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Doce Diálogos Bíblicos (1) -
#1
Número 1                                                                  Tema:  LA FE
 
   
                                                                                  
Preguntas por O. Lambert; Respuestas por H. P. Barker

EL tema que hemos escogido para nuestro primer diálogo es de importancia primordial, porque la fe es el gran principio sobre el que Dios otorga Su bendición.
Cuando brotó la angustiada pregunta «¿qué debo hacer para ser salvo?» de los labios del carcelero en Filipos, la respuesta inspirada no le invitó a orar, a esforzarse o a hacer votos, ni nada parecido. Se le dijo que creyera en el Señor Jesucristo, y sería salvo. Nada que el pudiera hacer le serviría para ganar la salvación de Dios. El hacer lo había cumplido todo Cristo. Todo lo que queda al pecador es apropiarse de los resultados de Su poderosa obra por la simple fe.

¿Qué es la fe?
La fe es algo que las personas ejercitan en cientos de maneras cada día de sus vidas. Cuando aquella señora entró ahora en la carpa y se sentó en aquella silla, fue un acto de fe. Ella confió en la silla y reposó sobre ella. Cuando yo mismo me quité el sombrero y lo colgué de aquella percha, fue otro acto de fe. Yo confié en la percha, y me fié de que me sostendría el sombrero. La fe a la que se refiere la Biblia es tan simple como esto. Cristo es su objeto, y tener fe en Él es confiar en Él o contar con Él para aquello que necesitan nuestras almas. Esto mismo se expresa de otras formas en la Escritura: «Mirad», «Venid», «Tomad», «Recibid»—todas estas cosas tienen un sentido muy semejante al de «Confiad» o «Creed».
Si podéis decir, de corazón
Ningún otro refugio tengo yo,
Mi alma impotente en Ti reposa,

entonces tú eres uno de los que tiene fe en Él.

¿Puede alguien creer por su propia cuenta?
Cuando el Señor Jesús mandó al hombre con la mano seca que la extendiera, aquel hombre no dijo: «¿Cómo voy a poder hacerlo?» Pudiera haber dicho: «Señor, no he podido mover este brazo durante años. Está paralizado e inerte. No puedes esperar que lo levante». Sin embargo, hizo sencillamente como se le había mandado. De esto aprendemos que cuando Dios manda, Él da poder para obedecer.
Ahora es Su mandamiento que creamos en el nombre de Su Hijo Jesucristo (véase 1 Juan 3:23). Si fuésemos dejados a nosotros mismos, no es probable que deseásemos confiar en Él. Nuestros corazones son de natural tan corrompidos y duros que en ellos no hay lugar para Cristo. Pero Dios tiene Sus maneras de producir lo que desea, y no nos toca a nosotros razonar acerca de nuestra capacidad o incapacidad para creer, sino recordar que se nos manda que lo hagamos. Lo mejor es ser sencillos acerca de esto. Podemos confiar unos en otros sin dudarlo. No debiera ser más difícil confiar en el Salvador.

¿Por qué se dice que la fe es «don de Dios»?
Significa, me parece, que no se trata solo de que la bendición nos viene gratuitamente de Dios, sino que también nos da el medio de apropiarnos de esta bendición.
Supongamos que un amigo acude a ti y te dice: «He puesto una gran cantidad de dinero a tu nombre en el Banco Central. Aquí tienes un talonario de cheques. Cuando quieras dinero, escribe un cheque y preséntalo, y te darán la cantidad que pidas».
Así, tu amigo te ha dado una doble provisión. Primero, ha hecho provisión de una cantidad de dinero para que puedas recurrir a ella. En segundo lugar, te proporciona el medio para acceder a estos fondos. Pero de nada te serviría decir: «Muy bien, todo lo que tengo que hacer es cruzarme de brazos y esperar hasta que me venga el dinero». Si actuases de esta forma, nunca recibirías nada de este dinero.
Deberías emplear diligencia para aprovechar los medios provistos. Tendrías que rellenar y firmar los cheques y presentarlos al banco para que te los pagasen.
Ahora bien, la fe es como el talonario de cheques. Es don de Dios, y es el medio por el que puedes apropiarte libremente de toda la bendición que Cristo ha conseguido para los pecadores mediante Su obra en la cruz. El efecto de todo esto debería ser el de ejercitarte, y hacerte diligente en actuar para recibir la bendición que se te ofrece.

