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Doce Diálogos Bíblicos (10)
#1
Número 10
Tema: LA INSPIRACIÓN DE LA BIBLIA

Preguntas por W. E. Powell; Respuestas por H. P. Barker
 
EN nuestros diálogos anteriores hemos hablado de muchas cosas maravillosas que aparecen en la Biblia. En esta ocasión vamos a hablar de la Biblia misma, y del título que tiene a nuestra obediencia. Espero que como resultado de ello, pueda crecer nuestra reverencia por el santo Libro de Dios, y que se implante en nuestros corazones un deseo por una mayor familiaridad con sus enseñanzas.

¿Qué hace que la Biblia sea diferente de cualquier otro libro?
La Biblia nos viene con una afirmación que no hace ningún otro libro del mundo que sea digno de una verdadera atención. No me será necesario referirme al Corán, ni a los libros sagrados del los hindúes o de otras naciones orientales, ni a las pretensiones sin sustancia de los mormones y de otros grupos. Puede que sus seguidores reclamen inspiración para los mismos, pero nadie aquí estaría dispuesto a dar ninguna consideración a tal pretensión.
Dejando de lado estos productos del fanatismo y del paganismo, si comparamos la Biblia con otros libros buenos y útiles, descubrimos que se levanta sobre una base inconmensurablemente más elevada que incluso los mejores entre ellos. Los libros escritos por consagrados hombres de Dios son de lectura útil y provechosa, y sus escritores pueden haber tenido la ayuda del Espíritu Santo mientras los escribían. Pero, con todo, las palabras de tales libros son las palabras de sus escritores, y no las mismas palabras de Dios. En el caso de la Biblia, es diferente. Sus palabras han sido dadas divinamente. «Toda la Escritura es inspirada por Dios» (2 Timoteo 3:16). Es decir, la Biblia fue escrita, no porque el Espíritu santo sugiriese pensamientos buenos y santos a los escritores (como puede suceder en la actualidad), sino por la inspiración de las palabras mismas a fin de impedir toda posibilidad de error o imperfección. Las Sagradas Escrituras, tal como fueron dadas al principio, son como su Divino Autor —perfectas. Esta es la verdad que deseo mantener, por la gracia de Dios.

¿Cómo puede usted demostrar que la Biblia está inspirada?
El cristiano que conoce y ama su Biblia encontrará en sus maravillosas excelencias, y en la manera en que habla a su corazón y afecta a su conciencia, una suficiente prueba de su origen divino.
Si te encontrases en aquella calle de allí al mediodía, no necesitarías que nadie te demostrase que el sol resplandece. Sentirías su calor, y esto te sería suficiente. Y si recibieras un profundo corte de una navaja de afeitar, ¿necesitarías alguna otra prueba de que está afilada? De la misma manera, cuando uno siente su corazón ardiente por la lectura de este bendito Libro, como solo el amor divino lo puede hacer arder; y cuando la conciencia se siente afectada, como solo la voz de la autoridad divina la puede afectar —uno tiene prueba de la inspiración de las Escrituras.
Las evidencias externas son cosas débiles para descansar la fe sobre ellas. Pero en el caso de la Biblia, no están en absoluto ausentes.
El maravilloso y detallado cumplimiento de sus profecías; la perfecta armonía entre sus diversas partes, redactadas como lo fueron bajo diversas circunstancias y en diferentes épocas; el fracaso absoluto de sus críticos en su intento de fundamentar sus acusaciones de imperfección; la imposibilidad para la mente humana, por muy instruida y culta que sea, para sondear y agotar sus enseñanzas —todos estos y muchos otros hechos dan testimonio de la autoría divina de la Biblia.

