la más extrema miseria. La cosecha, lista para ser recogida, fue destruida 50 kilómetros a la redonda.

(Continuará)
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