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La autoridad de la Biblia
#1
La autoridad de la Biblia

Por Timoteo Glasscock
Tomado de Webemaus: Instituto Bíblico Evangélico

En este estudio vamos a considerar los siguientes temas:

1. Aspectos básicos de la Biblia.
2. La inspiración de las Escrituras.
3. El canon de las Escrituras.
4. La autoridad de las Escrituras.

Puesto que el tema general de esta sesión de la escuela Bíblica es ‘Explorando la Palabra’, nos conviene en primer lugar, a modo de introducción, aclarar algunas cuestiones básicas relativas a la Biblia. Luego, para desbrozar el camino hacia una consideración de la Palabra como autoridad final para el creyente en todo lo relativo a nuestras creencias y nuestra conducta, debemos considerar el tema de la inspiración de las Escrituras, es decir, si de verdad son la Palabra de Dios y por lo tanto revestidas plenamente de autoridad divina. En tercer lugar, hemos de hablar del tema de canonicidad, es decir, si los libros que se encuentran en el canon de las Escrituras son los libros inspirados por Dios, y como hemos de ver a los llamados libros ‘apócrifos’. Por último, vamos directamente al tema de la autoridad, para explorar algunas alternativas mantenidas sobre esta cuestión.

Aspectos Básicos de la Biblia

A. Su Nombre.
La palabra "Biblia" es una transliteración exacta de la palabra griega "biblia", la forma plural del sustantivo "biblion" que significa "libro". El uso de la expresión "libros" para definir el canon del Antiguo Testamento se encuentra ya en Dn 9:2, y fue utilizada por la Iglesia cristiana para identificar los libros (tanto del A.T. como del N.T.) reconocidos como canónicos por la Iglesia cristiana.

La expresión "las Escrituras" es frecuente en el N.T. (o "hai grafai" o "ta grammata", Mt. 21:42, Mr. 12:10, 2 Ti. 3:15,16), normalmente con referencia a los libros canónicos del A.T., aunque Pedro incluye las cartas de Pablo dentro de este concepto (2 P. 3:15,16). Lógicamente, en la medida que los escritos apostólicos recibían un reconocimiento como inspirados, la iglesia los incluía en la categoría de "Escrituras", es decir, de Palabra de Dios.

B. Su Contenido.
La división básica de la Biblia separa los documentos dados por Dios mediante sus profetas al pueblo de Israel (el Antiguo Testamento) de los documentos dados por los apóstoles y otros creyentes íntimamente ligados con ellos a la Iglesia cristiana (el Nuevo Testamento).

Sería más exacto llamar estas dos unidades "el antiguo y el nuevo pacto", puesto que "testamento’ traduce el griego "diatheke", que tiene el doble significado de "pacto’ y de ‘testamento", pero que en la gran mayoría de ocasiones donde se usa en la Biblia significa "pacto". Además del antiguo pacto que Dios hizo con Israel en Sinaí, el A.T. habla de un "nuevo pacto’ que Dios introduciría, mucho más eficaz que el pacto de Sinaí (Jer. 31:31). Mediante el nuevo orden que Él introduce mediante el sacrificio de la cruz, el Señor Jesucristo cumple esta profecía e inaugura este nuevo pacto abierto a todos los que confían en Él (Lc. 22:20; 1 Co. 11:25; 2 Co. 3:4-6,12-14; He. 8:6-13).
El Antiguo Testamento fue dividido en la Biblia hebrea en tres secciones principales:
1) La ley, que incluía los cinco libros de Moisés (Gn.- Dt.);
2)Los profetas, subdivididos en los profetas anteriores (Josué, Jueces, Samuel y Reyes) y los profetas posteriores (Isaías, Jeremías, Ezequiel y Los Doce, los libros que nosotros llamamos los profetas menores agrupados en un sólo tomo).
3) Los escritos, abarcando Salmos, Proverbios, Job, Cantares, Rut, Lamentaciones, Eclesiastés, Ester, Daniel, Esdras, Nehemías y Crónicas.

