16-12-2017, 11:35 AM
[Apologética y teodicea. Comentario 3].
El primer ejemplo tenía que ver con las plantas carnívoras, las cuales, aparentemente, están unívocamente diseñadas para depredar insectos y pequeños vertebrados (ranas, roedores); un dantesco tipo de diseño éste, tan pródigo en habilidades y refinamientos crueles, que servirían de inspiración y deleite para los instintos sádicos de un torturador chino. Por lo tanto, admitir que tales especímenes botánicos han sido concebidos por diseño inteligente sería equivalente, según mi interlocutor ateo, a ubicar a la deidad creadora dentro del panteón de los dioses de la mitología griega, clásicos ejemplos de maldad y ultraje indescriptibles, quienes comparativamente harían que cualquier humano adorador de ellos, por perverso que fuera, quedara convertido en santo. Por lo tanto, según él, la postura atea era más humanitaria y más lógica desde el punto de vista ético y moral que la postura del creyente. Estos argumentos me tomaron por sorpresa y enmudecí, y finalmente claudiqué, como final del asalto, yéndome figurativamente hacia el banquillo situado en el vértice del cuadrilátero, cual boxeador al que se le extiende la oportunidad de reponer fuerzas y vitalidad cuando suena la campana que clausura transitoriamente la pelea. Pero en este caso mi oponente decidió abandonar la lucha dialéctica, por considerarla aburrida, despidiéndose de mí con una última carga devastadora, lanzada a modo de torpedo salido de un submarino en retirada. Se trataba de un segundo ejemplo, que reforzaba al primero y cuyo objetivo era consolidar incontestablemente la postura “racional y sabia”, y hasta de una “moral superior”, del ateo (todo ello, evidentemente, en función de la particular interpretación de la realidad biosférica que dicho ateo se había fraguado): En dirección centrífuga (desde el ser humano hacia los vivientes más “primitivos”, en la escala filogenética), existen virus (el de la rabia, por ejemplo), bacterias (bacilo tetánico y sus terribles neurotoxinas), protozoos (amebiasis) y metazoos (quiste hidatídico) de unívoco diseño que están destinados a causar inimaginables sufrimientos al enfermo humano y animal; depredadores mamíferos que para alimentar a su prole cazan herbívoros, a veces herbívoros hembras, con lo que las crías pasan a quedar desvalidas y absolutamente desamparadas y mueren por inanición y en tal condición de desamparo que harían llorar de pena a cualquier observador humano medianamente sensible que contemplara la situación sin poder intervenir; y hay avispas que convierten a orugas o cucarachas en zombis y luego depositan sus voraces larvas en el interior del desafortunado insecto, quien muere lentamente siendo devorado por las insaciables larvas (las cuales parecen poseer una excepcional habilidad para acabar con la víctima de la forma más lenta posible, a fin de agotar al máximo las posibilidades de seguir consumiendo alimento fresco e incorrupto); en fin, un etcétera macabro tan largo y variopinto que su enumeración sería infinita. Con esto el ateo revalidó su postura por n-ésima vez, supongo. No obstante, a pesar del impacto y aturdimiento que el razonamiento de mi interlocutor me causó, por aproximadamente un mes, aquella experiencia tuvo el efecto feliz de espolearme para asegurarme de que mi fe cristiana no era una necedad y de que la santa Biblia era realmente la Palabra de Dios. El resultado fue bueno y edificante para mí, pero no fue gratuito; es decir, hube de hacer un notable esfuerzo investigador para conseguir bendiciones. Hube de actuar en armonía con el siguiente pasaje sagrado...
El primer ejemplo tenía que ver con las plantas carnívoras, las cuales, aparentemente, están unívocamente diseñadas para depredar insectos y pequeños vertebrados (ranas, roedores); un dantesco tipo de diseño éste, tan pródigo en habilidades y refinamientos crueles, que servirían de inspiración y deleite para los instintos sádicos de un torturador chino. Por lo tanto, admitir que tales especímenes botánicos han sido concebidos por diseño inteligente sería equivalente, según mi interlocutor ateo, a ubicar a la deidad creadora dentro del panteón de los dioses de la mitología griega, clásicos ejemplos de maldad y ultraje indescriptibles, quienes comparativamente harían que cualquier humano adorador de ellos, por perverso que fuera, quedara convertido en santo. Por lo tanto, según él, la postura atea era más humanitaria y más lógica desde el punto de vista ético y moral que la postura del creyente. Estos argumentos me tomaron por sorpresa y enmudecí, y finalmente claudiqué, como final del asalto, yéndome figurativamente hacia el banquillo situado en el vértice del cuadrilátero, cual boxeador al que se le extiende la oportunidad de reponer fuerzas y vitalidad cuando suena la campana que clausura transitoriamente la pelea. Pero en este caso mi oponente decidió abandonar la lucha dialéctica, por considerarla aburrida, despidiéndose de mí con una última carga devastadora, lanzada a modo de torpedo salido de un submarino en retirada. Se trataba de un segundo ejemplo, que reforzaba al primero y cuyo objetivo era consolidar incontestablemente la postura “racional y sabia”, y hasta de una “moral superior”, del ateo (todo ello, evidentemente, en función de la particular interpretación de la realidad biosférica que dicho ateo se había fraguado): En dirección centrífuga (desde el ser humano hacia los vivientes más “primitivos”, en la escala filogenética), existen virus (el de la rabia, por ejemplo), bacterias (bacilo tetánico y sus terribles neurotoxinas), protozoos (amebiasis) y metazoos (quiste hidatídico) de unívoco diseño que están destinados a causar inimaginables sufrimientos al enfermo humano y animal; depredadores mamíferos que para alimentar a su prole cazan herbívoros, a veces herbívoros hembras, con lo que las crías pasan a quedar desvalidas y absolutamente desamparadas y mueren por inanición y en tal condición de desamparo que harían llorar de pena a cualquier observador humano medianamente sensible que contemplara la situación sin poder intervenir; y hay avispas que convierten a orugas o cucarachas en zombis y luego depositan sus voraces larvas en el interior del desafortunado insecto, quien muere lentamente siendo devorado por las insaciables larvas (las cuales parecen poseer una excepcional habilidad para acabar con la víctima de la forma más lenta posible, a fin de agotar al máximo las posibilidades de seguir consumiendo alimento fresco e incorrupto); en fin, un etcétera macabro tan largo y variopinto que su enumeración sería infinita. Con esto el ateo revalidó su postura por n-ésima vez, supongo. No obstante, a pesar del impacto y aturdimiento que el razonamiento de mi interlocutor me causó, por aproximadamente un mes, aquella experiencia tuvo el efecto feliz de espolearme para asegurarme de que mi fe cristiana no era una necedad y de que la santa Biblia era realmente la Palabra de Dios. El resultado fue bueno y edificante para mí, pero no fue gratuito; es decir, hube de hacer un notable esfuerzo investigador para conseguir bendiciones. Hube de actuar en armonía con el siguiente pasaje sagrado...

