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Doce Diálogos Bíblicos (7)
#1
Número 7
Tema: LA SANTIFICACIÓN

Preguntas por E. C. Mais; Respuestas por H. P. Barker
 
LA importancia del tema que vamos ahora a considerar se puede deducir del hecho de que se habla tanto del mismo en la Biblia.
A veces los hombres dividen las verdades de la revelación divina en «esenciales» y «no esenciales». Por estos términos designan aquellas verdades que son esenciales para la salvación y las que no lo son. Pero esta es una manera muy egoísta de considerar las cosas. Desde luego, el hecho de que Dios nos haya dado una comunicación acerca de cualquier asunto demuestra que Él considera la cuestión como esencial para Su propia gloria y para nuestra bendición. Desde luego, no podemos permitirnos ser indiferentes a ninguna verdad divina, tanto si nos damos cuenta inmediatamente de la importancia que tiene para nosotros como si no. Y desde luego la santificación es una cuestión que no podemos descuidar sin llegar a ser grandes perdedores.

¿Qué significa ser santificado?
El significado de la palabra es ser separado o puesto aparte para un propósito. Hay un versículo en el Salmo 4 que comunica este pensamiento: «Jehová ha hecho apartar al piadoso para sí» (v. 3, V.M.).
Es importante que tengamos esto presente, porque muchos contemplan la santificación como un proceso de mejora por el que las personas son gradualmente hechas más santas, y hechas aptas para habitar en el cielo.
Un examen de los pasajes de la Escritura que hablan de esta cuestión demostrará la falsedad de esta idea. Por ejemplo, en Deuteronomio 15:19 encontramos que se santificaban becerros y ovejas. Desde luego, esto no puede significar que fuesen mejorados y hechos más santos; significa sencillamente que eran apartados para un propósito.
En Isaías 66:17 se dice de los malvados que se han santificado para hacer el mal. Es decir, se han puesto aparte para cumplir sus malvados propósitos.
En Juan 17:19 el Señor Jesús dice: «por ellos yo me santifico a mí mismo». No es posible que Él tuviera que ser mejorado y hecho santo, porque Él fue siempre perfecto e intachablemente santo. Pero por causa de los «Suyos» Él estaba a punto de apartarse de la tierra, y de las cosas en medio de las que había venido, e iba a regresar al cielo. Él iba así a ponerse aparte a Sí mismo, para servir a Su pueblo como su Abogado e Intercesor.
Estos pasajes exponen claramente el verdadero significado de la santificación.

¿Quiénes son los santificados?
Queda claro en el Nuevo Testamento que todos los verdaderos creyentes en Cristo son santificados. Junto con el perdón de los pecados va la «herencia entre los santificados» (Hechos 26:18).
Escribiendo a los creyentes en Corinto, el apóstol dice: «Habéis sido lavados … habéis sido santificados» (1 Corintios 6:11).
La palabra «santo» significa simplemente una persona santificada; y este era el nombre usual por el que todo se conocía al pueblo de Dios en aquellos primeros tiempos. Eran llamados «discípulos», «hermanos», «cristianos», «amigos», «creyentes», pero el nombre más comúnmente usado era el de «santos». Y este nombre no se aplicaba meramente a ciertos hombres santos y devotos, sino a todos los verdaderos cristianos.
En la actualidad la palabra casi ha caído en desuso, y si sucede que decimos que hemos ido a visitar a algunos de los «santos», ¡nos miran como si hubiéramos estado comunicándonos con los espíritus de los muertos! La verdad es que la pobre Elisabet, que yace enferma en su casa en la siguiente calle, es tan santa como el mismo San Pedro; y que el viejo Tomás, que trabaja de picapedrero, tiene tanto derecho a este título como el apóstol San Pablo.
Pedro y Pablo no eran santos debido a su celo, santidad y devoción. Eran santos porque habían sido purificados de sus pecados por la preciosa sangre de Cristo, y esto es lo que ha constituido a cada verdadero creyente en santo, o «persona santificada».