Esta división se detecta en los términos usados por el Señor Jesús (Lc. 24:27,44, cp. Mt. 7:12; Lc. 16:29). Cuando la Biblia hebrea se tradujo al griego (la Septuaginta), se cambió el orden de los libros al que encontramos ahora en nuestras Biblias.

C. Su Origen.
Aunque hablaremos más de este tema en la sección sobre inspiración, adelantamos aquí algunos conceptos. La revelación divina contenida en el Antiguo Testamento fue transmitida por (1) las obras poderosas de Dios (por ejemplo, en el Éxodo, Ex. 6:6-8, 7:3-5), y (2) las palabras predicadas por sus portavoces los profetas (Am. 1:1-3; 2:1,6; 3:1,7-8; Jer. 1:1- 2, etc.). Estos dos métodos están unidos indisolublemente. Hacía falta la interpretación profética de las obras de Dios para que el pleno significado de éstas pudiera comprenderse; las palabras de los profetas no hubieran tenido autoridad si no se hubieran cumplido en la intervención de Dios en la historia de Israel y de las naciones (cp. Dt. 18:21,22). Este lazo estrecho entre obras de poder y la predicación profética explica por qué los judíos clasificaban los libros que para nosotros son históricos como "los profetas anteriores".

Juntamente con la revelación de Dios, el A.T. narra la reacción del hombre a esta revelación, a veces obediente pero generalmente marcada por la desobediencia. El N.T. percibe lecciones importantes para los creyentes del Nuevo Pacto en estos relatos (1 Co. 10:11).
Desde la perspectiva cristiana, el A.T. tiene una función claramente preparatoria: las obras de poder de Dios llegan a su punto culminante en las señales y milagros de Jesús, y en su obra de redención. La revelación verbal dada por Dios muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas encuentra su exposición definitiva en Jesucristo el Hijo de Dios (He. 1:1-3). Por eso, la relación entre el A.T. y el N.T. es la relación promesa/cumplimiento. Pero es bueno recordar que aun en el A.T. el camino de salvación queda claramente revelado (2 Ti. 3:15), y no debemos marginar su lectura pensando que es sólo el N.T. que nos interesa hoy día.
La división del N.T. en cuatro secciones —los cuatro Evangelios, Hechos, las 21 cartas apostólicas y Apocalipsis— nos es muy familiar. Los primeros libros del N.T. en escribirse serían las cartas de Pablo y posiblemente la de Santiago (entre 48—60 d.C.), seguidas por las de Pedro (60-65 d.C.), y los Evangelios y demás libros del N.T. (entre 60—100 d.C.). Aunque tuvieron un origen independiente, los cuatro Evangelios se encontraban ya unidos en un solo cuerpo a principios del Sig. II, como también las cartas de Pablo, unidas a los Evangelios por el libro de los Hechos que proveía el lazo entre los dos grupos de documentos. Esta colección de escritos apostólicos, a la que los demás libros del N.T. fueron añadiéndose (ver "El canon de las Escrituras"), pronto adquirió para la Iglesia cristiana la misma autoridad que la Ley y los Profetas.
Como mensaje central de la Biblia, tanto del A.T. como del N.T., podemos hablar de la historia de la salvación, destacando principalmente tres aspectos:
1) Jesucristo como portador de la salvación y mediador del nuevo pacto;
2) la gracia de Dios como el camino de la salvación y la. base del nuevo pacto;
3) el pueblo de Dios como los herederos de la salvación y la comunidad del nuevo pacto.

La Inspiración de las Escrituras
A. El significado de "inspiración".
El texto clave aquí es 2 Ti. 3:16: "Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia". La palabra traducida "inspirada’ es ‘theopneustos’, que literalmente es "exhalada", no "inhalada" o "inspirada". Es decir, lo que afirma Pablo es que Dios ha exhalado la Escritura, que ésta tiene el soplo divino, y que por la tanto la Biblia es un producto divino y debe reconocerse como tal. Las Escrituras son, literalmente, las palabras de Dios, de aquel Dios que nunca miente (Nm. 23:19; Tit. 1:2).