¿Cómo concuerda la inspiración divina de la Biblia con el hecho de que sus diversas partes fueron escritas por hombres?
Se empleó a hombres para escribir las palabras, y con este propósito se seleccionaron escritores cuyo carácter, posición o historia les hacían especialmente idóneos para comunicar la revelación que les fue dada. Pero las palabras por medio de las que ellos hicieron sus respectivas comunicaciones eran tan verdaderamente las verdades del mismo Dios como si Su propio dedo las hubiera grabado.
Ilustremos lo que quiero decir con ello. Cuando Moisés fue llamado a la cumbre del monte, recibió la ley grabada en dos tablas de piedra, «escritas con el dedo de Dios» (Éxodo 31:18). Sin emplear ningún instrumento humano, el mismo Dios había escrito las palabras. «Y las tablas eran obra de Dios, y la escritura era escritura de Dios grabada sobre las tablas» (Éxodo 32:16).
Pero cuando Moisés descendió del monte y encontró al pueblo clamando y danzando en honor de un becerro de oro, con un impulso de ira justiciera rompió a trozos las tabletas que Dios le había dado.
Tras esto, Moisés fue vuelto a llamar a la cumbre del monte para una nueva entrega de las tablas, pero en este caso Moisés debía preparar el material (Éxodo 34:1), y aunque Dios de nuevo emprendió escribir Sus palabras sobre ellas, fue por mano de Moisés que las iba a escribir. «Y Jehová dijo a Moisés: Escribe tú estas palabras» (v. 27). Pero aunque fue la mano de Moisés la que en esta ocasión escribió estas palabras, eran tan verdaderamente las palabras del mismo Dios como cuando Su propio dedo las había escrito; de modo que Moisés pudo decir: «Estas son las cosas que Jehová ha mandado que sean hechas» (Éxodo 35:1).
Esto nos servirá de ayuda para comprender como unas palabras escritas sobre materiales fabricados por hombres, y por dedos humanos, pueden sin embargo ser los mismos dichos de Dios. Así son las palabras de la Biblia.
Si pasamos a Hechos 1:16, veremos que las palabras de las Escrituras se describen así. El apóstol Pedro, citando del Antiguo Testamento, designa la cita como una escritura «que el Espíritu Santo habló antes por boca de David». También, en Hechos 28:25, Pablo exclama: «Bien habló el Espíritu Santo por medio del profeta Isaías».

Los hay que pretenden haber encontrado contradicciones y errores en la Biblia. ¿Qué dice usted acerca de esto?
Por lo general es fácil demostrar que los errores existen en las mentes de los críticos, y no en la Biblia. Tomemos, por ejemplo, la pretendida discrepancia entre la enseñanza de Pablo y la de Santiago acerca del tema de la justificación. El primero dice que somos justificados por la fe, el segundo que somos justificados por las obras. Pero, al examinar la cuestión, encontramos que la justificación de la que habla Pablo es la justificación ante Dios; mientras que Santiago habla de la justificación delante de los hombres, algo totalmente diferente. Así, la acusación de error cae sobre la cabeza del crítico, que resulta culpable de superficialidad y de falta de discernimiento.
Tomemos otro ejemplo. En el Evangelio de Mateo, se dice que el llamado «Sermón del Monte» fue pronunciado en un monte, donde el Señor Jesús se sentó y enseñó a Sus discípulos. «Pero», dice el crítico, «en el Evangelio de Lucas se dice que este mismo sermón fue pronunciado mientras el Señor estaba de pie, y además no en un monte, sino en un lugar llano» (Lucas 6:17). ¡Y presentan este ejemplo como una prueba concluyente de contradicción entre los escritores de los Evangelios!
Yo más bien hubiera pensado que esta no es más que una prueba concluyente de la ceguera de los presuntuosos críticos de la Biblia. Porque, incluso si suponemos que el sermón registrado por Mateo y el que nos da Lucas fuesen exactamente el mismo, palabra por palabra (lo cual distan de serlo), no sigue de ello que haya ninguna contradicción entre ambos relatos. Allí donde el Señor iba, predicando el evangelio del Reino, tenía el mismo mensaje que proclamar, y es muy probable que expusiera las mismas verdades, en términos idénticos o semejantes, en diferentes localidades. ¿Qué hay pues que nos impida creer que en una ocasión el Señor pronunció las palabras que aparecen en Mateo, sentado en la ladera de un monte, y en otra ocasión las palabras que aparecen en Lucas, de pie en un lugar llano? Este parece ser el caso.
Bien lejos de ser un ejemplo de imperfección en la Biblia, se trata de otro ejemplo de su maravillosa y detallada perfección. Porque en Mateo se presenta al Señor como el largamente esperado Mesías de los judíos, el Siloh a quien se congregarían todos los pueblos. La gran carga de Su mensaje que se presenta de este modo era «Venid a Mí». ¡Qué apropiada es entonces la imagen que Mateo dibuja del Señor sentado en el monte, con Sus seguidores reunidos en torno a Él!
Pero en Lucas El se presenta como el Hijo del Hombre, que descendió en gracia celestial para satisfacer la necesidad del hombre pecador. La carga del mensaje evangélico en Lucas no es tanto «Venid a Mí» como «Yo he venido a vosotros». «Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10). De ahí que Su descenso al lugar llano para pronunciar el sermón es el incidente seleccionado para el retrato mediante la pluma de Lucas, en hermosa armonía con el propósito de su evangelio.
Así es como quedan los críticos.
Un microscopista o un químico, por diestros que sean, nunca podrán satisfacer su hambre mediante la disección o el análisis del plato de alimento que tienen delante de ellos. Tampoco nosotros, si ocupamos el sillón del crítico, prosperaremos con nuestro estudio de la Palabra de Dios. Es con un espíritu humilde, como el de un niño, que deberíamos alimentarnos de lo que Dios nos ha dado para alimento de nuestras almas, y dejar la búsqueda de faltas a aquellos que deseen permanecer flacos y famélicos toda su vida.

