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Doce Diálogos Bíblicos (3)
#1
Número 3
Tema: EL ARREPENTIMIENTO

Preguntas por P. Brown; Respuestas por H. P. Barker
 
A VECES, al buscar una definición correcta, se pierde el significado de la cosa. Me temo que esto es lo que sucede muchas veces con el «arrepentimiento».
Recuerdo mencionar la visita que hizo un predicador del evangelio a cierto hombre.
«Solo tengo un mensaje para usted,» le dijo, «y es que tiene que arrepentirse».
«¿Y qué es arrepentimiento?» preguntó su interlocutor.
«Bien,» respondió el predicador, «cuando piensa en su vida llena de culpas y en que inevitablemente ha de encontrarse con Dios en breve, si no sabe lo que es el arrepentimiento, ¡no se lo puedo explicar!»
Con todo, trataré de clarificar su significado. Resumiendo, este término significa un cambio de mente, pero se trata de un cambio de mente que afecta al ser moral del hombre hasta lo más profundo de su ser. Es un cambio de mente que le hace apartarse de sus pecados con repulsión, y que lo lleva a aborrecerse por haberlos cometido. Así, un pecador arrepentido se pone del lado de Dios y contra sí mismo.

Supongamos que alguien no haya cometido ningún pecado muy terrible, ¿hay alguna necesidad de arrepentimiento en su caso?
Antes de hablar de lo que sería adecuado para tal hombre, ¡encuéntrenlo! Lo cierto es que todos los pecados son terribles a los ojos de Dios, y que no hay una sola persona que no haya pecado. Por tanto, la necesidad de arrepentimiento es universal. Dios «ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan» (Hch. 17:30).
Supongo que difícilmente podríamos encontrar a alguien más libre de los más virulentos excesos de pecado que Job. Dios mismo dio testimonio de que «no hay otro como él en la tierra,» y de que era un «varón perfecto y recto» (esto es, en su conducta externa), «temeroso de Dios y apartado del mal».
Si se pudiera suponer de alguien que no necesitase arrepentimiento, desde luego que este era Job. Él podía decir de sí mismo con verdad: «Me vestía de justicia, y ella me cubría; como manto y diadema era mi rectitud. Yo era ojos al ciego, y pies al cojo.  A los menesterosos era padre» (Job 29:14-16).
¡Hombre amado, noble, bondadoso y caritativo! ¿Acaso necesitaba él arrepentirse? Dejemos que responda por sí mismo. Mientras se refería a su vida y carácter externos, podía con razón afirmar su preeminencia en bondad, pero cuando contempla su estado y condición ante Dios, oigamos sus palabras: «He aquí que yo soy vil. … mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza» (Job 40:4; 42:5, 6).

A veces oímos del «arrepentimiento en el lecho de la muerte». ¿Qué se quiere decir con esta expresión?
Los hay que viven toda su vida descuidada y sin Cristo. Si se les apremia la importancia del bienestar de sus almas, dicen que ya considerarán el asunto «algún día», y con ello lo van postergando una y otra vez, y siguen con sus pecados y con sus placeres. Al final, cuando se encuentran al borde del sepulcro, se sienten alarmados y comienzan a clamar a Dios que tenga misericordia de ellos, y hacen profesión de fe en Cristo. Esto, supongo, es lo que se conoce como «arrepentimiento de lecho de muerte».
Pero los arrepentimientos de lecho de muerte son algo muy poco satisfactorio. Lejos de mí negar que uno, incluso en el ocaso de su vida, si de verdad se vuelve al Salvador y pone su confianza en Su preciosa sangre, encontrará misericordia. La gracia de Dios es infinita, y no me cabe ninguna duda de que muchos estarán en el cielo que fueron salvos en su lecho de muerte.
Pero en muchos casos ha habido personas que creían que estaban muriendo, que profesaron arrepentimiento, y que se han recuperado. Con la restauración de la salud vino de nuevo el amor al pecado. Sus impresiones se desvanecieron, su alarma se calmó, y su pretendido arrepentimiento resultó irreal, el mero resultado del terror al pensar en la muerte.
Es fácil ver cuán grande es la insensatez de dejar el arrepentimiento para la hora de la muerte. Incluso si uno puede tener un lecho de muerte (cosa en absoluto segura), ¿va a ser este el mejor momento para pensar en el alma, cuando el cuerpo está atormentado por el dolor y la mente enturbiada por el continuo sufrimiento?
Además, ¿no parece cosa muy mezquina dedicar los mejores años al servicio del pecado y del yo, y luego, cuando faltan las fuerzas y la vida se apaga, volverse a Dios porque uno ya no puede seguir en sus propios caminos?