Otro texto fundamental es 2 P. 1:21: "porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo’. Aquí la palabra traducida ‘inspirados’ es ‘feromenoi", que significa más exactamente "impulsados". El Espíritu Santo impulsó a los hombres escogidos y preparados por Dios como portavoces suyos (Jer. 1:4,5; Gá. 1:15,16), guiando, iluminando y controlándolos, con el fin de que plasmaran por escrito la revelación divina. Así es que en 1 P. 1:10—12, el apóstol describe como el Espíritu Santo estaba dentro de los profetas, revelándoles y anunciando por medio de ellos las grandes verdades de la salvación, verdades que ellos mismos eran incapaces de comprender en toda su plenitud. Lo que es inspirado, por lo tanto, no son los hombres que escribieron, sino el producto escrito, las Escrituras bíblicas.
En el A.T. el aliento de Dios o su espíritu son expresiones que hablan de la manifestación activa de poder divino, en creación (Sal. 33:6; Job 33.4, cp. Gn. 1:2; 2:7), en preservación (Job. 34:14), en revelación a y por medio de los profetas (Is. 48:16; 61:1; Mi. 3:8; Jl. 2:28—29), en regeneración (Ez. 36:27) y en juicio (Is. 30:28,33). Es en el N.T. donde este hálito o soplo divino se revela como Persona divina (Jn. 14:16—17, 26; 15:26; 16:13-15). Así comprendemos que "el Hálito de Dios", el Espíritu Santo, produjo los Escritos Sagrados (2 Ti. 3:15, lit.) como medio de transmitir al hombre conocimientos espirituales.
Por lo tanto, cuando hablamos de la inspiración de las Escrituras, queremos indicar
1) que el origen y la esencia de las Escrituras son divinos;
2) que las Escrituras, como divinamente producidas, son completamente fiables y fidedignos;
3) que el Espíritu Santo influyó en los autores humanos de los libros bíblicos (los profetas, los salmistas, los sabios y los apóstoles) de tal forma que, como instrumentos humanos en la revelación divina, lo que hablaron y escribieron son las palabras de Dios.

A la luz de lo dicho, podemos definir la inspiración bíblica como el proceso total por el cual Dios impulsó a hombres escogidos y preparados por Él para que escribieran exactamente lo que Él quiso que fuera escrito para comunicar el conocimiento de la salvación a su pueblo, y a través de ellos, al mundo. La inspiración garantiza la veracidad de todo lo que la Biblia afirma.
El problema que se nos plantea, sin embargo, puede formularse así: ¿cómo es posible que un libro sea a la vez humano y divino, que tenga muchos autores humanos y un solo autor divino?. En cierto sentido, nos encontramos con el mismo problema al hablar de la naturaleza del Señor Jesucristo: ¿Ccómo se combinan en un solo ser una naturaleza perfectamente divina y una naturaleza plenamente humana? Es interesante reflexionar sobre los paralelos entre el proceso de la encarnación y el proceso de la redacción de las Escrituras. En cuanto a éstas, examinemos más de cerca este proceso.

