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Historia de la Iglesia (11) - Versión para impresión

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Historia de la Iglesia (11) - Heriberto - 14-11-2013

"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadbent

Capítulo 3

En todos los tiempos, la unión de la iglesia y el estado ha sido considerada por muchos de los discípulos del Señor como algo opuesto a su enseñanza.
Pero cada vez que la Iglesia ha tenido el poder del estado a su disposición, lo ha usado para reprimir a la fuerza a cualquiera que no estuviera de acuerdo con su sistema o se negara de cualquier manera a obedecer sus demandas, por lo que un gran número de personas, ya fuera por indiferencia, interés o temor le rendían al menos una obediencia externa.
Sin embargo, siempre ha habido algunos a quienes no han podido inducir a hacer esto, sino que se han esforzado por seguir a Cristo, manteniendo las enseñanzas de su Palabra y la doctrina de los apóstoles. Estos hermanos han sido continuamente objetos de persecución.

La historia de los siglos posteriores a la época del Emperador Constantino revela el desarrollo de la mundanería y la ambición del clero, tanto de las iglesias Católicas de Oriente como de las de Occidente, hasta que éstas demandaron un total dominio sobre las posesiones y las conciencias humanas, imponiendo sus demandas con una violencia y astucia sin límites.

Esta misma historia también revela vistazos de aquí y allá del sendero de tribulación seguido por innumerables cristianos que, en todos los tiempos y en diferentes lugares, han sufrido todo tipo de cosas a manos de la Iglesia mundial dominante, antes que negar a Cristo o dejar de seguirle.

Las verdaderas historias de estos cristianos han sido ocultadas cuanto fuera posible. Sus escritos, los cuales han corrido la misma suerte que sus escritores, han sido destruidos hasta el punto máximo del poder permitido a sus perseguidores. Y no sólo eso, sino que, además, han sido difundidas historias de ellos por aquellos cuyo interés era diseminar las peores mentiras contra ellos con el objetivo de justificar sus propias crueldades.
En tales historias los cristianos son descritos como herejes, y se les atribuyen las falsas doctrinas que ellos más bien repudiaban. Asimismo, los llaman “sectas”, y les ponen calificativos que ellos mismos no reconocían.
Ellos generalmente se llamaban a sí mismos cristianos o hermanos, pero otros les ponían toda clase de nombres a fin de causar la impresión de que ellos representaban a muchas sectas nuevas, desconocidas, y sin relación alguna entre sí. Además, se les calificaba con los epítetos más oprobiosos para desprestigiarlos. Es por ello que resulta difícil seguir el curso de su historia. Lo que sus adversarios han escrito sobre ellos debe ser objeto de duda; las palabras arrancadas de sus labios por medio de torturas carecen de valor. Sin embargo, a pesar de estos impedimentos, existe un gran número de evidencias fidedignas que van constantemente en aumento gracias a nuevas investigaciones, las cuales reflejan lo que realmente ellos eran y hacían, y lo que creían y enseñaban.
Estas evidencias, sus propios registros, proporcionan una guía segura de su fe y práctica.
Incluso en los primeros tres siglos hubo numerosos grupos de cristianos que protestaron contra el creciente libertinaje y mundanería en la Iglesia, así como su descarrío de las enseñanzas de las Escrituras.
Los movimientos de avivamiento nunca han dejado de surgir, y aun cuando no se aprecia una relación entre uno y otro, la causa fundamental es la misma: el deseo de regresar a la práctica de la verdad del Nuevo Testamento.

En los primeros siglos Asia Menor y Armenia fueron a menudo los escenarios de tales avivamientos, así como los refugios de las iglesias que desde el principio habían mantenido, aunque no todas en la misma medida, pureza de doctrina y santidad de vida.

Desde sus inicios, el Evangelio se había difundido hacia el norte desde Antioquía.
Bernabé y Pablo, y muchos otros, habían predicado y habían fundado iglesias a través de toda Asia Menor. Las epístolas a los gálatas, efesios y colosenses nos ofrecen una imagen vívida de los efectos poderosos, iluminantes y santificadores de la doctrina de los apóstoles en los cristianos de aquellas primeras congregaciones, así como la fuerza de las enseñanzas contrarias contra las que se debían combatir.
El sistema Católico (llamado así por su ostentación de ser la Iglesia exclusiva) con su tipo de gobierno clerical se desarrolló rápidamente allí, pero siempre hubo quienes se opusieran a dicho sistema. En el tercer siglo el reino de Armenia anticipó la unión de la Iglesia y el estado, bajo Constantino el Grande, al convertir el cristianismo en la religión oficial de Armenia. No obstante, la existencia de iglesias que conservaban los principios del Nuevo Testamento continuó ininterrumpidamente.