¿Qué diferencia hay entre arrepentimiento y remordimiento?
En el remordimiento no hay un verdadero aborrecimiento por el pecado. Uno puede estar lleno de remordimiento por algo que ha hecho sin sentir demasiado dolor por el pecado mismo. En tal caso el alma se vuelve sobre sí misma en amargura. No se acude a Dios con juicio propio.
Judas se sintió lleno de remordimiento por su sórdida traición cuando contempló su terrible resultado. Pero no hubo un verdadero arrepentimiento, un apartarse del pecado y del yo para volverse a Dios. En la amargura de su alma, se fue y se colgó.
El alma verdaderamente arrepentida queda afectada por el amor y la bondad de Dios. No se hunde en la negrura de la desesperación, sino que se da cuenta de que, a pesar de su terrible pecado y corrupción, tiene que aferrarse a Cristo. Lo mismo que Pedro en Lucas 5, el pecador verdaderamente arrepentido se da cuenta de su indignidad de que el Salvador se fije en él, y exclama, «Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador», y sin embargo, al mismo tiempo se arroja a los pies de Jesús.

¿Cómo puede uno saber que se ha arrepentido lo suficiente?
Tengo la fundada sospecha de que cualquiera que haga esta pregunta está haciendo un Salvador del arrepentimiento. Quizá el tal crea que la sinceridad de su arrepentimiento inducirá a Dios a mostrarle Su gracia. Ahora bien, se debe recalcar una y otra vez que cuando Dios bendice a un pecador, ello no se debe a la profundidad del arrepentimiento del pecador, ni a la intensidad de su fe, sino a la obra expiatoria de Cristo en la cruz.
El arrepentimiento nunca es tan profundo como debiera, pero si un pecador arrepentido se vuelve del yo a Cristo, entonces su arrepentimiento ha tomado la buena dirección. No tiene que ocuparse ya más con ello, sino que encontrará la paz y la bendición al confiarse a Cristo, y al descansar en Su obra consumada para salvación.

Si Dios no quiere que nadie se pierda, sino que todos vengan al arrepentimiento, ¿por qué permite que muchos mueran sin arrepentimiento?
Dios nunca fuerza Sus bendiciones sobre los hombres, ni los trata como meras máquinas. Él sacia el «alma sedienta». La oferta de salvación del evangelio se da a todos, y a todos se manda que se arrepientan. Pero si alguien cierra los oídos voluntariosamente, y da la espalda a la misericordia de Dios, no podrá culpar a nadie más que a él mismo si perece miserablemente en sus pecados. Todo lo que el amor divino podía dar le ha sido dado libremente; todo lo que la justicia divina demandaba ha sido aportado gratuitamente; todo lo que se debía hacer ha sido cumplido plenamente. ¿Qué más puede esperar el hombre?