B. El modo de la inspiración.
Resumiremos este apartado mediante los siguientes puntos:

1) Las Escrituras no definen exactamente la naturaleza, el modo y las limitaciones de la inspiración, aunque nos proporciona ilustraciones (2 Cr. 15:1; Mt. 22:43; 2 P. 1:21).
2) Al escribir la revelación dada por Dios, "la personalidad del autor humano no fue anulada. Muchos de los libros contienen pasajes que revelan que la preparación previa y las características peculiares del autor fueron utilizadas por el Espíritu Santo y aun pueden ser de importancia para el mensaje" (Hammond). Warfield lo expresa así: "Al querer Dios dar a su pueblo una serie de cartas como las de Pablo, preparó a un Pablo para escribirlas, y el Pablo que trajo a esta tarea fue un Pablo que escribió de forma espontánea exactamente este tipo de cartas".
3) Como conclusión lógica del punto anterior, podemos afirmar que la inspiración no debe entenderse en términos de un dictado mecánico ni de escritura automática, ni ningún otro proceso que involucrara la suspensión de la actividad mental del autor humano.
"Se ha empleado la figura de un músico que toca una flauta, y modernamente, la del mecanógrafo que escribe en su máquina de escribir lo que le dictan sin participación personal en la redacción. En este caso, los autores humanos no pasarían de ser instrumentos pasivos, al modo de la flauta y la máquina de escribir. No es posible justificar este concepto por el estudio de la Palabra misma, ya que los profetas y los apóstoles meditan y aprenden antes de hablar, y se distinguen por su temperamento y su preparación, manifestándose rasgos de su personalidad en sus escritos. El Espíritu se vale de personas humanas, obrando a través de sus dones y su experiencia, pero de tal forma que el mensaje que resulta tiene soplo de Dios" (Trenchard).
4) Por otra parte, aunque el autor humano hiciera hasta trabajos de investigación antes de escribir (Lc. 1:1—4), "las Escrituras mismas afirman que el Espíritu de Dios controló al escritor a fin de que no introdujera defecto humano alguno (como historia falsa, descripciones imprecisas o doctrinas erradas) de tal naturaleza que viciara la revelación contenida en el escrito o echara a perder su autoridad" (Hammond).
El hecho de que Dios no borró la personalidad, estilo y condicionantes culturales de sus portavoces no significa que ellos distorsionaron la verdad que tenían que transmitir. En cuanto a su forma, cada libro bíblico es la creación literaria de su autor humano, pero en cuanto a su contenido, es la creación teológica. de Dios. Los profetas (Jer. 1:7; Ez. 2:7; Am. 3:7), el Señor Jesucristo (Jn. 7:16; 12:49) y los apóstoles (1 Co. 2:9—13) reconocieron unánimemente este hecho.
5) La inspiración no abarca corrupciones en la transmisión del texto sino sólo el texto como originalmente producido por los autores guiados por el Espíritu. Habiendo dicho esto, es importante recalcar, en palabras de Sir Frederick Kenyon (director en su día del Museo Británico de Londres y una autoridad principal sobre cuestiones del texto bíblico), que "el lector de hoy puede seguir sus estudios bíblicos con la seguridad que el texto que tiene delante no difiere en nada esencial de aquel que salió de las manos de los autores inspirados
6) El concepto de la inspiración divina de las Escrituras no tiene nada que ver con el adjetivo de "inspirados" aplicado a veces a los autores de las grandes obras literarias.

C. Grados de Inspiración.

Aunque a veces se ha usado el concepto de distintos grados de inspiración para diferenciar entre partes de la Biblia escritas expresamente para que las aceptemos como doctrina cristiana (p ej., las cartas de Pablo) y otras partes que contienen conclusiones humanas falsas (p. ej. algunos argumentos de los amigos de Job, algunas conclusiones de Eclesiastés), es mejor no intentar establecer grados de inspiración, sino hablar en términos de distintos propósitos en la inspiración de determinadas partes de las Escrituras.