¿Me salvará creer que soy salvo?
¡No más que podría un mendigo volverse millonario por creer que lo es! A veces oímos decir: «Todo lo que has de hacer es creer que eres salvo, y eres salvado». Sería lo mismo que ir al lado de la cama de un enfermo de tifus y decirle: «Todo lo que has de hacer es creer que estás bien del todo, y estarás bien del todo». Es peor que inútil que alguien crea que está salvado, hasta que realmente es salvo por la fe en Cristo.

¿Qué se tiene que creer para ser salvo?
Yo más bien diría, ¿A quién se tiene que creer?, porque no es un hecho, sino una Persona, la que nos es presentada como objeto de la fe. En 2 Timoteo 1:12 el apóstol dice: «Yo sé a quién he creído».
Para ser salvo, no se nos dice que creamos acerca del Señor Jesucristo, sino que creamos en Él, esto es, que confiemos en Él.
Una señora acudió una vez a ver a un amigo mío después de una ferviente predicación del evangelio, y le dijo: «¿Me podrá señalar algún texto de la Biblia que tenga que creer para ser salva?» El predicador le dijo: «Señora, usted puede creer cualquier texto de la Biblia o todos ellos, y sin embargo no ser salva. Creer la Biblia nunca ha salvado un alma.»
«Bueno», dijo la señora, «si creo que Cristo murió por los pecadores, ¿esto me salvará?»
«No, señora», le respondió, «porque esto sería solo la creencia de un hecho. Un hecho muy bendito, desde luego, pero solo un hecho, y creer en un hecho, por cierto que sea, nunca ha salvado un alma.»
«Supongo,» dijo la señora, «que lo que usted quiere decirme es que debo hacerlo una cuestión más personal, y creer que Jesús murió por
«Señora,» contestó mi amigo, «es un hecho indescriptiblemente precioso que Jesús murió por usted. Él murió por los impíos, y por ello mismo por usted. Pero esto es solo un hecho, y permítame que le repita que creer un hecho nunca ha salvado un alma.
«Cristo es un Salvador viviente, poderoso, mediante la obra que Él ha cumplido, para obrar la salvación. Confíe en Él para su salvación. Él está dispuesto; Él es capaz; descanse en Él.»
Yo no podría explicar esto de manera más simple que lo hizo mi amigo en su conversación con aquella señora. Es un Salvador viviente y amante en la gloria al que somos llamados a confiarnos.

¿Es la fe la única condición de salvación?

No me parece muy adecuado referirme siquiera a la fe como «condición de salvación». Cuando la reina Elisabet I de Inglaterra estaba a punto de perdonar a uno de sus nobles que había infringido las leyes del reino, quiso imponer ciertas condiciones.
«Majestad», dijo el cortesano acusado, «la gracia que pone condiciones no es gracia.»
La reina se dio cuenta de la verdad que había en sus palabras, retiró las condiciones, y dejó al noble en plena libertad.
Para hablar a la reina como lo hizo, tiene que haber confiado en ella. Tenía fe en su clemencia y gracia, pero esto no era una condición de su perdón.
Ahora bien, la gracia de Dios es tan libre e incondicional como lo fue la de la reina Elisabet. No tiene condiciones. Si la fe es el principio sobre el que Dios bendice, es «para que sea por gracia» (Ro. 4:16).
Esto es importante, estoy seguro, porque muchos contemplan la fe como algo que tienen que llevar a Dios como el precio de su salvación, lo mismo que llevarían unos honorarios a su médico. La fe es la simple apropiación de lo que Dios ofrece gratuitamente.
Pero es probable que mi amigo, al hacer esta pregunta, tenga en mente algo que siempre va de la mano de la fe verdadera, y esto es el arrepentimiento. Son dos hermanas gemelas. Cuando uno realmente se vuelve al Señor con fe, uno siempre se aparta del yo con repulsión, y esto es lo que yo comprendo por arrepentimiento. Me siento más bien escéptico de la llamada «fe» de aquellas personas que nunca han estado ante Dios en juicio propio acerca de sus pecados.

