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Doce Diálogos Bíblicos (11)
#1
Número 11
Tema: LA ORACIÓN

Preguntas por S. W. Royes; Respuestas por H. P. Barker


¿Hay alguna razón especial por la que usted haya escogido el tema de la Oración inmediatamente después de nuestro diálogo sobre las Sagradas Escrituras?
SÍ. En la vida espiritual del creyente, ambas cosas —la Palabra de Dios y la oración— tienen que ir de la mano, o el resultado será el naufragio. En Lucas 10:39 encontramos a María sentada a los pies de Jesús, escuchando Su palabra. Es elogiada por la buena parte que escogió, y aprendemos de su caso cuán bueno es desear conocer la palabra del Señor. Pero inmediatamente después de esto se narra un incidente por el que aprendemos la importancia de la oración; y vemos por la estrecha relación en que se ponen ambas escenas en la página sagrada la íntima relación que tienen ambas cosas: la Palabra de Dios y la oración.
Para mantener un fuego encendido, se precisa de una constante aportación de combustible y de aire. Privado de cualquiera de ambas cosas, el fuego se apagaría. Del mismo modo, se precisa de dos cosas si se quiere mantener ardiendo el fuego del gozo y de la comunión en el alma del creyente —una constante aplicación de la Palabra a su corazón, y el constante ejercicio de la oración.

¿A quién se debería dirigir la oración?
A Dios, y solo a Dios. En ninguna parte de las Escrituras encontramos ni una insinuación de ninguna oración dirigida a la virgen María ni a los santos. Parece insólito que en nuestra época tengamos que insistir en esto, y volver a luchar en esta cuestión la batalla de la Reforma. Sin embargo, es penoso observar que la práctica de invocar a los muertos se está volviendo más y más frecuente en círculos que habían sido claramente protestantes. De este modo se hurta a Dios del honor que le pertenece a Él solo; se exalta a las criaturas a expensas del Creador; se rinde culto a difuntos, hombres y mujeres, y se les invoca a ellos en lugar de al Dios viviente.
Naturalmente, cuando se dice que Dios es el Único a quien deberíamos dirigir nuestras oraciones, no niego ni por un momento que debamos orar al Señor Jesús. Él es Dios, igual con el Padre, y le pertenece el mismo honor (Juan 5:23). Encontramos a Esteban orando al Señor Jesús, que reciba su espíritu. Pablo también oró al Señor Jesús respecto a su aguijón en la carne.
No podemos definir con ninguna receta especial las ocasiones en las que la oración se debería dirigir al Padre, y cuándo al Hijo. Por lo general, nos dirigimos a nuestro Dios y Padre con referencia a nuestras necesidades como Sus hijos aquí en la tierra; nos dirigimos al Señor Jesús en relación con Su servicio en el que en Su gracia nos ha permitido dedicarnos.
Solo queda decir que el Espíritu Santo, la tercera Persona de la bendita Trinidad, nunca es presentado como objeto ni de oración ni de alabanza. Él está en la tierra habitando en nosotros, para generar, no para recibir, nuestras oraciones y alabanzas.