Desde el tiempo de Mani, las iglesias de creyentes que se llamaban a sí mismos cristianos, distinguiéndose así de los que ellas llamaban “romanos”, habían sido siempre acusadas de ser maniqueas, aun cuando ellas declaraban que no lo eran y se quejaban de la injusticia que cometían otros al atribuirles doctrinas que no abrazaban.
La frecuencia con que algo se repite no prueba que sea cierto, y puesto que los escritos que quedan de estos cristianos no contienen ningún indicio de maniqueísmo, resulta más que razonable creer que ellos no abrazaban esa doctrina.
Muy lejos de aceptar los nombres sectarios que se les atribuían en buenas cantidades, no sólo se referían a sí mismos, a nivel individual, como “cristiano” o “hermano”, sino que, a nivel colectivo afirmaban ser la “iglesia santa, universal y apostólica de nuestro Señor Jesucristo”.
Y como la desviación de las Escrituras por parte de las Iglesias mundanas —la Iglesia Griega, Latina o Armenia— se hizo cada vez más evidente, ellos les negaban el título de iglesias, argumentando que estas habían perdido todo derecho a este título por unirse con el estado, por llenarse de incrédulos mediante el sistema de bautismo de infantes, por compartir la Cena del Señor con incrédulos y por los muchos otros males que habían introducido.

A estas congregaciones a menudo se les dio el nombre de paulicianas. La razón de este nombre es incierta. También las llamaban thonrakes por el nombre de un lugar en el que fueron numerosas en un tiempo.

Las persecuciones a las que fueron sometidas y la destrucción sistemática de su literatura apenas nos dejan indicios de su historia, aunque lo que queda es suficiente para demostrar que en las vastas regiones de Asia Menor y Armenia, en los alrededores del Monte Ararat y más allá del Río Éufrates, hubo iglesias de creyentes bautizados, discípulos del Señor Jesucristo, que preservaron las enseñanzas de los apóstoles, recibidas de Cristo y contenidas en las Escrituras, en un testimonio ininterrumpido desde el principio.

Lo afirmado por estas numerosas congregaciones de ser las verdaderas descendientes de las iglesias apostólicas (no necesariamente en un sentido natural de padre a hijo, aunque en el caso de muchas de ellas probablemente sí lo era, sino por haber mantenido en una sucesión ininterrumpida sus características espirituales) no es invalidado por los largos intervalos en su historia, de los cuales no poseemos ningún informe en la actualidad. Estas son las consecuencias naturales de los enérgicos esfuerzos que incesantemente se llevaron a cabo, primero por el Imperio Romano pagano y luego por las Iglesias del estado, por destruir al pueblo de Dios y su historia.
Estos esfuerzos lograron, en gran medida, su objetivo. No hay duda de que en muchos lugares, y en épocas diferentes, dichos esfuerzos fueron totalmente exitosos, logrando borrar por completo los testimonios inestimables de cristianos e iglesias; testimonios de los que nunca sabremos hasta el día del juicio.

Más bien, resulta sorprendente el hecho de que se haya preservado tanto. La única explicación sobre la existencia de tantos de estos grupos de cristianos con una práctica y doctrina primitiva es la que ellos mismos ofrecen, a saber, su apego a las enseñanzas del Nuevo Testamento. La ausencia de organización entre ellos y de cualquier centro de control terrenal, sumado al hecho de que ellos reconocían la independencia de cada congregación, conduciría a que hubiera variedad entre las distintas iglesias.

Las características propias de los líderes más influyentes entre ellos también provocarían que una generación se diferenciara en cierta medida de la otra, en espiritualidad o en la importancia y enfoque dado a determinada enseñanza. Pero todos ellos afirmaban extraer su doctrina de las Escrituras y continuar la tradición apostólica. Esta afirmación debe permitirse ya que no existen argumentos de peso en su contra, ni se puede demostrar lo contrario.