¿No hay muchas cosas en la Biblia muy difíciles para que los cristianos jóvenes las comprendan?
Sí, sin duda alguna; pero, por otra parte, hay mucho que el más sencillo creyente puede comprender y de lo que se puede alimentar. Se cuenta una historia de una vieja señora que comparaba la lectura de la Biblia con comer un plato de pescado. «Cuando llego a una espina», dice, «no me preocupo porque no la puedo digerir. La pongo a un lado y sigo comiendo aquella parte del pescado que puedo asimilar. Y cuando leo la Palabra de Dios, si llego a algo que va más allá de mi pobre comprensión, no me preocupo por ello, solo lo dejo hasta aquel momento en que el Señor quiera darme mejor entendimiento, y, entretanto, dirijo mi atención a la abundancia de preciosas verdades que son suficientemente sencillas para que yo las comprenda, y consigo muchas buenas comidas para mi alma con ello».
Esta vieja señora era sabia, y yo querría aconsejar a todos los jóvenes cristianos que lean sus Biblias en base a este mismo principio. Lo que encuentren difícil de comprender lo pueden dejar para una futura consideración, o bien pueden buscar la ayuda de algún cristiano espiritual que esté más avanzado que ellos en las cosas de Dios.

¿No hay peligro de que los cristianos jóvenes interpreten erróneamente la Biblia, y que con ello se perjudiquen espiritualmente?
No solo hay el peligro, sino la certidumbre de interpretar erróneamente las Escrituras si confiamos en nuestro propio entendimiento para su estudio. Solo hay una Persona en la tierra que pueda interpretar correctamente para nuestras almas la bendita enseñanza de la Palabra de Dios.  Me refiero al Espíritu Santo. Pero Él está aquí, entre otras razones, con el propósito expreso de iluminar nuestras almas con el conocimiento de la verdad. Fue Él, en primera instancia, el autor de las palabras de la Biblia, y Él puede nos aclarar su significado. Él es el Divino Intérprete del Libro Divino.
Gracias a Dios, no somos abandonados al juicio privado para la interpretación de las Escrituras, ni dependemos de las decisiones de eruditos doctores, ni de los pronunciamientos de ninguna pretendida autoridad humana, sea papal o de otra clase. Tenemos al mismo Espíritu Santo como nuestro Maestro y Guía. El que lea su Biblia en una sencilla y ferviente dependencia de Su enseñanza no quedará decepcionado. Será guardado de muchos errores, y será alimentado con la mejor flor de harina del trigo más selecto.

Si un joven cristiano fuese a decir: «Me gustaría estudiar mi Biblia, pero no sé por dónde empezar», ¿cómo le aconsejaría?
Esta es una pregunta de difícil respuesta, porque mucho depende del grado de familiaridad que se tenga con las Escrituras.
Se podría comenzar estudiando las maravillosas parábolas que se nos dan en el Evangelio de Lucas, que exponen de una forma tan sobresaliente la gracia de Dios. Me refiero a las parábolas del hijo pródigo, de la gran cena y del buen samaritano.
Por otra parte, se podrían escudriñar las Escrituras para descubrir lo que dicen acerca de cualquier cuestión determinada que pueda estar pesando en la mente.
Pero en particular recomendaríamos a todos los cristianos jóvenes que lean por sí mismos las porciones de las Escrituras que se nos proponen en nuestras reuniones públicas, aquellas mediante las que se expone el evangelio, o aquellas que se puedan escoger como tema de una lectura bíblica o de una conferencia. Estas porciones se seleccionan a menudo con vistas especialmente a las necesidades espirituales de los creyentes jóvenes, y se deberían estudiar en privado después de haberse considerado en la reunión.

