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La disciplina en la casa del Padre
#1
“¡Cuántas veces quise..., y no quisiste!” (Mateo 23:37).
En verdad, la Palabra de Dios enseña claramente tanto la responsabilidad del hombre como la soberanía de Dios. Al hombre le resulta imposible formular un sistema teológico que dé a cada verdad el lugar que le corresponde. Pero él no es llamado a elaborar sistemas, sino a creer el simple testimonio de la Palabra de Dios y a ser salvo por medio de él.
Habiendo dicho lo suficiente como para advertir a aquellos que estén en peligro de caer bajo la influencia de dicha línea de argumentación, pasaré a considerar otro aspecto de los resultados de la regeneración: la disciplina en la casa del Padre.
Como hijos de Dios, gozamos de todos los privilegios de su casa, y, la disciplina de su casa, es, de hecho, uno de los tantos privilegios de esa casa.
Dios ejerce su disciplina hacia nosotros sobre la base de las relaciones en las cuales nos ha introducido. Un padre disciplina a sus hijos, justamente porque son suyos. Si veo a un niño ajeno haciendo algo malo, no me incumbe castigarlo.
Para hacerlo, debería estar unido a él por los vínculos paternos y conocer los afectos y responsabilidades que entraña tal parentesco. Asimismo, Dios, nuestro Padre, en su abundante gracia y fidelidad, cuida de nosotros a lo largo de todo nuestro camino, y no toleraría nada en nosotros que fuese indigno de Él y que afectara nuestra paz e impidiese sus bendiciones.
“Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero Éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad” (Hebreos 12:9-10). La disciplina es, pues, un privilegio positivo, por cuanto constituye una prueba de los cuidados de nuestro Padre, y tiene por objeto nuestra participación en la santidad divina.
Pero tengamos siempre en cuenta que la disciplina de la mano de nuestro Padre debe siempre interpretarse a la luz del semblante de nuestro Padre, y que los profundos misterios de su gobierno moral han de contemplarse a través de su tierno amor. Perder esto de vista sería caer seguramente en un espíritu de esclavitud respecto de nosotros mismos y de juicio para con nuestros hermanos, siendo ambas cosas directamente contrarias al espíritu de Cristo. Todos los tratos de nuestro Padre con nosotros, son hechos en perfecto amor; si nos da el pan diario, lo hace con amor, y si deja caer su vara sobre nosotros, también lo hace con amor, porque “Dios es amor”. A menudo sucede que no entendemos las razones de por qué la mano de nuestro Padre actúa de determinada manera hacia nosotros. Nos parece oscuro e inexplicable. La niebla que rodea nuestros espíritus es tan densa y espesa que nos impide ver con claridad la gloriosa luz que emana del rostro de nuestro Padre y su actitud hacia nosotros. Atravesamos entonces penosos momentos de prueba; una solemne crisis en la historia del alma. Y al no poder comprender los profundos secretos del gobierno divino, corremos grave peligro de perder el sentido del amor divino. Mientras tanto, Satanás seguramente desarrollará una actividad febril: arrojará sus más violentos “dardos de fuego”, sembrando la duda y acosándonos con sus diabólicas sugestiones de las cuales tiene la aljaba llena. Así pues, entre los razonamientos impíos que surgen de dentro de uno mismo, y las horrorosas sugestiones que vienen de afuera, corremos peligro de perder el equilibrio y dejar la preciosa actitud de descansar confiada y sencillamente en el amor divino, cualquiera que sea la forma en que se manifieste el gobierno de Dios.
Con respecto a los demás, los efectos también son negativos. ¿Cuántas veces tenemos la costumbre de juzgar erróneamente a nuestros hermanos cuando se hallan visitados de manera especial por la mano de Dios, en mente, cuerpo o circunstancias? ¡Debemos guardarnos de este espíritu! Es un principio enteramente falso creer que toda prueba por la que pasa un hermano se debe siempre a un pecado de su parte. Las experiencias a las que Dios nos somete pueden ser tanto preventivas como correctivas.
Citaré un ejemplo: Mi hijo está en la habitación en dulce intimidad conmigo, cuando llega una persona que sé que dirá algunas cosas que no deseo que oiga mi hijo, a quien, sin más explicaciones, ordeno salir de la habitación. Bien; si él no confiase en mí, y se pusiera a pensar el porqué de esto o de aquello, podría interpretar mal mi actitud y poner en duda mi amor; pero, apenas el visitante ha salido, llamo a mi hijo y le explico detalladamente el asunto; entonces, con una renovada experiencia de amor paterno, deja en seguida en el olvido todas las suspicacias generadas durante el mal rato que pasó. Pues bien, así sucede a menudo con nuestros pobres corazones, en lo que respecta a los caminos de Dios con nosotros o con los demás. Razonamos cuando debiéramos descansar confiados; dudamos en vez de depender; la confianza en el inmutable amor de nuestro Padre es el mejor
correctivo. ¡Confiemos siempre en la plena seguridad de ese amor inmutable, eterno e infinito que nos ha levantado de nuestro miserable estado a la categoría de “hijos de Dios”, y que nunca nos fallará ni nos abandonará, hasta que entremos en la eterna e inquebrantable comunión de la casa de nuestro Padre! ¡Quiera Dios que ese amor abunde aún más en nuestros corazones, a fin de que podamos comprender más plenamente el significado y el poder de la regeneración: lo que es, cómo se produce y cuáles son sus resultados, para gloria de su Nombre!
CHM.

(Tomado de la lista de correo de "Siguiendo Sus Pisadas")
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