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Cómo se produce el nuevo nacimiento
#1
Nicodemo, como muchos otros, debía dejar atrás muchas cosas antes de llegar verdaderamente al conocimiento de Jesús; debía desprenderse de una pesada carga de maquinaria religiosa antes de aprender la divina simplicidad del plan de salvación de Dios. Debía descender de la cumbre del saber rabínico y de la religión tradicional, y aprender el alfabeto del Evangelio en la escuela de Cristo. Esto era muy humillante para “un hombre de los fariseos”, “un principal entre los judíos”, un “maestro de Israel”. En ninguna cosa el hombre es más tenaz que en cuanto a su religión y a su saber. Y, a oídos de Nicodemo, debe de haber sonado extraño que aquel que había “venido de Dios como maestro” le dijera: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). Al ser judío por nacimiento y, por ende, tener derecho a todos los privilegios de un hijo de Abraham, se habrá visto invadido de una extraña perplejidad cuando el Señor le dijo que debía nacer de nuevo para poder ver el reino de Dios. Esto implicaba renunciar a todos sus privilegios y distinciones; descender, de una vez, del escalón mas alto al escalón más bajo.

Un fariseo, un maestro, un principal, no estaba ni un ápice más cerca de este reino celestial que el más despreciable de los hijos de los hombres. Esto era muy humillante. Diferente habría sido el caso si Nicodemo hubiese podido llevar consigo todos sus privilegio y distinciones a fin de ser acreditado por ellos en este nuevo reino. Ello le habría asegurado una posición muy superior a la de una ramera o a la de un publicano en el reino de Dios. Pero decirle que debía nacer de nuevo, no le dejaba nada en qué gloriarse. ¡Algo muy humillante para un hombre de su posición!

“Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?”. Seguramente que no. No tendría mayor valor un segundo nacimiento natural que el primero. Aunque un hombre natural entrase diez mil veces en el vientre de su madre y nacer, no sería nada más que un hombre natural a fin de cuentas, pues “lo que es nacido de la carne, carne es”. Por más esfuerzos que hagamos, no podemos cambiar la naturaleza ni mejorar la carne. Es imposible convertir la carne en espíritu. Por más alta estima que le atribuyamos —el rango de fariseo, principal entre los judíos, maestro de Israel, lo que se quiera—, la carne, no obstante, sigue siendo carne. Si esta verdad fuese más conocida, centenares cesarían en sus inútiles esfuerzos y obras. La carne no sirve de nada. No es otra cosa que hierba marchita. Sus más piadosos esfuerzos, privilegios y logros religiosos, sus obras de justicia, no son —según afirma la Palabra de Dios— sino “trapos de inmundicia” (Isaías 64:6).

Pero es sumamente interesante la respuesta del Señor al “¿cómo?” de Nicodemo: “Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:5-8). El mortal dotado de la más aguda visión, no puede ver el reino de Dios, ni ningún ser humano puede jamás penetrar en los profundos secretos de este reino, por más que cuente con la mente más brillante de todos los tiempos. “El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”. “El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (1 Corintios 2:14; Juan 3:3).

(Tomado de la lista de correo "Siguiendo sus Pisadas")
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