¿Qué buscaría en una persona que diga que se ha arrepentido?
Esperaría de tal persona que «dé frutos dignos de arrepentimiento». Es inútil que nadie diga que se arrepiente de sus pecados mientras persiste en los mismos. Un hombre verdaderamente arrepentido no solo confiesa sus pecados, sino que los abandona (Pr. 28:13).
Entre otras señales de verdadero arrepentimiento observaremos una buena disposición a hacer restitución a cualquiera que haya sido perjudicado.
Vemos esto en el caso de Onésimo. Onésimo había perjudicado a su amo, Filemón, al huir. Después de su conversión trata de hacer restitución, hasta donde pueda, volviendo inmediatamente a su amo. En Zaqueo tenemos otro ejemplo de esto. Cuando el Señor Jesús respondió con tanta gracia a su deseo de verle, y llevó la salvación a su casa, Zaqueo dijo: «si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado» (Lc. 19:8). Este es un caso de dar frutos dignos de arrepentimiento.
¿Hay alguien a quien hayas perjudicado? ¿Alguien a quien hayas defraudado durante muchos años con prácticas astutas, y que nunca te haya descubierto? ¿Alguien a quien hayas perjudicado con tu lengua, a quien hayas hecho daño mediante calumnia y maledicencia? ¿Existe tal persona? Entonces, no me digas que te has arrepentido hasta que estés dispuesto a hacer lo que esté en tu mano para hacer restitución.
Una señora que se convirtió en una de nuestras reuniones en la carpa había sido dependienta, en sus años jóvenes, en una tienda de tejidos. Se había comprado un sombrero nuevo, y necesitaba de una cinta para adornarlo. Como no tenía dinero para ello, se sintió tentada a sustraer como un metro de dicha cinta de la tienda de su patrón. Nadie se enteró; nunca echaron en falta la cinta.
Cuando aquella dama se convirtió, recordó aquella circunstancia. Tomando la pluma, escribió a la encargada de la tienda en este sentido:
«QUERIDA––––––,––– Mientras trabajaba de dependienta en la tienda del Sr. D. –––, siento decir que sustraje un metro de cinta rosa por un valor de –––. Ahora soy cristiana, por la gracia de Dios, por lo que incluyo esta cantidad en sellos de correo, y le ruego que acepte mi expresión de sincero pesar.»
Esta es la clase de actitud que esperamos ver en cualquiera que profese arrepentimiento.

Si alguien dice: «Quisiera arrepentirme, pero siento mi corazón sumamente duro, y no me duelo por mis pecados tanto como debiera», ¿cómo le respondería?
Le diría que es bueno saber que siente tanto la dureza de su corazón, y que se duele tanto por no dolerse como debiera. ¡Cuántas veces nos encontramos con personas en este estado, sintiéndolo porque no lo sienten más, doliéndose porque no se duelen más! Pero lo que encontramos en el fondo de todo esto es ocupación con el yo. Ahora bien, el Salvador nunca ha rechazado a un pecador porque sus sentimientos acerca del pecado no fuesen suficientemente intensos. Y tampoco un pecador ha sido recibido y salvado porque su corazón estuviera suficientemente ablandado y su dolor fuera sincero.
Si hay alguno agitado porque su corazón es tan duro, le diría, «la dureza de tu corazón es otra razón por la que debieras ir a Jesús en el acto. Él puede ablandarlo». Si tal persona protesta que su dolor por el pecado no es suficientemente intenso, le diría, «Mayor razón para que no pierdas el tiempo en acudir al Salvador. Confía en Él, piensa en Su amor hasta la muerte por ti en aquella cruz, y si esto no te hace doler por tus pecados, tampoco lo conseguirá ningún ensimismamiento en tu propia condición».

Cuando el carcelero de Filipos preguntó: «¿Qué debo hacer para ser salvo?», ¿por qué Pablo y Silas no le dijeron nada sobre que debía arrepentirse?
Porque el que hizo esta pregunta era un pecador arrepentido. Observemos el cambio que había tenido lugar en aquel hombre en el lapso de unas pocas horas. De un hombre brutal y endurecido se había transformado en un indagador ansioso en pos de la salvación. ¿A qué se debía esta diferencia? Indudablemente, al terror. Pero había otra influencia operando, que parece haber tocado su corazón y producido una medida de arrepentimiento. ¿Qué influencia era esta? La bondad de Dios.
Cuando, en su desesperación, el carcelero estaba a punto de quitarse la vida, una fuerte voz llegó a sus oídos: «No te hagas ningún mal». Aquellas palabras le revelaron que había alguien que se preocupaba por él. El cuidado y la solicitud que Pablo y Silas mostraron por su cruel carcelero eran el eco del interés y amor del mismo Dios. Esto fue una revelación de la bondad de Dios hacia el alma de aquel hombre, y lo quebrantó e hizo brotar de sus labios el clamor de un pecador arrepentido: «¿Qué debo hacer para ser salvo?» El arrepentimiento ya estaba allí; todo lo que necesitaba entonces era que le señalasen al Señor Jesucristo como Aquel en quien podía confiar para salvación.