¿Deben incluso los creyentes llenos de imperfecciones considerarse como santificados?
Si solo los que se han librado de sus imperfecciones fuesen santificados, tendríamos que andar buscando largo tiempo antes que los encontrásemos. Incluso los mejores entre nosotros están llenos de imperfección, y los que viven en una comunión más estrecha con Dios sienten sus imperfecciones con mayor intensidad.
Pero la santificación no depende de lo que seamos en nosotros mismos. Cada cristiano tiene en sí lo que la Escritura designa como «la carne»; y «la carne», sea en un santo o en un pecador no convertido, es desesperada e irremediablemente mala. Es evidente, entonces, que lo que constituye nuestra santificación no es ninguna mejora de «la carne».
Y en 1 Corintios 1:2 vemos que es en Cristo Jesús que somos santificados, no en nosotros mismos. Y en el versículo 30 del mismo capítulo se nos dice que Cristo Jesús (no un estado más santo o más perfecto) «nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención».
Debo explicar aquí que los cristianos deben aprender a pensar de sí mismos de dos formas totalmente diferentes. Primero, tal como somos realmente aquí en este mundo, con «la carne» todavía en nosotros, con tentaciones y pruebas en torno a nosotros, y con nuestros cuerpos todavía llevando la semejanza de Adán. Como tales, nuestra historia acabará cuando abandonemos este mundo. Segundo, como somos en Cristo, de pie sobre todo el valor de Su obra consumada, y puestos ante Dios para gozar de Su favor, sin una mancha, defecto ni imperfección. Esto último es lo que seremos realmente en el cielo, pero Dios nos ve ya así en Cristo, y la fe cuenta las cosas como Él las cuenta.
Como hombres en «la carne», hijos de Adán, Dios no puede agradarse de nosotros. Él ha declarado que el hombre según este orden no podrá ser de Su agrado. Sus propósitos de gracia y bendición han de ser asegurados mediante Otro, es decir, Cristo, y, como nueva creación según el orden de Cristo, Dios puede agradarse en nosotros. De ahí se desprende que nuestra santificación (o ser puestos aparte para el beneplácito de Dios) ha de ser en Cristo. Ningunas imperfecciones en nosotros pueden jamás afectar nuestra posición en Él, ni tocar lo que tenemos en Él.
Puede que no sea fácil para nuestras almas comprender esto en el acto. Pero es tan importante que le he dedicado un buen espacio de tiempo, y pido a todos los presentes que lo consideren cuidadosamente.

¿Cuándo es santificado un creyente?
La Escritura habla de nuestra santificación en relación con más de un período de tiempo.
(1) Antes que el mundo fuese, en la mente y en el propósito de Dios.
(2) En la cruz, cuando Jesús murió, hace diecinueve siglos.
(3) Cuando el Evangelio es aplicado por el Espíritu Santo con poder, y lo recibimos.
Será bueno usar una sencilla ilustración para exponer cómo esto puede ser así.
Un lunes por la mañana una señora está haciendo unas compras en uno de los grandes almacenes en la Calle del Puerto. Mientras está haciendo sus compras, un sombrero muy atractivo llama su atención. Ella piensa: «¡Qué sombrero más encantador!», y descubre desilusionada que no tiene suficiente dinero para comprarlo en el momento. Pero toma nota mental de aquel sombrero, y decide adquirirlo lo más pronto posible.
El martes la señora está de nuevo en la tienda. Pide el sombrero, lo paga, y pasa a ser su propietaria. Ahora es su sombrero, para hacer con el mismo lo que le plazca. «Apártelo,» dice ella, «y enviaré a buscarlo mañana.»
El miércoles, la señora envía a su criada. La criada entra en la tienda, expone su encargo, menciona el nombre de su señora, y vuelve con la bolsa que contiene el sombrero.
Ahora preguntaré, ¿cuándo fue que aquella señora santificó, o apartó, aquel sombrero para su propio uso?
El lunes, por lo que respecta a su mente y propósito; el martes, al asegurarlo mediante el pago del precio; el miércoles, al enviar a su criada a buscarlo, por medio de la cual el sombrero pasó efectivamente de la tienda a la casa de la señora.
Ahora bien, esta ilustración servirá al menos para clarificar cuándo fuimos santificados o puestos aparte por Dios para Sus propios propósitos.
Primero, hace largo tiempo en la eternidad pasada, Dios nos predestinó para que fuésemos Sus hijos. Por así decirlo, Él dijo: «Serán Míos para deleite de Mi corazón y para que los bendigan Mis manos». De modo que en Su propósito Dios nos apartó, o santificó, antes que el mundo fuese (véase Ro. 8:29, 30; Ef. 1:4; 2 Ts. 2:13).
Luego, cuando Jesús murió, quedó pagado el precio de nuestra redención. Cada obstáculo que el pecado había levantado para que fuésemos de Dios para toda la eternidad quedó eliminado, y abierto el camino para el cumplimiento de Su propósito en gracia. Fuimos así puestos aparte mediante el pago del inmenso precio por el que Él nos compró y nos hizo Suyos (véase 1 Co. 6:29). De modo que además de ser santificados por el propósito y la voluntad de Dios, «somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre» (He. 10:10).
Finalmente, cuando, por la operación del Espíritu Santo, nuestros corazones son abiertos para recibir el evangelio, somos efectiva y personalmente traídos a Él. Somos separados de nuestros pecados; ya no formamos parte de este mundo que está precipitándose al juicio. Somos efectivamente apartados para Dios. Este aspecto de nuestra santificación se expresa en 2 Tesalonicenses 2:13: «que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad, a lo cual os llamó mediante nuestro evangelio».