Se han preservado algunos relatos de hombres que dedicaron sus vidas a visitar y fortalecer estas iglesias y a predicar el Evangelio, hombres de un espíritu apostólico, fuertes, pacientes, humildes, y de un valor extraordinario.
Uno de los que se unió a otros en este tipo de viajes fue Constantino, posteriormente llamado Silvano. Aproximadamente en el año 653 d. de J.C., fue liberado un armenio que había sido prisionero de los sarracenos. En su viaje de regreso a casa fue amablemente invitado y recibido por Constantino en su hogar. Por medio de la conversación que tuvo lugar entre ellos, aquel armenio observador supo que él había dado con un hombre de un talento poco común, y al ver lo profundamente interesado que su anfitrión se había mostrado por las Escrituras que habían leído juntos, el viajero agradecido le dejó a su nuevo amigo un obsequio muy preciado, un manuscrito que contenía los cuatro Evangelios y las epístolas de Pablo.
Constantino se entregó al estudio de este libro, el cual llegó a ser el medio que efectuó un cambio radical en su vida. Pronto comenzó a testificar de lo que había recibido, y cambió su nombre a Silvano para llamarse como el compañero del apóstol Pablo. Silvano se unió a los creyentes que rechazaban la adoración a imágenes y otras supersticiones de la Iglesia Bizantina, con lo que provocó la cólera de los que estaban en el poder.
El hizo de la localidad de Kibossa en Armenia su lugar de residencia, y desde allí trabajó entre mucha gente por espacio de treinta años. Muchas personas se convirtieron al Señor, tanto de entre los católicos como de entre los paganos. Sus viajes lo llevaron por el valle del Éufrates, a través de los montes del Tauro y hacia la parte occidental de Asia Menor, donde sus exitosas actividades llamaron la atención del emperador bizantino, Constantino Pogonato.
Este emperador promulgó un decreto (684 d. de J.C.) contra estas congregaciones de creyentes y en particular contra Constantino (Silvano).
El emperador envió a uno de sus oficiales, llamado Simeón, a poner el decreto en vigor. A fin de darle un significado especial a la ejecución de Constantino Silvano, Simeón hizo que le repartieran piedras a un grupo de los amigos personales de Silvano, y les ordenó que apedrearan al maestro que ellos habían respetado y amado por tanto tiempo. Poniendo en riesgo sus propias vidas por su negativa, estas personas soltaron las piedras, pero allí estaba presente un joven llamado Justo a quien Constantino había criado como su hijo adoptivo y lo había tratado con una bondad especial. Este le lanzó una piedra a su benefactor y lo mató, ganándose así muchos elogios y recompensa de las autoridades que también lo compararon con David y su proeza de matar a Goliat.

Simeón se conmovió profundamente por todo lo que vio y escuchó en Kibossa, y al conversar con los cristianos de aquel lugar se convenció de la verdad de sus doctrinas y de lo correcto de su práctica.
A su regreso a Constantinopla, no logró encontrar paz en la corte y luego de tres años de conflicto interno lo dejó todo y escapó a Kibossa. Después de adoptar el nombre de Tito, Simeón retomó todo y continuó la obra del hombre cuya muerte había provocado.
No tardó mucho en que Simeón también se sumara a la extensa lista de mártires, pues dos años más tarde, Justo, aprovechándose de su conocimiento de la vida y actividades de los hermanos, le facilitó al Obispo, y éste a su vez al Emperador Justiniano II, información que condujo a la captura de un gran número de ellos.

Con la esperanza de aterrorizar al resto de los “herejes” y someterlos, el emperador ordenó que quemaran a todos los capturados juntos a la misma vez, incluso a Simeón. Sin embargo, el valor de los condenados hizo fracasar su plan, avivando la fe y el coraje de muchos hasta convertirlos en una llama de devoción y testimonio que provocó la aparición de más predicadores y maestros, y el incremento de las congregaciones. Ellos soportaron la aflicción con valentía, sin ofrecer resistencia, hasta que experimentaron una tregua gracias a ciertas circunstancias que se dieron en el mundo Católico.

La veneración de reliquias comenzó desde una etapa temprana en la historia de la Iglesia.
Elena, la madre de Constantino el Grande, trajo de Jerusalén madera que se suponía era parte de la cruz, y clavos que, según ella creía, habían sido utilizados en la crucifixión. Las pinturas, las imágenes y los iconos comenzaron a tener valor. Se construyeron iglesias para recibir y albergar reliquias o para conmemorar la muerte de algún mártir.
Poco a poco las reuniones de los discípulos del Señor en casas y recintos sencillos se transformaron en la concurrencia de todos —los dispuestos y los que no lo estaban, creyentes o no creyentes— se reunían en edificaciones consagradas y dedicadas a la Virgen o alguno de los santos, las cuales estaban llenas de imágenes, pinturas y reliquias que se convirtieron en objetos de adoración.
La oración fue desviada de Dios a la Virgen y a los santos, y la idolatría del paganismo se reprodujo en supersticiones repugnantes que surgieron con respecto a las imágenes, los sacerdotes y los procedimientos religiosos.
Es una señal del poder de la revelación de Cristo contenida en las Escrituras que, incluso cuando la idolatría pagana y la superstición tuvieron éxito en posesionarse de las iglesias Católicas, siempre hubo en ellas, al igual que ahora, grandes cantidades de creyentes cuya esperanza de salvación estaba en Cristo y cuyas vidas fueron santas y piadosas. No obstante, estos creyentes eran tan sólo un remanente, escondido entre la multitud de aquellos que habían sido desviados hacia el sistema idólatra, con el pecado y la ignorancia que lo acompañaba. Las protestas de estos creyentes fueron presentadas en vano.

Grupos como los llamados paulicianos, entre otros nombres, denunciaban la idolatría predominante. Esta fue una de las razones principales por las que fueron perseguidos con tanta saña.