Si alguien muere no arrepentido, ¿habrá alguna posibilidad de que se arrepienta después de la muerte?
Es la bondad de Dios la que lleva al arrepentimiento (Ro. 2:4). Cuando alguien muere en sus pecados, sale para siempre de la esfera en la que está activa la bondad de Dios. Puede haber remordimiento en la región de los perdidos, pero no arrepentimiento. Al contrario, el lloro y la lamentación van acompañados de «crujir de dientes», cosa muy diferente del arrepentimiento. No hay nada en el infierno para cambiar el corazón del hombre. La Escritura muestra claramente que «ahora es el día de salvación». Es en esta vida que quedan fijados nuestros destinos eternos.
En Lucas 16 se nos muestra que el rico en el infierno desea que sus hermanos sean advertidos. Dice él: «si alguno fuere a ellos de entre los muertos, se arrepentirán». Pero nunca dice nada como «me arrepentiré». Los perdidos en el infierno se dan cuenta de que su oportunidad para arrepentirse se ha desvanecido para siempre.

Usted dice que es la bondad de Dios la que guía a los hombres al arrepentimiento. Pero, ¿nunca se induce a los hombres al arrepentimiento mediante el temor?
No me cabe ninguna duda de que el temor al juicio venidero ha sido el medio para despertar a muchos. Algunos de los siervos más ricamente bendecidos de Dios han visto a cientos volverse hacia Él mientras sacudían a sus oyentes con el tema del infierno. Diferentes personas quedan afectadas de diferentes formas. Algunos pueden ser atraídos con gentileza, otros tienen que ser empujados. Mientras que en el caso de algunos la «voz apacible y delicada» tiene más peso, otros son más movidos por el retumbar del trueno y el estallido de la tempestad. Algunos corazones se funden bajo la dulce historia del amor de Dios; otros quedan quebrantados bajo la terrible advertencia de la muerte y del juicio. Los siervos del Señor han de tratar con los hombres de manera distinta, y tienen que mantenerse siempre en estrecho contacto con su Señor para saber cómo hablar. Pero la bondad de Dios se ve tanto en los mensajes de advertencia como en los mensajes de la gracia. Es Su misericordia la que advierte. Así que siempre es cierto que la bondad de Dios guía al arrepentimiento.

¿Qué significa la Escritura en 2 Corintios 7, que dice que «la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación»?
El arrepentimiento y la salvación a la que se hace referencia aquí son el arrepentimiento y la salvación de los cristianos. Los creyentes en Corinto habían errado gravemente, y el apóstol Pablo les había escrito una carta con una fiel reprensión. Dicha carta (la Primera Epístola a los Corintios) había producido el efecto deseado. Un dolor según Dios había sustituido la desvergonzada jactancia en el mal, y este dolor por sus pecados había inducido al arrepentimiento llevando a los creyentes de Corinto a volverse de su curso de maldad y a apartarse del mal que antes habían permitido. Arrepintiéndose así, fueron salvados de seguir yendo cuesta abajo hacia el apagamiento. De este modo, se obró el «arrepentimiento para salvación» mediante su tristeza según Dios. Esto muestra que cuando un creyente peca, su arrepentimiento debería ser tan real y tan práctico como el que se espera del arrepentimiento del pecador al principio. Es bueno desear estar apartados del mal, y ser guardados de contristar al Espíritu Santo, para que se pueda decir de nosotros, como de los Corintios: «Esto mismo de que hayáis sido contristados según Dios, ¡qué solicitud produjo en vosotros, qué defensa, qué indignación, qué temor, qué ardiente afecto, qué celo, y qué vindicación! En todo os habéis mostrado limpios en el asunto» (2 Co. 7:11).


Doce Diálogos Bíblicos -
Harold P. Barker y otros.
Traducción del inglés: Santiago Escuain
© Copyright 2005, SEDIN - todos los derechos reservados.

SEDIN-Servicio Evangélico
Apartat 2002
08200 SABADELL
(Barcelona) ESPAÑA
Se puede reproducir en todo o en parte para usos no comerciales, a condición de que se cite la procedencia reproduciendo íntegramente lo anterior y esta nota.

 
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