¿Cómo puedo saber si mi fe es de la clase correcta o no?
La gran cuestión es, ¿descansa sobre el objeto correcto? Si es así, aunque sea débil y pequeña, es sin embargo fe de la clase correcta. Supongamos, por ejemplo, que estoy enfermo. Puedo tener una gran fe en una cierta medicina para curarme. Pero las dosis, muy repetidas, no producen el efecto apetecido, y llego a la conclusión de que aunque mi confianza era muy grande, no estaba bien dirigida, porque la medicina en la que yo confiaba no tenía eficacia. En cambio, me recomiendan un remedio de valor demostrado. Yo no tengo mucha fe en el mismo, y a duras penas me persuaden a probarlo. Pero cuando comienzo a tomarlo, me encuentro muy mejorado. Mi fe en este remedio era pequeña, pero era la clase correcta de fe, porque la medicina que acepté tomar era eficaz.
De la misma manera, uno puede tener una fe intensa en la oración, o en experiencias felices, o en sueños, pero esta clase de fe es fe de la clase falsa. La fe que uno tenga en Cristo puede ser muy débil, pero es fe solamente en Él, es fe de la clase correcta.

¿Cómo se puede conseguir una fe fuerte?

Si alguien es indigno de confianza, cuanto mejor se le conoce, menos se confía en él; pero si alguien es digno de confianza, la confianza en esta persona aumenta según se la conoce mejor. Cuanto más aprendemos del Señor Jesús, tanto más se ahonda nuestro conocimiento personal de Él; cuanto más exploramos de las alturas y profundidades de la gracia de Dios, tanto más se fortalece nuestra fe en Él. Cada nueva lección que se aprende de Él fortalece nuestra fe.

Suponiendo que la fe de alguien sea siempre débil, ¿será sin embargo salvo?
Está de más decir que es bueno ser como Abraham, que «se fortaleció en fe, dando gloria a Dios». Se ha dicho con verdad, sin embargo, que en tanto que una fe fuerte nos trae el cielo a nosotros, la fe débil (siempre que sea fe en Cristo solo) nos llevará al cielo.
Una vez estaba yo viajando en tren en Inglaterra, a la ciudad de Birmingham. Había dos señoras en el mismo compartimiento. Una de ellas estaba evidentemente acostumbrada a viajar, y, después de asegurarse de que estaba en el tren correcto, se sentó tranquila en su rincón, leyendo un libro hasta que llegó a Birmingham.
La otra señora era una anciana que parecía estar muy preocupada por si acaso, después de todo, no llegaba a su destino. Casi en cada estación en la que paraba el tren se asomaba por la ventana, y preguntaba a algún empleado del ferrocarril si estaba en el tren correcto. Todas sus afirmaciones parecían impotentes para tranquilizarla.
Haré yo una pregunta ahora. ¿Cuál de estas dos señoras crees tú que llegó primero a Birmingham? Está claro, las dos llegaron a la vez. La llegada de ambas no dependía de la cantidad de su fe, pues en tal caso la señora con sus dudas y temores hubiera quedado muy atrás. La llegada de las dos dependía del hecho de que las dos estaban en el tren que se dirigía a Birmingham.
Del mismo modo, dos personas pueden haberse confiado a Cristo, y haberse acogido a Su sangre como la única esperanza de sus almas. Una de ellas está llena de santa confianza y de serena tranquilidad, y la otra es víctima de dudas que la torturan. ¡Pero la primera no tiene mayor seguridad de llegar al cielo que la segunda! Las dos llegarán con toda seguridad allá, porque Aquel en quien han confiado ha dado Su palabra de que nunca dejará que ninguna de sus ovejas se pierda.

Supongamos que alguien trata de creer, ¿qué más puede hacer?
Que alguien hable acerca de «tratar de creer» muestra que está totalmente equivocado acerca de la naturaleza de la fe. Si usted viene y me dice, «vivo en la calle tal-y-cual, número 10», y yo le respondo, «Bueno, trataré de creerle», ¿qué pensaría? Se erguiría y, con tono indignado, respondería, «¿Qué? ¿Tratar de creerme? ¿Acaso cree que le voy a contar una mentira?» Su indignación sería natural. ¡Sin embargo, hay personas que hablan de «tratar» de creer en Cristo! ¿Acaso es Él tan indigno de confianza? ¿No es acaso la Persona del universo en la cual deberíamos encontrar más fácil confiar?
No nos centremos en nuestra fe. Como sucede con todo lo que nos atañe, es decepcionante, y ningún esfuerzo en «tratar» la mejorará. Apartemos la mirada del yo y dirijámosla a Cristo. No podemos confiar en nosotros mismos, pero, gracias a Dios, podemos confiar totalmente en Él.