¿No existe un proceso de santificación que vaya en progreso de día en día en la vida del creyente?
Desde luego que sí. No hemos tocado todavía este lado práctico del tema, porque quería que todos comprendieran claramente lo que es ser santificados una vez para siempre por el propósito de Dios, por la obra de Cristo y por la operación del Espíritu Santo.
Pero el aspecto práctico de la santificación es también de inmensa importancia. En 1 Tesalonicenses 5:23 el apóstol ora que el Dios de paz santifique plenamente a los creyentes a los que él escribe. ¿Qué quiere decir con ello?
Volvamos de nuevo a la ilustración de la señora y su sombrero. Después que lo ha comprado, y que la criada lo ha ido a buscar, ¿se acaba ahí la historia? En absoluto. Ahora que ha llegado a ser posesión efectiva de la propiedad de la señora, es apartado de día en día para su propio uso; es decir, lo lleva. Nadie más lo usa. Es apartado para el uso exclusivo de su propietaria.
Ahora bien, Dios, tras haber propuesto nuestra bendición, y habiendo muerto Cristo para conseguirla, y habiendo el Espíritu Santo obrado eficazmente en nosotros de modo que hemos sido llevados a Dios—¿es esto el final de todo? En absoluto. El Espíritu Santo sigue realizando Su obra en nosotros, separándonos más y más de las cosas de este mundo, separándonos de los deseos de la carne, de los malos caminos en los que antes anduvimos, y promoviendo de esta manera nuestra santificación práctica.
Pero esto no se lleva a cabo, tengamos esto en cuenta, mediante la gradual erradicación de nuestra naturaleza pecaminosa, o la mejora de la carne, sino siendo conducidos al bendito secreto de la libertad respecto al amargo yugo del pecado, de la victoria sobre el poder del mal interior, y del gozo en el Espíritu Santo. Al adherirse más y más nuestros corazones a Cristo, nos apartamos con creciente aborrecimiento de todo lo que pertenece al yo, y el resultado es que en nuestro andar y caminos somos «santidad al Señor», verdaderamente separados para Él.

¿Qué es lo que Dios usa para promover nuestra santificación práctica?
Él puede obrar, e indudablemente lo hace, por medio de muchas cosas. La aplicación de la verdad a nuestras almas es uno de los medios más eficaces. Cuando el Señor Jesús estaba orando por nosotros, en Juan 17, Él dijo: «Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad».
Espero que todos aquellos que hace poco se han convertido llegarán a ser diligentes estudiantes del Libro de Dios. Si no os alimentáis de la sincera leche de la Palabra, vuestras almas desfallecerán. Al leer, Dios lo bendecirá en vosotros, y ello tendrá un efecto separador y santificador sobre vosotros. Al familiarizaros más con sus maravillosas verdades, podréis discernir mejor lo que es de Dios y lo que es del mundo, de la carne y del diablo. Muchas cosas en las que ahora no veis ningún mal serán puestas a descubierto por la verdad que aprenderéis, y de esta manera seréis separados de las mismas. Aprenderéis que vuestro Señor y Salvador no tiene lugar en la tierra, que está rechazado aquí, y que ha sido echado del mundo. Decidme, ¿acaso el pensamiento de esto no os separará, en corazón y alma, de la escena donde Él fue rechazado?
Otra cosa que Dios usa es la ira y persecución de los inicuos. De esto tenemos un ejemplo en Juan 9. El ciego había sido sanado por Jesús, y había confesado abiertamente Su nombre. Esto fue demasiado para los dirigentes judíos. Era intolerable que nadie se manifestase a favor de Aquel a quien ellos odiaban. De modo que, tras injuriar al hombre que le había confesado, le expulsaron.
¿No pensáis que su acción debió tener un poderosísimo efecto sobre aquel hombre, separando su corazón del sistema de cosas en medio del que se había criado, y fijando sus afectos en Cristo? Estoy seguro de que su excomunión por parte de los dirigentes religiosos de su tiempo fue una gran ayuda para su santificación.
«Bienaventurados seréis» dijo el Señor Jesús, «cuando los hombres os aborrezcan, y cuando os aparten de sí, y os vituperen, y desechen vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre» (Lc. 6:22).