El Canon de las Escrituras

A. El problema de canonicidad.

Habiendo comentado la inspiración de la Palabra de Dios, nos toca ahora preguntarnos: ¿cuáles libros comparten esta inspiración? ¿Cómo podemos estar seguros que los libros que están en nuestras Biblias, todos ellos pero ninguno más, son los que Dios ha inspirado? ¿Qué decir de los libros apócrifos?
Para que nos demos cuenta de la dimensión del problema, decir que en los primeros siglos de la existencia de la Iglesia cristiana surgieron una multitud de libros religiosos afirmando ser inspirados por Dios. Conocemos a 17 evangelios apócrifos (hablo solamente de los principales), incluyendo el Evangelio de Bartolomé, el Evangelio según los Hebreos, la Historia de José el Carpintero, el Evangelio de Matías, el Evangelio de los Nazarenos y los Evangelios de Pedro, de Felipe y de Tomas. Hay hasta 27 libros apócrifos de los Hechos, incluyendo los de Juan, Pablo, Pedro, Andrés y Tomás, y hasta los Hechos de Pilato (!). Una multitud de obras apócrifas se clasifican como epístolas; unos pocos de los más importantes son Abgarus y las Cartas de Cristo, la Epístola de los Apóstoles, la Epístola de Bernabé, Tercera Corintios, la Epístola a los Laodiceos, la Epístola de Léntulo, las Epístolas de Pablo y Séneca y la Epístola. de Tito.
¿Cómo distinguieron los creyentes de los primeros siglos entre obras genuinamente apostólicos y este montón de libros espurios?
B. El significado de "canon"
El término griego kanon significa "regla" o "vara de medir". En relación con la Biblia indica la lista de libros que llegaron a considerarse como inspirados y autoritativos, incluyéndose por lo tanto en la colección de libros reconocidos como Palabra de Dios, es decir, la Biblia. Todo libro reconocido como inspirado se considera también de forma automática como canónico.
Ciertos libros que pretendían ser incluidos en el canon de las Escrituras, y que sin embargo fueron rechazados por no aportar evidencias indisputables de ser libros inspirados por Dios son denominados "deuterocanónicos" o "apócrifos". Por razones que explicaremos más adelante, algunos libros apócrifos son incluidos en las versiones católicas de la Biblia, pero no encuentran lugar en las versiones protestantes.

C. La historia del canon.

(1) El Antiguo Testamento. No sabemos los detalles de cómo se llegó finalmente a establecer el canon del A.T. en el pueblo judío. Debemos tener en cuenta los siguientes puntos:
a. Muy pronto en la historia de Israel ciertos escritos fueron aceptados como teniendo autoridad divina y por lo tanto normativos para la fe y la conducta del pueblo de Dios (Ex. 24:7; 2 R. 22—23; Neh. 8:9,14—17). En estos casos, los escritos en cuestión seguramente consistían en el Pentateuco.
b. La autoridad profética fue generalmente reconocida en Israel, y directa o indirectamente esta autoridad se halla detrás de los libros canónicos.
c. En la época del Señor Jesucristo se reconocían, como hemos visto ya, tres divisiones de la Biblia hebrea, la Ley, los Profetas y los Escritos. La actitud del Señor hacia las Escrituras hebreas, utilizándolas como guía infalible para su propia vida y ministerio y exigiendo de sus discípulos el mismo respeto (Mt. 4:4,7,10; 5:17—19; Jn. 4:22; 10:35; Lc. 22:37), es determinante para nosotros. Sin embargo, nunca citó los libros apócrifos.
d. En el Nuevo Testamento se hallan citas de todos los libros del A.T. con excepción de cuatro.
e. Aunque los samaritanos rechazaron todos los libros del A.T. menos el Pentateuco, y algunos rabinos discutían, en base a evidencias internas, la canonicidad de cinco libros (Ezequiel, Proverbios, Cantares, Eclesiastés y Ester), el canon de la Biblia hebrea, que es idéntica al que utilizan las Biblias protestantes, quedó establecida muy claramente en el pueblo judío. Josefo, el historiador judío, confirma la lista canónica hebrea en el 95 d. C.
f. No fue hasta la traducción de la Septuaginta que los libros apócrifos (Tobías, Judit, Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc, Carta de Jeremías y partes del libro de Daniel) fueron incluidos en esta versión griega del A.T. Este hecho produjo una controversia sobre su reconocimiento como inspirados, que duró hasta la Reforma, cuando la iglesia romana insistió en la inclusión de estos libros en el A.T. en pie de igualdad con los demás, mientras que las iglesias reformadas se adherían al canon hebreo y rechazaron los apócrifos como libros no inspirados, aunque alguna los consideraba como lectura edificante (p. ej. la iglesia anglicana).