¿Ha prometido Dios darnos siempre aquello que pedimos?
Él es un Gobernante demasiado sabio y un Padre demasiado amante para hacer tal cosa. ¿Qué padre terrenal concedería cualquier deseo insensato que su hijo pudiera presentarle? Hay muchas y preciosas promesas, que resplandecen en las páginas de las Escrituras, que dan seguridad al creyente de que su oración será oída, bajo ciertas condiciones. Pero tanto si Dios, en Su amor y sabiduría, considera oportuno conceder alguna petición en concreto o no, hay algo con lo que siempre podemos contar. Pasemos a Filipenses 4:6, 7 y veréis lo que quiero decir. Dios se compromete a que en cada caso Su paz misma guardará nuestros corazones y nuestras mentes en Cristo Jesús. Puede ser que el infinito amor nos niegue aquello que pedimos, pero este beneficio, la guarda de nuestros corazones en la serena atmósfera de la propia paz de Dios, nunca será negado a aquel que lleva sus peticiones delante de Él.
¿Qué condiciones aseguran que la oración reciba respuesta?
Consultemos las Escrituras para ello. Primero veamos el Salmo 66:18. «Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado.» Si queremos obtener respuesta a nuestras oraciones, tenemos que estar a bien con Dios en secreto. Nuestra vida privada se tiene que corresponder con nuestra profesión pública. El pecado oculto, como una serpiente en el seno, quita toda vitalidad a la oración. Una mala conciencia es un verdadero obstáculo para que se concedan nuestras peticiones. Dios no derramará Sus bendiciones en vasos sucios. De modo que la primera condición para la oración que prevalece es una buena conciencia.
Ahora leamos Santiago 4:3. «Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.» Aquí aprendemos que los que piden algo a Dios con motivos egoístas se quedarán totalmente decepcionados. Dios no colaborará en la propia gratificación. Las oraciones que se registran en las Escrituras, y que recibieron unas respuestas tan maravillosas, fueron oraciones en favor de otros, u oraciones que tenían en vista la gloria de Dios en relación con aquellos que las pronunciaron. Así, una segunda condición es que haya un motivo limpio.
Luego veamos Santiago 1:6, 7. «Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor.» Así, es necesaria una confianza inamovible si queremos obtener respuesta a nuestras oraciones. Dudar es deshonrar a Dios, y asestar un golpe de muerte a nuestras propias peticiones.
Examinemos ahora 1 Juan 3:22. «Cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él.» Así, otra condición es que haya obediencia por nuestra parte. No se nos deja sin saber qué cosas agradan al Señor. Pero no es suficiente con saberlas. Tenemos que hacerlas si deseamos recibir de Él aquellas cosas que pedimos.
Volvamos de nuevo a Juan 16:23. «Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará.» Aquí tenemos una quinta condición. Si la oración es en nombre de Cristo recibirá respuesta. ¿Qué significa orar en Su nombre? Desde luego, no significa orar acerca de cualquier cosa que nos plazca, y luego terminar diciendo: «Todo esto te lo pedimos en el nombre y por causa de nuestro Señor Jesucristo». Significa que aquello que pedimos debe ser algo a lo que el nombre de Cristo pueda ir verdaderamente unido, algo que Él pediría si estuviera en nuestras circunstancias. Esto demanda discernimiento espiritual, que solo puede adquirirse andando cerca del Señor. De modo que pedir cualquier cosa en Su nombre implica que estamos en estrecha comunión con Él.

Ya que Dios conoce todas nuestras necesidades, ¿por qué deberíamos orar a Él acerca de las mismas?
Desde luego, es suficiente con saber que Dios quiere que oremos. Se podrían citar docenas de pasajes de las Escrituras que exponen que la oración es aceptable para Dios. Nadie se imagina que oramos para informar a Dios de lo que Él no sabe. Tampoco oramos para asegurarnos Su interés en nosotros o Su amor. El santo que ora con inteligencia se da cuenta de que está hablando con Aquel que conoce cada una de sus necesidades mucho mejor que él mismo, que tiene un interés sin límites en todo lo que se refiere a Su pueblo, y cuyo amor no podría ser más grande de lo que es. El objeto de la oración es que se pueda expresar nuestra dependencia de Dios, y que nuestras almas puedan entrar en contacto con Él acerca de aquello por lo que oramos; que al esperar en Él aprendamos Su mente; que se dé expresión a los deseos que el Espíritu Santo ha originado en nosotros, y que cuando la respuesta llegue, seamos conscientes de que es ciertamente de parte de Dios que viene.

¿Deberíamos orar más de una vez por cualquier cosa?
No se puede establecer ninguna norma concreta respecto a algo así. En algunos casos se nos hace sentir que nuestra petición, por alguna sabia razón, no nos será concedida, y nos sentimos sin libertad para seguir pidiendo. Casos como este pueden ser infrecuentes, pero desde luego se dan. A Moisés, cuando oró que le fuera permitido entrar en Canaán, se le prohibió repetir su petición (Dt. 3:26).
Por otra parte, a veces, cuando pedimos al Señor algo especial, viene sobre uno una sensación abrumadora de que ha sido oído, y de que la petición está concedida, y se tiene la sensación de que volver a pedir sería una presunción.
Pero estos son casos excepcionales, y, en general, el Señor querría que persistamos en oración por aquello que está en nuestros corazones. A menudo nos mantiene esperando durante meses, e incluso durante años, antes de dar una respuesta, con el fin de poner a prueba la realidad de nuestro deseo, y de probar nuestra fe. Él quiere que seamos importunos acerca de lo que queremos de Él, y así mostrar que somos serios acerca de aquello. Esta es la lección que se nos comunica en la parábola del anfitrión de un viajero, que pidió pan a un amigo suyo a medianoche (Lucas 11). Fue oído por su importunidad. Otra parábola —la de la viuda que había sufrido una injusticia (Lucas 18)— refuerza esta misma verdad, de la necesidad de orar siempre, y no desmayar.
No se trata de que Dios sea un Dador difícil y mal dispuesto, sino de que la importunidad es una prueba de seriedad y de fe.