¿Por qué es necesario que seamos santificados?
Para que seamos preparados de manera práctica para el propósito de Dios, y útiles para el uso del Señor. Veamos lo que se dice en 2 Timoteo 2:21 acerca del vaso «útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra».
¿No hace esto vibrar una cuerda de deseo en tu corazón, querido hermano en la fe? ¿No deseas ardientemente ser un vaso útil para el Señor? Tú puedes ser uno, pero para que puedas ser útil para el Señor, tienes que separarte de manera práctica de todo lo que no es de Él, tu corazón destetado del mundo, tu alma emancipada de la esclavitud del pecado y de la carne. En una palabra, debes ser puesto aparte, mediante la obra efectiva del Espíritu Santo en ti, para Cristo.

Usted estaba hablando ahora mismo de los medios que Dios usa para nuestra santificación práctica. ¿No es la aflicción uno de ellos?
Sí, Dios tiene que disciplinarnos y hacernos pasar por la tribulación, pero es siempre para nuestro bien, para que lo que es de Dios en nosotros pueda ser desarrollado, y para que podamos ser crecientemente preparados para el agrado de Dios.
La palabra «tribulación» procede del latín tribulum, que era una especie de triple azote que usaban los romanos para batir el grano. El tribulum separaba el grano de la cáscara, y esto es lo que la tribulación hace por nosotros. Hay mucha «cáscara» de la que tenemos que ser liberados. De ahí la disciplina que Dios aplica a Sus hijos. Él nos purifica para que podamos dar más fruto.

¿No es la esperanza de la venida del Señor otro medio de la santificación práctica?
Ciertamente. Leemos que «todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro» (1 Juan 3:3).
Es fácil ver que así es. Si esperamos el regreso del Señor en cualquier momento, tendremos cuidado acerca de lo que hacemos y decimos. No querremos que Él llegue y nos encuentre leyendo libros dudosos o en medio de malas compañías, o sentados en lugares de diversión mundana, o diciendo algo que no querríamos que Él oyera. El pensamiento de Su venida, si lo mantenemos presente en nuestras mentes, y lo abrigamos como esperanza en nuestros corazones, tendrá un marcado efecto sobre nosotros, y nos purificará de lo que no es de Él, y nos santificará, o separará más y más para Él.

La palabra «santificar», ¿significa «separar» en todos los casos?
No digo que las dos palabras se puedan emplear siempre de manera indistinta, pero, por lo general, sí se puede. Desde luego, el sentido usual de la palabra tal como se emplea en las Escrituras es «poner aparte» para algún propósito divino.
Pero nosotros somos demasiado propensos a limitar nuestros pensamientos acerca de esta cuestión a aquello DE lo que somos santificados. La felicidad reside en comprender algo de aquello PARA lo que somos santificados.


Doce Diálogos Bíblicos -
Harold P. Barker y otros.
Traducción del inglés: Santiago Escuain
© Copyright 2005, SEDIN - todos los derechos reservados.

SEDIN-Servicio Evangélico
Apartat 2002
08200 SABADELL
(Barcelona) ESPAÑA
Se puede reproducir en todo o en parte para usos no comerciales, a condición de que se cite la procedencia reproduciendo íntegramente lo anterior y esta nota.
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