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Historia de la Iglesia (27) - Heriberto - 13-02-2014 "LA IGLESIA PEREGRINA" Por Edmund Hamer Broadbent Un líder entre los lolardos fue Sir Juan Oldcastle, Lord Cobham, un soldado distinguido. Su castillo de Cowling fue un refugio para los predicadores ambulantes. Allí también tuvieron lugar las reuniones, a pesar de estar prohibidas bajo penas severas. Enrique IV no se aventuró a interferir con él, pero tan pronto Enrique V llegó al trono, asedió y tomó el castillo, tomando a su dueño prisionero. Sin embargo, el prisionero escapó de la torre, y por algunos años pudo eludir la persecución, aunque muchos otros fueron capturados y ejecutados, incluyendo treinta y nueve de los líderes lolardos. Sir Juan se convirtió en el primer noble inglés que murió por causa de la fe, cuando finalmente lo capturaron en Gales y lo quemaron. Después de su muerte, se aprobó una ley que decía que cualquiera que leyera las Escrituras en inglés perdería su tierra, propiedades, bienes, y su subsistencia, y sería condenado como un hereje delante de Dios, un enemigo de la corona y un traidor del reino; que no debía tener ningún beneficio de asilo, y que si continuaba rebelde o reincidía después de ser perdonado, debería ser colgado primeramente por traición al rey, y luego quemado por herejía contra Dios. Sin embargo, los hermanos, aunque llevados a la oscuridad o al exilio, no fueron extinguidos. Algunas congregaciones continuaron existiendo a pesar de todo esto, y fueron muy numerosas en East Anglia y en Londres. Varias iglesias grandes existían en la localidad de Beccles en el tiempo del ascenso al trono de Enrique VI (1422). Aunque las congregaciones a menudo fueron divididas y conformadas de nuevo, muchas de ellas existieron de forma continua durante períodos de tiempo considerables. Algunas en Buckinghamshire, por ejemplo, por espacio de sesenta o setenta años mantuvieron un compañerismo con las congregaciones en Norfolk, Suffolk y en otras partes del país. El Obispo de Londres, al escribirle a Erasmo en 1523, dijo: “No es asunto de alguna novedad perniciosa, sino que simplemente se le han sumado nuevos grupos a la gran banda de herejes partidarios de Wyclef ”. Uno de los estudiantes extranjeros que escuchó a Wyclef en Oxford fue Jerónimo de Praga. Jerónimo regresó a su ciudad natal lleno de entusiasmo por las verdades que había aprendido en Inglaterra, y con valentía enseñó que la Iglesia Católica se había desviado de la doctrina de Cristo, y que todo aquel que buscara la salvación tendría que regresar a las enseñanzas del Evangelio. Estas palabras se grabaron con fuerza en los corazones de muchos. Entre ellos estaba Juan Hus, doctor teológico y predicador en Praga, y confesor a la Reina de Bohemia. Su fe sincera y sus impresionantes habilidades, junto con su elocuencia y carisma, surtieron efecto poderosamente entre la gente ya preparada por la labor de los valdenses quienes habían estado allí antes que él. Juan escribió y habló en el idioma checo, y la larga rivalidad entre el teutón y el eslavo, representada en Bohemia por los alemanes y los checos respectivamente, pronto le dio un aspecto político al movimiento. La parte alemana apoyó el poder de los Católicos, mientras que los checos apoyaron las enseñanzas de Wyclef. El Papa, por medio del Arzobispo de Praga, excomulgó a Hus e hizo que se quemaran públicamente los escritos de Wyclef, pero el rey de Bohemia, la nobleza, la universidad y la mayoría de la gente apoyaron a Hus y sus enseñanzas. En Constanza, junto al hermoso lago que lleva su nombre, tuvo lugar un Concilio (1414) que duró tres años y medio y reunió a una extraordinaria cantidad de dignatarios eclesiásticos, y a los príncipes y gobernantes de varios países, además de una gran multitud de personas de todas las clases sociales. Durante este tiempo la ciudad fue el escenario de entretenimientos extravagantes y de todo tipo de maldad desvergonzada. En ese entonces había tres Papas rivales, y uno de los objetivos del Concilio fue precisamente remediar la confusión y los cismas que semejante estado de cosas implicaba. Los tres Papas en el poder fueron destronados, y otro fue elegido en su lugar, Martín V. Otro objetivo del Concilio fue combatir las enseñanzas asociadas con los nombres de Wyclef y Hus. Hus fue invitado a participar, y el Emperador Segismundo le dio un salvoconducto, garantizándole la seguridad de que no sería molestado si viniera. Confiando en la palabra del emperador, él llegó a Constanza a tiempo para la apertura del Concilio General, y dispuesto a aprovechar la oportunidad de exponer las doctrinas de la Escritura ante semejante compañía. Sin embargo, a pesar de