¿No existe aquello de «creer en vano»?
Desde luego, y el apóstol Pablo habla de esto en su primera epístola a los Corintios, capítulo 15. Pero esto es solo otra manera de expresar lo que ya hemos dicho, es decir, una fe en un objeto indigno de confianza. El apóstol estaba exponiendo a los Corintios que la resurrección de Cristo ha demostrado que Él es el Objeto digno de toda nuestra confianza. Si Él no hubiera resucitado, esto hubiera demostrado que la carga de nuestros pecados era demasiado grande para que Él pudiera llevarla. En tal caso, la fe en Él hubiera sido en vano. Pero Él ha resucitado de los muertos, lo que demuestra que Su obra de expiación es completa. Él está sentado en el cielo como poderoso Salvador. Nadie que confíe en Él confiará en vano.

¿No debe la fe ir de la mano con las obras?
La fe sin obras está muerta, pero es la fe la que salva, no la fe y las obras. Las obras vienen como la evidencia de la realidad de la fe, y tienen mucha importancia. Desconfío de quien me dice que cree en Cristo y que sin embargo no es «celoso de buenas obras».
Cuando se ve humo saliendo de la chimenea, se sabe que hay un fuego dentro. No se puede ver el fuego, pero el humo es evidencia de su existencia. Sin embargo, es el fuego, no el fuego y el humo, lo que da calor. La fe es como el fuego; las obras son como el humo. Van de la mano, pero no para conseguir la salvación. Ninguna obra que podamos hacer podrá añadir valor a la obra realizada por Cristo en nuestro favor. La fe reposa en Su obra, y se hace patente en obras que hacen los salvos por gratitud a Él.
«Por gracia sois salvos por medio de la fe,» leemos. «No por obras, para que nadie se gloríe.» Pero en el siguiente versículo se nos dice que hemos sido «creados en Cristo Jesús para buenas obras» (Ef. 2:8-10).

Así, cuando creemos en Cristo, ¿ejercitamos la fe una vez por todas, o es algo continuado?
Al confiar en el Señor Jesucristo para perdón y salvación, confiamos en Aquel que nos dará lo que buscamos una vez por todas. Del juicio que merecen nuestros pecados, del infierno hacia el que nos estábamos precipitando, de la ira que pendía sobre nuestras cabezas, nos confiamos a Él para que nos libre una vez por todas. Al confiar en Él encontramos que la cuestión de nuestro futuro eterno queda resuelta divinamente, una vez por todas.
Pero al decir esto no quiero decir que vaya a haber un tiempo, a lo largo de todo el período de nuestra vida terrenal, en la que la fe no deba estar en ejercicio vivo. Desde luego que creemos en el Señor Jesucristo una vez por todas, pero nunca dejamos de confiar en Él.
Además, hay otras cosas que la salvación del alma que demandan el constante ejercicio de la fe. La salvación misma es contemplada en más que un aspecto. Además de ser la porción presente del creyente, es contemplada como algo que, en su plenitud, todavía esperamos, y que ha de «ser manifestada en el tiempo postrero». Y es para esto que, según 1 Pedro 1:5, somos guardados por el poder de Dios, no como meras máquinas, sino mediante la fe.
Luego hay cientos de cosas, grandes y pequeñas, relacionadas con nuestro andar aquí abajo, cada una de las cuales demanda el ejercicio de la fe. Para las bendiciones temporales más pequeñas dependemos de la bondad de Dios, y en relación con ellas, así como con referencia a las cosas más sublimes que hemos sido llamados a gozar, necesitamos ejercitar cada día la fe en Dios.
Aquí termina nuestro primer diálogo. Que cada uno y todos puedan saber qué es asirse de Cristo por la fe para salvación, y para todas las bendiciones que la gracia de Dios ha atesorado en Él para nosotros.


Doce Diálogos Bíblicos -
Harold P. Barker y otros.
Traducción del inglés: Santiago Escuain
© Copyright 2005, SEDIN - todos los derechos reservados.
SEDIN-Servicio Evangélico
Apartat 2002
08200 SABADELL
(Barcelona) ESPAÑA
Se puede reproducir en todo o en parte para usos no comerciales, a condición de que se cite la procedencia reproduciendo íntegramente lo anterior y esta nota.
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