La verdad os hará libres (1)
Por: Robert Beecham
Introducción:
Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" (Juan 8:32)
Si estas palabras hubieran procedido de la boca de otro, habrían sido un indicio de locura o blasfemia, pero procediendo de la boca del Señor Jesús, el Hijo de Dios, constituyen una promesa gloriosa de libertad para todos aquellos que le seguimos.
La mayoría de las personas que le escuchaban ni le conocían a él, ni reconocían su propia necesidad, y por lo tanto siguieron en su esclavitud. Permanecieron cegados al hecho de que el pecado -con todos sus enredos- - gobernaba sus vidas.
En este artículo quiero considerar tres tópicos que surgen de estas palabras que habló Jesús: en primer lugar, lo que significa ser libre; en segundo lugar, nuestra actitud hacia la verdad; y en tercer lugar, lo que realmente significa ser un discípulo suyo.
La libertad de Jesús
¿Qué es lo que significa entonces ser libre? En el versículo 36 Jesús añadió: "Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres". ¿En qué consiste la veradadera libertad? La respuesta es simplemente Jesús. El es el modelo y el ejemplo de lo que realmente significa ser libre. Sobre todo, Jesús estaba libre del pecado. Su vida entera era una expresión perfecta de la justicia de Dios en todos los sentidos. Este hecho es tan conocido que no es necesario entrar en más detalles. También estaba libre de Satanás y de los poderes de las tinieblas. Podía decir de Satanás, "él nada tiene en mí" (Juan 14:30).
Estaba libre del temor. Podía denunciar el pecado en los líderes religiosos. No temía a las multitudes que le querían matar. Podía fijar su rostro hacia Jerusalén e ir al encuentro de su muerte. Estaba libre de toda enfermedad. No hay testimonio escrito que indique que su salud fuera menos que perfecta en ningún momento. Estaba libre de la tradición religiosa. No tenía ningún respeto, para nada, por la religión que no procediera de Dios. Esta libertad es quizá difícil de comprender, pero si puedes imaginar que vivieras en su época, con tan sólo el Antiguo Testamento y una serie de adiciones farisaicas a la ley, quizá puedas ver de nuevo lo revolucionarias que fueron sus eseñanzas.
Estaba libre de todas estas cosas y muchas más. Pero no sólo estaba libre de sino libre para. Estaba libre para hacer la voluntad de su Padre en todo y todos los días. Estaba libre para ser la perfecta expresión de su Padre Celestial en todo lo que decía y hacía. Estaba libre para dar su vida por nosotros.
La libertad que disfrutaba Jesús es la libertad que ofrece a todos aquellos quienes creen en él. No fue el propósito de Dios que la vida de Jesús se viviera sólo una vez. No iba a ser una cosa simplemente maravillosa que no iba a repetirse nunca. Era el plan de Dios que Jesús fuera "el primogénito entre muchos hermanos" (Romanos 8:29). Su plan era que otros hermanos y hermanas más jóvenes crecieran en la semejanza de su hermano mayor. En Romanos 8: 19-22 Pablo esribió: "Porque el anhelo ardiente de la creación es el de aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora".
Es demasiado fácil darle a Jesús una singularidad errónea. Es verdad que lo que sufrió en el árbol de Calvario para expiar el pecado no puede ni debe repetirse nunca (¡Gloria a Dios!) . Pero la vida que vivió fue derramada en la sangre que vertió para que todo aquél que realmente le reciba pueda re-vivir esa misma vida que vivió él.
¿Cómo pues, hemos de entrar en esta libertad de la que habla Jesús? Jesús responde a esta pregunta en el versículo que ya he citado "Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres". Tenemos que aprender a ser discípulos de Jesús y no del hombre. Es la verdad entrando en nuestros corazones lo que nos traerá la verdadera libertad. Permítanme hacer incapié en el hecho de que no es la doctrina del hombre que entra en nuestras mentes lo que nos hará libres; sino la verdad que proviene de Dios.