la promesa imperial, Juan Hus fue apresado y confinado a una sucia mazmorra en una isla en el lago. Para justificar esta acción el Concilio promulgó un decreto solemne (1415), defendido por ellos como una decisión infalible dada por el Espíritu Santo, y de carácter obligatorio para siempre. El decreto afirmaba que la Iglesia no está obligada a cumplir su palabra con un hereje. Hus estuvo sujeto a todo tipo de persuasión y maltrato para inducirlo a que se retractara de lo que había enseñado, es decir, de que la salvación es mediante la gracia por medio de la fe, aparte de las obras de la ley, y que ningún título o posición, por exaltado que sea, puede hacer que un hombre sea acepto a Dios sin un testimonio de santidad de vida. Con humildad, y una capacidad y valentía poco comunes, él mantuvo valientemente que estaba dispuesto a retractarse de cualquier cosa que hubiera enseñado —si se demostrara por medio de la Escritura que él estaba errado. Además, se negó a retractarse de opiniones que él nunca había sostenido, pero que falsamente le habían atribuido a él. La acusación de estar “contagiado de la lepra de los valdenses” y de haber predicado las doctrinas de Wyclef muestra que la unidad de la verdad que existía en estos diferentes círculos fue reconocida por sus enemigos. Hus fue quemado el 6 de julio de 1415. Dos semanas antes, escribió: “Me siento inmensamente consolado por las palabras de Cristo: “Bienaventurados sois cuando (...) os vituperen”. Este es un buen saludo, mejor dicho, el mejor de los saludos, pero es difícil. No me refiero a comprenderlo, sino a vivirlo, ya que nos manda regocijarnos en estas tribulaciones. Es fácil leerlo en voz alta y exponerlo, pero resulta difícil llevarlo a la práctica. Incluso aquel Soldado más valiente, aunque él sabía que resucitaría al tercer día, después de la cena se deprimió en espíritu. (...) Por esta razón, los soldados de Cristo, recurriendo a su líder, el Rey de gloria, han librado una gran batalla. Ellos han pasado a través de fuego y agua, pero no han perecido, sino que han recibido la corona de la vida, esa corona gloriosa que el Señor, creo firmemente, me concederá —y a ustedes también, defensores fervientes de la verdad, y a todos los que firmemente aman al Señor Jesús. (...) Oh, mi más Sagrado Cristo, llévame a ti, débil como soy, porque si no nos atraes no podemos seguirte. Fortalece mi espíritu para que esté dispuesto. Si la carne es débil, permite que tu gracia nos preceda; camina entre nosotros y sigue, porque sin ti no podemos ir, por tu causa, a una muerte cruel. Dame un corazón sin temor, una fe correcta, una esperanza firme y un amor perfecto para que por ti yo pueda dar mi vida con paciencia y gozo. Amén. Escrita en prisión, en cadenas, en la víspera de San Juan el Bautista.” Jerónimo de Praga pronto siguió el mismo camino a la hoguera, y el curso de la Bohemia husita estuvo dividido en tres corrientes principales: los que pelearon; los que prefirieron transigir en cuanto a su fe, llamados utraquistas o calixtinos; y los que eligieron sufrir. Aquellos que eligieron pelear, bajo el liderazgo de Juan Zizka, llevaron a cabo una enérgica y exitosa guerra. El pequeño poblado de Tabor, ubicado en una montaña abrupta en el corazón de Bohemia, fue un centro espiritual y militar. En su plaza del mercado aún quedan restos de las mesas de piedra donde decenas de miles de personas se reunían para celebrar la Cena del Señor, tomando tanto el pan como el vino. Este último había sido reservado por la Iglesia de Roma sólo para el uso del clero, y se lo habían negado al laicado. La copa se convirtió en el símbolo de los taboritas. Al pie de la Montaña Tabor hay una represa, cuyo nombre aún es Jordán, donde una gran cantidad de hermanos fueron bautizados sobre la confesión de su fe. Zizka dirigió no sólo a la nobleza, sino a la nación. Los campesinos todavía libres de opresión fueron afectados por el espíritu común de entusiasmo irresistible. Sus implementos agrícolas se transformaron en armas formidables, y Zizka les enseñó a usar sus carretas agrícolas tanto para el transporte como para trincheras móviles. El Papa proclamó cruzadas contra ellos, pero los ejércitos invasores fueron arrollados y los husitas penetraron y devastaron todos los países vecinos; ambas partes cometieron grandes abusos. La Iglesia se vio obligada a pactar acuerdos con los husitas, y en el Concilio de Basilea se les reconoció su derecho de predicar libremente la Palabra de Dios, tomar la Cena del Señor de ambas formas, abolir las posesiones mundanas del clero y anular las tantas leyes opresoras. Sin embargo, las guerras continuaron, el país fue destruido y desmoralizado por sus esfuerzos. Nuevas leyes