¿Es deseable apartar momentos concretos para la oración privada?
Desde luego que así es para la gran mayoría de los cristianos. Todo lo que se deja para momentos ocasionales queda a menudo relegado del todo, y estoy convencido de que la falta de una programación regular es la razón de que haya tan poca oración entre nosotros. Los santos de la antigüedad tenían horas programadas. «Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, y él oirá mi voz» (Salmo 55:17).
También Daniel cultivó este mismo hábito, y nada podía impedirle de arrodillarse en su estancia tres veces al día, para orar y dar gracias delante de su Dios (Daniel 6:10). ¡Qué pena que permitamos que cosas triviales nos priven de nuestro tiempo para la oración!
Decid que se trata de una práctica «legalista», si queréis, ¡pero me gustaría ver mucha más de esta clase de legalidad! Recomiendo a cada joven creyente, con toda intensidad, la costumbre de reservar una cierta hora cada día para tener una relación a solas con Dios. El mejor momento es por la mañana temprano, e inmediatamente antes de retirarse por la noche.
Pero además de reservar momentos regulares para la oración, y de los que no deberíamos dejar que nada ni nadie nos privasen, deberíamos tratar de estar siempre en un espíritu de oración y dependencia, listos en cualquier momento para volvernos al Señor acerca de cualquier dificultad, o en cualquier emergencia. En Nehemías tenemos un maravilloso ejemplo de esto. Él era el copero del rey, y mientras estaba cumpliendo sus deberes, su real señor le hizo de repente una pregunta que él se sintió totalmente incapaz de contestar sin consultar con el Señor. Precisaba urgentemente de la dirección divina, pero la pregunta del rey tenía que ser contestada de inmediato. Nehemías pudo dirigirse al Señor en oración. «Entonces oré al Dios de los cielos, y dije al rey» (Nehemías 2:4, 5). ¡Ojalá estuviéramos siempre tan cerca del Señor que pudiéramos consultarle y buscar sabiduría y dirección de Su parte con tanta presteza como pudo hacerlo Nehemías!

¿Recomendaría usted alguna forma especial de oración?
No. El Espíritu Santo está aquí para generar nuestros pensamientos y deseos en la línea de la voluntad de Dios, y Él pone en nuestros corazones los asuntos adecuados para la oración, y nos capacita para presentarlos delante del Señor. Así, se nos exhorta a orar «en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu», y a orar «en el Espíritu Santo» (Efesios 6:18, Judas 20).
Es cierto que, si somos dejados a nosotros mismos, «qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos», pero en el Espíritu Santo tenemos al mejor de los maestros, y podemos dejarle a Él, seguros, el controlarnos y dirigirnos en nuestras oraciones 

¿Cree usted en hacer largas oraciones?
Sí, siempre y cuando sean pronunciadas en privado y broten del corazón. No podemos estar demasiado tiempo de rodillas en secreto. En una ocasión, el Señor Jesús estuvo toda una noche en oración; pero el mero hecho de que alguien esté largo tiempo en oración no asegura que vaya a ser oído. A nadie se le oye por mucho hablar. La sinceridad y una profunda reverencia deberían acompañarnos al dirigirnos a Dios.
Pero me imagino que su pregunta se refiere a las oraciones públicas. Si consideramos las oraciones registradas en la Biblia, encontraremos que la más larga de ellas —la pronunciada por Salomón en la dedicación del templo— tomó menos de diez minutos, incluso en el caso de que se pronuncie lenta y reverentemente. Se ha dicho con razón que cuando uno quiere algo de verdad, podrá comunicar su petición con pocas palabras. Es cuando alguien no tiene nada que pedir en particular que la oración toma veinte o veinticinco minutos.

El Señor Jesús era omnipotente, y era el Creador de todas las cosas. ¿Por qué tenía Él ninguna necesidad de orar?
Es cierto que el Señor Jesús era todo lo que usted dice. Él era «Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos». Pero Él descendió a la tierra para recorrer la senda de un Hombre dependiente, y todo aquello que Dios buscaba en un hombre fue hallado en Él en toda perfección. Obediencia, verdad, justicia, confianza, dependencia —todas estas cosas se vieron en Cristo. Y fue como Hombre, en el humilde camino al que Su gracia le había traído, que le encontramos una y otra vez en oración. En todo esto Él nos ha dejado un brillante ejemplo. ¡Que sigamos fielmente en Sus pasos! En el Evangelio de Lucas, donde vemos a nuestro Señor de una manera especial como Hombre, creo que lo encontramos siete veces en oración.


Doce Diálogos Bíblicos -
Harold P. Barker y otros.
Traducción del inglés: Santiago Escuain
© Copyright 2005, SEDIN - todos los derechos reservados.

SEDIN-Servicio Evangélico
Apartat 2002
08200 SABADELL
(Barcelona) ESPAÑA
Se puede reproducir en todo o en parte para usos no comerciales, a condición de que se cite la procedencia reproduciendo íntegramente lo anterior y esta nota
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