(Continuará)
Por: Robert Beecham
Introducción:
Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" (Juan 8:32)
Si estas palabras hubieran procedido de la boca de otro, habrían sido un indicio de locura o blasfemia, pero procediendo de la boca del Señor Jesús, el Hijo de Dios, constituyen una promesa gloriosa de libertad para todos aquellos que le seguimos.
La mayoría de las personas que le escuchaban ni le conocían a él, ni reconocían su propia necesidad, y por lo tanto siguieron en su esclavitud. Permanecieron cegados al hecho de que el pecado -con todos sus enredos- - gobernaba sus vidas.
En este artículo quiero considerar tres tópicos que surgen de estas palabras que habló Jesús: en primer lugar, lo que significa ser libre; en segundo lugar, nuestra actitud hacia la verdad; y en tercer lugar, lo que realmente significa ser un discípulo suyo.
La libertad de Jesús
¿Qué es lo que significa entonces ser libre? En el versículo 36 Jesús añadió: "Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres". ¿En qué consiste la veradadera libertad? La respuesta es simplemente Jesús. El es el modelo y el ejemplo de lo que realmente significa ser libre. Sobre todo, Jesús estaba libre del pecado. Su vida entera era una expresión perfecta de la justicia de Dios en todos los sentidos. Este hecho es tan conocido que no es necesario entrar en más detalles. También estaba libre de Satanás y de los poderes de las tinieblas. Podía decir de Satanás, "él nada tiene en mí" (Juan 14:30).
Estaba libre del temor. Podía denunciar el pecado en los líderes religiosos. No temía a las multitudes que le querían matar. Podía fijar su rostro hacia Jerusalén e ir al encuentro de su muerte. Estaba libre de toda enfermedad. No hay testimonio escrito que indique que su salud fuera menos que perfecta en ningún momento. Estaba libre de la tradición religiosa. No tenía ningún respeto, para nada, por la religión que no procediera de Dios. Esta libertad es quizá difícil de comprender, pero si puedes imaginar que vivieras en su época, con tan sólo el Antiguo Testamento y una serie de adiciones farisaicas a la ley, quizá puedas ver de nuevo lo revolucionarias que fueron sus eseñanzas.
Estaba libre de todas estas cosas y muchas más. Pero no sólo estaba libre de sino libre para. Estaba libre para hacer la voluntad de su Padre en todo y todos los días. Estaba libre para ser la perfecta expresión de su Padre Celestial en todo lo que decía y hacía. Estaba libre para dar su vida por nosotros.
La libertad que disfrutaba Jesús es la libertad que ofrece a todos aquellos quienes creen en él. No fue el propósito de Dios que la vida de Jesús se viviera sólo una vez. No iba a ser una cosa simplemente maravillosa que no iba a repetirse nunca. Era el plan de Dios que Jesús fuera "el primogénito entre muchos hermanos" (Romanos 8:29). Su plan era que otros hermanos y hermanas más jóvenes crecieran en la semejanza de su hermano mayor. En Romanos 8: 19-22 Pablo esribió: "Porque el anhelo ardiente de la creación es el de aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora".
Es demasiado fácil darle a Jesús una singularidad errónea. Es verdad que lo que sufrió en el árbol de Calvario para expiar el pecado no puede ni debe repetirse nunca (¡Gloria a Dios!) . Pero la vida que vivió fue derramada en la sangre que vertió para que todo aquél que realmente le reciba pueda re-vivir esa misma vida que vivió él.
¿Cómo pues, hemos de entrar en esta libertad de la que habla Jesús? Jesús responde a esta pregunta en el versículo que ya he citado "Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres". Tenemos que aprender a ser discípulos de Jesús y no del hombre. Es la verdad entrando en nuestros corazones lo que nos traerá la verdadera libertad. Permítanme hacer incapié en el hecho de que no es la doctrina del hombre que entra en nuestras mentes lo que nos hará libres; sino la verdad que proviene de Dios.
(Continuará)