que esclavizaban al campesinado debilitaron el poder de la nación, y en la batalla de Lipán (1434) los taboritas fueron derrotados. Entonces se llegó a un acuerdo, “El pacto de Basilea”, que dividió a los bohemios. Los utraquistas, quienes eran más anuentes a la Iglesia Católica Romana, fueron reconocidos por el Papa como la Iglesia Nacional de Bohemia, y les fue concedido el privilegio de usar la copa. Su líder, Rokycana, fue nombrado Arzobispo, y todo volvió nuevamente a las manos de Roma. Mientras estos conflictos tenían lugar, y los éxitos husitas estaban en su cumbre, siempre hubo algunos que, en cuestiones de fe y testimonio, no dependieron de la fuerza material. Estos, según habían aprendido anteriormente de los predicadores valdenses, buscaron y encontraron la dirección en las Escrituras con relación a la organización de su iglesia y su testimonio evangélico, para seguir a Cristo por medio de estar dispuestos a sufrir lo injusto y depositar su confianza en Dios. Una figura que se destacó entre estos hombres fue Jakoubek, un colega de Hus en la Universidad de Praga, quien, en fecha tan temprana como el año 1410, mientras impartía clases allí, contrastó la falsa y anticristiana Iglesia de Roma con la iglesia verdadera o comunión de los santos, y exhortó a todos los cristianos a regresar a las enseñanzas de la iglesia primitiva. También Nikolaus, un alemán, que había sido expulsado de Dresde por hereje, y que estaba bien familiarizado con las Escrituras y con la historia de la iglesia, ejerció su influencia sobre los taboritas al mostrarles cuál había sido la enseñanza de los apóstoles y el orden de la iglesia primitiva, y como poco a poco los errores se habían infiltrado. El asunto del derecho de los cristianos a usar la espada se discutió mucho en Praga. Los taboritas consideraban que, si bien su uso resultaba en perjuicio, la necesidad inevitable de defenderse los obligaba a usarla. Obligados por las circunstancias, también podría catalogarse de correcto el hecho de atacar y expulsar al enemigo. Pronto Jakoubek se encontró en una posición totalmente contraria a los taboritas en este punto. El más influyente y capaz opositor de la guerra, incluso para defensa propia, fue Pedro Cheltschizki quien, aunque en muchos aspectos simpatizaba con los taboritas, se opuso incansablemente a ellos y a Zizka en su posición en favor de las armas. Aunque los escritos de los hermanos a menudo fueron quemados junto con sus autores, algunos lograron escapar. Ese fue el caso de un libro escrito por Pedro Cheltschizki, titulado “La red de la fe” escrito en 1440, el cual conserva muchas de sus enseñanzas y ejerció una gran influencia. Él escribe: “Este libro no busca otra cosa sino que nosotros, que somos últimos, deseemos ver las primeras cosas, y anhelemos regresar a ellas según Dios nos lo permita. Somos como las personas que han llegado a una casa destruida por un incendio y tratan de encontrar sus cimientos originales. Lo más difícil es que las ruinas están cubiertas con todo tipo de vegetación, y muchos piensan que la vegetación es el cimiento, y dicen: “Este es el cimiento” y “esta es la forma que todo debe tener”, y otros repiten lo que estos dicen. Así sucede que al encontrar las chucherías que han brotado, piensan que han encontrado el fundamento, pero en realidad han encontrado algo muy diferente y contrario al verdadero fundamento. Esto hace la búsqueda más difícil, pues si todos dijeran: “El cimiento antiguo se encuentra perdido entre las ruinas”, entonces muchos comenzarían a excavar y a buscarlo, y realmente comenzaría una verdadera obra de reedificación sobre él, tal y como hicieron Nehemías y Zorobabel después de la destrucción del templo. Resulta mucho más difícil ahora restaurar las ruinas espirituales, derrumbadas hace mucho tiempo, y regresar al estado anterior, para el cual no se puede poner otro fundamento que Jesucristo, de quien la mayoría se ha apartado para acudir a otros dioses y construir sus propios cimientos (…). En la época de los apóstoles las iglesias de creyentes eran llamadas según el nombre de los pueblos, villas y distritos. Eran iglesias y asambleas de creyentes de una sola fe. Estas iglesias fueron separadas de los incrédulos por los apóstoles. Yo no quiero hacer creer que los creyentes podían, en un sentido local y material, estar todos en una calle específica del pueblo, sino que se encontraban unidos en una asociación de fe, y que se congregaban en reuniones locales donde tenían compañerismo los unos con los otros en las cosas espirituales y en la Palabra de Dios. Y acorde con semejante asociación en la fe y en las cosas espirituales, los grupos eran llamados iglesias de creyentes.” (Continuará) |