(2) El Nuevo Testamento. Hammond ("Como Comprender la Doctrina Cristiana") establece cinco pasos en el proceso de formación del canon del N.T.:

a. Las palabras del Señor fueron consideradas absolutamente autorizadas desde el momento de su primer ministerio público.

b. Los relatos de quienes lo escucharon fueron considerados como teniendo igual autoridad.
c. Las cartas de los apóstoles recibieron consideración como autoritativas en el mismo nivel que su ministerio público (cp. Jn. 16:13,14).
d. Surgió un proceso de intercambio de estas cartas entre iglesias vecinas.
e. La desaparición de los apóstoles dio lugar a la circulación de imitaciones de sus escritos, y surgió el problema de definir los escritos genuinamente apostólicos.
El establecimiento definitivo del canon del N.T. necesitó un período de unos 300 años:
a. Los libros del N.T. se escribieron entre 50—100 d.C.
b. Su recopilación y lectura en las iglesias ocurrió entre 100-200 d.C. Al final del sig. II, Ireneo ya redactó una lista de libros canónicos que a todos los efectos es igual a la de nuestro Nuevo Testamento.
c. El proceso de examen y comparación con las imitaciones siguió realizándose durante el período del 200—300 d.C.
d. Se llegó a un consenso total sobre los libros canónicos entre 300—400 d.C. En este período los libros del N.T. fueron clasificados como (i) homologoumena (libros aceptados por todas las iglesias sin excepción; Apocalipsis y Hebreos produjeron alguna reticencia) o (ii) antilegomena (libros que recibieron la oposición de algunos, pero que fueron aceptados por la gran mayoría: Santiago, 2 Pedro, 2 y 3 Juan y Judas).

D. Los principios de canonicidad.

¿Cómo se determinaba el carácter canónico de un libro? Podemos hablar de tres factores principales.

1) La autoridad de los escritores en la iglesia. Los libros aceptados como canónicos fueron escritos por personas reconocidas como señaladas por Dios para revelar su voluntad (legisladores y profetas en el A.T.; apóstoles y sus colaboradores inmediatos en e]. N.T.). Los libros fueron recibidos por las iglesias de la época apostólica al ser certificados por un apóstol como divinamente inspirados (cp. 1 Ts. 5:27; 1 Co. 14:37; Col. 4:16; 1 Ti. 5:8; Ap. 1:3).
2) Evidencias externas. Sobre todo el consenso de las iglesias existentes en cuanto a su valor histórico. Debido a la falta de conocimientos sobre su origen, unos pocos libros fueron temporalmente puestos en duda por una minoría en la iglesia. Cuando estas dudas se disiparon, fueron aceptados por unanimidad. En ningún caso un libro puesto en tela de duda por un grupo numeroso de iglesias fue aceptado.
3) Evidencias internas. El contenido de los libros, contemplado desde la perspectiva de la enseñanza apostólica reconocida en las iglesias, fue también determinante. Coincidencia con la doctrina sana ya conocida impulsaba el reconocimiento; contradicción era un obstáculo insalvable. "La realidad de esta evidencia interna podrá ser fácilmente apreciada por quienes comparen los libros apócrifos —especialmente los del N.T.— con los escritos sagrados" (Hammond, cp. 1 Ts. 2:13).
La Autoridad de las Escrituras

¿Dónde se encuentra la autoridad última a la que el creyente ha de apelar en asuntos de la fe cristiana? Tres son las opciones principales que se suelen presentar, a las que añadiremos una cuarta.