En las regiones donde estos creyentes eran numerosos, en los montes del Tauro, nació León, que luego se convirtió en Emperador de Oriente, o Imperio Bizantino, y llegó a ser conocido como León el Isaúrico. Él fue uno de los mejores y más exitosos de los emperadores bizantinos; defendió Constantinopla de los sarracenos y fortaleció el Imperio internamente por medio de sus sabias y enérgicas reformas. Al darse cuenta de que la idolatría y la superstición dominante estaban entre las causas principales de los males tan evidentes tanto en Oriente como en Occidente, se dio a la tarea de erradicar el mal.

En el año 726 León promulgó su primer edicto contra la adoración a imágenes. Luego esto fue seguido por una campaña de destrucción forzosa de imágenes, y la persecución de los que creían en ellas. Este fue el inicio de una lucha que duró más de un siglo. León se dio cuenta de que había provocado la aparición de muchísimos adversarios, de los cuales el más elocuente fue el erudito Juan damasceno. Este enseñaba: “Ya que algunos nos critican por adorar y honrar la imagen de nuestro Salvador y la de nuestra Señora, como también las del resto de los santos y siervos de Cristo, que recuerden estos que en el principio Dios creó al hombre a su imagen (…) En el Antiguo Testamento el uso de las imágenes no era común. Pero después que Dios por medio de su entrañable misericordia se hizo verdaderamente hombre para nuestra salvación (…) vivió en la tierra, obró milagros, sufrió, fue crucificado, resucitó y ascendió al cielo, como todas estas cosas en realidad tuvieron lugar y fueron vistas por los hombres, fueron escritas para nuestra instrucción y recordación, pues no vivíamos en aquel tiempo, a fin de que aunque no vimos nada aún podamos, escuchando y creyendo, obtener la bendición del Señor.
Pero en vista de que no todos tienen conocimiento de las letras ni tiempo para la lectura, los Padres [de la Iglesia] dieron su autorización para representar estos sucesos, actos de gran heroísmo, en imágenes para que las personas se formaran un recuerdo conciso de ellos. Sin duda, a menudo cuando nos olvidamos de la pasión del Señor y vemos la imagen de la crucifixión de Cristo, recordamos su pasión salvadora y nos inclinamos y adoramos, no la imagen material, sino lo que está representado (…) Pero esta es una tradición no escrita, así como la son también la adoración hacia el oriente, la adoración de la cruz, y muchas otras cosas similares.”


Casi todos los sacerdotes y monjes estaban en contra de León.
El antiguo Papa de Constantinopla se negó a someterse a su orden y fue sustituido por otro.
Los Papas de Roma, Gregorio II, y su sucesor, Gregorio III, resultaron ser adversarios implacables.
En Grecia se eligió a un emperador rival que atacó Constantinopla, pero fue derrotado. En Italia las órdenes fueron condenadas y desobedecidas. León, llamado “el iconoclasta” por su destrucción de las imágenes, fue sucedido por su hijo Constantino y por su nieto León IV quienes le dieron continuidad a su política, incluso con mayor rigor.

Después de la muerte de este último, su viuda, Irene, revocó su política. Sin embargo, durante varios reinados, hasta la muerte del Emperador Teófilo (842 d. de J.C.), adversario de la adoración de imágenes, se mantuvo el conflicto con resultados variables. Él dejó a su viuda, Teodora, como regente durante la minoría de edad de su hijo Miguel III. Teodora, bajo la influencia de los sacerdotes y siendo partidaria secreta de la adoración a imágenes, restableció el culto a las imágenes tan pronto como pudo.

En la iglesia de Santa Sofía en Constantinopla se solemnizó una gran celebración con motivo de su restauración. Las imágenes y pinturas que habían permanecido a escondidas fueron sacadas, y las autoridades de la Iglesia y del estado hicieron reverencias ante ellas.

El tema de las imágenes ocupó un lugar importante en el Concilio convocado y presidido por Carlomagno en Frankfurt. Allí estuvieron presentes tanto los gobernantes civiles como los eclesiásticos para así abordar todos los temas. El Papa envió a sus representantes. Las decisiones tomadas en el Segundo Concilio de Nicea, las cuales habían establecido el servicio y la adoración a imágenes, fueron anuladas aunque habían sido confirmadas por el Papa y aceptadas en Oriente.

En su celo por las imágenes, los que defendían su uso se atrevieron a tildar a sus adversarios no sólo de iconoclastas, sino también de “mahometanos”. Sin embargo, en Frankfurt se impuso el consenso de que se debería rechazar todo tipo de adoración a imágenes; que no habría culto, adoración, reverencia ni veneración de ellas; así como tampoco los actos de postrarse, encender velas u ofrecer incienso ante ellas; ni tampoco besar las imágenes.

(Continuará)