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Orgullo 2a. parte - Caminito - 13-03-2013 2ª parte Un ejemplo típico de envidia en las santas escrituras, es el caso que se dio entre Caín y Abel. Hijos de Adán y Eva. La escritura nos narra cómo Caín y Abel presentaban ofrendas a Dios, pero mientras Abel ofrendaba lo mejor de sus ovejas, Caín no ofrendaba lo mejor de su cosecha y por ello la de Abel era recibida mejor que la de Caín. El corazón de orgullo muestra envidia cuando al no esforzarse por dar lo mejor de sí mismo, pues ni siquiera ve la necesidad de hacerlo, al encontrarse con los resultados desfavorables, se siente menospreciado y devaluado cuando no es tan bien visto su esfuerzo como el de otros que sí lo hicieron. Muchas veces sucede en la iglesia, cuando hay hermanos a los que se les encargan ministerios y a otros no. Es muy común pensar que a los que tienen más tiempo en la congregación debería de dárseles mayores encomiendas que a otros con menos tiempo, pero que han mostrado constancia, rectitud y amor en lo que emprenden para la gloria del Señor. Algunos miembros con más tiempo, puede causarles problemas esto y en ocasiones hasta se sienten sumamente enojados cuando no son tomados en cuenta, sin ver que no son regulares en su asistencia, no muestran ningún interés por participar en las diferentes actividades de la iglesia y cuando se les invita a intervenir en ministerios, los consideran sencillos y de poco valor, su orgullo los paraliza y su mismo orgullo los envenena de envidia cuando son otros los tomados en cuenta. Están los que critican a otros miembros, murmuran de ellos de cómo llegó vestido o como habla, hacen mofas y comentarios con otros miembros trayendo pecado y estancamiento en la congregación. La envidia les hace perder las bendiciones que otros miembros pueden traer por medio de los dones que Dios puso en ellos, a sus vidas, pues no reciben la ministración de éstos. Otra de las manifestaciones de orgullo es el no perdonar. El Orgullo de no perdonar Este sí que es un tema muy delicado que afecta la vida de muchos miembros de iglesia y de las familias de todos los que rodean a una persona de espíritu no perdonador. Hay miembros que han aceptado sin ningún contratiempo el perdón que Dios da en el sacrificio de la cruz, pero no pueden perdonar, tal vez sea porque creen que se le ha perdonado poco, porque han minimizado sus propios pecados o han establecido sus propios parámetros de gravedad de pecado de los que reciben contra los que ellos mimos propinan a los demás. Esto también es orgullo. Hay miembros de la iglesia que conocen muy bien el perdón que Dios brinda a todo pecador que quiere venir y en esto debo detenerme un poco en explicarlo para que se pueda entender bien la magnitud de las consecuencias que lleva un espíritu no perdonador. El perdón consiste en: a) Recibir la falta b) El que perdona debe estar dispuesto a aceptar la pérdida que conlleva la falta. c) Decidir no cobrar la deuda aunque los sentimientos no lo acompañen. d) Jamás volver a reclamar la deuda, pues la considera remitida o pagada. El perdón de Dios consiste de estos 4 puntos. Dios ha aceptado las faltas que le hemos hecho con nuestros pecados, prueba de ello es ver el cuerpo de nuestro Señor azotado, traspasado de clavos espinas, en su persona con los insultos y las humillaciones de los escupitajos y arrancado de sus barbas. El Señor para perdonarnos, dio su vida en pago de la demanda de la ley que exige la muerte del pecador y sustitutivamente murió en mí lugar y de todo aquel que acepta este verdad, que acepta este perdón. Dios en su misericordia no nos paga como merecemos, pues nos salvó del pecado del infierno y esto a pesar de su sufrimiento, a pesar de sus emociones y tormento. Dios ya no nos reclama nada de nuestros pecados, tiene la capacidad como Dios de olvidarlos por completo. Un corazón orgulloso, no puede recibir la falta, no la acepta, le es inadmisible. Un corazón orgulloso, no está dispuesto a aceptar la falta, quiere que se la paguen, toma venganza en cuanto haya la posibilidad de hacerlo. Un corazón orgulloso, guarda rencor por años, algunos de por vida. Hay quienes dicen haber perdonado, pero no dejan de recordar con mucho resentimiento el mal que le hicieron y viven esclavos de esa emoción. Un corazón orgulloso, no pierde ocasión para reclamarle al infractor su falta y si ya ha muerto, no deja de encolerizarse con su recuerdo. Esta manifestación de orgullo tiene tres destinatarios a los que no se puede perdonar: A uno mismo, a Dios o a los demás semejantes. A uno mismo: Lamentablemente es muy común darse cuenta que podemos cometer el terrible error de creer que la vida cristiana está basada en nuestros sentimientos y la fe, la dejamos a un lado. Hay personas que no se sienten perdonados y aunque uno les muestre lo que la santa palabra de Dios dice, ellos la entienden pero no se sienten perdonados cuando es cuestión de fe y al no pensarse perdonado, manifiestan su falta de fe y si esto es la causa de su situación, que es grave, lo peor es cuando manifiestan no poder perdonarse a sí mismos. “Dios es muy bueno, yo no me puedo perdonar” implicando en esta postura que los parámetros de Dios pueden estar debajo de los suyos propios, diciendo que son mejores que los de Dios. Esto es soberbia y también orgullo. Hay muchos cristianos que han caído y que por orgullo, el enemigo los acusa de su pecado que les parece tan terrible, implicando es más grande que la misericordia y la gracia de Dios, que no pueden creer recibir el perdón de Dios. A los demás Hay un pasaje en las escrituras que describe muy bien esto: Mateo 18:23 Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. 24 Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. 25 A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda. 26 Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. 27 El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda. 28 Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes. 29 Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. 30 Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda. 31 Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado. 32 Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. 33 ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? 34 Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. 35 Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas. Dios es el Señor dueño de la deuda y del siervo deudor de diez mil talentos y para que tengamos una idea, un denario es el equivalente en la actualidad de una cifra de 6 dígitos en dólares americanos. Si hablamos de diez mil, es más de la deuda externa de México. El Señor no quiere que veamos tanto el tamaño de la deuda, sino el hecho de que la deuda es impagable y que Dios la da por perdida en favor de su siervo. ¿Qué deuda puede haber que tengamos que no sea sino nuestra propia salvación? Y en la parábola, el siervo le fue perdonada la deuda impagable y éste no quiso perdonar una deuda que por muy grande que sea, no se compara con la deuda que Dios acepta como remitida en el sacrificio de su Hijo Jesucristo y que le fue perdonada. Ante la actitud no perdonadora, el Señor Jesucristo hace una advertencia en el verso 34. Quién no perdona después de habérsele ofrecido tamaña condonación de su deuda, no ha aceptado la remisión, es deudor de toda la deuda que tiene, la rechazó, no la acepta para sí. Y el verso 35, nos enseña que debemos perdonar de todo corazón, porque si no lo hacemos, nos va a tratar exactamente igual que lo hiciera este Señor con su siervo no perdonador de su semejante. Continuará |