1) La razón. Esta es la postura asumida por los teólogos llamados "liberales". Por encima de las Escrituras está la razón humana, con derecho a juzgar el contenido de la palabra para encontrar errores, discrepancias y defectos, y pronunciar sobre lo que realmente es palabra de Dios y lo que no lo es. De esta forma, muchos teólogos modernos niegan el reconocimiento de revelación infalible a la Palabra, acusan a la Biblia de tener muchos errores, y rehusan someterse a su autoridad.
Pero la razón humana no puede actuar como fuente final de autoridad debido a su corrupción por el pecado. La mente humana es finita, muy limitada y en absoluto fiable. La arqueología se ha encargado de desmontar muchas de las teorías de los teólogos liberales, demostrando la veracidad de los relatos bíblicos frente a las acusaciones de error. Por otro lado, utilizar la razón como corte suprema de apelación sólo siembra la confusión, por ser un criterio totalmente subjetivo. ¿Cómo distinguir la verdad entre la multitud de teorías propuestas por distintos teólogos?
Por supuesto que el creyente utilizará al máximo su mente y su inteligencia al acercarse a las Escrituras, esforzándose para comprender la revelación de Dios, y lo hará para la gloria de Dios. Pero nunca debe pretender que su inteligencia es más fiable que la palabra inspirada.
2) La Iglesia. Ésta es la posición de la iglesia romana y de la ortodoxa. "En la iglesia romana, la griega (ortodoxa) y otras iglesias antiguas, la Biblia constituye juntamente con la tradición viva de la iglesia la autoridad última. En las iglesias de la Reforma, la sola Biblia es el tribunal supremo de apelación en asuntos de doctrina y práctica" (Bruce).
Aunque en teoría se reconoce la autoridad de la Palabra de Dios, se da mayor autoridad a la tradición eclesial, que muchas veces se utiliza incluso para invalidar las enseñanzas de la Palabra. Se argumenta (I) que la iglesia precedió al Nuevo Testamento, y que por lo tanto tiene una autoridad superior; (II) que la tradición de la iglesia suplementa la Escritura, que es incompleta sin estas adiciones.
La respuesta evangélica a estos argumentos sería: (i) que fue la Palabra de Dios, primeramente predicada y luego escrita, la que dio origen a la iglesia, y no viceversa; (ii) que el Señor criticó severamente la tendencia judía a añadir tradiciones humanas a la revelación divina, con el resultado de invalidar el mandamiento de Dios para guardar esta tradición (Mr. 7:5—13). Debemos a todo costo evitar caer en el mismo error. Ninguna declaración doctrinal ni práctica religiosa puede ser válida si está en clara oposición a las Escrituras.
3) La Biblia. Esta es la posición evangélica, e históricamente la de las iglesias reformadas, resumida en el Artículo VI de la Iglesia de Inglaterra: "Las Sagradas Escrituras contienen todo lo necesario para la salvación; de modo que no ha de requerirse de ningún hombre que crea como artículo de fe lo que no se halla en ellas, ni sea probado por las mismas". La Confesión de Fe de Westminster reconoce la lista de los 39 libros del A.T. y los 27 del N.T. como "todos... dados por inspiración de Dios para ser la regla de fe y de vida.’
Dice Hammond enfáticamente: "La afirmación de la supremacía de las Sagradas Escrituras, en todo el sentido de la palabra, forma parte de la esencia misma de la posición evangélica.., no hay palabras suficientes para destacar la importancia de acatar, más allá de toda duda, la autoridad irreemplazable de las Sagradas Escrituras en todo lo que atañe a la religión, ya se trate de la doctrina o de la práctica."
4) La experiencia. En ciertos círculos evangélicos hoy en día existe una tendencia a dar más importancia e. experiencias en la vida cristiana que a las enseñanzas de la Palabra de Dios, de manera que la exposición de la Palabra queda relegada a un lugar de poquísima importancia. Aunque en teoría no se niega la importancia de la Palabra como autoridad final, en la práctica se la margine de forma nefasta. Es importante aquí recordar (i) que las experiencias han de interpretarse a la luz de las enseñanzas de la Palabra, y no viceversa; (ii) que es de vital importancia en la iglesia local dar prioridad a la exposición de la Palabra de Dios, para que ésta llegue en la práctica a desarrollar su función como guía suprema en todos los aspectos de la vida cristiana.
"Siendo renacidos, no de simiente corruptible sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre. Porque: toda carne es como hierba, y toda la gloria del hombre como flor de la hierba: la hierba se seca, y la flor se cae: mas la palabra del Señor permanece para siempre. Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada" (1 P. 1:23-25).
"Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad" (2 Ti. 2:15).

Timoteo Glasscock

(Siguiendo sus Pisadas.com.ar)
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