¿Hay algunos puntos no esenciales en la Biblia?
Parece bien poco probable que Dios se hubiera preocupado de darnos una revelación de cosas para que podamos contemplarlas con indiferencia.
Demasiadas veces nos parecemos a los viejos astrónomos que consideraban la tierra como el centro del universo, y que así razonaban. Somos proclives a considerarnos como la figura central del maravilloso plan de Dios, y a considerar cualquier cosa de la que no veamos una relación inmediata con nuestra propia bendición como un punto «no esencial». Pero esta es una manera profundamente egoísta de considerar esta cuestión. La realidad es que Cristo es el centro de todos los planes y propósitos de Dios, y lo que se revela es con vistas a Su gloria. Puede que no veamos como alguna verdad en particular nos afecta a nosotros, pero si está de alguna forma relacionada con la gloria de Cristo, ¿puede algún corazón leal considerarla como «no esencial»?
Así, podemos estar seguros de que todo en la Biblia es esencial —esencial para la gloria de Cristo y para la integridad de la revelación de Dios, y si intentamos prescindir de ninguna de sus partes, seremos por ello mismo perdedores.

¿Aconsejaría usted a un inconverso que proceda a leer la Biblia?
Desde luego, porque sus palabras son palabras de vida. No quiero decir con esto que los hombres puedan salvarse por la lectura de la Biblia. Uno puede haberse leído la Biblia entera y poder repetirla de memoria capítulo por capítulo, y sin embargo no ser salvo.
Pero hay incontables ejemplos conocidos de almas a las que les ha llegado la voz de Dios con poder vivificador a través de las páginas de las Escrituras. El Espíritu Santo aplica algún pasaje a la conciencia, y es así el medio de despertamiento y bendición. Incluso ha habido incrédulos que, estudiando la Biblia con el deseo de encontrar fallos en ella, han sido despertados y llevados a Cristo por lo que han encontrado en ella; ha habido paganos, en lugares donde nunca se ha oído la voz del predicador, que han obtenido copias de la Palabra de Dios, y que han encontrado vida y bendición en Cristo por medio de ella.

¿Está usted en favor de enseñar la Biblia a los niños?
Totalmente. Los padres cristianos descuidan un deber de la mayor importancia si no emprenden saturar las mentes de sus pequeños con las verdades de la Palabra de dios. Es cierto que para que estas verdades tengan efecto ha de haber una obra del Espíritu Santo en el alma; pero si la mente está saturada con las Escrituras desde la juventud, hay material que el Espíritu Santo puede usar en cualquier ocasión posterior. ¡Cuántos hay que, durante la madurez, han recordado algún pasaje de las Escrituras que habían aprendido en su niñez, y este pasaje ha hecho una impresión tan poderosa sobre sus almas que ha resultado en su conversión! De modo que incluso si hemos de esperar muchos días, o años, para que la semilla brote, es bueno sembrarla en las mentes de nuestros niños. Podemos estar seguros de que si no impregnamos sus mentes con la enseñanza del Libro de Dios, Satanás estará bien listo para aprovecharse de ello y plantar allí sus malos pensamientos. Así, por todos los medios, enseñad a vuestros hijos, y que reciban la enseñanza de las verdades de la santa Palabra de Dios.


Doce Diálogos Bíblicos -
Harold P. Barker y otros.
Traducción del inglés: Santiago Escuain
© Copyright 2005, SEDIN - todos los derechos reservados.

SEDIN-Servicio Evangélico
Apartat 2002
08200 SABADELL
(Barcelona) ESPAÑA
Se puede reproducir en todo o en parte para usos no comerciales, a condición de que se cite la procedencia reproduciendo íntegramente lo anterior y esta nota.
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